sábado 11 de febrero de 2012

El mapa en ruinas

Mi reseña para Leedor.com de El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq, aquí y aquí.

viernes 27 de enero de 2012

los tentáculos del pavo real

En El País Cultural  Álvaro Buela ha reseñado mi novela La vista desde el puente. El buchón de Google -como dice un amigo- me alertó de inmediato y, después de leer lo escrito por Buela, me quedó dibujada una sonrisa en los labios, que quizá podré explicar aquí.
La conclusión de la reseña, si la he leído bien, es que La vista... es oportunista (fue publicada a fines del año del Bicentenario), propia de un estudiante de letras "en plan vedetonga" (es decir llena de "inter, intra y metatextualidades"), llena de facilismos argumentales ("descubrimientos casuales, parrafadas explicativas, coincidencias forzadas"), considerablemente rápida, poblada de personajes "de escaso calado", interesante, plena en viejos trucos tomados de "las novelas de intriga, de Conan Doyle y Stevenson en adelante", en cierto sentido fallida ("quedan por el camino, apenas esbozadas, algunas ideas poderosas que podrían haber conectado la historia de un país con la individuación del sujeto en el presente"), no exenta de gratuidades ("Sanchiz pergeña un pasaje gratuito y sin consecuencias sobre un eventual incesto e insiste en la interpelación meramente libresca que el padre suicida ejerce sobre su hijo Federico"), con "virtudes y descuentos", ágil, "sobreexplicada" y capaz de "recobrarse de la carga metaliteraria a la que está sometida y ganarse un lugar destacado dentro de la campaña autopromocional del autor".
También se refiere Buela a lo que entiende como facetas de mi perfil en tanto escritor y -quizá- de mi personalidad. Se propone hacer una lectura "honesta" de mi libro y, para ello, opta por dejar de lado (lo cual estima necesario para hablar con honestidad de todos mis libros, para de paso preguntarse si son "cinco, siete o diez" -le respondo, ya que estamos: publicados en papel son siete) cualquier consideración sobre  la "polución discursiva" que he "irradiado" sobre mí mismo con "metodología tentacular"; es más: dice Buela que he colmado la atmósfera de "una inenarrable campaña autopromocional de la que pueden extraerse dos conclusiones: 1) Ramiro Sanchiz se ama; y 2) Ramiro Sanchiz se cree genial". Me parece fantástico que un crítico de la reputación de Buela tenga un medio en el que expresar sus ideas sobre mi persona que, como no podía ser de otra manera, leo con atención (es verdad que me amo y es verdad que me creo genial, dicho sea de paso); más allá de sus juicios (él habla desde una posición estética y ética que no necesariamente comparto) le agradezco haber detectado la campaña de autopromoción y construcción de un proyecto y un perfil que vengo realizando. Tambié habla Buela del "control parapolicial" que ejerzo sobre la crítica vernácula, y añade "sin ir más lejos, este suplemento ha estado en el foco de sus vituperios internéticos, al encontrar en él reseñas que, en su excelso criterio, padecen de "signos de una lectura insuficiente o indiferente o resignada o haragana" y revelan "la tendencia de ciertos críticos a señalar de ciertos autores apenas que son (…) graciosos, pintorescos y, en última instancia -esta es su mayor equivocación- inofensivos". Para los lectores que no lo sepan, voy a aclarar aquí de que habla Buela. Hace un tiempito Mercedes Estramil (a quien estimo como novelista) publicó una reseña de un libro de Pablo Dobrinin; el autor se había sentido un poco ofendido por la nota y me instó a leerla y a darle mi opinión. Lo hice y encontré una serie de tics que iban no tanto a las fallas de Estramil como reseñista y crítica (más allá de lo que yo entendí como fallas en esa reseña o crítica en particular) sino a un síntoma bastante visible del medio cultural uruguayo en relación a la ciencia ficción y la fantasía (en oposición a la "literatura fantástica", designación más prestigiosa), géneros implicados en el libro de Dobrinin. Señalé esos tics en facebook y, por lo visto, llegaron a los ojos de Buela quien, en todo su derecho, salió a defender a su compañera del Cultural y, de paso, al Cultural entero (también me he expresado no favorablemente sobre Rosario Peyrou, ya que estamos). Probablemente yo hubiese hecho lo mismo (después de todo, como señaló Gabriel Sosa en ese mismo intercambio de facebook, los hobbits nos defendemos entre nosotros de los ataques de Mordor), así que celebro el gesto parapolicial de Álvaro Buela. Ahora bien, si el hecho de haber criticado una reseña de Mercedes Estramil y haber expresado algunas dudas sobre El País Cultural habilita a pensar que estoy ejerciendo un control parapolicial sobre la crítica literaria uruguaya (quizá Buela también se refiere a mi "polémica" con Pedro Peña, que tuvo a la crítica como eje: si es así no leyó bien, ya que mi participación en ese intercambio consistió apenas en aclarar cual era mi noción de crítica y defenderla como una opción válida y viable), entonces lo que se está pensando es que la crítica literaria uruguaya sólo existe en El País Cultural; que yo sepa no he realizado actividades propias de unidades parapoliciales a críticas y críticos de otros medios, La Diaria, Brecha, Búsqueda, etc (más allá de que pueda haber formulado juicios sobre determinadas notas: quizá Buela -que no creo que asuma que sólo en el suplemento para el que trabaja se hace crítica en Uruguay- asume que ofrecer un juicio sobre una crítica o reseña es ejercer una actividad parapolicial; la alternativa, por supuesto, es no juzgar, no opinar).
Más allá del asunto parapolicial, como decía al principio, la lectura de la reseña me dejó con una sonrisa: Me alegró, por ejemplo, que Buela detectara la presencia de Daniel Mella en la novela; me alegró también el adjetivo "inefable" aplicado a Federico Stahl y que se hablara de referencias a otras obras de mi autoría (no podía ser de otra manera ya que todas están vinculadas, lo que salta a la vista a cualquiera que haya leído las cinco o, por qué no, pasado por mi blog, donde me he extendido sobremanera sobre ese particular). Estos de Buela me parecieron gestos simpáticos, después de todo, y quizá el crítico de El País Cultural se esforzó por hacer un balance un poco más equilibrado entre notas negativas y positivas (aunque inclinado hacia las primeras), ya que de otro modo cabría sugerirle que, por merecer un ataque tan marcado, mi novela quizá no era tan "inofensiva". Obviamente no estoy de acuerdo con algunos elementos de su lectura, pero sería ocioso discutirlo en tanto toca la cuestión de qué se busca y qué gusta en literatura. Me parece interesante, de todas formas, que sea señalado el "oportunismo" en relación al Bicentenario. Allí, seguramente, hay algo para pensar.
Una última idea, en cuanto a lo de "ganarse un lugar en la campaña de autopromoción del autor": Si "campaña de autopromoción del autor" se entiende como sinónimo bueliano de "proyecto narrativo/crítico/intelectual/estético/ético del autor", estoy -para lo que pueda importar, a Buela por ejemplo- totalmente de acuerdo con la conclusión de la reseña.

