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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

viernes, 26 de julio de 2013

Diarios montevideanos 2

Star Wars. Adaptar la vida a los ciclos de alimentación y sueño de mi hija genera una nueva compartimentación del tiempo, que me lleva a pasar buena parte de la noche meciéndola en brazos para facilitarle el sueño. Pero, ¿qué hacer mientras? Una opción fue instalar el DVD en la tele CRT que tenemos en el cuarto (donde nos atrincheramos con 2 estufas para sobrellevar el invierno) y repasar viejas películas. Primero acometí las dos primeras Batman de Nolan; después repasé la trilogía de precuelas de Star Wars, tan detestadas por la mayoría de los fans. Y repasarlas confirmó lo que ya venía sintiendo desde hacía años: no es cierto que sean malas, ni siquiera es cierto que sean peores que la trilogía original. Enfrentémoslo: ninguna de las seis es una obra maestra del cine; se tratan, sí, de ficciones de culto capaces de fascinar generaciones gracias a su cuidada mezcla de arquetipos narrativos y míticos con historias sencillas y mucha acción y exotismo. Pero que tienen fallas, claro que las tienen. Todas. Evidentemente el tiempo ha dorado, por decirlo así, los contornos de la trilogía original y preparado a todo el mundo para odiar las precuelas, pero basta una mirada apenas desprejuiciada para encontrar por ejemplo el establecimiento de una más que interesante trama de dominio político, sobre la que Juan Manuel Candal razona impecablemente al respecto en su artículo "Las políticas del miedo", del libro Rosas para Stalin; cito:
He aquí el gran mérito de la nueva trilogía de Star Wars: hacer una relectura con los medios de la fantasía sobre el modo en que se precipitan las verdaderas tiranías en el mundo. El enemigo es una pantalla para que seamos nosotros mismos quienes entreguemos nuestra libertad, nuestra opinión y nuestra propia percepción de las cosas en pos de una seguridad paternalista y prepotente (...) A George Lucas se le critican muchas de sus decisiones de guión, desde diálogos melosos hasta personajes de cartón. Sin embargo, los personajes de las precuelas de Star Wars (...) funcionan como sostén de ese otro relato, uno que es mucho más profundo y perturbador que cualquier Jedi en desgracia con Ventolín al pecho y casco de samurai demodé.
Cine. ¿Qué nos convence de que una película o una serie de películas no funciona? ¿Qué se puede escribir sobre los gustos? Hay quien busca eso que llaman "narración sólida"; se trata, en mi opinión, de nostalgia por un mundo ordenado, clásico, un mundo donde el arte tiene reglas aprobadas por las instituciones. Dado un manual de narrativa podemos saber si tal o cual narración funciona bien o mal, y así ve cine buena parte del público, críticos incluidos. A la vez, es evidente que no todas las películas buscan sólo narrar. Que todas narren, así sea mínimamente, quizá sea inevitable, pero es evidente que hay más para hacer. El error, supongo, sería juzgar a todas las películas como si su único objetivo fuese la narración. Un posible conjunto de normas válido para la narrativa, entonces, no debería ser aplicable a cualquier película. Pero ¿cómo saber qué pretende una película? Cuidándose de la falacia intencional podríamos pensar en una suerte de "propósito implícito"; es fácil ver que Stalker busca algo más que contarnos la historia de quienes habitan las cercanías de una misteriosa zona producto quizá del contacto con una vieja nave espacial; del mismo modo, la reciente The Master, de Paul Thomas Anderson, notoriamente no establece una narrativa única sobre un personaje y sus circunstancias.

