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Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Repaso 2015

(Antes que nada, este post va en una parte sola; para la de 2014 prometí tres partes y terminé escribiendo la tercera en abril. Más allá de eso, este blog ha sido prácticamente un desierto a lo largo del año y, por lo visto, está quedando reservado a estos "repasos". Veremos si en 2016 le encuentro una función más interesante).

Lo primero siempre es Poppy. En julio de 2015 cumplió 2 años y lo celebramos con la familia más inmediata y los amigos más queridos. Nos hubiese gustado ampliar la nómina de invitados, por supuesto, pero siempre hay que mirar asuntos de presupuesto (en ese sentido 2015 fue un año un poco más dificil, que repuntó en su segunda mitad) y, además, muchos de los que queríamos que estuvieran compartiendo esa alegría con nosotros viven en Buenos Aires. Pero, más allá de estos detalles, pasamos un momento emocionante, con poppita corriendo feliz por todas partes, sonriendo en las fotos y apagando velitas.
Hacia esas fechas fue que su pauta de adquisición de vocabulario empezó a cambiar; de un conjunto limitado de palabras que manejaba (algunas predecibles, como "agua" o los nombres de sus personajes favoritos) notamos que iba adquiriendo día a día términos nuevos, a un ritmo cada vez más acelerado. Y es una sensación increíble llegar al momento en que se pude literalmente conversar con ella, cosas como (hoy por la mañana):

yo: Poppy, ¿y no querés usar la pelela, mejor?
Poppy: ¿Pelela?
yo: Claro, para hacer pichí o caca.
Poppy. No, pelela no. Pañal nuevo, dame.

La adquisición del lenguaje es algo realmente fascinante, que me gustaría mucho entender más o menos cómo funciona. Mientras tanto, día tras día aparecen sorpresas: ¿quién le enseñó esa palabra? ¿qué querrá decir con...? Y así sucesivamente. Incluso cuando ella misma se da cuenta de que dice algo gracioso y se ríe, o cuando pregunta qué quiere decir algo que repetimos.
Y sí, la perspectiva de charlar con mi hija me emociona tremendamente. Ya sólo en ese sentido sé que 2016 será un año increíble.

Y si lo primero es Poppy, lo primero también es Fio. Otro gran año juntos, creciendo como personas, como pareja, aprendiendo a conocernos y a bancarnos mutuamente un poco más. Todo lo que hago, lo dije miles de veces, es para ella, y siempre lo será. Qué alegría compartimos cuando Poppy nos abraza y nos pide que nos besemos y mimemos (y la besemos y mimemos).

Después me gustaría repasar los viajes. Tuve la suerte de ser invitado a leer fragmentos de la obra de Mario Levrero en Tecnópolis, en lo que fue la semana de la palabra, allá por abril. Aproveché también para ver a los amigos de siempre -es curioso eso de tener a tus amigos más queridos repartidos de ambos lados del río- y, de yapa, encontrarme con los queridos Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi -que justo estaban en Argentina- en la librería Eterna Cadencia. Pasados unos meses, en noviembre, viajamos con Fio y Poppy de nuevo a nuestra ciudad favorita. Fue una serie de grandes descubrimientos para Poppy (ver hipopótamos en el zoo, por ejemplo, en ese momento su animal favorito), y tuve la alegría además de presentar mi novela El gato y la entropía en la librería Alamut, junto a Dani Mendez y Luciano Alonso. Fue una ocasión especialmente emocionante, ya que pude conocer en persona a gente con la que tenía una amistad limitada hasta entonces a Facebook, como por ejemplo Federico Matías Pailos y Néstor García Figueiras, este último excelente escritor (compartimos esa buenísima antología que es Buenos Aires Próxima), músico y gran melómano, además de reencontrarme con un amigo tan querido -emigrado a Bs As- como Ernesto Pasarisa. Y, claro está, con mi hermano Juan Manuel Candal, una de esas pocas personas que siempre, siempre están allí, más todo el grupo de amigos que tenemos en común (Paula Acuña, Fernando Pedernera, Cecilia Solana, Christian Broemmel, María Eugenia Olazarri, Elena Massa,Valentina Vidal y Laura Alejandro). Y no puedo dejar de nombrar, por supuesto, la hospitalidad siempre renovada de los queridísimos Juan Terranova y Celia Dossio.

También durante ese viaje a Buenos Aires di un cursillo sobre la narrativa breve de Mario Levrero, que debo agradecer ante todo a Leticia Martín y al resto de la gente del CEC (Centro de Estudios Contemporáneos); entre la gente que se anotó tuve el placer de contar con Nicolás Varlotta, una de las personas más entrañables que conozco.

