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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

miércoles, 1 de enero de 2014

Repaso 2013 (segunda parte)

Ya en 2014 seguimos con el repaso, esta vez presentado en temas.
 
Libros. Mi única publicación en libro durante 2013 fue La historia de la ciencia ficción uruguaya, en diciembre y a cargo de los amigos de Llantodemudo, de la hermosa ciudad de Córdoba (que Fio y yo conocimos en 2009). Como pronto -estoy esperando que me lleguen ejemplares por correo, nada más- voy a escribir el acostumbrado post de "historia del libro", no es mucho lo que quiero decir por acá. Se trata, en todo caso, de un libro que tengo escrito hace bastante tiempo -de hecho, Nadie recuerda a Mlejnas, publicado en 2011, es una suerte de secuela de este La historia de la CF uruguaya...- y que pasó de editorial en editorial sin mayor suerte. Bueno, no tantas editoriales. Pero sí pasó por un concurso -el de Banda Oriental, y en esa ocasión obtuve una mención con Trashpunk y el cuento "Los otros libros"-, por una editorial española -que jamás se molestó en responderme-, una chilena -que por ahora no concretó el proyecto- y una uruguaya -que no le encontró mayor interés al argumento aunque la lectora, que aprecia mi trabajo, encontró muy divertida la novela-; finalmente, gracias a la mediación del amigazo Rodolfo Santullo, la mandé a la gente de Llantodemudo, quienes, por suerte, la encontraron suficientemente interesante como para publicar. Y, para añadir maravillas, le confiaron la portada a Nicolás Brondo, que se mandó una ilustración de puta madre.
Sí fue más numerosa la nómina de publicaciones en cuento; con la gente de Llantodemudo publiqué  en las revistas Llantodemudo 2 y Palp #1, en la revista Kundra  y en Specimens Mag. Y a lo mejor se me escapa algo por ahí.
En cuanto a escritura el panorama es, supongo (al menos para mí, claro) más interesante. Durante las 2 primeras semanas de febrero escribí una novela, Las noches de piedra, que revisé a mitad de año (invariablemente me lleva más tiempo revisar que escribir) y ahora está siendo evaluada por una editorial argentina. Es, esencialmente, una ucronía en la que la segunda guerra mundial se prolonga unos cuantos años más y el hemisferio norte queda devastado por el uso de armas nucleares. Pasé el resto de la primera mitad del año escribiendo algunos cuentos, revisando La historia de la ciencia ficción uruguaya para Llantodemudo y revisando/reescribiendo mi novela El gato y la entropía #12 & 35, que, si todo sale bien, será publicada este 2014. El trabajo sobre este libro -el más largo y ambicioso en el que me ocupé jamás- sigue adelante (lo pienso revisar de nuevo antes de su publicación, claro está) y, además, me resulta bastante arduo y, por tanto, estimulante. Veremos qué pasa. Después, entre abril y junio, escribí un libro de no ficción sobre The Doors, también en negociaciones editoriales, y pasada la mitad del año escribí, ya con Poppy en casa, una nouvelle un poco inspirada en Salón de belleza, de Bellatín, pero en clave digamos fantástica y, por supuesto, con Federico Stahl. No he vuelto a tocarla -de hecho apenas la terminé se me ocurrió reescribirla con un cambio importantísimo en la presentación del relato y la persona narrativa-, pero pronto le echaré un vistazo y veré. Después revisé de nuevo El gato y la entropía y escribí un relato inspirado en un western clásico -que, si todo sale bien, será publicado en un compilado que aparecerá este año- y una suerte de secuela de mi cuento largo "Los otros libros", para una antología de relatos de ciencia ficción que será publicada en abril. Finalmente, entre noviembre y la primera quincena de diciembre escribí la primera parte de una novela que espero retomar mañana o pasado.
 