Nolan, Scott. Es evidente que el mencionado set de reglas narrativas entra en conflicto (a juzgar por tantas reseñas negativas) con películas como The Dark Knight Rises y Prometheus. Hay incluso cortos en Youtube que pretenden desnudar las fallas argumentales de la película, en un tedioso ejercicio de mediocridad e incapacidad de pensar fuera de los contornos más estrechos. Se señala, por ejemplo, la abundancia de "cabos sueltos": esto sería un gran pecado narrativo, por supuesto, dado que se asume que la obra perfecta es aquella en la que todo está en función de un objetivo (y ese objetivo ha de entenderse como la comunicación más adecuada de la trama, entendida errónea y platónicamente aquí como algo "anterior" a la película) y no existen elementos gratuitos o de conexión dudosa o nula. Pero eso, evidentemente, es una opción estética, al mismo nivel que tantas otras imaginables y rastreables en la historia del arte. Otra apelación usual es la de la verosimilitud, pero esta es más sencilla de desbaratar: ¿qué derecho tiene el espectador a imponerle a una narración sus nociones de probable, plausible y creíble y, además, su máxima firmemente establecida de que la acción narrada debe ser creíble? Este tipo de choques, a lo sumo, podrá generar la cancelación del gusto, pero sería bastante complicado establecer tan sueltos de cuerpo que todo lo que a uno no le gusta es "malo". Salvo, claro, que se pretenda que a uno le gustan sólo las cosas buenas y que, como veníamos diciendo, lo "bueno" se desprende de "reglas" que uno entiende (es decir, si criticamos desde estos códigos en rigor lo único que estamos diciendo es que sabemos, entendemos, que manejamos satisfactoriamente un saber y que, además, lo entendemos como el único válido). En mi opinión la crítica aquí debería ser honesta y adelantar las credenciales, diciendo por ejemplo desde tal y cual modo de ver cine (que puede resultar asociado a la figura del crítico, desprendida del conjunto de su trabajo), tal y cual elemento de esta película no funciona. El reverso de esta operación, claro está, es entender que desde otras maneras de ver cine, tal y cual elemento no sólo funciona sino que, incluso, puede resultar atractivo. Por ejemplo: las pretensiones cosmogónicas de Prometheus, su alcance de ciencia ficción épica, su riqueza visual, etc. Si atendiéramos al concepto de "propósito implícito" quizá podría entenderse como "mala" una película que lo traicione, pero evidentemente no se puede hablar con plena objetividad al respecto, aunque sí producir discurso, y en esto me gustaría detenerme, en tanto la crítica, en mi opinión, debería entenderse como un discurso independiente de las obras propuestas como artísticas (aunque evidentemente relacionado) capaz de generar por sí mismo su sistema de valores y su propia reproducción discursiva. En otras palabras: si yo digo que el propósito de Prometheus es trabajar un universo complejo generador de narrativa e ideas, otro espectador podrá decir que, en su opinión, el propósito de Prometheus es desarrollar la relación de su protagonista con la fe, con la creencia; ambas pueden ser válidas, por supuesto, y en el intercambio que pueda producirse a la hora de justificar un modo de lectura -o de intentar asimilar otro desde los preceptos del que queremos proponer- surgirán ideas nuevas que enriquecerán el acervo crítico sobre la película en cuestión, que generarán, entonces, un hecho cultural en sí mismo, capaz de derivar hacia lugares impensables. Entonces, como conclusión: qué fastidio me producen las críticas (profesionales o no, académicas o salvajes) que cancelan la cuestión, que se proponen como punto final.

Cambios. Una parte de nosotros, creo, siempre será conservadora. Cuando Fiorella estaba en casa, en las últimas semanas de su embarazo, desarrollamos una rutina comodísima que incluso compartimos con amigos y nos permitía disfrutar de buenas dosis de cine y series de TV. La llegada de Poppy, evidentemente, modificó todo, y una parte de mí se encuentra a veces tocando cierta nostalgia. Se trata, por supuesto, de una reacción al cambio: después de todo apenas llevamos una semana con ella en casa y estamos, todavía, explorando las posibilidades de esa nueva rutina que habremos de establecer. A la vez, la sensación de ir adquiriendo cierta competencia (baño, cambio de pañales, horas de sueño, etc) es tan satisfactoria que ayuda a dejar del todo atrás las costumbres canceladas, esos tiempos evidentemente más fáciles. Probablemente existan mecanismos antiquísimos firmemente grabados en nuestros genes que nos generan esa satisfacción de estar haciendo las cosas bien a la hora de accionar la maquinaria del gen, la transmisión de esos genes hacia el futuro, la vida de la especie, cabría pensar. Burroughs escribió que la felicidad es un derivado del funcionamiento, y evidentemente hay algo de eso en la sensación de ser padre, de estar cuidando a un humano pequeño e indefenso. Quizá eso explique que, al tener a Poppy en brazos, poco me importe la nostalgia de esa vida apacible que llevábamos Fio y yo solos y en la espera.

