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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 16 de abril de 2015

2014 tercera parte, viajes, Poppy y amigos

Uno de los clichés más repetidos en Uruguay es que "el año empieza después de Turismo", es decir después de la semana santa de los católicos, a la que los uruguayos también llamamos "semana de turismo" o incluso "semana criolla", no viene al caso por qué. Por eso, si es cierto que el 2015 empezó el 6 de abril, tiene algo de sentido (no lo tiene, lo sé, pero ya que estoy tratando de justificar mi holgazanería...) que el último de mis prometidos repasos del año aparezca ahora en este blog.
 
Ya llevan cuatro meses de publicados dos repasos: una lista de lecturas de 2014 y otra de mis publicaciones de ese año . Faltaba un repaso más narrativo y más personal, digamos, que iba a ser el tercero y último y aparecer... bueno, iba a aparecer durante la primera semana de enero pero jamás lo escribí. En cualquier caso, acá va:

Voy a empezar por los viajes. En ese sentido 2014 fue un año generoso y abundante. Para empezar, en mayo tuve la oportunidad de viajar a Brasil, más precisamente al estado de Minas Gerais y la ciudad de Viçosa, invitado por Juan Pablo Chiaparra a un encuentro sobre literatura. Fue una gran oportunidad no sólo de conocer esa región de Brasil sino, también, de hacer amigos nuevos y aprender más de la literatura brasileña, para mí siempre una especie de misterio. São Paulo, siguió con el aterrizaje en Rio, cierta confusión de terminales y esperas y, finalmente, un digamos ondulado periplo (junto a Juan Manuel Candal y Livia Deorsola) por carreteras que bordeaban montañas y se internaban en junglas tan espesas que no podía sino esperar que asomara la cabezota un brontosaurio (ahora que parece haberse descubierto que apatosaurus y brontosaurus en realidad eran dos especies diferentes) o algo peor, como una banda de reggaeton. También atravesamos ciudades perdidas en la noche (y el calor) del continente y pequeños restaurantes de comida dizquealemana, que supongo siguen allí ahora que pienso en ellos, con su gente extraña y sus combos de salichichas, carnes y cervezas.
 
El viaje comenzó con una escala en
La ciudad de Viçosa me pareció sumamente interesante, en particular porque es casi dos ciudades: el campus y sus inmediaciones y la ciudad en sí, con sus tiendas de ropa y su música tropical a todo volumen. El campus apolíneo y la ciudad dionisíaca, podría decirse, pero en realidad no, apenas. Las cosas siempre son más complejas y aburridas, después de todo. Salvo por detalles: por ejemplo, la última noche la pasamos en una discoteca que me hizo pensar en road movies y fronteras; creo que tomé notas para escribir algo al respecto, pero o bien las perdí o bien me distraje con otras ideas.
 
Creo que ya dije por ahí que nunca sentí una verdadera cercanía con la cultura brasileña (o con mi representación de tal cultura, modulada por mis prejuicios de clase, formación, convicciones y temperamento); no voy a decir que ahora pienso que eso se debía a mi ignorancia, porque sigo sin sentirme atraído por -al menos- el cliché uruguayo de lo brasilero, pero sí descubrí otro Brasil, un Brasil más. Y ese sí me interesa. Es el Brasil de editoriales como Cosac Naify y de escritores como Antonio Xerxenesky (un apellido tan bueno que debería ser un pseudónimo), el Pynchon brasileño de mi generación (bueno, Antonio es un poco más joven que yo, no digan nada).
 
También en 2014, en agosto, viajé a Bolivia. Acá las escalas fueron más complicadas: Aeroparque, Ezeiza, Santa Cruz de la Sierra, La Paz. De Santa Cruz sólo recuerdo una noche muy húmeda y el insomnio del aeropuerto, cuando aproveché para escuchar algo de música (creo que fue El clave bien temperado por un rato y Exile on main street después) y para trabajar un poco, al menos mientras duró la batería de mi laptop. Creo que en algún momento traté de aventurarme hacia la ciudad, pero me disuadió una nube de insectos con forma de esfinge.
 


