El gran post narcisista del año comienza... ahora, a tres días de Fin de Año.
¿Pero por dónde empezar? Bueno, en cierto modo 2012 fue el año menos afortunado para este blog desde su aparición en 2008; el proyecto de Partículas Rasantes -que implicaba escribir una reseña o crítica o idea o nota o lo que fuese por día y que lo mantuve más o menos hasta agosto o septiembre, cuando empecé a trabajar a diario en Proust Rasante- acaparó buena parte de mi escritura digamos "bloguística", de modo que para este blog quedó apenas alguna que otra noticia, alguna reseña compartida y alguna "historia de libro", en especial la de Los viajes, la novela que publiqué en septiembre. Pero ya que empecé este repaso hablando de blogs, también hay que señalar que fue mi año más bloguero hasta el momento: abrí los proyectos Levrero Rasante, que se propone reseñar cuento por cuento la obra narrativa breve del maestro uruguayo, Ballard Rasante, que opera de la misma manera con los cuentos y relatos de J.G.Ballard, y el ya mencionado Proust Rasante, que se propone como el diario o bitácora de mi lectura -a razón de diez páginas por día- de En busca del tiempo perdido. Más allá de que lo hago porque me divierte (y, en el caso de Ballard o Levrero, porque los blogs en cuestión pueden pensarse como notas para futuros trabajos ensayísticos), tanto la primera mitad del año con sus partículas como la segunda con la lectura de Proust, Ballard y Levrero, y alguna que otra respuesta o pseudomanifiesto, me sirvieron -o al menos yo lo siento así- como esa suerte de entrenamiento permanente o "de fondo" que debe asumir un deportista, independientemente de las preparaciones especiales que le demandan los momentos de mayor relieve.
Eso en cuanto a mis blogs. En cuanto a mi narrativa, el 2012 fue un año especialmente rico en publicaciones, todas ellas motivos de una gran alegría personal. La primera fue allá por marzo: Juan Terranova me había propuesto sumar al incipiente catálogo de la editorial digital del CEC (Centro de Estudios Contemporáneos) mi nouvelle Trashpunk, que ya había aparecido -en una versión más primitiva- en la revista Axxón; tras el necesario trabajo en la edición el libro fue finalmente publicado junto a atentas y auspiciosas reseñas de Mariano Zamorano y Juan Manuel Candal. Más o menos por esas fechas Diego Recoba me propuso publicar un nuevo texto en su editorial La Propia Cartonera; mirando un poco los textos disponibles que entraban en la extensión acostumbrada por La Propia me reecontré con "Los otros libros", un cuento relativamente largo que, además, había sido recientemente publicado -en la traducción de Jean Jacques Fuentealba- en la prestigiosa revista francesa de ciencia ficción Galaxies. Me pareció una buena idea añadir a su historia de vida una publicación en papel y en Montevideo, así que me dispuse a revisarlo y apretarle un poco algunos tornillos. El libro se publicó a fines de agosto y se presentó en noviembre, junto a El aire de sodoma, un compilado de cuentos de Martín Bentancor.
Septiembre fue un mes especialmente feliz desde el punto de vista de las publicaciones: el primer día del mes Juan Manuel Candal puso a disposición de los lectores la descarga gratuita de Algunos de los otros redux, un compilado de cuentos que actualizaba (y, creo, mejoraba) el libro que publiqué allá por 2012; semanas después Melón Editora lanzaba Los viajes, una nouvelle que había bosquejado en 2011 y que reescribí casi al 50% durante junio y parte de julio.
Más cerca de fin de año aparecieron dos compilados de narrativa; el primero fue Estrategias - Remixes, que -siguiendo una interesante inspiración de Juan Manuel Candal para su editorial Reina Negra- incluyó una reversión de mi cuento "Estrategias" (de Algunos de los otros y Algunos de los otros redux) y trabajos de Agustín Acevedo Kanopa, Martín Bentancor, Pablo Dobrinin y el propio Juan Manuel Candal. El segundo, Hasta acá llegamos, fue publicado el 21 de diciembre, en Bolivia, e incluye cuentos de Juan Terranova, Liliana Colanzi, Edmundo Paz Soldán, Agustín Acevedo Kanopa, Gonzalo Palermo, Juan Manuel Candal, Andrés Neuman, Cristian Vera, Álvaro Bisama, Sebastían Antezana, Juan Guinot y Carlos Yushimito, además de mi "All tomorrow's parties", escrito en enero de este año en Piriápolis. Otras publicaciones incluyen un cuento ("Nunca digas adiós") en la excelente revista Próxima, varios cuentos muy breves en Poca cosa -una antología argentina de microrrelatos-, un cuento corto ("Embalse") en la revista mensual El boulevard, un cuento muy viejo (2006, aunque llevó varias manos de corrección) en la web de la Fundación Tomás Eloy Martínez, un cuento nuevo e inédito ("1/72") en la web del encuentro Ya te conté y, quizá, alguna otra que ahora no recuerdo.
En cuanto a la escritura propiamente dicha, trabajé durante buena parte del mes de febrero en una novela policial -su título por ahora es Dos crímenes por página, derivado de una cita de Lovecraft, algo así como que "ningún libro puede interesarme si no tiene al menos dos crímenes por página u horrores innominados del espacio exterior", y está casi terminada, aunque una lectura reciente de mi amigo Rodolfo Santullo me llevó a reconsiderar algunos pasajes- y en abril-mayo en una colección de cuentos que se ensamblan en una pseudonovela, titulada 1/72 (de la que tomé el cuento para Ya te conté), que se benefició sobremanera de las lecturas y comentarios de Juan Manuel Candal y Gabriel Sosa. El resto del año, hasta más o menos noviembre, lo pasé escribiendo cuentos no pensados necesariamente como parte de un libro (entre ellos el que publicó la revista Próxima) y revisando novelas viejas, entre ellas la todavía inédita El gato y la entropía #12 & 35, que es potencialmente mi favorito entre los libros que he escrito hasta la fecha y saldrá el año que viene en Reina Negra. Otros textos revisitados, reescritos y retrabajados fueron Lineal, mi primera novela publicada, que pronto tendrá su edición digital de descarga gratuita, La historia de la ciencia ficción uruguaya (otro inédito, aunque hay algunos planes para 2013) y Ficción para un imperio, que, allá por enero (y luego en mayo-junio) pasó de tener unas 60.000 palabras a casi 120.000; esta novela iba a ser publicada por Melón, pero la inesperada duplicación de su extensión (no pude evitarlo, sinceramente) llevó a descartarla por el momento y a cambiarla en los planes de edición por Los viajes, lo cual, quizá, fue lo mejor que podría haber pasado. El resto del año, de a ratos digamos, lo dediqué a una novela todavía inconclusa (van unas 90.000 palabras pero no siento haber alcanzado siquiera un 60% de la extensión necesaria) que nos muestra, entre otras cosas, qué será de Federico Stahl -y de Rex y su designer- en 2018. Debo confesar (¡ay, el superyo!) que ahora, mientras escribo este post del blog (mañana ya no estaré en Montevideo, así que el repaso era hoy u hoy), siento que debería seguir dedicándome a esa novela (cuyo titulo de trabajo es Desde el sur del cielo), que, de momento, se me aparece con la misma relación que un montón de prismas encajados a la fuerza podría tener con El éxtasis de Santa Teresa. En el tintero quedaron La liga de los escritores extraordinarios, un libro armado con tres nouvelles (entre ellas "La invención de César Aira", donde se establece que el escritor argentino es una creación apócrifa tramada por escritores de un mundo paralelo) vinculadas a mi cuento "Los otros libros", y tres cuentos proyectados y bosquejados, entre ellos un ejercicio lovecraftiano y otra variación del motivo de mis relatos "La luz sobre los cerros", "Nunca digas adiós" (estos últimos publicados en Próxima, números 12 y 16) y el inédito "Árboles por la noche", que pertenece a 1/72. Dados mis planes para la primera mitad de 2013, dudo que vaya a retomarlos, al menos por un buen rato.
En 2012 tuve el placer de reseñar libros excelentes, entre ellos Instrucciones para dar el gran batacazo cultural argentino, de Juan Terranova, Mundo Porno, de Juan Manuel Candal, El loro que podía adivinar el futuro, de Luciano Lamberti, y Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. También disfruté mucho con La última de César Aira, de Ariel Idez, y No alimenten al troll, de Nicolás Mavrakis, dos libros que, por razones que ahora se me escapan, no llegué a reseñar, ni siquiera para mis blogs. Curiosamente, todos estos que aparecen primero en mi cabeza son de autores argentinos. De los colegas uruguayos debo confesar que no recuerdo un libro que realmente me fascinara, pero ahí cerca quedan Las furias, de Renzo Rossello (que me gustó bastante, más allá de algunas críticas puntuales) -de hecho una reseña pendiente para La Diaria-, Tampoco es el fin del mundo, de Pedro Peña (que me mantuvo interesado pese a que no soy especialmente fan de la narrativa policial y que sus precedentes inmediatos en la narrativa de Peña me parecieron lamentablemente fallidos, por decirlo rápido y a lo bestia) y Voz y palabra: historia transversal de la poesía uruguaya, un interesante ensayo de Luis Bravo. En ese sentido, me divertí más con varias historietas uruguayas de 2012, entre ellas Las partes malas, de Roy y Nahus, Dengue, de Santullo y Bergara, El club de los ilustres, de Santullo y Hansz, y también Vientre, de Roy, Lauri Fernández y Nacha Vollenweider.
Una buena parte del año (un tercio, casi) la pasé leyendo y releyendo la obra completa de David Foster Wallace, y fue una experiencia increíble, especialmente a la hora de sumergirme en La broma infinita. Otras lecturas especialmente felices -en cuanto a libros no publicados en 2012 y por tanto no reseñados- fueron El mundo de cristal (una de las pocas novelas de Ballard que me quedaban por leer), Tiempo de Marte (lo mismo, pero de Philip K. Dick), Nuestro igú en el ártico (una selección de cuentos de Levrero maravillosamente diseñada por Ricardo Strafacce, que puede leerse como una cachetada en la caripela de todos los giles levrerianos de Uruguay), La chica mecánica (de Paolo Bacigalupi, libro que reseñé en dos o tres ocasiones) y Siempre tendremos Venezuela, de Juan Manuel Candal, un compilado de cuentos que no pude reseñar porque incluye un relato que escribimos a cuatro manos con Candal.
Dos grandes momentos del año fueron, digamos, musicales: ver a Roger Waters en River allá por marzo y, al mes siguiente, a Paul McCartney en el Centenario: dos grandísimos conciertos, inolvidables ambos, completamente diferentes. Meses más tarde, allá por agosto, tuve el placer de ver a Jon Anderson -solito él- tocando sus canciones en el auditorio Adela Reta del SODRE. Debo confesar que, antes de esa noche, no era especialmente seguidor de Anderson o de Yes; la increíble performance del cantante, sin embargo, me llevó a descargar toda su obra, solista, con Yes, con Vangelis y más. Sin haberla explorado completa hasta la fecha -Anderson es realmente un músico prolífico-, debo decir que ahora soy un fan hardcore de Yes, en particular de los discos Fragile, Close to the edge, Tales from topographic oceans y Relayer.
El 2012 no fue un año especialmente "polémico" para mí, o quizás sí lo fue hasta febrero o marzo. Hubo, sí, un momento -creo que fue en enero- en que parecía que me llovían palos de todas partes (el inefable Matías Bergara, recuerdo, me linkeó un video de un boxeador que seguía de pie, mareado y todo, pese al castigo tremendo); creo que el detonante fue una nota publicada por Álvaro Buela en el País Cultural, en la que tras despachar rápidamente mi novela La vista desde el puente (haciendo un balance bastante neutro, ni considerándola una catástrofe ni una novela especialmente lograda) el crítico se dedicaba a bombardear a mi persona con acusaciones que iban desde la apelación a un lovecraftiano "método tentacular" con el que aparentemente urdo una horrible "campaña de autopromoción" hasta un más siniestro "control parapolicial" que, según lo dicho en la nota, ejerzo o quiero ejercer (de un modo "bastardo") sobre la crítica literaria local. En fin: me alegró bastante, realmente: sentí que me habían convertido en un personaje y que, viniendo de Buela y del País Cultural, aquello era más un elogio que otra cosa.
Después todo se aquietó bastante; el debate sobre la crítica literaria que comenzamos en diciembre de 2011 con Pedro Peña degeneró en un combate bastante descarado, al menos de mi parte, pero, pasados los meses, todo, como suele pasar, se disolvió; creo que ayudó mi comentario de la trilogía policial de Peña, en el que quise dejar de lado diferencias tontas y leer de cerca la narrativa de uno de los autores jóvenes más ineludibles de nuestro país, más allá de las diferencias que tuve, tengo y tendré con sus ideas y su postura, más allá de mi opinión del 50%, más o menos, de su obra. Pedro, como también Rodolfo Santullo, es uno de los escritores "jóvenes" (ya no deberíamos usar esa palabra, lo sé, pero "nuevos" es peor, como también lo es "emergentes") más prolíficos y versátiles, lo cual, en un ambiente dominado por palurdos grises, no deja de ser una fuente de luz. No sé qué dirían Pedro y Rodolfo, pero reconozco en ellos un ímpetu, una capacidad de trabajo, una voluntad de hacer y un mínimo miedo a equivocarse (o, en todo caso, una voluntad de asumir los errores y seguir adelante) que me gustaría pensar como componentes importantes de mi proyecto narrativo, literario o, incluso, intelectual.
No quiero decir, de todas formas, que el 2012 haya sido un año del todo apacible en ese sentido; mi reseña de la muestra de narrativa Sobrenatural causó un par de enojos por ahí, en particular el de Fernández de Palleja, que supongo que se sintió atacado por mi reseña (curiosamente, el suyo no era el cuento más atacado) y armó una pequeña performance en las redes sociales; también agua bajo el puente, por supuesto. De un modo más interesante, mi artículo para Ya te conté, que repasó las muestras de narrativa joven publicadas desde 2008 al presente, más que reacciones como la de muchos escritores locales cuando publiqué una suerte de manifiesto literario en mi blog -allá por 2010, si no me equivoco-, motivó algunas discusiones interesantes, casi todas en persona y fértiles en el sentido de que me hicieron -sin lograr que cambiara realmente de opinión- pensar algunas facetas no del todo exploradas en mi artículo, lo cual, en enero, seguramente motivará un nuevo ensayo/manifiesto.
Otro momento interesante del año lo generó la tarea de integrar el jurado del concurso de novela gráfica de Montevideo Comics y, un par de meses después, el de la categoría Relato Gráfico de los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura. En lo personal quedé muy satisfecho con el fallo (que compartí con Gabriel Lagos y Alfredo Soderguit); de hecho, uno de los proyectos que se beneficiaron del fondo, la muestra de narrativa gráfica Verano, ya apareció y está ahí mi reseña esperando su turno en La Diaria. En 2013 tendremos la fortuna de poder hacernos con un ejemplar del rescate de historietas de Carlos María Federici preparado por Matías Castro, por nombrar sólo uno de los libros que premiamos con Gabriel y Alfredo.
2012, entonces, un año de reescritura, de múltiples proyectos, algunos fértiles, otros no tanto.
2012, mi año más freelancer.
2012, mi año más argentino (hasta ahora).
2012, el año en que, al principio para disipar la ansiedad trabajando con las manos, retomé mi afición (mi vieja afición, debo decir: la había dejado allá por 1996) a los modelos de aviones en escala 1/72 (sí, por ahí viene el título del cuento y del libro, no soy para nada sútil).
2012, un año de reforzar amistades que valen la pena y permitir que las otras se disipen...
Grandes momentos puntuales: correr con mi amigo Raúl en torno al Velódromo y charlar de mecánica cuántica; conversar por Buenos Aires con Juan Manuel Candal; conversar de literatura argentina con Juan Terranova en la sala de su casa; acompañar a Fiorella a todos sus maratones y carreras, especialmente la más disfrutable, la San Antonio en Piriápolis...