Pero si he de recordar al 2015 por un viaje en particular ha de ser sin duda por la semana que pasé en Lima, en noviembre. La ocasión fue participar de una residencia llamada "Lima Imaginada", en la que dos escritores peruanos guiarían a un conjunto variopinto de colegas latinoamericanos por las calles de Lima, atendiendo a las marcas dejadas por la literatura. Y debo decir que agradezco profundamente a Ezio Neyra (ideólogo del evento) y a todos los que participaron de la organización (especialmente a Lily S. Lam, Gracia Angulo y Raisa Zecevich) por la oportunidad. No solo llegué a conocer una ciudad asombrosa (que cambia su máscara cada dos o tres cuadras) o de ver por primera vez el Pacífico (será una cuestión muy nerdosa, pero realmente me emocionó estar en Barranco mirando el océano) sino que, especialmente, descubrí gente maravillosa: Enzo Maqueira, con quien hicimos ese inevitable nexo rioplatense (no es de extrañarse: no me cansaré de decir que Uruguay nunca debió ser un país independiente sino parte de algo más grande junto a Argentina); Mauricio Murillo, mi hermano paceño, con la alegría del reencuentro y la confirmación (si es que hacía falta) de la inmensa persona que todos sabemos que es; Andrés Ospina, probablemente el hombre más atento y amable del mundo; Carlos Velázquez, gran melómano y un señor escritor, con quien compartimos, entre otras tantas cosas, el amor por la literatura de Gustavo Escanlar; Dazra Novak, excelente fotógrafa y autora de buenísimos microcuentos eróticos; Solange Rodríguez Pappe, con quien hicimos el aguante de los escritores fantásticos en medio del páramo del realismo; Romina Reyes, quizá con la que tuve la menor sintonía literaria -pero la mayor en cuanto a series de TV; Johann Page, quien padeció uno de mis inevitables momentos de apasionamiento combativo contra la GMDLLU (Gran Mierda De La Literatura Uruguaya) y, last but not least, María José Caro, siempre amable y atenta, a quien recuerdo aplaudiendo mi lectura de la Tertulia de Julio Herrera y Reissig, con un chilcano de guinda -mi bebida peruana favorita- en su mano. Bueno, quizá lo del chilcano lo aluciné, como cuando en Minions Stuart ve a Bob y a Kevin convertidos en bananas. Y entre los amigos nuevos limeños tengo que nombrar también a Fran Brivio, que soportó mi batería de chistes malos frente a una huaca milenaria. Insisto: me fui de Lima con nuevos amigos y con el recuerdo de una ciudad increíble. Ah, y del Océano Pacífico.

Volvemos entonces a los amigos. En 2015 compartí la alegría de mi amigo de toda la vida Marcelo Stábile (junto a su pareja, Paola Gómez), que fue papá por primera vez; pude compartir también hermosos momentos con mi otro-amigo-de-toda-la-vida Jorge Merlino, su esposa Carolina Silbermann y sus preciosos hijitos Tiziano y Miguel. El sexteto que integramos -con Fio, claro- (o década, si contamos a los niños y a la niña) se reúne no tantas veces al año como quisiera, pero sabemos que basta con encontrarnos para que todo ese cariño de amigos -y esas memorias de tantos años- fluyan como siempre.

2015 fue también un año en que me sentí muy cerca de Víctor Raggio y Pablo Dobrinin, a quienes conozco desde hace 20 años, sobrevivientes de las eras heroicas de la ciencia ficción uruguaya. Nos une no sólo el recuerdo de esos tiempos (¿mejores? bueno, no, pero en cuanto a algunos asuntos puntuales sí que tuvieron más pasión) sino el amor por la ciencia ficción, la fantasía y el cine. Están, los dos, entre las personas por las que, "como dice el dicho", pongo las manos en el fuego.

Ahí también van Raúl Silveira, Rodolfo Santullo y Agustín Acevedo Kanopa, los tres queridísimos amigos y hermanos en el cine, la música y la vida "en general". En 2015, además, estreché (es medio raro el verbo, pero se entiende su sentido figurado, jeje) la amistad con Ignacio Martínez, una de esas pocas personas con las que puedo pasarme horas hablando de música y discutiendo asuntos tan básicos e importantes como la naturaleza esencialmente imperfecta de los álbumes dobles. También de 2015 fueron charlas nocturnas y cerveceriles con Gonzalo "Tüssi" Dematteis y el ya mencionado Agustín, además de, en alguna que otra ocasión, Debora Quiring, Marcelo Pereira, Lucía Náser, Francisco Alvez Francese y Guilherme de Alencar Pinto. Y como si esto fuera poco se suman buenísimos encuentros con Amir Hamed, Sandra López Desivo, Carlos Rehermann, Sandra Massera, Gustavo Verdesio, Orlando Bentancor, Nelson Díaz, Abel Alves, Magnus, Lucía Germano, Matías Bergara, Fernanda Trías, Federico Giordano... y la lista podría seguir, para que me sienta todavía más afortunado por la gente maravillosa que me tocó conocer en esta configuración particular del multiverso.

