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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

martes, 31 de diciembre de 2013

repaso 2013 (primera parte)

Bueno, el que termina hoy fue quizá el año más intenso de mi vida, pero está claro que, ya que esto se dice desde un blog y por lo tanto el soporte de las palabras es un tema que se impone naturalmente, no lo fue a nievl bloguístico, al menos no tanto como años anteriores. Y es una manera de arrancar este repaso; cuando empecé el año, con Fio a sus dos meses de embarazo, estaba muy metido en este blog, en Partículas Rasantes (donde escribía un mini artículo por día, a veces no tan mini), en Proust Rasante (donde leía y comentaba En busca del tiempo perdido a razon de 10 páginas por día), en Levrero Rasante (donde comentaba cuento por cuento la obra breve completa de Levrero), en Ballard Rasante (donde comentaba cuento por cuento The complete stories of J.G.Ballard), y quizá en alguno más que ahora olvidé. Claro, en julio nació mi hija Amapola y todo cambió, especialmente la manera de administrar el tiempo -y una cosa que no había era precisamente tiempo para blogs-, pero la disipación de ese espíritu bloguero, me parece, ya había comenzado. Por ejemplo, en algún momento había decidido convertir a este blog, Aparatos de vuelo rasante, el primero que propuse, en algo así como una serie de apuntes autobiográficos; sí, lo sé, ego monumental, cosas que a nadie podrían interesarle, etc, etc, pero dado que tenía varias "plataformas" para hablar de cosas que me interesaban (Partículas rasantes y el blog al que subo mis reseñas de libros, Lecturas rasantes), Aparatos quedaba digamos relegado o, en todo caso, sin una función clara. La cosa funcionó, precisamente, cuando nació Poppy y, parodiando a mi gran amigo Juan Manuel Candal, escribí las entradas de "diarios montevideanos"... proyecto que tampoco continué. Y entonces llegamos al 31 de diciembre, fecha en que ya se me hizo costumbre escribir estos posts de repaso, algunos de ellos, hay que decirlo, bastante polémicos (bastantes no, uno solo, pero esa es otra historia y se puede buscar la entrada en cuestión acá en el blog); Aparatos, entonces, vuelve a convertirse en lo que tenía que ser en 2013: una mera autoindulgencia autobiográfica.
 
Es dificil no hablar del nacimiento de mi hija. Y no tendría sentido dejar de hacerlo, claro está. El 16 de julio a las 17:45 vi como un equipo de médicos extraía a Amapola del útero de mi mujer; todo pasó en cuestión de segundos: Poppy lloró de inmediato y yo dejé de mirar la cara de Fio -tensa por las sensaciones que la anestesia apenas enmascaraba- y vi un cuerpecito doblado sobre sí mismo, empapado de fluidos varios y, sí, llorando a todo pulmón. Entonces algo se detuvo en mi mente, algo frenó y cambió la dirección a la que venía apuntando. De golpe. Sin avisar. Mi vida había llegado a ese punto, sentí (elaboré después, cuando esa noche quise dormir), y ahora empezaba otra cosa. Ya con Poppy en manos de las parteras y enfermeras le pregunté a una de ellas si podía tocarlaía (pensaba que acaso no era recomendable, que podía contaminarla o algo así). Claro que sí, padre!, me respondió, y acto seguido extendi mi mano. En ese momento mi hija tomó mi dedo índice y lo apretó. Y lloré, con una alegría como jamás había sentido; lloré unas lágrimas que jamás había llorado y seguí llorando de alegría todo lo que me llevó correr hasta donde esperaban mis padres, mi suegra y mi cuñada; y cuando vi de nuevo a mi hija lloré de nuevo. Ahora no estoy llorando (aunque casi, debo admitirlo), pero esa alegría no se ha ido. En esta segunda mitad del año pasaron muchas cosas, algunas más alegres que otras, pero, como dijo el narrador de Proust del célebre llanto de su niñez, todo lo que pasó no ha hecho sino acumularse por encima de esa alegría, que todavía está ahí, guardada, como un sustrato, como una nueva base de mi persona. Ahora me acerco y la siento: está allí esa alegría. No se irá mientras viva, pase lo que pase. Diga lo que diga, lo diga como lo diga, torpemente como ahora, quizá mejor en algún momento del futuro, lo cierto es que esa alegría está allí; que esa alegría vive en el mundo real como parte de eso que es y será mi hija, cuya vida recién empieza, llena de misterio y sorpresas.

Y fueron casi 6 meses, entonces, de sorpresas y alegrias, y también preocupaciones y dudas. Y las alegrías siempre fueron más, más en número y más en fuerza. Y se me dio la doble dicha de poder compartirlas, con mi familia más cercana, con mis amigos más queridos. Así, entonces, el 2013 es para mí, y lo será siempre, un año único. Como no hubo otro ni lo habrá. El año de Poppy. El año en que Fio y yo llegamos a esa alegría que no se irá jamás. El año en que nos unimos todavía más en esa alegría. Y en ese deber, esa tarea, esa responsabilidad, que ha cambiado nuestras vidas de un extremo a otro.
 
En el 2013, a la vez, pasaron otras cosas. Pero están en otra región del pensamiento, o, al menos, se relacionan entre sí (y con Poppy) de un modo nuevo, diferente a cualquier sistema de relaciones y significados que haya experimentado antes. Por esa razón pensé en dividir este post: en la primera parte, Poppy, lo ya dicho (y que podría repetir y repetir y repetir y repetir); en la segunda, que voy a escribir mañana, todo lo demás.

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