...Paul tocando Helter Skelter...
...comentar el concierto del Macca con mis amigos Eduardo Mántaras y Pablo Dobrinin...
...el momento del concierto de McCartney en que sonó "Yesterday" y llamé a mis padres con mi celular para que pudieran oirlo en vivo...
...escuchar "Confortably numb" en vivo con mi amigo Jorge...
...terminar de revisar El gato y la entropía y tomarme un Jack Daniel's, con el mayor alivio ante un libro terminado sentido en mi vida..
(lista que podrá ser expandida en los días que siguen)
Y, más en lo personal, fue un año vivido muy de cerca con mi esposa Fiorella; lo empezamos de hecho en Mendoza, Argentina, padeciendo -gustosamente, hay que decirlo- un calor increíble, visitando bodegas y explorando la cordillera (en particular el Parque Nacional Aconcagua), y disfrutando de la hospitalidad de gente muy, muy amable. Quizá ese comienzo fuera de lo cotidiano aportó cierta energía extra, que fue moviéndose por capilaridad a través de todos los días del 2012 y relució en otros viajes que tuvimos la suerte de hacer, en particular a Buenos Aires en dos ocasiones en que disfrutamos la hospitalidad y la amistad de Juan Terranova y su esposa Celia Dosio. En ambas excursiones -pero en particular en la última- también pasamos grandes momentos con los amigos Juan Manuel Candal, Elena Massa y Tomás "Tommy" Tow, y -en la presentación de Los viajes- junto a la escritora y editora Laura Ponce, el poeta Felipe Herrero y la escritora Luz Marus. Ya en Montevideo, como siempre, disfrutamos del cariño de amigos entrañables y de toda la vida: Marcelo Stábile, Jorge Merlino, Carolina Silbermann, Paola Gómez, Pablo Dobrinin, Eduardo Mántaras, Víctor Raggio y Raúl Silvera, además, por supuesto, de nuestras familias: Ricardo Sanchiz, Elizabeth Echeverriborda, Alba Barros, Eva Muze, Denisse Bussi, Alberto Machado y su familia, Walter Mendez y la suya, y mis tíos Oscar y Graciela. Otros grandes amigos -más recientes algunos y otros no tanto- con los que compartimos grandes momentos a lo largo de 2012 incluyen a Rodolfo Santullo y Victoria Saibene, Agustín Acevedo Kanopa y María Paula Correa, Sandra García Iroldi y Horacio Martínez, Matías Bergara y Mariana Martínez, Nacho Viera y Elisa Montouto, Nicolás Peruzzo, Luis Andrade, Marcelo Odín y muchos más que me perdonarán no nombrarlos para no convertir este post en una larga cadena de nombres. Allí entrarían, en cualquier caso, los colegas y editores Gabriel Sosa, Diego Recoba, Pablo "Roy" Leguisamo y Bea, Lucia Germano, Silvio Galizzi, Ignacio Alcuri, Luis Fernando Iglesias, Leandro Delgado, Martín Fernández Buffoni, Jorge Alfonso, Elvio Gandolfo, Gustavo Verdesio, Martín Bentancor, Orlando Bentancor, Gabriel Lagos, Gonzalo "Tüssi" Curbelo, Gonzalo Palermo, Martín "Magnus" Pérez, Matías Castro, Alejandro Rodríguez Juele, Alejandro Lagazeta, Amir Hamed, Federico de los Santos, Daniel González, Richard Ortiz, Carlos Rehermann y tantas otras personas cuya amistad es siempre una fuente de alegría.
Y, como siempre, no puedo dejar de insistir en el privilegio, en la fuente inagotable de felicidad que representa para mí la compañía de Fiorella Bussi: día a día, proyecto a proyecto, idea a idea, sueño a sueño y, siempre, con la alegría -que no deja de crecer- de llevar juntos esta vida.
Por último, la mayor noticia del 2012 la dejo en suspenso -algunos ya saben de qué se trata, otros ya lo estarán adivinando-, porque será un gran asunto del año que viene: ya tendré, por tanto, la oportunidad de extenderme al respecto más, mucho más.
viernes, 28 de diciembre de 2012
sábado, 1 de diciembre de 2012
Sobre jukebox literarias y tintura de pelo
Hace poco Belén Russomano me entrevistó en relación a algunas conexiones entre el rock y mis ficciones, como parte de su participación en el taller de periodismo de rock del Centro de Estudios Contemporáneos, uno de los nodos más calientes de la red de pensamiento del Río de la Plata. Hablamos de la escena rockera de los 90s en Montevideo (que más que conocerla prefiero inventarla), de las influencias, la angustia de las influencias o, concepto más adecuado me parece, el deseo de la influencia. Y hablamos un poco de rock. La pueden leer en Tía Bowie, el blog del taller, siguiendo el siguiente enlace:
http://tiabowie.blogspot.com.ar/2012/12/entrevista-ramiro-sanchiz.html
http://tiabowie.blogspot.com.ar/2012/12/entrevista-ramiro-sanchiz.html
viernes, 30 de noviembre de 2012
Estrategias - remixes
Hace unos meses Juan Manuel Candal me propuso inaugurar la línea "remixes" -de la sección digital de su editorial Reina Negra- con un libro de descarga gratuita que tomara mi cuento "Estrategias" (está en Algunos de los otros Redux, también disponible gratis en RNdigital) y propusiera a cuatro escritores -que resultaron ser Martín Bentancor, Pablo Dobrinin, Agustín Acevedo Kanopa y el propio Candal- la idea de versionarlo, de remezclarlo, rehacerlo, reinventarlo, etc. Bentancor, Dobrinin y Acevedo Kanopa tuvieron la amabilidad de aceptar y ofrecer su trabajo, por lo cual me quedo sumamente agradecido por su buena voluntad y entusiasmo, así como también, una vez más, estoy feliz de aumentar mi deuda con Juan Manuel Candal, promotor irredento del Stahlinismo y gran amigo. Candal, de hecho, incluyó un remix de su autoría en el que aparece un tal Ramiro Sanchiz y confunde un poco las cosas (nota a Candal: la novela escrita por Stahl se titula Los amigos checoslovacos, no Los amigos noruegos; la diferencia es fundamental).
Es curioso leer "Estrategias -Dobrinin Mix", que arranca con la voz inconfundible de uno de los mejores autores slipstream de iberoamérica (él añadiría el término "sexyfiction", pero yo todavía no entiendo bien de qué va eso) y pronto configura un relato que, si bien tiene evidentes puntos en contacto con el original, termina trasceniéndolo y armando un cuento 100% Pablo Dobrinin. Algo similar sucede con "Estrategias - Carta abierta a Ramiro Sanchiz", la remezcla de Agustín Acevedo Kanopa, que no sólo supera a todas luces al original sino que, al desmenuzarlo y volverlo a armar, propone como origen de mi cuento una anécdota que él, Agustín, me contó hace un tiempo y que, estoy seguro, en cuestión de semanas evocaré una mañana, demasiado temprano, como parte de mi pasado real. Bentancor, por su parte, se anima en "La diosa de Ucello" a proponernos un ensayo ficticio, cuasiborgesiano, que indaga en la presencia en la historia del arte de la diosa invocada en el cuento.
Mi remix no hace grandes aportes: es, de hecho, tan predecible como coherente con el proyecto que vincula a todas mis ficciones: en la noche narrada en "Estrategias" se habla de la decisión tomada por los personajes de no ir a un casino; en mi remezcla sucede precisamente lo contrario, aunque el desenlace -de un modo desilusionante- es, podría decirse, idéntico al del cuento original.
Ayer hablaba de este nuevo libro digital con Rodolfo Santullo; coincidimos en que se trata de una gran idea, de un proyecto que, idealmente, incluirá a más cuentos y más escritores en el futuro. ¿Una antología de remezclas de Capítulo XXX, de Levrero, por ejemplo? ¿Varias versiones del excelente "Cucharas", mi cuento favorito de Agustín Acevedo Kanopa? ¿O de "Luces del sur", de Dobrinin, o de "Obituario", de Martín Bentancor, o de "La biblioteca de El Paraíso", de Candal? De hecho, anótenme ya para todos esos remixes. Es más: ya mismo empezaré a escribirlos.
Estrategias - Remixes puede descargarse totalmente gratis siguiendo este enlace:
http://www.otrocielo.com/estrategias_remixes.html
Y un brindis por el método tentacular!
Es curioso leer "Estrategias -Dobrinin Mix", que arranca con la voz inconfundible de uno de los mejores autores slipstream de iberoamérica (él añadiría el término "sexyfiction", pero yo todavía no entiendo bien de qué va eso) y pronto configura un relato que, si bien tiene evidentes puntos en contacto con el original, termina trasceniéndolo y armando un cuento 100% Pablo Dobrinin. Algo similar sucede con "Estrategias - Carta abierta a Ramiro Sanchiz", la remezcla de Agustín Acevedo Kanopa, que no sólo supera a todas luces al original sino que, al desmenuzarlo y volverlo a armar, propone como origen de mi cuento una anécdota que él, Agustín, me contó hace un tiempo y que, estoy seguro, en cuestión de semanas evocaré una mañana, demasiado temprano, como parte de mi pasado real. Bentancor, por su parte, se anima en "La diosa de Ucello" a proponernos un ensayo ficticio, cuasiborgesiano, que indaga en la presencia en la historia del arte de la diosa invocada en el cuento.
Mi remix no hace grandes aportes: es, de hecho, tan predecible como coherente con el proyecto que vincula a todas mis ficciones: en la noche narrada en "Estrategias" se habla de la decisión tomada por los personajes de no ir a un casino; en mi remezcla sucede precisamente lo contrario, aunque el desenlace -de un modo desilusionante- es, podría decirse, idéntico al del cuento original.
Ayer hablaba de este nuevo libro digital con Rodolfo Santullo; coincidimos en que se trata de una gran idea, de un proyecto que, idealmente, incluirá a más cuentos y más escritores en el futuro. ¿Una antología de remezclas de Capítulo XXX, de Levrero, por ejemplo? ¿Varias versiones del excelente "Cucharas", mi cuento favorito de Agustín Acevedo Kanopa? ¿O de "Luces del sur", de Dobrinin, o de "Obituario", de Martín Bentancor, o de "La biblioteca de El Paraíso", de Candal? De hecho, anótenme ya para todos esos remixes. Es más: ya mismo empezaré a escribirlos.
Estrategias - Remixes puede descargarse totalmente gratis siguiendo este enlace:
http://www.otrocielo.com/estrategias_remixes.html
Y un brindis por el método tentacular!
martes, 27 de noviembre de 2012
una guía rasante
Como acabo de sumar un blog más a mi colección, acá va una pequeña guía de mis proyectos vigentes:
Ballard rasante: cuento por cuento de J.G.Ballard, en orden cronológico.
Levrero rasante (¡nuevo!): idem, pero con Levrero, y en el orden de lectura que se me vaya ocurriendo.
Proust rasante: estoy leyendo En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, a razón de 10 páginas por día. Este blog es una suerte de bitácora.
Historietas rasantes: reseñas de historietas que voy encontrando, incluyendo el proyecto de lectura de buena parte del material historietístico publicado en Uruguay desde el 2000 hasta el presente.
Lecturas rasantes: reseñas de libros e historietas, generalmente publicadas originalmente en La Diaria o en Leedor.com. También son incluídos acá artículos sobre temas variados, no necesariamente literarios.
Partículas rasantes: un poco desatendido, la idea original era publicar un miniartículo día tras día. Todavía tengo tiempo para llegar al año y a los 365 posts. Veremos qué pasa. Algunas cosas interesantes en este blog: la serie sobre The Doors y los intentos de metacrítica.
Proyecto Stahl: también muy desatendido, es básicamente un lugar para poner información sobre mis ficciones sobre Federico Stahl.
Ballard rasante: cuento por cuento de J.G.Ballard, en orden cronológico.
Levrero rasante (¡nuevo!): idem, pero con Levrero, y en el orden de lectura que se me vaya ocurriendo.
Proust rasante: estoy leyendo En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, a razón de 10 páginas por día. Este blog es una suerte de bitácora.
Historietas rasantes: reseñas de historietas que voy encontrando, incluyendo el proyecto de lectura de buena parte del material historietístico publicado en Uruguay desde el 2000 hasta el presente.
Lecturas rasantes: reseñas de libros e historietas, generalmente publicadas originalmente en La Diaria o en Leedor.com. También son incluídos acá artículos sobre temas variados, no necesariamente literarios.
Partículas rasantes: un poco desatendido, la idea original era publicar un miniartículo día tras día. Todavía tengo tiempo para llegar al año y a los 365 posts. Veremos qué pasa. Algunas cosas interesantes en este blog: la serie sobre The Doors y los intentos de metacrítica.
Proyecto Stahl: también muy desatendido, es básicamente un lugar para poner información sobre mis ficciones sobre Federico Stahl.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
Pablo Dobrinin sobre "Los Viajes"
Otro nombre para la rosa
Federico Stahl -escritor, músico y poeta- es un personaje que aparece, desde que fuera creado en 2006, en distintas ucronías de Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) como parte de un gran plan narrativo en el que cada una de las entregas puede ser considerada el fragmento de una obra total. Al decir del investigador español Jesús Montoya, "su obra está atravesada por la borgiana intuición de senderos que se bifurcan en universos paralelos, que se abren en cada uno de sus relatos y se cierran a su término (...) Too ello es protagonizado por Federico Stahl, una suerte de álter ego del autor que muta levemente en cada una".
Esta faraónica creación, aún en proceso, y que no tiene precedentes en nuestra literatura, incluye hasta el momento las novelas 01.lineal (Anidia, Salamanca, 2008), Perséfone (Estuario, 2009), Vampiros porteños, sombras solitarias (Meninas Cartoneras, Madrid, 2010), Nadie recuerda a Mlejnas (Reina Negra, La Plata, 2011), La vista desde el puente (Estuario, 2011) y Trashpunk (Ediciones CEC, Buenos Aires, 2012), más los libros de relatos Del otro lado (La Propia Cartonera, 2010), Algunos de los otros (Fondos Concursables-Trilce, 2010) y Los otros libros (presentada el jueves pasado por La Propia Cartoenra).
Bañera burbujeante.
En Los viajes, un ingeniero que reside en un precario departamento del Palacio Salvo (un sitio rodeado por un halo de misterio y sobre el que circulan siniestras historias de monstruos lovecraftianos) construye una máquina dotada de inteligencia artificial. Con el fin de comunicarse con ella, convence a Federico Stahl de participar en un experimento que incluye un tanque de aislamiento sensorial instalado en una bañera, drogas de diseño y un buzarro sistema de realidad virtual generado por viejas computadoras conectadas a la red. Como resultado, el sujeto del experimento tiene visiones epifánicas que lo llevan a considerar el sentido de su papel en el universo, o mejor dicho del multiverso, ya que existen muchos Federico Stahl en mundos alternativos. Las drogas que le proporciona la máquina lo hacen afirmar cosas como: "Todo estaba en mí, y yo estaba en todos. A cada momento y en todas partes". Esa inteligencia artificial, que alcanza su conciencia propagándose por internet, le ayuda a comprender la reconciliación de los opuestos y obtener un conocimietno de sí mismo que no puede expresar con palabras.
Tras el experimento, el protagonista narrador abandona el Palacio salvo y mientras camina por la ciudad comienza a notar que los colores del ocaso se derraman de un modo inusual sobre el paisaje, hasta el punto de desdibujar la ciudad de Montevideo. Así, Stahl se traslada a un universo-burbuja (que se identifica con un balneario llamado Punta de Piedra, presente en otras narraciones de Sanchiz), en el que no envejece, vive sin dificultades económicas y puede convivir con amigos o amores que en el mundo "real" habían fallecido. Sin embargo, no tarda en sentir la falsedad de este paraíso artificial y comienza a buscar una salida.