Ya he mencionado a los amigos del otro lado del río. Pero vamos a repetirlos: Juan Terranova, siempre hospitalario, siempre ahí para una buena charla a última hora de la noche; Luciano Alonso, compartiendo su entusiasmo por la literatura y la bondad esencial y reconfortante de su espíritu; y Juan Manuel Candal, como dije ya verdadero hermano de la vida, la única persona con la que sé que puedo iniciar una charla sobre matices de remasterización o "esquemas mentales y patrones estructurales en la discografía de King Crimson" a las cuatro de la mañana, o a quien puedo confiarle mis paranoias más disparatadas y mis proyectos.

Hace unos meses falleció alguien que, sin ser realmente amigo, sí me resultó siempre una gran persona, muy querida además por gente a la que apreció especialmente; a la vuelta del velorio, con Rodolfo Santullo tocamos el tema inevitable de lo poco que uno comunica a sus amigos lo mucho que los quiere. Yo aprovecho ahora, entonces, para decirles a todos los mencionados -y a los que se me escaparon, a los que aún así saben que los quiero- que es un placer, un honor y una fuente inagotable de gratitud tenerlos en mis vidas de alguna manera u otra. Los quiero a todos, a todos y a todas, a todxs y a tod@s (sí, bueno, me paspa el "lenguaje inclusivo", pero para dejarlo especialmente claro ahí fue, jeje).


Ahora paso a publicaciones. Dejo para más adelante la lista de lecturas -y por consiguiente de reseñas publicadas en La Diaria- y voy a la novela que publiqué este año: El gato y la entropía #12 & 35. En tiempos mejores de este blog solía subir "historias de libros", donde contaba cómo y cuándo y por qué tal y cual cosa de tal y cual libro recién publicado; esa práctica murió -como, cabría decir, este blog-, pero la podemos zombificar acá, en estos posts de fin de año. De manera más breve, claro. Así, empecé a escribir El gato... creo que hacia 2012. Es un poco la "verdad oficial", porque lo cuento en la nota final del libro, pero en realidad quizá no fue tan así. Posiblemente algunas de las rutinas que componen el libro las pensé o esbocé un poco antes, para otros proyectos, y fueron finalmente recicladas en el momento en que terminé algo así como una primera versión. Me parece recordar que ese primer Gato era mucho más metaliterario, que tenía capítulos separados y demasiados chistes malos. Los chistes quedaron, la mayoria de ellos, pero los capítulos se fueron (de hecho quedaron 2 nomás) y lo metaliterario se concentró en algunos lugares específicos, en particular las 60 y pico notas a pie de página que siguen siendo lo primero que me comentan los lectores. Sí, David Foster Wallace, pero también Lanark , de Alasdair Gray.

Hablé de una "primera versión". Sí recuerdo que siguieron al menos dos más y que para una de ellas -bueno, capaz que fueron todavía más- fue esencial la serie de comentarios que me hiciera Marcela Saborido, la lectura, editora y maquetadora de Estuario/HUM. Allí fue modificado un poco el final y se fueron dos o tres chistes especialmente carnavalescos (sí, lo confieso con dolor: había chistes propios de un parodista), se añadieron notas (de hecho hasta la úlima revisión agregó al menos un par) y se reformaron algunas historias. El libro demoró en salir (por momentos la ansiedad fue tremenda, lo cual no debería extrañar a nadie que me conozca), pero gracias a ello mejoró un poco. Ahora, meses después, veo que viene siendo el mejor recibido (por la prensa local al menos) de mis libros, la mejor de mis novelas para algunas personas. Quizá tengan razón (yo siempre voy a decir que el mejor es el que estoy escribiendo, claro) o quizá no (si es que hay razón en estas cosas), pero sí insisto en decir que fue el libro con el que más me divertí escribiéndolo y que significa para mí un resumen de todo lo que quise hacer entre, digamos, 2006 y 2013. Un cambio de fase, digamos, con pelea con jefe de nivel incluida.

Durante la presentación, en la Feria del Libro, tuve el honor de contar con las palabras de Amir Hamed y Eduardo Mizraji, además de con el talento como guitarrista de Federico de los Santos, quien se sumó a tres covers de Dylan que, sorprende...aparententemente gustaron a algunos de los presentes -en lugar de ser apenas, digamos, tolerados.

No fue un año en que publicara tanto. Están -además de las reseñas- El gato y algunos cuentos, que anoto acá:
"El pozo (con zombis)" en Lento (gracias Gabriel Lagos y Federico de los Santos)
"Las nubes", en revista Próxima (gracias Laura Ponce)
"Los sueños de la carne", en la revista Narrativas, en el compilado Ruido blanco 3 y en la revista Próxima (gracias Carlos Manzano, Monica Marchevsky, Álvaro Bonanata y Laura Ponce de nuevo).

La literatura, digámoslo así, insiste en no darme de comer pero sí en hacerme viajar... y en compartir hermosos momentos con gente de primera. Por ejemplo: la mesa que compartí con Nacho Alcuri y Daina Rodríguez en la semana negra de Montevideo, la que moderé para ese mismo evento con Damián González Bertolino y Mercedes Rosende, y la que integré para el FILBA junto a Pedro Peña, Ana Solari y Renzo Rossello.