jueves 26 de enero de 2012

Historias de libros

¡Sigue el narcisismo hiperbólico en Aparatos de vuelo rasante, y sigo invitando a los giles de siempre a decirme que cuento cosas por las que nadie me preguntó! El punto es que, como vengo prometiendo hace ya cierto tiempo, aquí van las historias de los libros que he tenido la suerte de publicar en estos últimos años; empecé esta narrativa con Nadie recuerda a Mlejnas y la seguí con La vista desde el puente; para aquellos de mis lectores (iba a repetir la clásica referencia a Sánchez Padilla y su programa de TV) a los que les interese, comenzamos con...
01.lineal. En septiembre de 2007 renuncié a mi trabajo en una librería de Punta Carretas Shopping; cuando los ahorros empezaron a flaquear (a la vez que el dinero que ganaba dando clases de guitarra se volvía cada vez más insuficiente) pensé en eludir trabajos decentes y proponerme como profesor particular de literatura y filosofía y (además) coordinador de talleres literarios del tipo lectura grupal de libros ordenados por temas. Jorge Alfonso (Porrovideo, Cuentos llenos de abrojos, decenas de cuentos dispersos por ahí) me sugirió enviar mi perfil a una página que presentaba escritores uruguayos y proponer desde esa plataforma mis talleres: así lo hice. Entre otras cosas hablé de mis influencias, las que más privilegiaba en ese momento: William Burroughs, Jack Kerouac, J.G.Ballard, Mario Levrero, Allen Ginsberg, Thomas Pynchon (a quien en rigor empezaba a leer, con creciente fascinación) y Philip K. Dick. Al mes, más o menos, recibí un correo de alguien que se presentó como miembro del área "literatura" de una incipiente editorial de Salamanca llamada Anidia (que, entre otras cosas, se proponían no cobrar a los escritores). Estaban preparando una colección de jóvenes autores latinoamericanos, decía, y tras encontrar mi perfil en el sitio web de escritores uruguayos le pareció interesante comunicarse conmigo. De paso me preguntó si tenía alguna novela inédita; como tener, tenía, y muchas, pero me sentía más o menos seguro de tres, que integraban una trilogía. Las novelas eran 01.lineal, 02.espuma y 03.regreso; la última era la peor de las tres y también la que consideraba menos presentable; opté por enviarles la primera y advertirles que se trataba de una serie. Me pareció curioso que me propusieran, al mes, más o menos, publicar las tres en un sólo libro. Era demasiado, por supuesto, y, desconfiado, dije que no, pero di marcha adelante a la publicación de 01.lineal. Mi amigo Raul Silveira me puso en contacto con un dibujante entonces poco conocido, nada más y nada menos que Matías Bergara, que entraría al mundo de la historieta por la puerta grande con la publicación de Los últimos días del Graf Spee, novela gráfica guionada por Rodolfo Santullo, quien detectó en Matías a su potencial dibujante estrella; un Matías Bergara (por suerte para mí) mucho menos ocupado que el actual, así que tuvo tiempo de dibujar una hermosa tapa para la novela, así como tambíen una ilustración para cada capítulo. El resultado fueron nueve ilustraciones excelentes y asombrosamente variadas; mandé todo a la editorial (que ya habían dado el visto bueno a mi sugerencia de acompañar la novela con ilustraciones) y en poco tiempo -sorprendentemente poco tiempo-, en julio de 2008, recibí en mi correo real dos ejemplares de 01.lineal. A todo esto ya había sido puesto en contacto con la parte más "formal" de la editorial, quienes me comunicaron que la novela se vendería primero via online, que se haría una buena campaña de prensa, que luego verían si mandarla a librerías, etcétera. Por esas fechas, más o menos, me enteré que la gente de Anidia había publicado también a dos poetas uruguayos: Matías Ygielka y