A La Paz la recuerdo como varias ciudades; no hay manera de que pueda aglomerar mis recuerdos en una ciudad única. Además, mi sensación de la ciudad está muy marcada por el hecho de que en todo momento fui guiado o llevado de acá para allá y que, por lo tanto, jamás me sentí solo y "abandonado" y a la deriva, sensación creo que indispensable para realmente empezar a asimilar (o sentir que se asimila) una ciudad. Es decir: Wara Godoy Ruiz me paseó junto a Abel Alvez por ya no recuerdo qué barrios (y finalmente probé las deliciosas salteñas), mi editor y amigo Fernando Barrientos me paseó junto al escritor Christian Vera por ciertos barrios (nota: la comida china en La Paz es mucho más picante que en el resto del mundo... bueno, que en Uruguay), la organización de la Feria del Libro (evento al que había sido invitado) me hizo recorrer otros,  con Fernanda Trías caminamos por el centro (¿uno de los centros?) y por extrañas formaciones geológicas, siempre apelando a su sentido de la ubicación dado que el mio no existe ni siquiera en la ficción, y Mauricio Murillo, Daniel Averanga y Sebastián Antezana nos llevaron a Fernanda Trías, Edmundo Paz Soldán y a mí a un bar que recuerdo conformado por una nube de humo cuyos contornos se habían solidificado en paredes de las que manaban litros y litros de cerveza en grandes recipientes con forma de ammonites. El último día de mi estadía en la ciudad, Christian Vera y su compañera nos llevaron a Fernanda y a mí por la ciudad en su auto, logrando de alguna manera hilvanar buena parte de las vistas. De todas formas la ciudad me abrumó y me sigue abrumando cuando la recuerdo: una cosa es ver fotos y otra es estar en lo más profundo de un crater tapizado por un fractal de fachadas y tejados.
 
La Feria en sí también fue una sorpresa, y la presentación de mi novela El orden del mundo no fue una excepción, básicamente porque esperaba que asistieran cinco o diez personas como mucho y, llegado el momento, la concurrencia resultó bastante mayor (de hecho es curioso que se haya tratado, muy probablemente, del público más numeroso que reunió la presentación de algún libro mio). A lo mejor simplemente habían sacado algo así como un abono por todas las presentaciones y mesas redondas y estaban haciéndolo valer; en cualquier caso, las inspiradas palabras de Mauricio Murillo hicieron que sí les valiera la pena.
 
Otro viaje: a Salto, a la Estancia La Aurora para escribir un artículo para la revista Lento. No vi OVNIs, no sentí la "espiritualidad" del paisaje ni la "energía" de no-sé-qué cristales. Me quedé con ganas de tomar ayahuasca, eso sí, y muy agradecido con la hospitalidad de Alice Mari y su familia.

También: dos viajes a Buenos Aires, el primero con Fio y Poppy y el segundo para presentar mi novela Ficción para un imperio. De este último recuerdo caminar cuadras y cuadras y cuadras de Buenos Aires por la noche. Y una tarde en San José, presentando El orden del mundo en la Feria del Libro. Tuve la suerte de compartir la mesa y los micrófonos con Pedro Peña, que presentaba su novela A veces tarda, casi nunca llega y tuvo el amabilísimo gesto de cederme algo de su tiempo.


En cuanto a los aviones: no me gustan. Es decir, me encantan los aviones, pero no me gusta viajar en avión. Se me tapan los oídos, me pongo (más) ansioso, me siento incómodo. Ahora que lo pienso, tampoco me gusta viajar: me gusta estar en otros lugares y recorrerlos a pie, en ómnibus o en auto, pero detesto la larga traslación. Lo lamento. Esto, en realidad, lo aprendí a la tierna edad de 18 años, cuando mi tio me regaló un viaje a España; llegado el momento crucé desde Mallorca hasta Barcelona en barco, y me entusiasmaba la idea de navegar el Mediterráneo como Ulises, como... Nada, que me maree como un pánfilo y pasé las horas del viaje acostado en una reposera leyendo a Alfred Bester. La ficción es más interesante que la realidad, como nos enseñó Proust.
 
Pero volviendo al tema de "viajar" como opuesto a "estar en otros lugares": podría pensarse que si se inventa la teletransportación mi problema estaría resuelto, pero para eso deberían inventar un sistema de teletransportación que no desintegre al objeto teletransportado en el punto A para reconstruirlo en el B. Incluso si me aseguraran que no hay discontinuidad de la conciencia (pero para pensar que hay algo así como una "conciencia" trascendente a los átomos de los que estamos hechos hay que ser capaz de creer en hadas y reyes magos) preferiría abstenerme.
 
Asimov no viajaba nunca en avión; yo no puedo llegar a esos extremos porque soy un poco más haragán y tengo, sí, muchas ganas de conocer ciudades y nuevos amigos, pero insisto en que el proceso de traslación no me gusta para nada. Eso queda compensado, por supuesto, por la alegría de estar en ese otro lado al que se iba.