2015 fue un poco más abundante en cuanto a escritura. Entre enero y marzo escribí una primera versión de Las imitaciones, novela que será publicada en marzo-abril de 2016 y en Buenos Aires, para después corregirla al menos tres veces más, con reescrituras importantes gracias a la atenta y empática lectura de Fernando Pedernera como editor de Décima Editora. Durante algunas charlas por skype sentí que no era tanto que yo estuviera dispuesto a hacerle caso a Fernando (cosa que estaba) sino que, entre los dos, estábamos soñando la novela como debía ser, y que su entusiasmo y el mio eran el mismo (de ahí lo de la empatía, claro). Sin duda la mejor relación que he sostenido, hasta ahora, con un editor -y eso que en general mis relaciones con los editores a la hora de hacer modificaciones han sido buenas y muy buenas.

Buena parte de esa primera mitad del año la pasé también releyendo, corrigiendo y reelaborando El gato y la entropía, además de reescribir extensamente (por tercera vez) Lineal, mi primera novela. Y más o menos por las fechas de su publicación me puse a escribir una nouvelle finalmente terminada en octubre-noviembre, Verde, que está en este momento siendo leída por una buenísima editorial argentina. Veremos qué pasa. Es, quizá, lo más cercano al género del terror que he escrito hasta ahora.

Desde octubre hasta ahora: correcciones -más de Las imitaciones, detalles en libros anteriores como El orden del mundo- y el cuento para Lima Imaginada, que terminó llamándose "Fractura" e involucrando algo así como una estética incapunk.

Llegamos a lecturas. Un año con no pocos "hitos" de lectura en tanto exploraciones digamos "exitosas" (es decir: fértiles en ideas para escribir y en conexiones para seguir leyendo, además de en diversión y disfrute; no es un combo tan común, lamentablemente), entre ellos la traducción (excelente) de Marcelo Sabaloy del Ulises (lo cual me arrojó de nuevo a la vida joyceana, a los años de exploración de las bibliografías críticas, a la admiración sin límites por el irlandés) y La vida, instrucciones de uso, de Perec, un libro que jamás había terminado de una sentada (aunque sí, quizá, sumando lecturas parciales aquí y allá).

Recuerdo, por otra parte, que empecé el 2015 leyendo House of leaves, y eso, evidentemente, es una experiencia de lectura de esas que cambian vidas (vidas de lector, vidas de escritor al menos); así que esos dos libros, el de Danielewski y el de Perec, hacen a 2015 un año especialmente rico. De la lectura de ambos, entonces, derivé abundantes ideas (léase protoplagios, claro) y ganas.
También: una relectura de la obra completa de Ercole Lissardi, uno de mis 4 o 5 escritores uruguayos vivos favoritos.
Apelando a la lista de mis reseñas para La Diaria -y a mis blogs y otras publicaciones- van otros libros leídos este año:


  • La mula. Álvaro Ojeda. Aburridísimo, irrisorio. Una condensación de lo peor que tiene para ofrecer a literatura urugauya. Es decir: el libro de un tipo que puede escribir algo parecido a la lengua castellana pero que, después, no tiene para decir nada que no sea la nostalgia por cierta literatura muerta y enterrada.
  • La banda de la tenaza. Edward Abby. Divertido, buena lectura de verano, entre los pinos del camping de AEBU en Piriápolis. No creo que lo relea jamás, pero igual me parece recomendable.
  • House of leaves. Mark Danielewski. Un libro asombroso. No sé qué más decir en pocas palabras. Una supernova-orgasmo permanente de lectura.
  • Ella sí. Amir Hamed. Segunda entrega de la Trilogía del relato, esos ensayos-poemas-ficciones de Amir Hamed. Libros como no hay otros, imprescindibles incluso para el hipotético lector al que no le importan en lo más mínimo los temas tocados.
  • El libro tachado. Patricio Pron. Excelente repaso de la literatura del vacío y del algoritmo, de la erosión de la noción romántica de la literatura como expresión del alma atormentada de un sujeto. Este sí para leer y releer.
  • Ferdydurke y Bacacay. Gombrowicz. Aprovechando la reedición de El Cuenco de Plata, libros únicos y divertidísimos.
  • Las mil cuestiones del día. Hugo Fontana. Interesante repaso de la historia de los anarquistas.
  • La hierba de las noches, Más allá del olvido y El ropero de la infancia. Patrick Modiano. Fue, para mí, un gran descubrimiento. El residuo esencial y cristalino de Proust. La vida del estilo.
  • La novela del cuerpo. Rafael Courtoisie. Ciencia ficción uruguaya y una muy buena novela.
  • La última palabra. Hanif Kureishi. Tiene algunas cosas interesantes (uno de los personajes, por ejemplo), pero, en general, una desilusión.
  • El congreso de futurología. Stanislaw Lem. Excelente, como todo Lem.
  • Resaca. Nelson Díaz. Paranoica y deslumbrante novela habitada por los fantasmas de tantos escritores esenciales a mi cuerpo de lecturas. No podría jamás dejar de recomendarla.
  • Shogun inflamable. Salvador Raggio. Los cuentos más inquietantes y extraños del año.
  • Cómete a ti mismo. Nicolás Méndez. Ganó el premio Equis de novela 2014. Precioso bildungsroman porteño y musical.