Los cuestionamientos se suceden sin pausa, hasta el punto de que Stahl no puede discernir si efectivamente se encuentra en esa playa, o si por el contrario, todavía continúa conectado a una máquina de realidad virtual. En su infatigable intento por regresar al mundo real (si es que tal cosa efectivamente existe), llega a la conclusión de que Punta de Piedra es un punto de confluencia entre distintas realidades. Con la ayuda de un diario y un libro, el Tratado de las puertas y los pasajes, dejados allí por otras versiones de Federico Stahl, intentará escapar de este sitio poblado de fantasmas del pasado o de su propia mente.
Alquimia y multiversos
Los viajes es una nouvelle muy bien escrita, imaginativa y sobre todo riquísima en cuanto a significados. Para comprenderlo, basta con esbozar algunas de las posibles lecutras. Como relato de ciencia-ficción podriámos inscribirlo en el cyberpunk, con su cóctel de antihéroes y realidad virtual, pero también debemos considerar los universos paralelos, las realidades alternativas interconectadas y las ucronías. Hay una extraordinaria descripción de los procesos mentales que atraviesa el protagonista y los aspectos cientificistas van muy bien de la mano con consideraciones de tipo teosófico y filosófico.
Así, por ejemplo, las reflexiones que realiza el creador de la mencionada computadora inteligente son muy ilustrativas. Para el viejo, la inteligencia es un proceso que describe como "la posibilidad de iterar, de dar saltos cuánticos, es decir, entre dimensiones". También postula que la inteligencia es colectiva y no individual como se suele creer ("Todos somos nodos de una red, o momentos de una conciencia escindida y volcada en todos sus subcompartimientos (...) El universo es una gigantesca mente, de la cual todos somos neuronas (...) Y esa "sobremente" es una computadora cuántica que procesa lo que llamamos realidad (...) Los antiguos la reverenicaron como Dios", dice en pasajes especialmente significativos).
El propio pueblito de pescadores en el que se desarrolla casi toda la acción está cargado de símbolos y de significados que redimensionan la anécdota. Punta de Piedra ocupa un área circular de la que no se puede huir, porque cuando uno llega a un límite termina regresando al principio como si se desplazara por una cinta de Moebius. El círculo, al decir de Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, suele corresponderse con un "retorno a la unidad tras la multiplicidad", lo que en este caso es muy significativo, tratándose de un lugar que funciona como punto de confluencia de distintos universos y versiones del protagonista. Mide cinco kilómetros de diámetro, es un gigantesco arenal, al noroeste limita con el mar y al noreste con un barranco infranqueable. El número 5 (de nuevo Cirlot) es el símbolo del hombre, lo que nos indica que es un espacio a la medida del individuo que lo habita. Las dunas, la arena y otros elementos básicos representan el desierto mítico que debe recorrer antes de alcanzar su objetivo. El barranco (única frontera natural, según se señala) representa el límite de sus posibilidades humanas: más allá no puede ir, saber o conocer, por eso la altura del barranco es de 300 metros (múltiplo de tres, símbolo de la divinidad).
El propio nombre "Punta de Piedra" tampoco puede ser tomado a la ligera. La piedra es un símbolo del ser y de la cohesión, y la piedra filosofal representa la unión de los contrarios, es símbolo de la totalidad. Según Barone Evola, no hay diferencia entre el descubrimiento de la piedra filosofal y el nacimiento eterno. Recordemos de paso que en este lugar el personaje no envejece y que la importancia de la alquimia es inherente a la propia anécdota. De hecho, el Tratado de las puertas y los pasajes -que debería proporcionarle un medio de escape- es descrito como un libro de "alquimia de otro mundo". Los alquimistas, explica el autor del tratado, "habían sido los sobrevivientes medievales de una orden antiquísima cuyos miembros recorrían el mundo en busca de ciertos secretos (...) rastreando los elementos necesarios para crear una máquina que disolviera la simulación y devolviera a los humanos a la realidad".
El mar, que integra el espacio geográfico, aparece en su función regeneradora, ya que devuelve a la vida a la novia de Federico. Agustina, que había muerto años atrás, es regresada por el mar con una rosa (que no se marchita) en su mano derecha. Esa rosa (símbolo del logro absoluto en alquimia) será clave para intentar el regreso al "mundo real".
Otra de las posibilidades es considerar las peripecias de Federico para abandonar un mundo en el que está seguro y en el que tiene sus necesidades satisfechas como un intento de cumplir con una fase de crecimiento. En ese sentido, podríamos hablar de un rito de pasaje o viaje iniciático, lo que nos permitiría considerar también una lectura antropológica.
Todo es ilusión
Como se advierte, estamos en presencia de una obra que admite muchas lecturas, desde la ciencia-ficción, la física, la filosofía, la psicología (Gestalt incluída), la alquimia... y aún hay más. Podríamos intentar un abordaje del artista como creador, por ejemplo, o una relectura de algunos temas de Borges o de Dick (a los que se menciona puntualmente), y también, por qué no, una lectura acaso más obvia, que interprete Los viajes como una extrapolación del hombre contemporáneo, que se sumerge en una ilusión permanente en la que el tópico realidad-apariencia adquiere tonos de incertidumbre metafísica.
En definitiva, lo más importante es que estamos frente a una obra total, probablemente una de las novelas más ambiciosas de los últimos años, que cautiva la imaginación de los lectores y se erige como un desafío para los exégetas.
Por Pablo Dobrinin. Publicada en La Diaria el 19 de noviembre de 2012
Federico Stahl -escritor, músico y poeta- es un personaje que aparece, desde que fuera creado en 2006, en distintas ucronías de Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) como parte de un gran plan narrativo en el que cada una de las entregas puede ser considerada el fragmento de una obra total. Al decir del investigador español Jesús Montoya, "su obra está atravesada por la borgiana intuición de senderos que se bifurcan en universos paralelos, que se abren en cada uno de sus relatos y se cierran a su término (...) Too ello es protagonizado por Federico Stahl, una suerte de álter ego del autor que muta levemente en cada una".
Esta faraónica creación, aún en proceso, y que no tiene precedentes en nuestra literatura, incluye hasta el momento las novelas 01.lineal (Anidia, Salamanca, 2008), Perséfone (Estuario, 2009), Vampiros porteños, sombras solitarias (Meninas Cartoneras, Madrid, 2010), Nadie recuerda a Mlejnas (Reina Negra, La Plata, 2011), La vista desde el puente (Estuario, 2011) y Trashpunk (Ediciones CEC, Buenos Aires, 2012), más los libros de relatos Del otro lado (La Propia Cartonera, 2010), Algunos de los otros (Fondos Concursables-Trilce, 2010) y Los otros libros (presentada el jueves pasado por La Propia Cartoenra).
Bañera burbujeante.
En Los viajes, un ingeniero que reside en un precario departamento del Palacio Salvo (un sitio rodeado por un halo de misterio y sobre el que circulan siniestras historias de monstruos lovecraftianos) construye una máquina dotada de inteligencia artificial. Con el fin de comunicarse con ella, convence a Federico Stahl de participar en un experimento que incluye un tanque de aislamiento sensorial instalado en una bañera, drogas de diseño y un buzarro sistema de realidad virtual generado por viejas computadoras conectadas a la red. Como resultado, el sujeto del experimento tiene visiones epifánicas que lo llevan a considerar el sentido de su papel en el universo, o mejor dicho del multiverso, ya que existen muchos Federico Stahl en mundos alternativos. Las drogas que le proporciona la máquina lo hacen afirmar cosas como: "Todo estaba en mí, y yo estaba en todos. A cada momento y en todas partes". Esa inteligencia artificial, que alcanza su conciencia propagándose por internet, le ayuda a comprender la reconciliación de los opuestos y obtener un conocimietno de sí mismo que no puede expresar con palabras.
Tras el experimento, el protagonista narrador abandona el Palacio salvo y mientras camina por la ciudad comienza a notar que los colores del ocaso se derraman de un modo inusual sobre el paisaje, hasta el punto de desdibujar la ciudad de Montevideo. Así, Stahl se traslada a un universo-burbuja (que se identifica con un balneario llamado Punta de Piedra, presente en otras narraciones de Sanchiz), en el que no envejece, vive sin dificultades económicas y puede convivir con amigos o amores que en el mundo "real" habían fallecido. Sin embargo, no tarda en sentir la falsedad de este paraíso artificial y comienza a buscar una salida.
Los cuestionamientos se suceden sin pausa, hasta el punto de que Stahl no puede discernir si efectivamente se encuentra en esa playa, o si por el contrario, todavía continúa conectado a una máquina de realidad virtual. En su infatigable intento por regresar al mundo real (si es que tal cosa efectivamente existe), llega a la conclusión de que Punta de Piedra es un punto de confluencia entre distintas realidades. Con la ayuda de un diario y un libro, el Tratado de las puertas y los pasajes, dejados allí por otras versiones de Federico Stahl, intentará escapar de este sitio poblado de fantasmas del pasado o de su propia mente.
Alquimia y multiversos
Los viajes es una nouvelle muy bien escrita, imaginativa y sobre todo riquísima en cuanto a significados. Para comprenderlo, basta con esbozar algunas de las posibles lecutras. Como relato de ciencia-ficción podriámos inscribirlo en el cyberpunk, con su cóctel de antihéroes y realidad virtual, pero también debemos considerar los universos paralelos, las realidades alternativas interconectadas y las ucronías. Hay una extraordinaria descripción de los procesos mentales que atraviesa el protagonista y los aspectos cientificistas van muy bien de la mano con consideraciones de tipo teosófico y filosófico.
Así, por ejemplo, las reflexiones que realiza el creador de la mencionada computadora inteligente son muy ilustrativas. Para el viejo, la inteligencia es un proceso que describe como "la posibilidad de iterar, de dar saltos cuánticos, es decir, entre dimensiones". También postula que la inteligencia es colectiva y no individual como se suele creer ("Todos somos nodos de una red, o momentos de una conciencia escindida y volcada en todos sus subcompartimientos (...) El universo es una gigantesca mente, de la cual todos somos neuronas (...) Y esa "sobremente" es una computadora cuántica que procesa lo que llamamos realidad (...) Los antiguos la reverenicaron como Dios", dice en pasajes especialmente significativos).
El propio pueblito de pescadores en el que se desarrolla casi toda la acción está cargado de símbolos y de significados que redimensionan la anécdota. Punta de Piedra ocupa un área circular de la que no se puede huir, porque cuando uno llega a un límite termina regresando al principio como si se desplazara por una cinta de Moebius. El círculo, al decir de Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, suele corresponderse con un "retorno a la unidad tras la multiplicidad", lo que en este caso es muy significativo, tratándose de un lugar que funciona como punto de confluencia de distintos universos y versiones del protagonista. Mide cinco kilómetros de diámetro, es un gigantesco arenal, al noroeste limita con el mar y al noreste con un barranco infranqueable. El número 5 (de nuevo Cirlot) es el símbolo del hombre, lo que nos indica que es un espacio a la medida del individuo que lo habita. Las dunas, la arena y otros elementos básicos representan el desierto mítico que debe recorrer antes de alcanzar su objetivo. El barranco (única frontera natural, según se señala) representa el límite de sus posibilidades humanas: más allá no puede ir, saber o conocer, por eso la altura del barranco es de 300 metros (múltiplo de tres, símbolo de la divinidad).
El propio nombre "Punta de Piedra" tampoco puede ser tomado a la ligera. La piedra es un símbolo del ser y de la cohesión, y la piedra filosofal representa la unión de los contrarios, es símbolo de la totalidad. Según Barone Evola, no hay diferencia entre el descubrimiento de la piedra filosofal y el nacimiento eterno. Recordemos de paso que en este lugar el personaje no envejece y que la importancia de la alquimia es inherente a la propia anécdota. De hecho, el Tratado de las puertas y los pasajes -que debería proporcionarle un medio de escape- es descrito como un libro de "alquimia de otro mundo". Los alquimistas, explica el autor del tratado, "habían sido los sobrevivientes medievales de una orden antiquísima cuyos miembros recorrían el mundo en busca de ciertos secretos (...) rastreando los elementos necesarios para crear una máquina que disolviera la simulación y devolviera a los humanos a la realidad".
El mar, que integra el espacio geográfico, aparece en su función regeneradora, ya que devuelve a la vida a la novia de Federico. Agustina, que había muerto años atrás, es regresada por el mar con una rosa (que no se marchita) en su mano derecha. Esa rosa (símbolo del logro absoluto en alquimia) será clave para intentar el regreso al "mundo real".
Otra de las posibilidades es considerar las peripecias de Federico para abandonar un mundo en el que está seguro y en el que tiene sus necesidades satisfechas como un intento de cumplir con una fase de crecimiento. En ese sentido, podríamos hablar de un rito de pasaje o viaje iniciático, lo que nos permitiría considerar también una lectura antropológica.
Todo es ilusión
Como se advierte, estamos en presencia de una obra que admite muchas lecturas, desde la ciencia-ficción, la física, la filosofía, la psicología (Gestalt incluída), la alquimia... y aún hay más. Podríamos intentar un abordaje del artista como creador, por ejemplo, o una relectura de algunos temas de Borges o de Dick (a los que se menciona puntualmente), y también, por qué no, una lectura acaso más obvia, que interprete Los viajes como una extrapolación del hombre contemporáneo, que se sumerge en una ilusión permanente en la que el tópico realidad-apariencia adquiere tonos de incertidumbre metafísica.
En definitiva, lo más importante es que estamos frente a una obra total, probablemente una de las novelas más ambiciosas de los últimos años, que cautiva la imaginación de los lectores y se erige como un desafío para los exégetas.
Por Pablo Dobrinin. Publicada en La Diaria el 19 de noviembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
Algunos de los otros Redux (breve historia de un libro)
La historia de Algunos de los otros comenzó a fines de 2008. Había decidido preparar un compilado de cuentos, en ese momento con miras de probarlo en la editorial Trilce, y el título elegido fue Malos recuerdos. El libro proyectado contaba con la particularidad de que cada uno de sus cuentos era precedido por una portadilla ilustrada por Matías Bergara; la editorial no lo aceptó, así que lo olvidé por un tiempo, y las portadillas, lamentablemente, quedaron olvidadas por ahí.
Unos meses después me decidí a presentarme a los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura. Pensé en probar con una novela -Regreso, que ya no existe- y, además, con un compilado de relatos. A la hora de seleccionarlos lo primero que hice, por supuesto, fue apelar al trabajo que ya había hecho para Malos recuerdos, pero resultó que gran parte de los cuentos incorporados había dejado de interesarme; los que había escrito a fines de 2008 y principios de 2009, además, me parecían -como era de esperarse- mucho más interesantes y frescos, de modo que armé una selección en plan "lo mejor de ambos mundos" y la presenté. Tuve la suerte de que el jurado decidiera otorgarle la financiación (no así a Regreso, y con mucha razón ya que era una novela evidentemente fallida), y pronto Trilce fue seleccionada como la editorial que se haría responsable del diseño y publicación de los libros, lo cual me hizo mucha gracia dado que, en gran medida (un 60% diría) se trataba del mismo libro que ellos habían rechazado. No tenía las portadillas de Bergara, por lo que su personalidad era bastante diferente a la del proyecto original, pero sí incluía los cuentos que, entonces, me parecían los más distintivos del compilado proyectado originalmente, que abarcaba trabajos desde 2001 hasta 2009.