Genes. Sí, evidentemente, hablé de genes pero podría haber hablado de cultura. El debate quizá sea interminable. Está claro que debe existir algún mecanismo que nos vuelva cuidadosos y protectores con nuestras crías, y que ese mecanismo podría ser genético -"natural"-, pero a la vez el accionar de ese mecanismo, la producción simbólica que genera (este texto, por ejemplo, o el debate en sí), ha de ser "cultural". Por otro lado, "natural" es un concepto que existe dentro de nuestra cultura y que ha mutado con el tiempo; del mismo modo, lo "cultural" tampoco crece en los árboles: es un concepto creado, fechado y, en última instancia, plurisémico. La discusión, además, es lingüística, es decir cultural; si queremos hablar de lo "natural", lo haremos imbuidos en una cultura y limitados y condicionados por la lengua que hablamos, que desciende de otra, que desciende de otra, y así llegamos a algo tan natural como el centro de África hace más de 100.000 años. Porque está claro que hemos llegado a la cultura a través del jardín de senderos que se bifurcan de un programa genético. Y podemos retroceder: ¿existe la "vida" como algo diferenciado, una cualidad especial de cierta materia? ¿O se trata de apenas reacciones químicas, explicables en términos cuánticos? ¿Las plantas son máquinas de aprovechar la energía solar, crear materia orgánica y reproducirse? ¿Y los animales? ¿Y los seres humanos? Poner discontinuidades es arriesgado -e ideológico, y cultural-; la "vida" es una figura que se desprende de un saber (no hay que leer, ni mucho menos citar, Las palabras y las cosas para entenderlo), la vida, en última instancia, en tanto concepto, es tan cultural como el conjunto de normas sobre lo que es bueno en cine. Quizá la consciencia sea un epifenómeno de, en última instancia, las cosas que hacen los átomos -parafraseando a Carl Sagan- cuando se les da miles de millones de años de recreo. ¿Qué otra cosa podría ser? En rigor, claro, los átomos no hacen nada. ¿O sí? ¿Hay una voluntad animándolo todo y pautando el tiempo? ¿Llamamos a Hegel? ¿O a Schopenhauer? Lo que está claro es que para pensar en esa otra cosa hay que aceptar la existencia del alma, del espíritu, y eso... bueno, que lo haga quien sienta que puede o debe hacerlo.

Dalí. El gran pintor catalán pensaba lo contrario. Para él la ciencia, la lógica y la matemática no dejaban dudas con respecto a que Dios existe. Pero él no se lo creía: no tenía fe. Aunque, claro, Dalí decía muchas cosas.


Futuros. Yo tenía la edad de Poppy en 1978. Ese año -noviembre y diciembre de ese año- mis padres me cambiaron, me bañaron, me acunaron. Durmieron poco, como yo ahora. Reordenaron sus rutinas. Como Fio y yo ahora. En su mundo no había computadoras personales, ni celulares, ni TV a colores (había, sí, pero ellos no tenían); la única manera de ver películas que tenían a su disposición era ir al cine (de hecho la leyenda familiar cuenta que vieron nada más y nada menos que 2001 mientras yo estaba en el útero) o encontrar alguna que pasara, seguramente doblada, uno de los 4 canales de TV a los que tenían acceso.  Mi mundo es muy diferente. En minutos puedo acceder a cualquier película que me interese, o a la discografía completa de una banda que quiero descubrir. Este 2013, trivialmente, es el "futuro" del mundo de 1978, incluso el futuro de aquellos años, un poco posteriores, en que yo me preguntaba a mi manera por el futuro. No hay naves espaciales, de todas formas, ni bases en la Luna o Marte. Tampoco hay robots en nuestras casas, aunque sí tenemos computadoras personales, celulares y muchas maneras de ver cine en casa (y escuchar música y acceder a libros). Yo puedo pensar en ese pasado ochentero y tratar de entender que viví en ese mundo, que fui parte de él (después de todo recuerdo muy bien los Juegos Olímpicos de Moscú, el paso del cometa Halley en 1986, la caída del Muro, en tanto hitos que se nos proponen de la historia); supongo que mi hija, dentro de 30 años, podrá sentir que ella también vivió en un pasado remoto que intenta comprender, que intenta sentir como parte de su vida. Hay algo cíclico aquí. Una permanente reactualización. Un futuro que esperamos, otro futuro que terminamos por habitar. Poppy quizá vea el fin del siglo XXI; yo, evidentemente, no lo haré. Curiosamente -o no tanto- esto me da fe en el futuro. Me hace volver a pensar en el futuro, como cuando tenía 12 años y leía Fundación.

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