Novelas de Ercole Lissardi:

  • Aurora lunar. La más rica y barroca para muchos. Impresionante debut novelístico.
  • Últimas conversaciones con el fauno. Entra el lado fantástico de Lissardi. Buenísima novela.
  • Interludio, interlunio. Probablemente mi favorita entre sus novelas; ciertamente la más oscura. Distopía, campos de concentración, terror.
  • Evangelio para el fin de los tiempos. Parece una novela menor en el catálogo de Lissardi, pero no lo es. Llena de pequeñas felicidades, buenas ideas y grandes momentos narrativos.
  • El amante espléndido. La novela más gnóstica de Lissardi.
  • Primer amor, último amor. No es de mis favoritas.
  • Acerca de la naturaleza de los faunos. Novela-ensayo, de lo mejor de su autor.
  • Los secretos de Romina Lucas. Acá opera un cambio de fase o de nivel: Lissardi se concentra y exhibe su dominio de la técnica narrativa. Erotismo + género, acá le toca al policial.
  • Horas puente. Una miniatura narrativa, un pequeño diorama. No es mi favorita tampoco, pero tiene su encanto.
  • Ulisa. Otra de las oscuras, tambiél al borde del ensayo. Le tocó a la novela filosófica.
  • Una como ninguna. Hay que leerla con atención para que parezca una parábola sobre la literatura uruguaya. Grandes momentos, además.
  • La vida en el espejo. De las más fantásticas. Interesante, pero es en cierto modo un Lissardi en clave menor. Me había gustado más la primera vez que la leí.
  • No. Breve, divertida, tiene detalles muy interesantes, pero se parece más a un cuento que a una novela.
  • La bestia. Vuelve el fauno y lo fantástico. Hay páginas que han de contarse entre lo mejor de Lissardi, y otras (las menos) que no llegan al nivel promedio.
  • El centro del mundo. Son tres nouvelles: El centro del mundo, La diosa idiota y La educación burguesa. Mi favorita es la última, pero las tres parecen sugerir un Lissardi más suelto, más divertido. Veremos si se continúa esta tendencia (no leí la última, Los días felices, publicada en Buenos Aires).