La editorial me presentó la oportunidad de volver al texto y hacer las correcciones necesarias; a principios de 2010, entonces, eliminé un cuento (ya no recuerdo cual) y aporté más conexiones entre las ficciones, siempre -como era de esperarse- apelando a aumentar los vínculos del libro al mosaico de relatos en torno a Federico Stahl. El libro fue publicado y presentado pasada la mitad del año (septiembre, si mal no recuerdo); siguieron algunas reseñas y entrevistas (pueden leer buena parte de ellas aquí) y muchos comentarios de lectores, entre ellos de gente -como Juan Manuel Candal- que había leído una buena cantidad de material inédito y tenía una idea formada sobre mis ficciones. En general, sus conclusiones coincidían: algunos cuentos no parecían "pertenecer" al libro, socavando un poco su identidad.
Por esas fechas también había publicado un tríptico de cuentos en La Propia Cartonera, Del otro lado, que estaba armado con textos compuestos en 2008-2009, ya con un sabor "stahlinista" más acusado y, por lo tanto, una "personalidad" mucho más definida que Algunos de los otros. Había publicado también cuentos en esa veta en revistas como Axxón y Otro Cielo; la posibilidad de armar un nuevo libro de relatos, entonces, fue apareciéndoseme cada vez más tentadora. Sin embargo, como presté más atención a la escritura de nouvelles y novelas (así fueron publicadas Nadie recuerda a Mlejnas, La vista desde el puente y Trashpunk), los pocos cuentos que escribía quedaban dispersos por ahí, sin mayores posibilidades de integrar un libro.
Ya en 2012, entonces, después de la feliz experiencia con la publicación digital de Trashpunk (ver su historia aquí), conversando con Juan Manuel Candal sobre futuras ediciones en su editorial Reina Negra llegamos a la conclusión de que podía ser una buena idea ofrecer para descarga gratuita una selección de los mejores (a nuestro entender, por supuesto) cuentos del original Algunos de los otros complementados por material más reciente y más a tono con trabajos relativamente recientes. Así, el índice original:
En cierto modo Algunos de los otros Redux plantea una barrera. En lo personal, no siento del mismo modo a los cuentos escritos después del más reciente de los aquí incorporados ("Las mentiras"), por lo que una nueva etapa (que incluye cuentos como "All tomorrow parties", que aparecerá pronto en una antología de relatos sobre el fin del mundo publicada por la editorial boliviana El Cuervo, y también "La variante biológica", publicado en Axxón) abierta a continuación podrá eventualmente cristalizar en un nuevo libro de relatos. Pero para eso todavía falta, y mucho.
Descargar Algunos de los otros Redux es fácil. Basta con seguir este enlace y elegir el formato: pdf, epub o mobi.
Unos meses después me decidí a presentarme a los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura. Pensé en probar con una novela -Regreso, que ya no existe- y, además, con un compilado de relatos. A la hora de seleccionarlos lo primero que hice, por supuesto, fue apelar al trabajo que ya había hecho para Malos recuerdos, pero resultó que gran parte de los cuentos incorporados había dejado de interesarme; los que había escrito a fines de 2008 y principios de 2009, además, me parecían -como era de esperarse- mucho más interesantes y frescos, de modo que armé una selección en plan "lo mejor de ambos mundos" y la presenté. Tuve la suerte de que el jurado decidiera otorgarle la financiación (no así a Regreso, y con mucha razón ya que era una novela evidentemente fallida), y pronto Trilce fue seleccionada como la editorial que se haría responsable del diseño y publicación de los libros, lo cual me hizo mucha gracia dado que, en gran medida (un 60% diría) se trataba del mismo libro que ellos habían rechazado. No tenía las portadillas de Bergara, por lo que su personalidad era bastante diferente a la del proyecto original, pero sí incluía los cuentos que, entonces, me parecían los más distintivos del compilado proyectado originalmente, que abarcaba trabajos desde 2001 hasta 2009.
La editorial me presentó la oportunidad de volver al texto y hacer las correcciones necesarias; a principios de 2010, entonces, eliminé un cuento (ya no recuerdo cual) y aporté más conexiones entre las ficciones, siempre -como era de esperarse- apelando a aumentar los vínculos del libro al mosaico de relatos en torno a Federico Stahl. El libro fue publicado y presentado pasada la mitad del año (septiembre, si mal no recuerdo); siguieron algunas reseñas y entrevistas (pueden leer buena parte de ellas aquí) y muchos comentarios de lectores, entre ellos de gente -como Juan Manuel Candal- que había leído una buena cantidad de material inédito y tenía una idea formada sobre mis ficciones. En general, sus conclusiones coincidían: algunos cuentos no parecían "pertenecer" al libro, socavando un poco su identidad.
Por esas fechas también había publicado un tríptico de cuentos en La Propia Cartonera, Del otro lado, que estaba armado con textos compuestos en 2008-2009, ya con un sabor "stahlinista" más acusado y, por lo tanto, una "personalidad" mucho más definida que Algunos de los otros. Había publicado también cuentos en esa veta en revistas como Axxón y Otro Cielo; la posibilidad de armar un nuevo libro de relatos, entonces, fue apareciéndoseme cada vez más tentadora. Sin embargo, como presté más atención a la escritura de nouvelles y novelas (así fueron publicadas Nadie recuerda a Mlejnas, La vista desde el puente y Trashpunk), los pocos cuentos que escribía quedaban dispersos por ahí, sin mayores posibilidades de integrar un libro.
Ya en 2012, entonces, después de la feliz experiencia con la publicación digital de Trashpunk (ver su historia aquí), conversando con Juan Manuel Candal sobre futuras ediciones en su editorial Reina Negra llegamos a la conclusión de que podía ser una buena idea ofrecer para descarga gratuita una selección de los mejores (a nuestro entender, por supuesto) cuentos del original Algunos de los otros complementados por material más reciente y más a tono con trabajos relativamente recientes. Así, el índice original:
- Constelaciones
- Estrategias
- Yocasta
- Caminos
- Malos recuerdos de Thiago Pereira, poeta
- El avance
- El cuento vaciado
- Los años
- Breve historia de la realiad (1800-2007)
- Sobre desayunos y entropía
- Malos recuerdos de Thiago Pereira, poeta
- Breve historia de la realidad (1800-2007)
- Duendes
- El avance
- Estrategias
- Pisadas
- Patricio
- Las mentiras
- Sobre desayunos y entropía
En cierto modo Algunos de los otros Redux plantea una barrera. En lo personal, no siento del mismo modo a los cuentos escritos después del más reciente de los aquí incorporados ("Las mentiras"), por lo que una nueva etapa (que incluye cuentos como "All tomorrow parties", que aparecerá pronto en una antología de relatos sobre el fin del mundo publicada por la editorial boliviana El Cuervo, y también "La variante biológica", publicado en Axxón) abierta a continuación podrá eventualmente cristalizar en un nuevo libro de relatos. Pero para eso todavía falta, y mucho.
Descargar Algunos de los otros Redux es fácil. Basta con seguir este enlace y elegir el formato: pdf, epub o mobi.
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miércoles, 29 de agosto de 2012
Algunos de los otros Redux, descarga gratuita a partir del primero de septiembre
Aquí va el trailer de mi libro Algunos de los otros Redux, que estará disponible para descarga gratuita (en pdf, mobi y epub) desde la web de la editorial Reina Negra a partir del 1/9/2012.
Los cuentos incluídos en el libro son:
- Malos recuerdos de Thiago Pereira, poeta
- Breve historia de la realidad (1800-2007)
- Duendes
- El avance
- Estrategias
- Pisadas
- Patricio
- Las mentiras
- Sobre desayunos y entropía
La portada fue preparada por Ana Chaparro, que también ha trabajado con Editorial Reina Negra en la segunda edición del libro Siempre tendremos Venezuela, de Juan Manuel Candal.
Coincidiendo con la puesta en circulación del libro subiré a este blog, como ya es costumbre, una breve historia de su vida, desde la primera encarnación en papel hasta esta nueva versión.
martes, 28 de agosto de 2012
En busca del tiempo perdido: un diario de viaje
Hace unos días escribí una lista de mis libros favoritos. Entre los 20 incluidos estaba En busca del tiempo perdido, de Proust, y en el post decía que tenía ganas de releer los siete tomos. Anoche decidí hacerlo, pero de una manera especial: a razón de 10 páginas por día (implica leer la novela completa en poco más de un año) y, además, escribiendo una bitácora de esa lectura. Originalmente había pensado hacerlo en Partículas Rasantes, pero pensé que para una mejor clasificación o indexación es preferible que este proyecto de lectura de Proust tenga su propio blog. A la vez, me interesó leer la novela en una traducción que no manejara (mis escasos conocimientos de francés, lamentablemente, no me permiten leer la versión de Proust), para de alguna manera mantener cierta relación de descubrimiento o "novedad" con el texto. Elegí para empezar, entonces, la edición de Debolsillo, Por la parte de Swann, traducida por Carlos Manzano.
La dirección del blog es:
http://proustrasante.blogspot.com/
La dirección del blog es:
http://proustrasante.blogspot.com/
jueves, 19 de julio de 2012
repaso de medio año (y un poco más) de Partículas Rasantes
Hasta la fecha van 154 entradas en mi blog de notas diarias Partículas Rasantes; no respeté estrictamente la consigna original de una por día, pero el promedio viene siendo unas 5 por semana.Tampoco respeté la pauta que exigía brevedad, y por eso algunas se alargaron bastante más allá de lo que podría pensarse como ideal no sólo para este blog sino quizá para cualquier blog. En cualquier caso, repasando un poco separé las que me parecieron más o menos interesantes y aquí van, clasificadas:
Libros
Pinamar, de Hernán Vanoli.
Pinocchio, de Winshluss
Daytripper, de Gabriel Bá y Fabio Moon
El aleph engordado, de Pablo Katchadjian (y también aquí)
The city & the city, de China Miéville
Vientre, de Pablo "Roy" Leguisamo, Lauri Fernández y Nacha Vollenweider
Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara
Historiatas, de Federico Murro
Las partes malas, de Pablo "Roy" Leguisamo y Nahuel Silva
GAS3K-3, varios autores
Escritores y artistas, de Pablo Dobrinin
A maze of death, de Philip K. Dick
Acero líquido, de Mazzitelli y Alcatena
Los abismos posibles, de Mauricio Murillo
Neonomicon, de Alan Moore
Siempre tendremos Venezuela, de Juan Manuel Candal
Pulso, de Julian Barnes
The shadow out of time, de H.P.Lovecraft
El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq (y también aquí y aquí)
El vampiro argentino, de Juan Terranova (y también aquí)
James Joyce
Tolkien, George R.R. Martin y las traducciones
Cine
Prometheus, de Ridley Scott y Terminator, de James Cameron
Dark Shadows, de Tim Burton
Prometheus, de Ridley Scott
The Avengers, de Joss Whedon
The whisperer in darkness, de la H.P.Lovecraft Historical Society
The Quiet Earth, de Geoff Murphy
Alien vs Predator: Requiem, de Colin y Greg Strause
Pandorum, de Christian Alvart
Alien vs Predator, de Paul W.S.Anderson
Alien: Resurrection, de Jean-Pierre Jeunet
Solaris, de Andrei Tarkovski
Alien 3, de David Fincher
Total Recall, de Paul Verhoeven
Aliens, de James Cameron
Battle Royale, de Kinji Fukasaku
Hugo, de Martin Scorsese
Alien, de Ridley Scott
Rumble fish, de Francis Ford Coppola
Noroi, de Kôji Shiraishi
Trolljegeren, de André Øvredal
Metacrítica
Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara
Prometheus, de Ridley Scott (y también aquí, aquí y aquí)
Lost: la estructura de la decepción, de Marcelo Ciccone
Ricardo Piglia y Salas Zubirat
Patricio Pron y la ciencia ficción
Eric Raymond y la ciencia ficción dura
Roger Waters
Lost
Jack y Locke
Hipótesis
Manipulaciones
"The end"
"Across the sea"
"The incident"
"The economist"
"Ji Yeon"
"The constant"
"Exposé"
"Through the looking glass"
"D.O.C.", "The Brig" y "The man behind the courtain"
"Flashes before your eyes"
"The cost of living"
"A tale of two cities" y "Live together, die alone"
"?"
"One of them" y ""Lockdown"
"What Kate did"
"Man of science, man of faith", "Adrift", "Orientation" y "Everybody hates Hugo"
"Exodus"
"Deus ex machina"
J.S.Bach
Tocata y fuga en re menor (y también aquí)
La ofrenda musical
El arte de la fuga (Fretwork)
Variaciones Goldberg (Fretwork)
Libros
Pinamar, de Hernán Vanoli.
Pinocchio, de Winshluss
Daytripper, de Gabriel Bá y Fabio Moon
El aleph engordado, de Pablo Katchadjian (y también aquí)
The city & the city, de China Miéville
Vientre, de Pablo "Roy" Leguisamo, Lauri Fernández y Nacha Vollenweider
Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara
Historiatas, de Federico Murro
Las partes malas, de Pablo "Roy" Leguisamo y Nahuel Silva
GAS3K-3, varios autores
Escritores y artistas, de Pablo Dobrinin
A maze of death, de Philip K. Dick
Acero líquido, de Mazzitelli y Alcatena
Los abismos posibles, de Mauricio Murillo
Neonomicon, de Alan Moore
Siempre tendremos Venezuela, de Juan Manuel Candal
Pulso, de Julian Barnes
The shadow out of time, de H.P.Lovecraft
El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq (y también aquí y aquí)
El vampiro argentino, de Juan Terranova (y también aquí)
James Joyce
Tolkien, George R.R. Martin y las traducciones
Cine
Prometheus, de Ridley Scott y Terminator, de James Cameron
Dark Shadows, de Tim Burton
Prometheus, de Ridley Scott
The Avengers, de Joss Whedon
The whisperer in darkness, de la H.P.Lovecraft Historical Society
The Quiet Earth, de Geoff Murphy
Alien vs Predator: Requiem, de Colin y Greg Strause
Pandorum, de Christian Alvart
Alien vs Predator, de Paul W.S.Anderson
Alien: Resurrection, de Jean-Pierre Jeunet
Solaris, de Andrei Tarkovski
Alien 3, de David Fincher
Total Recall, de Paul Verhoeven
Aliens, de James Cameron
Battle Royale, de Kinji Fukasaku
Hugo, de Martin Scorsese
Alien, de Ridley Scott
Rumble fish, de Francis Ford Coppola
Noroi, de Kôji Shiraishi
Trolljegeren, de André Øvredal
Metacrítica
Dengue, de Rodolfo Santullo y Matías Bergara
Prometheus, de Ridley Scott (y también aquí, aquí y aquí)
Lost: la estructura de la decepción, de Marcelo Ciccone
Ricardo Piglia y Salas Zubirat
Patricio Pron y la ciencia ficción
Eric Raymond y la ciencia ficción dura
Roger Waters
Lost
Jack y Locke
Hipótesis
Manipulaciones
"The end"
"Across the sea"
"The incident"
"The economist"
"Ji Yeon"
"The constant"
"Exposé"
"Through the looking glass"
"D.O.C.", "The Brig" y "The man behind the courtain"
"Flashes before your eyes"
"The cost of living"
"A tale of two cities" y "Live together, die alone"
"?"
"One of them" y ""Lockdown"
"What Kate did"
"Man of science, man of faith", "Adrift", "Orientation" y "Everybody hates Hugo"
"Exodus"
"Deus ex machina"
J.S.Bach
Tocata y fuga en re menor (y también aquí)
La ofrenda musical
El arte de la fuga (Fretwork)
Variaciones Goldberg (Fretwork)
miércoles, 13 de junio de 2012
"Un género llamado trashpunk", reseña de mi nouvelle "Trashpunk" a cargo de Mariano Zamorano
Un género llamado trashpunk
Por Mariano Zamorano
En el libro de Ramiro Sanchiz, Federico Stahl es un escritor uruguayo que lleva años tratando de crear un subgénero de ciencia ficción al que denominó trashpunk, caracterizado por ser el sucesor tercermundista del cyberpunk fundado por William Gibson y Bruce Sterling.