Poppy. Durante el primer mes de Amapola leí por ahí que a los bebés tan pequeños les suele resultar un poco dificil conciliar el sueño profundo, y que muchas veces parecen dormidos pero no lo están. Con Poppy eso nos pasaba siempre: creíamos con Fiorella que se había dormido y, apenas llevada a su cunita, abría los ojos y empezaba a llorar o a mirarnos con cara de "qué está pasando acá". En otro lugar leí que el tiempo a esperar en estos casos ronda los 20 minutos, así que tras descartar opciones un poco toscas -como contar hasta 1200 en la oscuridad o colocar un reloj con números luminosos- pensé que podía identificar un disco con canciones relativamente breves que hiciera llevadero (para mi ansiedad) el proceso de tener a Poppita en brazos durante aproximadamente 20 minutos y con la intención no de jugar o pasar un rato divertido sino de hacerla dormir. Entonces, un poco por azar, el elegido fue A hard day's night. Pronto fue evidente que no sólo el plan funcionaba sino que, además, Poppy parecía disfrutarlo especialmente, y el proceso de dormir se convirtió, curiosamente, en la hora de bailar. Por supuesto que lo seguimos haciendo, y ahora Poppy sonríe feliz apenas escucha el primer acorde del disco.
 
Más libros y asuntos relacionados. En la primera mitad del año participé del evento Ya Te Conté, que reunió escritores de ambos lados del Río de la Plata. La primera edición fue en Valizas, y originalmente yo no estaba pensado entre los escritores que participarían; sin embargo, los dioses y los primigenios quisieron que Natalia Mardero se engripara o resfriara y por la organización del evento resonó el grito ¡llamemos a Sanchiz! El día anterior a la inauguración del evento, entonces, a las 20:30, más o menos, Fio y yo estábamos por comer unas pizzas con mis padres; y sonó mi celular. Evidentemente acepté -chance of more mischief!-, y así disfruté un buenísimo fin de semana junto a la gente del evento -Debora Quiring y Lucia Germano, además del gran Diego Recoba, única persona que, a lo largo de mi vida, logró convencerme, así fuese por cinco segundos, de que podía valer la pena escuchar un disco de cumbia, y de Jorge Fierro, Federico Giordano, María José Olivera, Deborah Rostán y Gabriela Rama- y a invitados como Rodolfo Santullo, Gustavo Espinosa, Chiri Basilis, Elsa Drucaroff y Gabriel Peveroni. Ah, y Valizas no es mi lugar, eso está claro.
La siguiente escala del evento fue en Buenos Aires, y allí fui para debatir con Rafael Courtoisie y Ariel Idez, dos escritores sumamente interesantes y fascinantes para conversar con ellos. De paso conocí a Leo Oyola y comprobé que La Boca no es mi lugar, eso está claro.
Tras una etapa en Maldonado, de la que no participé, el proyecto fue cerrado en el Centro Cultural de España, ya en Montevideo; esa última noche, que no pude disfrutar completa, fue mi favorito entre los momentos que viví con Ya Te Conté.
Ya cerca de fin de año, en los últimos días de octubre, participé de unas jornadas de homenaje a Mario Levrero, en Buenos Aires. Fue también una gran ocasión para conocer gente entrañable; en este caso Marcial Souto, Ezequiel de Rosso y Nicolás Varlotta, por nombrar únicamente aquellos con quienes conversé más.