  • La noche que no se repite. Pedro Peña. Reedición de una novela primeriza. Tiene sus defectos y no pocas virtudes: entre ellas la pujanza, el ímpetu. Vale la pena leerla.
  • Ulises. La traducción de Marcelo Zabaloy, seguramente la más recomendable de todas. Sobre el libro en sí qué más puede decirse. Mejor evitar los clichés.
  • El caso Bonapelch. Hugo Burel. Lamentable, entre lo peor del año. 
  • Nocturama. Sebastián Pedrozo. Muy buena novela juvenil y de horror.
  • Underground. Haruki Murakami. Libro sobre los atentados con gas Sarín en el metro de Tokyo. Entrevistas a los implicados y reflexiones sobre la mente japonesa. Impresionante.
  • Los trabajos del amor. Damián González Bertolino. Muy buena novela, entre lo mejor del año y de su autor.
  • El inglés. Martín Bentancor. Mi favorita del año. Una novela construida a la perfección, con detalles buenísimos. No una novela arriesgada. Quizá para nada mi "palo", pero se reconoce el buen trabajo a quilómetros de distancia.
  • El malestar del presente. Pessoa y su heterónimo Antonio Mora. Fascinante.
  • Felisberto Hernández: vida y obra. José Pedro Díaz. Una biografía imperfecta, pero la mejor que existe hasta el momento y, por lo tanto, imprescindible.
  • La alemana. Gustavo Escanlar. La mejor novela de uno de los 2 o 3 mejores escritores uruguayos de las últimas décadas.
  • El niño 44. Tom Rob Smith. Un thriller atendible, con algunos aciertos especialmente buenos. Para leer una vez y regalar u olvidar. Eso sí: mucho mejor que la película, hay que admitirlo.
  • Desaparición de Susana Estévez. Hugo Fontana. Muy buen libro de cuentos.
  • M. Amir Hamed. Tercera entrega de la Trilogía del relato. Otro de los mejores libros del año, de una densidad deslumbrante.
  • James Joyce. Richard Ellman. Fundamental biografía de James Joyce. Impresionante lectura.
  • La vida, instrucciones de uso. Georges Perec. Un libro inagotable, para seguir releyendo y explorando.
  • Houellebecq economista. Bernard Maris. Interesante libro sobre Michel Houellebecq. No hay ideas realmente deslumbrantes, pero vale la pena leerlo.
  • La ley del menor. Ian McEwan. Linda novela, bien escrita, redonda. No mucho más que eso.
  • El perro de Fogwill. Mario Bellatin. Por momentos parece el residuo densísimo de un libro. Inquietante todo el tiempo.
  • Los animales de Montevideo. Felipe Polleri. Flojo. No me entusiasma Polleri en general, pero este no está -para nada- entre sus mejores libros. Olvidable.
  • Las redes invisibles. Sebastián Robles. Excelente. Uno de los libros más inteligentes del año: reseña Lemborgesiana de redes sociales inexistentes. Plato fuerte: el último segmento, con su reescritura de la historia argentina.
  • El brujo. Matías Bragagnolo. Cruda y cruel. Distopía infernal. Un libro de horror. También entre los mejores del año a nivel rioplatense.
  • Las constelaciones oscuras. Pola Oloixarac. Mi novela favorita del 2015, sin lugar a dudas.
  • Lolas. Flor Canosa. Ganadora del premio Equis 2015. Una novela divertidísima, para leer en un par de horas y pasarla bien.
  • Prisma. Juan Manuel Candal. Es, sin duda, el compilado de relatos más sólido de su autor, y por momentos se vuelve una muestra de lo mejor de su escritura.
  • Las dos ciudades. Edmund Paz Soldán. Imprescindible compilado de relatos del escritor boliviano.
  • La parte inventada. Rodrigo Fresán. Soy un fan confeso de Fresán, pero este libro, su última novela hasta la fecha, no me pareció. De hecho me costó terminarlo, lo dejé, volví como esfuerzo de voluntad, etc. No, no, no (suspiro).
  • La extinción de los coleópteros. Diego Vargas Gaete. Buenísima, pero me hubiese gustado que fuera un poco más larga. Hay asuntos, digamos, que parecen merecer mayor desarrollo. 
  • Primavera Ninja. Luis Orani. Muy buena y divertidísima. Historia alternativa -o no tan alternativa- del rock argentino de las últimas décadas.
  • Ulises: claves de lectura. Carlos Gamerro. Un libro sumamente útil a la hora de abrirse camino por Ulises.
  • El último teorema de Fermat. Simon Singh. Fascinante historia de la matemática.
  • Ratner's star. Don DeLillo. Una de mis favoritas de su autor, quizá la más arriesgada de sus novelas.
  • El hombre que hablaba en flores. Muy linda nouvelle de Christian Broemmel, dulcemente fantástica.
  • Sexo, nazismo y astrología. Juan Terranova. Excelentes ensayos, de lo mejor de su autor.
  • El recurso humano. Nicolás Mavrakis. Una novela muy atendible. Lo mejor que tiene para ofrecer es su procedimiento, su estrategia narrativa, digamos, además de algunas observaciones sobre los temas que obsesionan más a su autor.
  • Songs of a dead dreamer  y Grimscribe. Thomas Ligotti. Primer y segundo libro (respectivamente) de Ligotti, el nombre ineludible en el horror contemporáneo. Imperdible.
  • Fanged Noumena. Nick Land. Compilación de ensayos de uno de los filósofos más interesantes y provocadores del presente. Imprescindible para dejar atrás el charlatanismo a la Sandino Nuñez y compañía.
  • In the dust of this planet, Starry speculative corpse  y Tentacles longer than night. Eugene Thacker. Excelente. De lo mejor que he leído este año. Filosofía y horror, horror y filosofía. Lovecraft y death metal.
  • "The color out of space", "The horror of Dunwich", "The call of Cthulhu", "The dreams in the witch house", "Out of the eons", "The shadow over Innsmouth" y "At the mountains of madness". H.P.Lovecraft. Repaso y lectura en inglés de los textos fundamentales del maestro. Excelente experiencia de lectura.
  • Ángeles menores. Antoine Volodine. Francecísima novela de ciencia ficción postapocalíptica. Sumamente interesante.
  • El sermón sobre la caída de Roma. Jérôme Ferrari. Novela que se quiere literaria línea a línea, y aún así vale la pena. Momentos de gran belleza prosística y una historia sugerente.
  • La zona de interés. Martin Amis. Buenísima novela sobre el Holocausto y los campos de concentración. Y un jugosísimo epílogo.
  • Wonderful life. Stephen Jay Gould. Maravillosa historia del descubrimiento e interpretación de algunos de los fósiles más importantes de la historia del pensamiento evolucionista. Uno de los mejores libros sobre ciencia que he leído jamás.
  • El gen egoísta y The ancestor's tale. Clásicos de Richard Dawkins. Tenía mi prejuicio contra no sus ideas (que comparto casi todas) sino un no-se-qué de su personalidad y su manera de razonar (supongo). Pero después de leer estos libros cambié de idea y me hice fan. Especialmente por el segundo.
  • Delicias envueltas. Roy y Lucy Makuc. Una historieta bien lograda, pensada para niños pero con varios niveles de interés en general.
  • Sangre y sol. Abel Alves y Nahuel "Nahus" Silva. Acción y aventura en japón. El guión: excelente. Las ilustraciones: un poco disparejas.
  • Mocha Dick. Francisco Ortega y Gonzalo Martínez. Excelente reelaboración de la historia detrás de la novela de Melville.
  • Logicomix. Doxiadis, Papadimitriou, Papadatos y di Donna. Imprescindible. La historia de la lógica y la vida de Bertrand Russell en viñetas.
  • Cosmicómic. Amedeo Balbi y Rossano Piccioni. La historia del descubrimiento del big bang. Bien logrado; no es un libro deslumbrante (como Logicomix) pero vale la pena.
  • ¿Qué he ganado con quererte? y Piedra, papel o tijera, de Alejandro Farías, Jozz y Junior Santellán. Dos historietas más que atendibles; la segunda, un thriller vertiginoso; la primera, un gran aporte a la lectura de Felisberto Hernández.
  • Nemo: river of ghosts. Cierre de la trilogía sobre la hija de Nemo, spinoff de The League of Extraordinary Gentlemen, lo mejor de Alan Moore.
Quizá se me olvida algún libro de los leídos por fuera de alguna obligación crítica (justamente los leídos por placer, es decir), pero en cualquier caso puedo ir actualizando esta lista.