A pesar de su ambicioso proyecto, Stahl no escribe desde su última separación y se cuestiona el derecho de llamarse escritor. Sin embargo, el encargo que su amigo Rex recibe de un dealer se presenta como el material necesario para volver a intentar un cuento trashpunk: Rex deberá dirigirse al departamento de un viejo bioquímico en el Palacio Salvo y conseguir doscientos gramos de una sustancia que revolucionará el mundo de las drogas de diseño. Si bien la misión falla, Rex recibe el ofrecimiento de convertirse en la primera persona en comunicarse con una inteligencia no humana a partir de la combinación de unamáquina, un cóctel de sustancias alucinógenas y unas antiparras que lo conectarán con la realidad virtual.
De esta forma, aunque el viejo bioquímico no logra su cometido ya que la inteligencia artificial no se percibe “como cosa, sino como ser”, Rex tiene una experiencia definida como el “psicoanálisis definitivo e instantáneo” que le permite ver cosas del pasado y ahondar en sus procesos de pensamiento. Desde
este momento, Trashpunk girará en torno a los miedos, las dudas y las ganas de Stahl de experimentar su propio viaje y así poder retornar a la escritura.
El principal logro de Ramiro Sanchiz en Trashpunk es la victoria en la lucha que libra su personaje Stahl: a partir del combo tecnología y bajo nivel de vida propio del cyberpunk clásico, Sanchiz construye una historia protagonizada por seres marginales, dentro de una Montevideo “colonizada por chicas reggaetoneras con rollos desbordando de sus pantalones varias tallas por debajo de la correcta”. En definitiva, escribe en código trashpunk made in Uruguay, con guiños a Burroughs, Philiph Dick, Jim Morrison y David Bowie.
Publicada originalmente en Revista Tónica #2 en junio de 2012
Por Mariano Zamorano
En el libro de Ramiro Sanchiz, Federico Stahl es un escritor uruguayo que lleva años tratando de crear un subgénero de ciencia ficción al que denominó trashpunk, caracterizado por ser el sucesor tercermundista del cyberpunk fundado por William Gibson y Bruce Sterling.
A pesar de su ambicioso proyecto, Stahl no escribe desde su última separación y se cuestiona el derecho de llamarse escritor. Sin embargo, el encargo que su amigo Rex recibe de un dealer se presenta como el material necesario para volver a intentar un cuento trashpunk: Rex deberá dirigirse al departamento de un viejo bioquímico en el Palacio Salvo y conseguir doscientos gramos de una sustancia que revolucionará el mundo de las drogas de diseño. Si bien la misión falla, Rex recibe el ofrecimiento de convertirse en la primera persona en comunicarse con una inteligencia no humana a partir de la combinación de unamáquina, un cóctel de sustancias alucinógenas y unas antiparras que lo conectarán con la realidad virtual.
De esta forma, aunque el viejo bioquímico no logra su cometido ya que la inteligencia artificial no se percibe “como cosa, sino como ser”, Rex tiene una experiencia definida como el “psicoanálisis definitivo e instantáneo” que le permite ver cosas del pasado y ahondar en sus procesos de pensamiento. Desde
este momento, Trashpunk girará en torno a los miedos, las dudas y las ganas de Stahl de experimentar su propio viaje y así poder retornar a la escritura.
El principal logro de Ramiro Sanchiz en Trashpunk es la victoria en la lucha que libra su personaje Stahl: a partir del combo tecnología y bajo nivel de vida propio del cyberpunk clásico, Sanchiz construye una historia protagonizada por seres marginales, dentro de una Montevideo “colonizada por chicas reggaetoneras con rollos desbordando de sus pantalones varias tallas por debajo de la correcta”. En definitiva, escribe en código trashpunk made in Uruguay, con guiños a Burroughs, Philiph Dick, Jim Morrison y David Bowie.
Publicada originalmente en Revista Tónica #2 en junio de 2012
martes, 17 de abril de 2012
The Beatles: un viaje personal
Tengo bastante claro mi primer recurdo de los Beatles porque es, además, uno de mis recuerdos más tempranos. Hasta 1987 viví con mis padres en un apartamento del Barrio Sur, en un complejo de edificios sobre la Rambla República Argentina, y en 1983, más o menos, hubo un cambio en la disposición de las habitaciones, y lo que había sido el cuarto de mis padres pasó a ser el living-comedor para uso diario; en mi recuerdo esto aún no había sucedido, y estaba con mi madre viendo TV (un gran televisor blanco y negro): Pasaban un documental sobre los Beatles, y mi madre lo miraba muy emocionada (no hacía tanto que habían matado a Lennon, además); en algún momento se veían personas llorando, como desesperadas. Pregunté por qué, qué era lo que hacía tan infeliz a esa gente, y ella me respondió "lloran porque se separaron los bitles". Obviamente yo no tenía la menor idea de quienes eran, así que le pregunte. Mi madre me dijo que eran un grupo de su época, que tocaban la música que ella había bailado de adolescente. Y seguí mirando. No recuerdo otra imagen del documental, excepto una más: los cuatro en el techo, tocando "Get Back", y había algo fascinante allí, quién sabe exactamente qué, por lo que no dejé de pedirle a mi madre que me contara más sobre los Beatles. Cierto tiempo después tuve acceso a un tocadiscos (mono, además) y mi madre me regaló su colección de vinilos. Algunos estaban rayados y no eran ya escuchables; en otros se salvaban algunas canciones: With the Beatles y Please please me, este último con la tapa tontamente traducida a "por favor, yo" (que se pierde el juego de palabras entre "por favor" y "complacer").Ese es, entonces, mi fondo de conocimiento Beatle: escuché esos discos cientos de veces y me entusiasmé con la posibilidad de tocar los temas el piano (no sé por qué no pensé en la guitarra), cosa que me llevó a empezar a aprender ese instrumento... pero eso es otra historia.
Seguimos con los Beatles. Mi madre y mi padre, como supongo que otras personas de su generación, tuvieron una apreciación irregular de los Beatles; disfrutaron mucho de los primeros discos y la Beatlemania, y quizá hasta algo de Revolver, pero a partir de allí su contacto con los Beatles se refugia sobre todo en los singles. Por eso, algunas facetas de Revolver (como "Tomorrow never knows" por ejemplo) tuve que descubrirlas solo. A través de documentales, por ejemplo, o de cassettes que me prestaban amigos. Así, para mitad de la década de 1990, ya conocía más o menos la totalidad de la discografía. Mi primer CD, de hecho, fue Past masters 2, regalo de mis padres (el primero que compré fue Waiting for the sun, de The Doors), y me hizo mucha gracia hacerles escuchar "You know my name", tema que apenas recordaban. Recuerdo también que en 1995 le compré a Pablo Dobrinin los cassettes del Album blanco, con otra fea traducción, esta vez "Guitarra vas a llorar" por "While my guitar gently wheeps", y se instaló en mí la admiración sin límites por los tipos capaces de tocar algo como "Helter Skelter", que sigue siendo una lección de rock pesado, pese (y nutriéndose de) todo el metal que ha pasado bajo el puente.
Mi fascinación se centró a partir de entonces en el Blanco. En 1997 viajé a España y volví con muchos libros y sólo cinco CDs, dos de ellos para regalar, dos de música clásica y el Blanco, en una edición de CD doble armatoste que todavía conservo (y que fue reemplazada recién en 2009, cuando se editó la remasterizada). Ese año compré gran parte de la discografía en CD, gracias al entusiasmo compartido con mi amigo Eduardo Mántaras, otro gran beatlefan, que también por esos años (97-87) casi completó su colección. Uno de mis mayores recuerdos de ese tiempo es escuchar obsesivamente Revolver, con Eduardo y también con otro gran amigo, Marcelo Stábile. Salíamos a fumar porro por ahí y después nos encerrábamos en su auto (en realidad era el auto de su madre) a escuchar Revolver con sonido surround. También con Marcelo (él en la batería, yo en la guitara -renuncié al piano allá por 1991) tengo un gran recuerdo Beatle: estar tocando "Helter Skelter" contra la grabación, también pasados de porro, y desfasarnos ligeramente del tempo, lo cual, en mi percepción alterada, generaba burbujas de sonido que sacudían mi realidad (así contado suena dickiano, pero no tengo otra manera de narrarlo).
Es decir... cualquier época de mi vida que evoque allí están los Beatles. Y otras bandas, por supuesto, Pink Floyd, Zeppelin, Bowie, todas mis fascinaciones musicales, a veces por delante, a veces a la par, a veces por detrás: pero siempre los Beatles, como si fueran el espinazo indudable de la banda sonora de mi vida, el latido de corazón de The dark side of the moon.
He hecho amigos gracias a los Beatles o con los Beatles; he escrito a partir de los Beatles; he escuchado a otras bandas (y descubierto maravillas) desde los Beatles. He pensado con los Beatles, imaginado con los Beatles... tanto que sería incapaz de figurarme el universo sin ellos. El universo y la música. No es original, claro: se sabe no hay rock sin los Beatles, salvo en alguna ucronía, por ejemplo (por eso siempre detestaré el universo de mi novela La vista desde el puente, en el que los Beatles no existen), en la que otra es la banda central de la historia del rock (si es que existe el "rock" en esa historia: para mí el rock es esencialmente un producto beatle... antes había rock'n'roll, que no es lo mismo) y todos los sucesos son completamente diferentes.
Hace poco más de un mes tuve el placer de asistir a uno de los conciertos de Roger Waters en Buenos Aires. The Wall es un disco importante para mí, no mi favorito de Pink Floyd, pero sí, claramente, uno de los que pondría en la categoría de obras maestras; y no sólo eso: uno de los que son esenciales (de los que se siguen sintiendo esenciales) a ciertos momentos de mi vida y a ciertas actitudes a las que sigo aferrándome asumiéndolas profundamente mias. Y el concierto fue perfecto: todos los elementos estaban puestos allí para cumplir una función que verificaban de mil maravillas. Cuando, días después conversé sobre el concierto con mi amigo Raúl, me las apañé para armar una hipótesis: lo de Waters no era tanto un concierto de rock como otra cosa, un espectáculo teatral, una ópera-rock, como se lo quiera llamar; es cierto que el despliegue de luces y efectos y perfección sónica hacía fácil creer que jamás se vería algo igual. Justo en esos días se confirmó la llegada a Montevideo de Paul McCartney... lo que volvió inevitable añadir "salvo uno de los Beatles, claro". Además, estaba claro que otro concierto de algún grande entre mis favoritos sería, a diferencia de The Wall, un conjunto de canciones seleccionadas desde una discografía significativa, tocadas del mejor modo posible y con todos los elementos de un "show", del "entretenimiento". Otra cosa. Menos narrativa y más sorpresas. Chance de jugar el juego de pensar en qué favoritos estarán y cuales no. Conexión con los músicos, que no están representando un papel de un modo tan directo como lo exige The Wall...
Y la posibilidad de sentir a pocos metros la presencia y el sonido de uno de los Beatles. Y no de un Beatle cualquiera. Porque tanto Harrison como Lennon de alguna manera intentaron abrirse de los Beatles hasta las últimas consecuencias, reinventándose (con mayor o menor éxito), revisitando la herencia común desde otros lugares; lo de Paul, en cambio, podemos pensarlo como crecer desde el fondo Beatle; lo que hace que una canción de McCartney solista sea tantas veces incorporable a algún disco de los Beatles es precisamente el mejor indicio de que si hay una "esencia Beatle", esa esencia estaba (está) más en Paul que en cualquiera de los otros. Esto, por supuesto, no implica una valoración en tanto músicos: sólo una conexión emocional con esa cosa más o menos indefinible que sentimos ante la música de los Beatles, esa música que, al menos a mí, me habla desde un plano diferente al de, por ejemplo, los Stones o Led Zeppelin: un plano más familiar, más "mio". Zeppelin es algo que viene de afuera, una maravilla de la naturaleza, digamos. La música de los Beatles, si bien también tiene algo de cosa-hermosa-que-nos-ponemos-a-mirar, no deja de estar también adentro. Supongo que un fan incondicional de los Stones podrá pensar lo mismo: alguien criado con la música de Jagger&Richards, indudablemente, podrá atribuirle estas mismas cualidades. Es más: en algunos momentos de mi vida escuché más Stones que Beatles, o más Zeppelin que Beatles, o más Bowie, Smashing Pumpkins, Nirvana, lo que fuese; pero apenas daba PLAY en el CD, la música surgía desde los parlantes y desde mi mente. Listen to the music playing in my head, indeed.
En el principio fue la paranoia. De saber si se conseguirían las entradas, de, una vez entendido el robo a mano armada y mentira flagrante de los puestos de venta, si realmente funcionaría la compra por Internet, de no saber cuándo podrían levantarse las entradas, de cualquier problema que surgiera a último momento... en fin. Fueron pasando los días y las semanas y un día llegó un e-mail de confirmación; Matías Bergara me escribió un SMS de alivio, un gran "ya estamos adentro" que hizo al resto de la espera cuesta abajo. Y el domingo... Hubiese pasado la mañana y la tarde en las inmediaciones del estadio, ya "siendo parte" del concierto, sin dejar de pensar que incluso la ansiedad por la espera sería parte de algo a recordar.
A eso de las dos Fio y yo acompañamos a mi suegra y a mi cuñada a su lugar en la cola, y allí ya encontramos amigos y conocidos que esperaban para entrar, entre ellos Matías y su novia Mariana, Sandra García y Horacio Martínez, y Damián González Bertolino y su familia. En un momento, de hecho, sonó la prueba de sonido, especialmente "Flaming pie", uno de mis temas favoritos de McCartney solista y que no fue incluido en el set del concierto. El resto de la tarde fue volver a casa, arreglar algunos asuntos y salir de nuevo. Entramos a eso de las seis y media, cuando estaba sonando el telonero "soniditos" Buscaglia. Tres "musiquitas" totalmente prescindibles y hasta irrisorias, que no molestaron ni encantaron, al menos a mí. Como si no estuviera. Luego más espera, hasta que en las pantallas empezó la animación de fotos y recortes de diario, repasando la historia de los Beatles, de Wings y de McCartney solista. Entonces apareció, con "Hello Goodbye", que era como entrar al concierto por una puerta trasera, despacito, como mirando alrededor y saludando a los viejos conocidos. Eso, y también preparar el camino. Para lo que se vendría.
Momentos más emotivos: "Something" en ukulele y luego la banda completa, con las fotos de Harrison en la pantalla central; "Blackbird" en el set acústico; "Let it be" y mi llamada por celular a mis padres, que no pudieron ir al concierto y que así, de alguna manera, pudieron estar un poco más conectados con esa música que en gran medida les debo haber descubierto; "Live and let die": el momento de mayor deslumbre no sólo del concierto sino de todos los conciertos que he visto, a la par del primer solo en "Confortably numb": deslumbre no sólo por el aparato pirotécnico y las luces sino por la interpretación al borde de la supernova de la banda; "Helter Skelter", mi gran favorito entre los temas de McCartney y quizá la canción que más esperaba en el concierto; y las secciones de "Band on the Run", "I've got a feeling", "Jet" (quizá el primer gran momento del concierto), el breve segmento de la hendrixiana "Foxy Lady", la extraña sensación de escuchar la hermosa, hermosísima voz de Paul (si vuelvo al concepto de esa "porción" de los Beatles que siendo más interior no puedo evitar pensar que esa cercanía tiene mucho que ver con la voz de Paul McCartney) cantando "A day in the life"... y me detengo aquí. También los momentos de unión con la gente que tenía cerca; especialmente los momentos de especial cercanía con Fiorella, a través de apretarnos las manos o de abrazarnos de alegría y saltar en las partes más movidas.