Poppy y el futuro. El nacimiento de mi hija, como supongo cabía esperar, me hizo pensar de nuevo en el futuro. Y digo de nuevo porque, de alguna manera, yo había dejado de interesarme por el tema, al menos al nivel que me interesaba durante mi adolescencia, cuando era un lector obsesivo de ciencia ficción. De hecho, en algún momento de la década del 2000 había llegado a la conclusión de que el futuro murió en 1997. Parece arbitrario fijarlo así (hace poco hablaba de eso con Juan Terranova) pero para mí no lo era, y de alguna manera -en tanto puedo explicarlo, justificarlo-, sigo creyendo que no lo es. En 1997 había, por ejemplo, un futuro para la música, o era posible escuchar cierta música pensando en el futuro, pensando en que se estaba escuchando el último momento de una línea que era posible prolongar, una línea legible, digamos. Y ahí estaba David Bowie haciendo drum & bass en su álbum Earthling; estaba, digamos, la idea de que el rock unido a la electrónica tenía algo de futuro. O que era algo de futuro. U2 hizo algo similar con Pop, y era interesante escuchar Prodigy, después a Daft Punk, pensándolos en esa línea que luego se vincularía, acá en Uruguay, donde podíamos hablar con los músicos y verlos en vivo, al trabajo de bandas como Elefante (en su segundo disco, particularmente). Pero pronto resultó que el futuro ya no importaba. Un poco, supongo, como lo había dicho Ballard en cuentos como "El astronauta muerto", o incluso en aquello de "el agotamiento del futuro y las posibilidades del presente" que leemos en "What I believe" y que es la esencia de los cuentos de Vermilion Sands. Escribir ciencia ficción sobre el futuro, concretamente, dejó de ser interesante, salvo que se tratara de un futuro tan remoto que se volvía imposible armar una suerte de línea (una "historia del futuro" a la Clarke o Heinlein o incluso Asimov) que nos conectara con ese tiempo remoto. Sin embargo, ahora he vuelto a pensar en el tema. Quizá el futuro está de regreso -lo trajo Amapola, claro-, y me tocó sentir esa idea al pensar en qué mundo verá mi hija; en particular, me he encontrado en muchas ocasiones dándole vueltas a la siguiente idea: yo nací en 1978 y cumplí cinco meses y medio (la edad de Poppita hoy) el 21 de marzo de 1979. Si pienso en lo que ha sucedido en el mundo desde entonces, si pienso en los cambios tecnológicos en particular, siento que puedo tratar de proyectar eso a la inversa; así, cuando Amapola cumpla 35 años, el 16 de julio de 1948, pensar en 2013 podrá implicar sentir una distancia tan grande como la que sentimos en relación a 1978. ¿O no? ¿Qué significará esa distancia? ¿Se sentirá mi hija tan en otro mundo como yo me siento ahora en relación a los tiempos en que nací? Otro asunto en que me encuentro pensando: unos cuantos meses antes de que yo cumpliera 8 años, en marzo de 1986, el cometa de Halley se acercó a la Tierra. Mis padres y yo, que todavía vivíamos en un edificio de la rambla República Argentina, bajamos a buscarlo en el cielo, pero no tuvimos suerte. No vimos absolutamente nada. En ese momento calculé que para su retorno, en 2061 -años después leería la novela de Clarke con ese año por título, tercera del ciclo de 2001- yo tendría 83 años o, quizá, no estaría vivo y me perdería la segunda chance de ver al famoso cometa. Pero Poppy, cabe pensar, sí lo verá. No quiere decir nada en sí mismo, supongo -¿te cambia la vida ver un cometa? después de todo, en la Edad Media y en la antiguedad se les atribuía toda clase de significados portentosos-, pero hay una sensación de reactualización, de iteración, que me resulta insondable. Yo estoy viviendo ahora -descubrimientos, nervios, vigilias, alegrías- lo que mis padres vivieron en 1978-1979; de alguna manera las cosas han recomenzado. Poppy es, a su manera, parte de mí o parte mí, como yo soy parte de mis padres o parte mis padres (genéticamente hablando, al menos, pero también pensamos y hablamos como piensan y hablan nustros padres, y si nos esforzamos, como todos en algún momento nos esforzamos, por apartarnos de eso sentimos que hay tierras y tierras por atravesar); quizá yo no esté vivo en 2061, pero apostaría tranquilamente -no puedo pensar otra cosa: mi cuerpo entero niega la idea- que mi hija sí lo estará. Y algo de mí, algo que vive en ella, en su mente ahora en formación, en sus genes, en la química de su memoria, verá de alguna manera ese cometa, como también, en menor medida quizá, algo de mi padre, que tanto se frustró en 1986, verá al Halley en 2061. Ver un cometa, insisto, es un hecho quizá sin mayor sentido: en todo caso, su sentido es el de esa reiteración, esa iteración, y, por lo tanto, es, en rigor, enorme. Está allí el significado del tiempo, sea cual sea, lo percibamos como lo percibamos, lo pensemos como lo pensemos.

Y este post continuará... mañana.

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