En cuanto a la música, debo decir -y para cerrar este post con, como se verá, una reseña- que 2015 fue un año importante. Durante el invierno, por ejemplo, y no sé en virtud de qué procesos mentales, empecé a explorar bandas y géneros nuevos (nuevos para mí, se entiende), entre ellos el death metal y el postmetal. Quedó un interés especial por la música de Ulver, mi admiración renovada por Giant Squid y el descubrimiento de Pelican y Mastodon. A principios de año, además, me había puesto a explorar extensivamente la discografía de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que siempre había evitado, quién sabe por qué (bueno, sí, sería porque su estética inmediata -superficial, digamos- me repelía un poco) y que terminó por convertirse en mi favorita a nivel de lengua castellana.

Lo más importante, sin embargo, operó en la segunda mitad del año -y sigue operando, en realidad. Ya conocía desde hacía mucho tiempo algunos discos (o, mejor, temas) de King Crimson -el primer álbum en particular, más alguna impresión muy vaga de Discipline-, y había recorrido sin prestar mucha atención otros momentos del proceso de la banda, pero jamás me había puesto a escuchar de verdad. Así que lo hice. Descargué todo lo que pude descargar (y pronto decidí que empezaría a coleccionar los CDs), aproximadamente 70 gigas en FLAC, algunos de ellos incluso en 24 bits y 96 kbps, y me propuse no escuchar otra cosa y seguir el orden cronológico de los álbumes. El resultado, además de otro capítulo en la historia de mis obsesiones, es, especialmente, haber pensado ciertas pautas estructurales y composicionales que ya empecé a derivar hacia la literatura. En cualquier caso, a modo de repaso/reseña:
  • In the court of the Crimson King. El cliché lo convierte en el mejor disco de la banda, cosa que para mí no lo es en absoluto. Tiene grandes momentos, claro, y canciones como "Epitaph" se recortan claramente de su época, pero Crimson se superaría en el futuro.
  • At the wake of Poseidon. Parece un calco del anterior, pero ofrece no sólo temas que quedaron como clásicos de la banda ("Cat food", por ejemplo) sino ejemplos de procedimientos composicionales como imponer unos segundos de un tema anterior (el cierre del primer álbum) a una composición nueva (lo mejor del disco, el final instrumental).
  • Lizard. Mi menos favorito de la discografía. No termino de sentir empatía por su propuesta o por su formación -que nunca tocó en vivo, además. Rescataría "Indoor games", en todo caso.
  • Islands. Un disco bellísimo. El Crimson más delicado, más música de cámara. Lo mejor: las varias partes de "Islands", "Formentera lady" y "Ladies of the road".
  • Lark's tongues in aspic. Now we're talking. Acá arranca el mejor King Crimson en mi opinión. La influencia europea, Stravinsky, Bartok, la improvisación, el free jazz, el hard rock, el protometal. Uno de los mejores discos que existen.
  • Starless and bible black. Por momentos parece la antítesis del anterior. Asimétrico, extraño, compuesto por grabaciones en vivo meticulosamente editadas y por improvisaciones. El lado B (con el title track y "Fracture") es asombroso. Realmente asombroso.
  • Red. Acaso la síntesis de todo lo ofrecido en los dos discos que lo preceden. Hard rock, metal y el sonido más deslumbrante logrado por la banda. Después de grabar "Starless", final del lado B, la banda sólo podía separarse. Y se separó. Por siete años.
  • Discipline. No hay muchos discos más intensos que este. La energía detrás de cada compás, de cada decisión composicional, de cada polímetro, es avasallante. Una cuestión de voluntad, de disciplina.
  • Beat. Un poco deslucido en comparación al anterior, pero tiene el mejor pop ofrecido por una banda que rompió al pop: temas como "Heartbeat", por ejemplo, y está el hermoso instrumental "Requiem".
  • Three of a perfect pair. Cuando menos se la esperaba, una tercera parte de la secuencia "Lark's tongues in aspic" (las dos primeras están en el album con ese nombre); más corta, de sonido casi tecno, vuelve a instaurar el juego crimson, a dejarnos pensando.
  • Thrak. King Crimson, once años después. El sonido del tema que abre el disco puede remitir a "Red", pero hay mucho más. Melodías lennonianas como "Dinosaur", sonidos electrónicos e industriales y el retorno a la improvisación con las versiones en vivo de "Thrak". Pero acaso lo más interesante: la formación "doble trio", con dos bateristas, dos bajistas y dos guitarristas. ¿Demasiado? Quizá. Cuando la banda empezó a no funcionar, Fripp -y acá hay otro gran momento de la historia del rock- la dividió en "projeKcts", la fraKctalizó. Cada una de esas unidades exploró estrategias ligeramente diferentes y aportó material para...
  • The ConstruKction of Light. King Crimson se lee a sí mismo, los projeKcts se reunen en un disco que va creciendo en interés con las escuchas sucesivas. Al principio puede parecer quizá un poco deslucido -en particular por el sonido, por la producción-, pero pronto se empieza a ver más y mejor. La cuarta entrega de "Lark's tongues in aspic" reúne todo lo que hacen las anteriores, y "FraKctured" actualiza "Fracture" al sonido del siglo XXI. No se puede pedir mucho más.
  • The power to believe. El último disco de la banda hasta la fecha (A scarcity of miracles, que presenta la formación actual de King Crimson, fue presentado en realidad como "A King Crimson ProjeKct") aporta un poco más de variedad instrumental y de texturas a la cosa árida y sin concesiones de su predecesor. Los mejores momentos, quizá, sean los instrumentales, en especial "Level five" (en quien algunos han creído ver una quinta parte de "Lark's tongues in aspic") y "Elektrik".