En otras palabras: hacía tiempo que no sentía esa explosión de felicidad en la música; es cierto que es difícil entrar a un estado mental en que verdaderamente se entienda que esas canciones que se escucharon toda la vida ahora están sonando en vivo y desde precisamente uno de los Beatles. Vimos a Paul McCartney. Lo escuchamos tocar bajo, guitarra, mandolina, ukulele y piano. Lo escuchamos cantar "Let it be", "Yesterday", "Blackbird", "The end" (y qué maravilla detenerse a considerar que el último disco de los Beatles cierre con ese tema)... como comentaba ayer con Pablo Dobrinin: es demasiado grande para asimilarlo rápido. El tiempo nos acercará a una mejor expresión de lo que vivimos, supongo; y, a la vez, nos alejará de esta luz en los nervios.
Metáforas de hiperfan, claro, pero para mí de eso se trató, de eso se trata. Los que lo vivimos el domingo sabemos que llevaremos el recuerdo de este concierto como una forma de felicidad que jamás nos abandonará. Y además haberlo compartido, haberlo vivido -así fuese a través de los comentarios en estos días, a través de un encuentro rápido en la cola o en el estadio- con la gente que queremos y apreciamos, en mi caso Fiorella, mis padres (a la distancia, pero también allí), Denisse, Eva, Sandra, Horacio, Jorge, Carolina, Matías, Mariana, Pablo, Eduardo, Damián, Luis (y perdón si ahora olvido a alguien).
Ahora sí me pregunto, ¿qué concierto me quedará por ver? Se me ocurren muchos que quiero ver, por supuesto, pero a este nivel... no lo sé. Resucitar a Cobain y a John Bonham, reunir a los Smashing Pumpkins, viajar en el tiempo... no hay muchas más opciones. Dylan, probablemente, pero mi fascinación por su obra es mucho más intelectual... Page y Plant, sin duda. Bowie, por supuesto; Bowie ante todo, Bowie, el único que podría colocar entre Waters y McCartney. O los Stones de nuevo. Pearl Jam. Tool. Incluso Muse, que escucho hace relativamente poco tiempo... Pero, salvo por Bowie (cosa que, lamentablemente, no creo que suceda, además), no será lo mismo. Para nada. Lamentablemente (y a la vez por suerte: me gusta que haya cosas verdaderamente únicas en la vida) no será lo mismo.
lunes, 9 de abril de 2012
Trashpunk (breve historia de un libro)
Escribí Trashpunk en 2010, un poco antes de que comenzara Nadie recuerda a Mlejnas. La primera versión fue enviada al concurso de narrativa de Banda Oriental (junto al cuento "Los otros libros", que será publicado en el próximo número de la revista de ciencia ficción Galaxies en la versión francesa del escritor Jacques Fuentealba, y también a la brevedad en Montevideo por La Propia Cartonera), en el que obtuvo una mención (el primer premio fue otorgado a Leonardo de León con su colección de cuentos No vi la luna); dado que las perspectivas de que Banda publicara el libro (en otros años han publicado las menciones -es el caso de Leonardo Cabrera con Mecanismos sensibles, por ejemplo) eran mínimas, volví a revisarlo y a corregirlo y lo envié a la revista Axxón, que la publicó en noviembre de ese año como novela dividida en tres partes acompañada por una bella ilustración de SBA, que incorporo a este post.
Durante el verano de 2011, como descanso de la escritura de La vista desde el puente, volví un par de veces sobre el texto y, además de trabajar con las correcciones de siempre, modifiqué bastante algunas secciones; así permaneció hasta diciembre, cuando volví a leerla y a corregirla para presentarla a una editorial que prefirió no publicarla argumentando que su estética era muy diferente a la de los libros que pensaban editar a lo largo de 2012.
Unos meses atrás, en julio, había conocido por intermedio de Juan Manuel Candal a Juan Terranova, con quien empezamos a intercambiar mails y libros; en noviembre Fiorella y yo pasamos una gran velada (asado incluido) con Juan, su hija Pierina y su esposa Celia, en la que, en algún momento, charlamos sobre la posibilidad de incluir Trashpunk en la colección de narrativa digital y gratuita que venía planeando y dirigiendo Terranova para su Grupo de Estudios Contemporáneos; la idea fue concretada poco más de un mes más tarde, otro asado mediante, así que volví a revisar y corregir la nouvelle durante un fin de semana en Piriápolis y se la envié de inmediato. Los otros miembros del CEC aprobaron la idea y, tras determinar algunas ideas sobre la portada del pdf y proceder a la diagramación, Trashpunk se publicó "oficialmente" hoy lunes 9 de abril de 2012.
Pueden bajarla en formato pdf, epub y mobi aquí.
En el blog del Proyecto Stahl aparecerá muy pronto una vinculación de esta nouvelle al resto del mosaico.
(Al señor Álvaro Buela -que está muy atento a lo que está pasando en blogs y redes sociales- le comunico que este es el octavo de mis libros; el eminente crítico, novelista y cineasta mostró cierta confusión al respecto en su reseña sobre mi novela La vista desde el puente, así que ahí está el dato, para que no haya dudas en una ocasión futura).
Durante el verano de 2011, como descanso de la escritura de La vista desde el puente, volví un par de veces sobre el texto y, además de trabajar con las correcciones de siempre, modifiqué bastante algunas secciones; así permaneció hasta diciembre, cuando volví a leerla y a corregirla para presentarla a una editorial que prefirió no publicarla argumentando que su estética era muy diferente a la de los libros que pensaban editar a lo largo de 2012.Unos meses atrás, en julio, había conocido por intermedio de Juan Manuel Candal a Juan Terranova, con quien empezamos a intercambiar mails y libros; en noviembre Fiorella y yo pasamos una gran velada (asado incluido) con Juan, su hija Pierina y su esposa Celia, en la que, en algún momento, charlamos sobre la posibilidad de incluir Trashpunk en la colección de narrativa digital y gratuita que venía planeando y dirigiendo Terranova para su Grupo de Estudios Contemporáneos; la idea fue concretada poco más de un mes más tarde, otro asado mediante, así que volví a revisar y corregir la nouvelle durante un fin de semana en Piriápolis y se la envié de inmediato. Los otros miembros del CEC aprobaron la idea y, tras determinar algunas ideas sobre la portada del pdf y proceder a la diagramación, Trashpunk se publicó "oficialmente" hoy lunes 9 de abril de 2012.
Pueden bajarla en formato pdf, epub y mobi aquí.
En el blog del Proyecto Stahl aparecerá muy pronto una vinculación de esta nouvelle al resto del mosaico.
(Al señor Álvaro Buela -que está muy atento a lo que está pasando en blogs y redes sociales- le comunico que este es el octavo de mis libros; el eminente crítico, novelista y cineasta mostró cierta confusión al respecto en su reseña sobre mi novela La vista desde el puente, así que ahí está el dato, para que no haya dudas en una ocasión futura).
María de los Ángeles González sobre tres de mis poemas
"...En otro plano, la poesía de Ramiro Sanchís (1978) muestra, sin embargo, un
estado de ánimo que conecta con otros poetas de esta muestra. El primer poema elegido,
apunta al prestigio de la poesía:
Carson Mc Cullers
en la oscuridad
todos los rostros son horribles
abres los ojos
(en la oscuridad)
y te vuelves ese fuego que revela
la escritura secreta olvidada
hace tiempo
en algun rincón del alma
(Sanchís 2010)
La poesía aparece como conexión con el mundo oscuro de lo indecible. En un
sentido romántico, el poeta es fuego que revela la porción olvidada y secreta de ese
mundo. La palabra poética es este texto huella valiosa, documento de algo que no puede
emerger de otro modo. Sin embargo, en “M. L.”, aparece una relación más conflictiva
con la posibilidad de expresión, donde la aspiración es de antemano imposible. Otra
variante del conflicto romántico y posromántico de la crisis de la palabra:
M.L.
quise decir lo que dice el silencio
para armar una forma vacante
quise ser lo que soy más allá de mí
(o más acá o donde no llego o donde
no hay ni palabras)
quise y fallé
la nada descansará indecible
el vacio aborrece la forma
y no hay más allá de mí
(o más acá o donde no llego o donde
no hay sino vacío
y palabras)
ahora lo sé
siempre habrá palabras
como un cáncer o como buitres
cuando muera dejaré un castillo
hermoso como la espuma
La palabra imposible es la que da expresión al silencio, porque lo que se busca
en ese hueco “vacante”, es otra versión del yo, esa forma que no admite palabras. La
poesía es también en este caso, más que búsqueda lingüística, búsqueda interior.
Aunque capciosamente, el yo solo puede encontrarse en la nada, en el silencio, por eso
la búsqueda está condenada al fracaso. Y ese es el resultado inmediato: la nada
“descansará indecible”. Por otra parte, el vacío y las palabras terminan identificándose,
y puede deducirse que, finalmente, la impotencia es el acceso a las palabras que dan
cuenta de ese hueco. El breve poema registra un segundo movimiento afirmativo, da
cuenta de un descubrimiento, una nueva conclusión: “siempre habrá palabras”. Sin
embargo, la revelación no ofrece forma alguna de consuelo. Las palabras crecerán
“como cáncer o buitres”, pero estériles, parasitarias, a contrapelo de la expresión
“verdadera” o “auténtica” que sería la capacidad para revelar el silencio, la escritura
secreta que se proponía en el poema anterior. “Cuando muera dejaré un castillo/
hermoso como la espuma” pude admitir una doble lectura: Puede admitir la conciencia
de la futilidad de la creación, perecedera como la espuma, de acuerdo a esa lógica de las
palabras que se multiplican como el cáncer, pero no expresan un más allá del yo que en
definitiva no existe, no es. En ese caso, se trataría de la confesión de la impotencia, la
desconfianza en la palabra es la desconfianza en una esencia anterior o diferente a ellas.
La máxima que reduciría esta fórmula sería: “no hay sino vacío/ y palabras”.
Otra forma de leerlo sería pensar que el “castillo hermoso como la espuma”
representa efectivamente una apuesta a encontrar esa escritura ligera, parecida al
silencio, representada en la espuma, y entonces estaríamos frente a una confianza en la
creación y su posteridad.
También Ramiro Sanchís presenta el deambular sin sentido por la ciudad que
aparece narrado o sugerido en otros textos mencionados. A diferencia de Recoba, parte
de una búsqueda esperanzada de algo intangible que surja de ese recorrido:
Zero Summer
destramado el atardecer
la noche apuntalada
seguimos el aire vibrante
otra vez
hacia el fin de la ciudad
buscando la vida secreta
donde los árboles fósil levantan
su pared contra el secreto
de cada rincón de la noche
el arco voltaico de los nervios
la mirada admirada
y el ansia de caminar
ser el vacío del vórtice
la sonrisa de enero
la estela en los autos del tiempo
o un mundo por cada lata de cerveza
rodeada por piedra y cristal
y no descansaremos
ni dejaremos de buscar
desde la rambla hasta el corazón de las calles
la muerte de todo camino
las puertas abiertas a la llanura
o los cuerpos en la música
el tacto de la piel y el sudor
es el tiempo de grandes hazañas agotadas
los grandes planes de la noche
la demorada road movie
que siempre soñamos
en íntima tristeza
despertar al mediodía en una plaza
con la luz beatífica en el cuerpo
la nostalgia
las fuerzas que faltan
la desgana fatal al final del camino
Una serie de adjetivos marcan el camino como un movimiento de ascenso y de
conocimiento (aire vibrante, vida secreta, mirada admirada). El clima recrea ámbitos de
intensidad vital (el verano, las puertas abiertas a la llanura, la exacerbación de los
sentidos), es expresión de la necesidad de llegar al corazón de la ciudad, al sentido de
las cosas más allá de su marco, el pulso vital que, otra vez, alienta en la noche. El fin de
la ciudad, esa vida secreta, se busca hacia adentro (en el “corazón de las calles”) y
“hacia afuera”, en las puertas abiertas a la llanura, en la carretera: ambas representan un
impulso hacia lo vital primigenio y escondido. A su vez, encontrar los cuerpos en la
música puede relacionarse con la necesidad de encontrarlos detrás del poema, en el
poema mismo, preocupación que se vio en la poesía de Einöder: una música y una
poesía imposibles, que conjuguen cuerpo, tacto, sudor, con el misterio del yo íntimo y
secreto, que sean a la vez materia y lenguaje. Aun así, la ciudad, el clima de fiesta
(enero, cerveza) no son necesariamente referencias materiales, sino excusas, metáforas
del anhelo de algo inmaterial, que se expresa en el ansia de caminar, de traspasar el
límite del tiempo y el espacio para alcanzar un descubrimiento de sí, transmutarse en los
símbolos de la felicidad: “ser el vacío del vórtice”, lo pleno, el centro. También aquí el
vacío, el cero, es aspiración última de encuentro con el yo.
Sin embargo, el segundo momento del poema va pautando, con el avance de la
noche, el desengaño. Con el día, llega la lucidez que invierte el sentido de la noche y
revela los sueños grandilocuentes e ilusorios. La nostalgia por las “grandes hazañas
agotadas” sólo soñadas y nunca vividas, la aspiración más alta que las posibilidades de
un mundo prosaico, que ha agotado las utopías posibles y como resultado “las fuerzas
que faltan/ la desgana fatal”, parecen poder esgrimirse como lugares comunes en el
diagnóstico anímico del que surge la creación de muchos de estos poetas jóvenes. A su
vez, esas declaraciones, son también su forma de denuncia y de rebeldía frente a ellas..."
El ensayo completo, aquí
estado de ánimo que conecta con otros poetas de esta muestra. El primer poema elegido,
apunta al prestigio de la poesía:
Carson Mc Cullers
en la oscuridad
todos los rostros son horribles
abres los ojos
(en la oscuridad)
y te vuelves ese fuego que revela
la escritura secreta olvidada
hace tiempo
en algun rincón del alma
(Sanchís 2010)
La poesía aparece como conexión con el mundo oscuro de lo indecible. En un
sentido romántico, el poeta es fuego que revela la porción olvidada y secreta de ese
mundo. La palabra poética es este texto huella valiosa, documento de algo que no puede
emerger de otro modo. Sin embargo, en “M. L.”, aparece una relación más conflictiva
con la posibilidad de expresión, donde la aspiración es de antemano imposible. Otra
variante del conflicto romántico y posromántico de la crisis de la palabra:
M.L.
quise decir lo que dice el silencio
para armar una forma vacante
quise ser lo que soy más allá de mí
(o más acá o donde no llego o donde
no hay ni palabras)
quise y fallé
la nada descansará indecible
el vacio aborrece la forma
y no hay más allá de mí
(o más acá o donde no llego o donde
no hay sino vacío
y palabras)
ahora lo sé
siempre habrá palabras
como un cáncer o como buitres
cuando muera dejaré un castillo
hermoso como la espuma
La palabra imposible es la que da expresión al silencio, porque lo que se busca
en ese hueco “vacante”, es otra versión del yo, esa forma que no admite palabras. La
poesía es también en este caso, más que búsqueda lingüística, búsqueda interior.
Aunque capciosamente, el yo solo puede encontrarse en la nada, en el silencio, por eso
la búsqueda está condenada al fracaso. Y ese es el resultado inmediato: la nada
“descansará indecible”. Por otra parte, el vacío y las palabras terminan identificándose,
y puede deducirse que, finalmente, la impotencia es el acceso a las palabras que dan
cuenta de ese hueco. El breve poema registra un segundo movimiento afirmativo, da
cuenta de un descubrimiento, una nueva conclusión: “siempre habrá palabras”. Sin
embargo, la revelación no ofrece forma alguna de consuelo. Las palabras crecerán
“como cáncer o buitres”, pero estériles, parasitarias, a contrapelo de la expresión
“verdadera” o “auténtica” que sería la capacidad para revelar el silencio, la escritura
secreta que se proponía en el poema anterior. “Cuando muera dejaré un castillo/
hermoso como la espuma” pude admitir una doble lectura: Puede admitir la conciencia
de la futilidad de la creación, perecedera como la espuma, de acuerdo a esa lógica de las
palabras que se multiplican como el cáncer, pero no expresan un más allá del yo que en
definitiva no existe, no es. En ese caso, se trataría de la confesión de la impotencia, la
desconfianza en la palabra es la desconfianza en una esencia anterior o diferente a ellas.