En cuanto a Poppy. En 2014 aprendió a gatear, cumplió un año, aprendió a caminar, a nombrar sus personajes favoritos (Peppa, Kitty), a trepar por escaleras, a aventurarse por ahí, a armar cosas con bloques, a garabatear y tambíen que le encantan el pollo y el arroz... pero la lista podría seguir. Estar allí atestiguando su crecimiento es algo asombroso; hay cosas que se sienten como inexplicables, hay cosas que uno quiere contar de inmediato a todo el mundo, y todo eso es alegría y felicidad. También, claro, están esos reclamos de atención a las seis de la mañana, esas siestas que se demoran justo cuando hay tanto que hacer en la casa, esos llantos y enojos... en fin; lo cierto es que siempre una sonrisa en su carita o una carcajada hacen que todo brille mucho más, incluso a las seis. Y en lo que va de 2015 no dejó de crecer su vocabulario, sus tonos de pregunta, de asombro y de orden (estos últimos bastante abundantes, hay que decirlo), sus descubrimientos... Y siempre, siempre, todo lo que ella descubre es algo que Fio y yo aprendemos. Sobre ella y sobre nosotros, por supuesto.
Mis momentos favoritos del 2014: una mañana de diciembre estábamos jugando en la azotea; de repente pasa un avión y Poppita deja lo que está haciendo y lo mira. "¡Aón!",dice, y cuando ya apenas se ve lo saluda con la manito y dice "chaa aón". Y unas semanas antes: también en la azotea jugando, vemos volar un ave de gran tamaño, algún tipo de halcón o agilucho. Poppita pone cara de asombro, lo señala y dice "uaauuu".
Ya a principios de este año tuvimos otros momentos como estos que conté: una noche me tomó de la mano, me sacó a la azotea, se quedó un rato mirando el cielo y, finalmente, señalando con la manito, me preguntó "¿luna?".
 

Ahora hablando de cosas menos importantes, no recuerdo si tuve alguna "polémica" especial durante 2014, de esas que abundaron en otros años y que siempre me divertí de recordar en los repasos; bueno, supongo que sí las hubo, pero probablemente no me afectaron significativamente y se disiparon de inmediato. Más bien recuerdo grandes momentos con amigos, amigos de los que me siento especialmente agradecido y que me alegra muchísimo que me acompañen, amigos uruguayos, argentinos, brasileños, bolivianos y amigos por las redes sociales.

Es curioso intentar escribir un repaso como este ya entrado el año siguiente al repasado; quizá una de las cosas que pasan es que se atiende indefectiblemente a otras continuidades, asuntos de 2014 que en realidad siguen en 2015 y por lo tanto no son cosas de un año en particular. Todos estos repasos o listas siempre generan la pregunta por la artificialidad de la cuenta "oficial" del tiempo, pero también es cierto que el pasaje del año y la cuenta de los días y los meses, con sus aniversarios, sus efemérides, aportan la sensación de ritual, de estructura, y, al menos para la gente que tiende, como yo, a lo obsesivo, eso puede ser reconfortante o también ayudar a pensar y a recordar.  Del mismo modo, esos asuntos que se prolongan desde un año hasta otro u otros reclaman un tratamiento narrativo o expositivo diferente: en mi caso podría hablar de nuevos amigos, de películas y series que marcaron 2014 y vuelven a marcar 2015, podría seguir, por supuesto, con los aprendizajes de mi hijita, con los proyectos de escritura que empezaron en diciembre de 2014 y siguieron por los primeros meses de 2015, etcétera. Quizá algunos de estos asuntos se prolonguen todavía más (lo de Poppy evidentemente lo hará) y adquieran una forma diferente sobre mi tiempo. Veremos. En última instancia, siempre se tratará de encontrar las palabras para reconstruirlo.

Seguramente este repaso habría sido más largo de haber sido escrito en enero; ahora sin duda estoy dejando de lado cosas que me pasaron y me parecieron sumamente importantes. No quiero decir que ahora no me lo parezcan, sólo que a estas alturas del año las ganas de decirlas han cambiado y también el detalle con el que se las quiere presentar. ¿Queda de lado mucho del 2014? Probablemente sí; estoy diciendo, en última instancia, que fue un año en que tuve la suerte de viajar y un año en que Poppita creció muchísimo y un año que compartí con amigos. Hay otras cosas, por supuesto, que quedan por fuera, pero me gusta el resumen, me parece adecuado ahora, a 4 meses y medio del 2015.







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