Discos en vivo.

(Dejando de lado las entregas de The King Crimson Collectors Club y concentrándose sólo en los discos lanzados al mercado)

  • Earthbound. Sacado de un cassette. El sonido es horrible, pero vale la pena prestar atención a sus improvisaciones (la que da nombre al disco, por ejemplo).
  • Ladies of the road. Excelente muestra de lo que estaba haciendo la banda justo antes de "Lark's tongues in aspic". El disco 2 del set ofrece un collage de segmentos instrumentales improvisados en diversas versiones de "XXIst century schizoid man"; es decir, una creación de estudio hecha a partir de grabaciones en vivo.
  • The great deceiver. Es un box set, en realidad, después relanzado como dos discos dobles. Ofrece las actuaciones mejor grabadas de la era 1973-1974, con material de la trilogía Lark's-Starless-Red. 
  • The night watch. Se trata del concierto en Amsterdam del que fueron tomados "Trio", "Starless and bible black" y "Fracture" para el disco Starless and bible black. 
  • USA. Se trata de un concierto de 1974, y por lo tanto sirve de resumen ineludible de la trilogía.
  • Absent lovers. Documento de la era de Discipline, Beat y Three of a perfect pair. De hecho, es el último concierto de esa formación de la banda. Las versiones son todas excelentes, entre las mejores de esas composiciones.
  • B'boom y Vrooom Vroom Live in Mexico: una muestra del sonido del doble trio, con canciones de Thrak y las más afines a su estética entre el repertorio previo de la banda. Hay que destacar el sonido reformateado del clásico "XXIst century schizoid man". Para esta era es ineludible referirse a Live at the Shepherds Bush Empire, London 1996 y a otros conciertos recogidos en la reciente edición box-set y remezclada de Thrak.
  • Thrakattack. Uno de los discos en vivo más interesantes de la historia del rock. Como con el procedimiento anotado en relación a la segunda parte de Ladies of the road, acá se toman improvisaciones en vivo durante el tema "Thrak" y se las ensambla en una serie de piezas enganchadas, casi una hora de música continua. Comparar con Attakathrak, proyecto similar que viene en el mencionado box set de Thrak.
  • Heavy ConstruKction. Lanzado después de The ConstruKction of Light ofrece un gran ejemplo de las posibilidades del sonido Crimson de esa época, además de un tercer disco que recapitula hallazgos de los ProjeKcts.
  • Level five y Elektrik live in Japan. Ambos discos prolongan las exploraciones de la era de la fraKctalización y ofrecen versiones en vivo de lo presentado en The Power to Believe. En este caso, y al igual que en Heavy ConstruKction y en discos que recopilan actuaciones de los projeKcts (como el box set The ProjeKcts, por ejemplo), lo ofrecido acá se vuelve indispensable para entender el proceso de la discografía, casi como si se trataran de piezas de rompecabezas.

Bueno, eso es todo, amigos. Nos vemos en 2016!













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