La máxima que reduciría esta fórmula sería: “no hay sino vacío/ y palabras”.
Otra forma de leerlo sería pensar que el “castillo hermoso como la espuma”
representa efectivamente una apuesta a encontrar esa escritura ligera, parecida al
silencio, representada en la espuma, y entonces estaríamos frente a una confianza en la
creación y su posteridad.
También Ramiro Sanchís presenta el deambular sin sentido por la ciudad que
aparece narrado o sugerido en otros textos mencionados. A diferencia de Recoba, parte
de una búsqueda esperanzada de algo intangible que surja de ese recorrido:
Zero Summer
destramado el atardecer
la noche apuntalada
seguimos el aire vibrante
otra vez
hacia el fin de la ciudad
buscando la vida secreta
donde los árboles fósil levantan
su pared contra el secreto
de cada rincón de la noche
el arco voltaico de los nervios
la mirada admirada
y el ansia de caminar
ser el vacío del vórtice
la sonrisa de enero
la estela en los autos del tiempo
o un mundo por cada lata de cerveza
rodeada por piedra y cristal
y no descansaremos
ni dejaremos de buscar
desde la rambla hasta el corazón de las calles
la muerte de todo camino
las puertas abiertas a la llanura
o los cuerpos en la música
el tacto de la piel y el sudor
es el tiempo de grandes hazañas agotadas
los grandes planes de la noche
la demorada road movie
que siempre soñamos
en íntima tristeza
despertar al mediodía en una plaza
con la luz beatífica en el cuerpo
la nostalgia
las fuerzas que faltan
la desgana fatal al final del camino
Una serie de adjetivos marcan el camino como un movimiento de ascenso y de
conocimiento (aire vibrante, vida secreta, mirada admirada). El clima recrea ámbitos de
intensidad vital (el verano, las puertas abiertas a la llanura, la exacerbación de los
sentidos), es expresión de la necesidad de llegar al corazón de la ciudad, al sentido de
las cosas más allá de su marco, el pulso vital que, otra vez, alienta en la noche. El fin de
la ciudad, esa vida secreta, se busca hacia adentro (en el “corazón de las calles”) y
“hacia afuera”, en las puertas abiertas a la llanura, en la carretera: ambas representan un
impulso hacia lo vital primigenio y escondido. A su vez, encontrar los cuerpos en la
música puede relacionarse con la necesidad de encontrarlos detrás del poema, en el
poema mismo, preocupación que se vio en la poesía de Einöder: una música y una
poesía imposibles, que conjuguen cuerpo, tacto, sudor, con el misterio del yo íntimo y
secreto, que sean a la vez materia y lenguaje. Aun así, la ciudad, el clima de fiesta
(enero, cerveza) no son necesariamente referencias materiales, sino excusas, metáforas
del anhelo de algo inmaterial, que se expresa en el ansia de caminar, de traspasar el
límite del tiempo y el espacio para alcanzar un descubrimiento de sí, transmutarse en los
símbolos de la felicidad: “ser el vacío del vórtice”, lo pleno, el centro. También aquí el
vacío, el cero, es aspiración última de encuentro con el yo.
Sin embargo, el segundo momento del poema va pautando, con el avance de la
noche, el desengaño. Con el día, llega la lucidez que invierte el sentido de la noche y
revela los sueños grandilocuentes e ilusorios. La nostalgia por las “grandes hazañas
agotadas” sólo soñadas y nunca vividas, la aspiración más alta que las posibilidades de
un mundo prosaico, que ha agotado las utopías posibles y como resultado “las fuerzas
que faltan/ la desgana fatal”, parecen poder esgrimirse como lugares comunes en el
diagnóstico anímico del que surge la creación de muchos de estos poetas jóvenes. A su
vez, esas declaraciones, son también su forma de denuncia y de rebeldía frente a ellas..."
El ensayo completo, aquí
martes, 27 de marzo de 2012
Federico de los Santos sobre la autoficción en el proyecto Stahl
"...Un paso más hacia el artificio está Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Todas sus narraciones se incluyen en un sistema que tiene por centro a su alter ego Federico Stahl. Sanchiz comparte varios rasgos con su personaje: la carrera en Humanidades, la labor de periodista cultural, las afinidades literarias y musicales y la escritura. Incluso un mecanismo metanarrativo sugiere que los cuentos (los de Algunos de los otros) que no están protagonizados por Stahl fueron escritos por él. Sanchiz organiza sus novelas en una complicada serie de líneas de tiempo paralelas; hay un esquema útil al final de La vista desde el puente.La identificación entre Stahl y Sanchiz retoma un concepto que Borges encontró con inquietud y fascinación, en el Quijote y en Las mil y una noches: si un mundo de ficción incluye otros en su interior, nada asegura que nuestro mundo no sea una ficción destinada a lectores que están en un plano superior. En Perséfone, por ejemplo, se esboza el argumento de un cuento que aparece escrito en Algunos de los otros. Sanchiz dialoga con cierta cultura, cierta literatura y cierta historia: la mayoría de sus novelas presentan, en diveros grados de figura/fodo, versiones paralelas, ucrónicas de Uruguay"
Tomado de: Federico de los Santos, "Escribir sobre el espejo", en El boulevard, marzo 2012.
El artículo completo, aquí.
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martes, 20 de marzo de 2012
Pink Floyd: un viaje personal (segunda parte)
Entre las múltiples críticas y reflexiones que ha generado el show de Roger Waters con The Wall (en Argentina, al menos), las de Fabián Casas en Rolling Stone me resultan especialmente interesantes como punto de partida para esta segunda parte de mi viaje personal con Pink Floyd. Voy a comenzar, entonces, con el último párrafo de su artículo:
Me interesa ahora, en el contexto de este "viaje personal", presentar esa idea como un asunto ante todo generacional. Creo que mi generación (los nacidos entre 1975 y 1985, digamos), al menos en Montevideo, tuvimos una relación particular con el pasado histórico del rock. Una relación de reverencia, en cierto punto. Se nos presentaban ciertas figuras icónicas como integrantes de un canon del buen gusto, una serie de obras y artistas vinculadas a las nociones de profundidad, buen-hacer y relevancia, capaces de aglutinarnos en tanto minoría colocada del lado correcto de las cosas; obviamente todo el mundo ha buscado alinearse en la que considera la minoría correcta (o la mayoría): lo que quiero señalar aquí es que mi generación inmediata (podemos pensarla también como los hijos de esa clase media montevideana que engendró durante la dictadura) codificó su elitismo en base al canon básico del rock anglosajón: Beatles, Stones, Hendrix, Doors, Zeppelin, Floyd, Sabbath, bandas que produjeron sus grandes obras entre 1965-66 (Rubber soul, Aftermath) y 1979 (The wall); evidentemente, a partir de ese sustrato cada uno de nosotros avanzaba en alguna dirección específica: el conocimiento extensivo del hard rock, del metal y sus variantes, del blues, del rock progresivo o sinfónico, del punk, etc. En mi caso (influido obviamente por rasgos de mi personalidad de entonces y de ahora), el sustrato básico derivó en cierta "especialización" en Doors, Guns'n'Roses, Nirvana, Pearl Jam, Smashing Pumkpins, Zeppelin, Beatles, David Bowie, Jethro Tull y Bob Dylan, más o menos en ese orden, con las idas y venidas en torno a Pink Floyd que comenté en la primera parte de este "viaje". Escuchábamos en CD, en cassette, algunos (los que se asomaron primero al canon, de la mano de hermanos mayores o de los padres) en vinilo; considerábamos que la unidad básica de la música era el album, y menospreciábamos al tipo de fan que escucha canciones separadas y compra recopilaciones. Entendíamos que los "álbumes conceptuales" eran el cenit del rock, en tanto obras completas, de partes vinculadas necesariamente y constructoras de un sentido más denso que los LPs comunes y corrientes. Creíamos que el canon implicaba una concepción viconiana de la historia, que había una "edad de oro" pasada y una larga deriva de resemantización y decadencia; asumíamos que para entender a Nirvana había que haber pasado por Beatles, Sabbath y el Punk; creíamos que nadie podía comprender (y generar un discurso válido) sobre el presente del rock sin haber dado previa cuenta de su conocimiento del canon. Esta actitud -conservadora, si se quiere- nos hizo mantener un eje en la banda sonora de nuestras vidas: nunca dejamos de escuchar al canon, con mayor o menor asiduidad, y podíamos entender que la música de 2005 iba por una dirección y que Zeppelin, por ejemplo, le representaba un lugar ajeno, quizá perimido (aunque nosotros no lo sintiéramos así, más bien lo contrario), pero ante todo "mejor", el lugar del origen (o de una indagación arqueológica del origen, como en el caso de Zeppelin, cuya producción -al menos parte de ella- puede entenderse como una narrativa de la búsqueda del origen), la posibilidad de una filología. Tenemos 30y pico y seguimos escuchando Electric ladyland, aunque también hayamos pasado por, digamos, Fleet Foxes o Muse (no es el ejemplo más neutro, lo sé).
Una generación inmediatamente anterior (la de Fabián Casas, de hecho), sintió, en mi opinión, la necesidad de adecuarse a los cambios, de abandonar los viejos cánones y dar por ilegibles las producciones tan leídas años atrás. The Wall ya no se escucha, razonaron, y otras bandas de la época no pasan de curiosidades de museo. Ya nadie escucha un disco entero, asi que ellos pasaron a no hacerlo. Tanto "ellos" como "nosotros" tuvimos que enfrentar el hecho deslumbrante de la disponibilidad total (o casi total) de la música; la accesibilidad de todo, el hecho de que ya no sólo el canon sino la guía telefónica entera estuviese flotando ante nosotros en un universo virtual al que un acceso de una hora o menos nos permite descargar un álbum completo y, con un poco más de paciencia, la discografía de ese artista. Y para resolver ese cambio apelamos a estrategias diferentes; algunos buscaron completitud y privilegiaron la calidad de sonido como sistema de afinamiento de la búsqueda; otros procedieron a descargar completa la guía telefónica y a escucharla ordenadamente, sin tiempo para revisitar (porque siempre había algo nuevo que requería atención); algunos asumieron la disponibilidad como manera de estar al día en todo, otros para profundizar en sus bandas favoritas y acceder a bootlegs, videos, versiones en vivo, etc. Algunos reforzaron su creencia en la historia del rock en tanto progreso, la sucesión de pasajes a la ilegibilidad o la invisibilidad, la actitud de que sólo lo "nuevo" en arte es trascendente, la crítica a la actitud que rescata "dinosaurios".
Pink Floyd, desde cierta perspectiva histórica, es una banda que terminó siendo arrasada por el Punk, el huracán por excelencia de la historia "oficial" del rock (es decir, el capitulo más tormentoso de esa ficción); quienes vivieron esa tormenta (la generación de Casas, por ejemplo) en carne propia, me parece (quienes creyeron en esa tormenta poco después del momento en que operó) resultaron más proclives a creer en la ficción del progreso y la noción de lo nuevo como lo único (o lo más) relevante. O al menos esa es la ficción con la que juego a explicarme el asunto.
Para mí y para otros de mi generación, Floyd fue y es uno de los núcleos de ese canon en que creímos y creemos. La atención que le prestamos, motivados por su aura para nosotros innegable, nos hizo desmenuzarlo con pasión, como si se tratara de algo esencial para nuestras vidas.
Supongo que por ahí hay un comienzo de explicación para el célebre "record" de Waters en Argentina. Cientos de miles de personas (de al menos tres generaciones) llenaron nueve veces el estadio de River para presenciar el concierto; yo llegué a Buenos Aires el jueves, me encontré con Juan Manuel Candal para vagar por las librerías de Corrientes, fui hasta Caballito para pasar la noche en la casa de Juan Terranova, me reuní al día siguiente con Felipe Herrero para discutir algunos asuntos de una novela que voy a publicar en su editorial y, a eso de las 14 horas, me encontré con mi amigo Jorge Merlino. No mucho después estábamos en la fila; entramos al estadio a las 18:30, más o menos, y esperamos hasta las 21 y pico, cuando una voz peninsular nos dio la bienvenida a The Wall...
Ante todo, hay que partir de la base de que The Wall no es un concierto de rock. En un concierto de rock la banda interpreta canciones tomadas de su repertorio sin necesariamente presentarlas dentro de los límites de sus álbumes o en el orden en que fueron compuestas; en un concierto de rock el cantante, generalmente, arenga a la multitud y la seduce, muchas veces mediante frases que resaltan lo gran público que son, lo hermosa que es su ciudad y lo bien que están haciendo sentir a la banda. En un concierto de rock el final es arbitrario, y da paso a la sorpresa de los encores, generalmente canciones elegidas por su relevancia dentro de la discografía o su éxito entre los fans. Un concierto de rock presenta elementos decorativos: luces, fuegos artificiales. En un concierto de rock suele haber una pantalla que ofrece a todo el estadio la visión que la distancia a veces vuelve dificil o imposible.
The Wall no es nada de eso. Sus límites son estrictos: los de la obra en tanto álbum conceptual y narrativo; sus canciones son las del álbum y ninguna más (en este caso se agrega una coda a "Another brick in the wall 2" y la canción "What shall we do now", que no integró el LP o el CD pero sí la representación en vivo de 1980), todas hilvanadas por un relato o una coordinación de escenas que sirven a un propósito conceptual; por tanto, el final del espectáculo The Wall no es arbitrario: son las canciones que deben ser y ni una más. En River, el viernes 9, por un momento desee que caídos los ladrillos Waters saliera con una guitarra y cantara "Pigs in the wing" o "Us and them", pero, por supuesto, eso no iba a pasar, ni debía pasar.
Otras diferencias entre The Wall y un concierto de rock pasan por el lado de los elementos que llamé "decorativos": en el caso del show de Waters nada puede calificarse realmente como decorativo o accesorio, en tanto todo integra el aparato conceptual de The Wall, sea el avión que se estrella al principio, los ladrillos que caen al final, los ladrillos que van siendo colocados, las proyecciones o el hecho de que el cantente que toma el lugar de David Gilmour cante el estribillo de "Confortably Numb" (dicen que en los 9 shows esta canción fue dedicada a Fabián Casas) en lo más alto del muro. La pantalla gigante (ententida aquí como el muro sobre el que se proyecta, que genera un espacio escénico extensísimo), de hecho, cumple con un rol también diferente, en tanto no está allí para que veamos a los músicos en planos cercanos (no para ver qué caras ponen o con qué gestualidad corporal tocan sus instrumentos) sino para aportar a la narrativa y al concepto con imágenes. El caso más claro es "The trial", donde son proyectadas las animaciones de Gerald Scarfe, pero en todos los segmentos (no sé hasta que punto es válido el término "canciones") la visión de la pantalla es ineludible. De hecho, mirar a los músicos nos distraería, y, en ese sentido, opera una clara inversión con respecto a lo que suele ser un concierto de rock.
Sería un error, en mi opinión, juzgar al show de The Wall en tanto concierto de rock. Es fácil imaginar fans desilusionados que se quejaron de no poder poguear o incluso de que se aburrieron y "no entendieron nada"; Raúl Silveira, un amigo que asistió a una de las últimas fechas, me comentaba, precisamente, que un grupito de chicos se quejaba de eso a la salida del concierto, y en mi caso recuerdo haber escuchado a un hombre a mis espaldas diciendo por celular a un amigo que si no había visto la película no iba a disfrutar para nada.
Otra de las críticas más extendidas parte de un malentendido similar, y es la que señala que Waters "hace playback" o que lo que vemos de su performance en las pantallas está "grabado". Esas objeciones serían válidas para un concierto de rock, espectáculo al que asistimos para ver a nuestros músicos favoritos interpretar sus canciones más exitosas o relevantes: aquí todo lo que vemos u oímos, en cambio, está dominado por un propósito vinculado al sentido que se construye por su relación con el álbum en su totalidad y que apuntala el concepto y la narrativa; claro que hay pistas grabadas (las había en 1980 también), claro que no siempre se ve a Waters "en vivo" proyectado en el muro... ¿pero en qué sentido eso atenta contra la ejecución de The Wall? ¿Contra la narrativa, contra el concepto? ¿Sentimos menos el drama de Pink en "Mother" porque Waters esté haciendo un dúo consigo mismo?
En conclusión: la experiencia de ver y oir The Wall en vivo fue única. Pronto cuento con asistir al concierto de rock que dará Paul McCartney (figura acaso más relevante que Waters, para muchos) en el Estadio Centenario; me esforzaré por no comprar la emoción y la experiencia que me generó The Wall, porque, entiendo, son espectáculos muy diferentes. Pero, más allá de estas ideas, sé que será dificil. La casi perfección del show ofrecido por Waters lo convierte en uno de los espectáculos (aquí sin distinguir entre operas-rock o lo que sea que es The Wall y "meros" conciertos de rock) más fascinantes y emocionantes al que he asistido en mi vida. Sé que influye el hecho de que Pink Floyd y ese disco en particular representaron mucho para mí en diversos momentos de mi vida (este presente es uno de ellos), pero es difícil no ceder a la tentación de asumir que "algo" en The Wall genera esas respuestas, sean escuchando el CD o en el estadio de River con otras 40.000 personas, con otras 150.000... entonces ¿hablar de vigencia? ¿De dinosaurios? Sí, quizá valga la pena en tanto reflexión, ¿por qué no?, pero por favor pensemos bien antes de hacerlo. Tengamos más cosas en cuenta, como mínimo.
¿Alguien probó escuchar The Wall entero en su casa? Yo lo hice. De todo el disco, lo único que sobrevive, que tiene la intensidad del riesgo, la sensación de que "lo están tocando mañana" es "Confortably Numb".No voy a discutirle a Casas sus apreciaciones sobre Pink Floyd en general y The Wall en particular, porque obviamente él dice lo que siente o lo que ha sentido o lo que sintió, y en tanto expresión de sus vivencias no hay discusión posible. Me interesa, sin embargo, la pregunta inicial. Es posible leer allí la idea de que, de hecho, nadie escucha The Wall entero (en realidad nos sentimos tentados a leer que ni Casas ni sus amigotes lo hacen, y que quizá eso lleva al escritor a concluir que nadie lo hace, nadie cool al menos); del mismo modo, la apelación a señalar qué es lo que sobrevive del disco también señala que la obra está en su sobrevida. Si hay que proponerse escuchar The Wall ("yo lo hice", escribe Casas, como si fuera algo singular) es posible que, de hecho, el album ya haya dado de sí todo lo que tenía para dar. En esta línea, entonces, se puede leer la conculsión del artículo de Casas:
De todos modos, el interés que identificó Steven Spielberg por observar a los grandes dinosaurios es una verdadera atracción: Madonna, Bono, Waters, autoparodias de la industria con un público cautivo asegurado, como el papa.Obviamente la comparación con el papa funciona como boutade o provocación, de modo que voy a quedarme con lo que está a la izquierda de los dos puntos, esencialmente la metáfora de los dinosaurios: seres fuera de su tiempo, seres muertos en el pasado remoto y traídos al presente para generar un espectáculo cuyo significado difiere esencialmente del concebible en la época a la que pertenecen. La idea de que Waters (y The Wall por extensión) es un dinosaurio es la que parece colaborar a la noción de que nadie escucha The Wall porque el momento de The Wall ya pasó. Lo habrán escuchado "entero" en 1979, en 1980, pero eventualmente las cosas cambiaron y la obra dejó de ser escuchable o pasó a significar otras cosas esencialmente contrarias a aquellas que significó en "su momento". Perdió "vigencia", en otras palabras.
Me interesa ahora, en el contexto de este "viaje personal", presentar esa idea como un asunto ante todo generacional. Creo que mi generación (los nacidos entre 1975 y 1985, digamos), al menos en Montevideo, tuvimos una relación particular con el pasado histórico del rock. Una relación de reverencia, en cierto punto. Se nos presentaban ciertas figuras icónicas como integrantes de un canon del buen gusto, una serie de obras y artistas vinculadas a las nociones de profundidad, buen-hacer y relevancia, capaces de aglutinarnos en tanto minoría colocada del lado correcto de las cosas; obviamente todo el mundo ha buscado alinearse en la que considera la minoría correcta (o la mayoría): lo que quiero señalar aquí es que mi generación inmediata (podemos pensarla también como los hijos de esa clase media montevideana que engendró durante la dictadura) codificó su elitismo en base al canon básico del rock anglosajón: Beatles, Stones, Hendrix, Doors, Zeppelin, Floyd, Sabbath, bandas que produjeron sus grandes obras entre 1965-66 (Rubber soul, Aftermath) y 1979 (The wall); evidentemente, a partir de ese sustrato cada uno de nosotros avanzaba en alguna dirección específica: el conocimiento extensivo del hard rock, del metal y sus variantes, del blues, del rock progresivo o sinfónico, del punk, etc. En mi caso (influido obviamente por rasgos de mi personalidad de entonces y de ahora), el sustrato básico derivó en cierta "especialización" en Doors, Guns'n'Roses, Nirvana, Pearl Jam, Smashing Pumkpins, Zeppelin, Beatles, David Bowie, Jethro Tull y Bob Dylan, más o menos en ese orden, con las idas y venidas en torno a Pink Floyd que comenté en la primera parte de este "viaje". Escuchábamos en CD, en cassette, algunos (los que se asomaron primero al canon, de la mano de hermanos mayores o de los padres) en vinilo; considerábamos que la unidad básica de la música era el album, y menospreciábamos al tipo de fan que escucha canciones separadas y compra recopilaciones. Entendíamos que los "álbumes conceptuales" eran el cenit del rock, en tanto obras completas, de partes vinculadas necesariamente y constructoras de un sentido más denso que los LPs comunes y corrientes. Creíamos que el canon implicaba una concepción viconiana de la historia, que había una "edad de oro" pasada y una larga deriva de resemantización y decadencia; asumíamos que para entender a Nirvana había que haber pasado por Beatles, Sabbath y el Punk; creíamos que nadie podía comprender (y generar un discurso válido) sobre el presente del rock sin haber dado previa cuenta de su conocimiento del canon. Esta actitud -conservadora, si se quiere- nos hizo mantener un eje en la banda sonora de nuestras vidas: nunca dejamos de escuchar al canon, con mayor o menor asiduidad, y podíamos entender que la música de 2005 iba por una dirección y que Zeppelin, por ejemplo, le representaba un lugar ajeno, quizá perimido (aunque nosotros no lo sintiéramos así, más bien lo contrario), pero ante todo "mejor", el lugar del origen (o de una indagación arqueológica del origen, como en el caso de Zeppelin, cuya producción -al menos parte de ella- puede entenderse como una narrativa de la búsqueda del origen), la posibilidad de una filología. Tenemos 30y pico y seguimos escuchando Electric ladyland, aunque también hayamos pasado por, digamos, Fleet Foxes o Muse (no es el ejemplo más neutro, lo sé).
Una generación inmediatamente anterior (la de Fabián Casas, de hecho), sintió, en mi opinión, la necesidad de adecuarse a los cambios, de abandonar los viejos cánones y dar por ilegibles las producciones tan leídas años atrás. The Wall ya no se escucha, razonaron, y otras bandas de la época no pasan de curiosidades de museo. Ya nadie escucha un disco entero, asi que ellos pasaron a no hacerlo. Tanto "ellos" como "nosotros" tuvimos que enfrentar el hecho deslumbrante de la disponibilidad total (o casi total) de la música; la accesibilidad de todo, el hecho de que ya no sólo el canon sino la guía telefónica entera estuviese flotando ante nosotros en un universo virtual al que un acceso de una hora o menos nos permite descargar un álbum completo y, con un poco más de paciencia, la discografía de ese artista. Y para resolver ese cambio apelamos a estrategias diferentes; algunos buscaron completitud y privilegiaron la calidad de sonido como sistema de afinamiento de la búsqueda; otros procedieron a descargar completa la guía telefónica y a escucharla ordenadamente, sin tiempo para revisitar (porque siempre había algo nuevo que requería atención); algunos asumieron la disponibilidad como manera de estar al día en todo, otros para profundizar en sus bandas favoritas y acceder a bootlegs, videos, versiones en vivo, etc. Algunos reforzaron su creencia en la historia del rock en tanto progreso, la sucesión de pasajes a la ilegibilidad o la invisibilidad, la actitud de que sólo lo "nuevo" en arte es trascendente, la crítica a la actitud que rescata "dinosaurios".
Pink Floyd, desde cierta perspectiva histórica, es una banda que terminó siendo arrasada por el Punk, el huracán por excelencia de la historia "oficial" del rock (es decir, el capitulo más tormentoso de esa ficción); quienes vivieron esa tormenta (la generación de Casas, por ejemplo) en carne propia, me parece (quienes creyeron en esa tormenta poco después del momento en que operó) resultaron más proclives a creer en la ficción del progreso y la noción de lo nuevo como lo único (o lo más) relevante. O al menos esa es la ficción con la que juego a explicarme el asunto.
Para mí y para otros de mi generación, Floyd fue y es uno de los núcleos de ese canon en que creímos y creemos. La atención que le prestamos, motivados por su aura para nosotros innegable, nos hizo desmenuzarlo con pasión, como si se tratara de algo esencial para nuestras vidas.
Supongo que por ahí hay un comienzo de explicación para el célebre "record" de Waters en Argentina. Cientos de miles de personas (de al menos tres generaciones) llenaron nueve veces el estadio de River para presenciar el concierto; yo llegué a Buenos Aires el jueves, me encontré con Juan Manuel Candal para vagar por las librerías de Corrientes, fui hasta Caballito para pasar la noche en la casa de Juan Terranova, me reuní al día siguiente con Felipe Herrero para discutir algunos asuntos de una novela que voy a publicar en su editorial y, a eso de las 14 horas, me encontré con mi amigo Jorge Merlino. No mucho después estábamos en la fila; entramos al estadio a las 18:30, más o menos, y esperamos hasta las 21 y pico, cuando una voz peninsular nos dio la bienvenida a The Wall...
Ante todo, hay que partir de la base de que The Wall no es un concierto de rock. En un concierto de rock la banda interpreta canciones tomadas de su repertorio sin necesariamente presentarlas dentro de los límites de sus álbumes o en el orden en que fueron compuestas; en un concierto de rock el cantante, generalmente, arenga a la multitud y la seduce, muchas veces mediante frases que resaltan lo gran público que son, lo hermosa que es su ciudad y lo bien que están haciendo sentir a la banda. En un concierto de rock el final es arbitrario, y da paso a la sorpresa de los encores, generalmente canciones elegidas por su relevancia dentro de la discografía o su éxito entre los fans. Un concierto de rock presenta elementos decorativos: luces, fuegos artificiales. En un concierto de rock suele haber una pantalla que ofrece a todo el estadio la visión que la distancia a veces vuelve dificil o imposible.
The Wall no es nada de eso. Sus límites son estrictos: los de la obra en tanto álbum conceptual y narrativo; sus canciones son las del álbum y ninguna más (en este caso se agrega una coda a "Another brick in the wall 2" y la canción "What shall we do now", que no integró el LP o el CD pero sí la representación en vivo de 1980), todas hilvanadas por un relato o una coordinación de escenas que sirven a un propósito conceptual; por tanto, el final del espectáculo The Wall no es arbitrario: son las canciones que deben ser y ni una más. En River, el viernes 9, por un momento desee que caídos los ladrillos Waters saliera con una guitarra y cantara "Pigs in the wing" o "Us and them", pero, por supuesto, eso no iba a pasar, ni debía pasar.
Otras diferencias entre The Wall y un concierto de rock pasan por el lado de los elementos que llamé "decorativos": en el caso del show de Waters nada puede calificarse realmente como decorativo o accesorio, en tanto todo integra el aparato conceptual de The Wall, sea el avión que se estrella al principio, los ladrillos que caen al final, los ladrillos que van siendo colocados, las proyecciones o el hecho de que el cantente que toma el lugar de David Gilmour cante el estribillo de "Confortably Numb" (dicen que en los 9 shows esta canción fue dedicada a Fabián Casas) en lo más alto del muro. La pantalla gigante (ententida aquí como el muro sobre el que se proyecta, que genera un espacio escénico extensísimo), de hecho, cumple con un rol también diferente, en tanto no está allí para que veamos a los músicos en planos cercanos (no para ver qué caras ponen o con qué gestualidad corporal tocan sus instrumentos) sino para aportar a la narrativa y al concepto con imágenes. El caso más claro es "The trial", donde son proyectadas las animaciones de Gerald Scarfe, pero en todos los segmentos (no sé hasta que punto es válido el término "canciones") la visión de la pantalla es ineludible. De hecho, mirar a los músicos nos distraería, y, en ese sentido, opera una clara inversión con respecto a lo que suele ser un concierto de rock.
Sería un error, en mi opinión, juzgar al show de The Wall en tanto concierto de rock. Es fácil imaginar fans desilusionados que se quejaron de no poder poguear o incluso de que se aburrieron y "no entendieron nada"; Raúl Silveira, un amigo que asistió a una de las últimas fechas, me comentaba, precisamente, que un grupito de chicos se quejaba de eso a la salida del concierto, y en mi caso recuerdo haber escuchado a un hombre a mis espaldas diciendo por celular a un amigo que si no había visto la película no iba a disfrutar para nada.
Otra de las críticas más extendidas parte de un malentendido similar, y es la que señala que Waters "hace playback" o que lo que vemos de su performance en las pantallas está "grabado". Esas objeciones serían válidas para un concierto de rock, espectáculo al que asistimos para ver a nuestros músicos favoritos interpretar sus canciones más exitosas o relevantes: aquí todo lo que vemos u oímos, en cambio, está dominado por un propósito vinculado al sentido que se construye por su relación con el álbum en su totalidad y que apuntala el concepto y la narrativa; claro que hay pistas grabadas (las había en 1980 también), claro que no siempre se ve a Waters "en vivo" proyectado en el muro... ¿pero en qué sentido eso atenta contra la ejecución de The Wall? ¿Contra la narrativa, contra el concepto? ¿Sentimos menos el drama de Pink en "Mother" porque Waters esté haciendo un dúo consigo mismo?
En conclusión: la experiencia de ver y oir The Wall en vivo fue única. Pronto cuento con asistir al concierto de rock que dará Paul McCartney (figura acaso más relevante que Waters, para muchos) en el Estadio Centenario; me esforzaré por no comprar la emoción y la experiencia que me generó The Wall, porque, entiendo, son espectáculos muy diferentes. Pero, más allá de estas ideas, sé que será dificil. La casi perfección del show ofrecido por Waters lo convierte en uno de los espectáculos (aquí sin distinguir entre operas-rock o lo que sea que es The Wall y "meros" conciertos de rock) más fascinantes y emocionantes al que he asistido en mi vida. Sé que influye el hecho de que Pink Floyd y ese disco en particular representaron mucho para mí en diversos momentos de mi vida (este presente es uno de ellos), pero es difícil no ceder a la tentación de asumir que "algo" en The Wall genera esas respuestas, sean escuchando el CD o en el estadio de River con otras 40.000 personas, con otras 150.000... entonces ¿hablar de vigencia? ¿De dinosaurios? Sí, quizá valga la pena en tanto reflexión, ¿por qué no?, pero por favor pensemos bien antes de hacerlo. Tengamos más cosas en cuenta, como mínimo.
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