Xime de Coster; me pareció curioso tanto uruguayo, pero seguí adelante con, digamos, optimismo. Paralelamente había enviado 01.lineal a Editorial Trilce; una primera lectura pareció interesarles, y me pidieron el resto de la trilogía. Yo estaba cada vez más convencido de que esas novelas en realidad eran textos abortados (de hecho hace años que las eliminé de mi disco duro, así que por suerte ahora no existen), pero ya que había aludido a la trilogía en varias ocasiones decidí que no tenía otra alternativa que someterlas a Trilce. Al poco tiempo las rechazaron, con mucha razón: les pareció que no estaban a la altura del clima narrativo de la primera, mejor logrado, y que, por tanto, como trilogía no funcionaban. No insistí con 01.lineal en tanto texto individual: por el momento estaba contento con mi edición de Anidia, pese a que empezaban a multiplicarse los relatos de personas que intentaban comprar el libro en la página de la editorial y les resultaba imposible, y me concentré en reescribir 03.regreso y 02.espuma; la segunda quedó relativamente pasable (llegado el momento la presenté a Estuario Editora, junto a 01.lineal); la tercera quedó bastante mejor (pero aún insuficiente) y, al año siguiente (2009), la presenté a los fondos concursables del MEC (no ganó, pero sí fue premiado otro libro mio, como se verá más adelante). Un día me puse a pensar que 01.lineal no había tenido reseñas en ninguna parte, que la promoción era mínima y que aquellas promesas de llevarla a librerías no se habían cumplido; decidí entonces escribir una queja muy civilizada y correcta a la editorial, preguntando qué sucedía y, sobre todo, qué iba a suceder. La respuesta se demoró, asi que insistí, sin éxito; un día me escribió Martín Fernández, de Estuario, muy entusiasmado con un informe de lectura sobre 01.lineal a cargo de Felipe Polleri, y me propuso pensar en su publicación para 2009. Le dije que tenía que resolver el tema de los derechos, pero daba por descontado que la gente de Anidia -ya que no distribuían en ningún lugar hecho de átomos- no tendría inconvenientes. Mi ingenuidad era tremenda, como se ve; los de la editorial dijeron que no, que iba contra sus intereses, que ellos pensaban distribuir en todo el mundo, etcétera. Aquello me enojó bastante y, amparándome en una de las cláusulas del contrato, di por terminada mi relación comercial con Anidia Editores. El resto de la tirada (se suponía que 800 ejemplares, de los que sólo me consta la existencia de 2) se la podían meter por el culo y yo tenía de vuelta los derechos. Poco después la página de Anidia empezó a exhibir grandes anuncios del tipo PUBLICA TU PROPIA NOVELA CON NOSOTROS y UN EQUIPO DE EDITORES SE ENCARGARÁ DE DAR A TU LIBRO EL TRABAJO QUE SE MERECE. Precio: 1000 euros. A partir de ese momento pasé a asumir que todo el rollo latinoamericano/uruguayo no había sido más que una manera de atraer a escritores desconocidos y deseosos de editar (yo! yo! yo!), para armar algo así como un pequeño fondo editorial con el que engatusar a los que estuvieran dispuestos a pagar. Ignoro si alguien les dio dinero; ahora su página web no existe y no me consta que hayan publicado más libros bajo el nombre de Anidia. Para mí, entonces, 01.lineal, como el célebre gato, existe y no existe: es mi primera novela publicada, sí, pero sigo creyendo que físicamente sólo existen mi ejemplar y el de Matías. Una lástima, especialmente por las ilustraciones. Quizá pronto la edite en formato e-book o algo así.
Perséfone. Estuario Editora había leído 01.lineal y estaba interesada, pero, a la vez, a Martín Fernández le parecía que el texto no era necesariamente la mejor manera de "presentar" en Montevideo a un autor nuevo. Me pareció una objeción interesante, y nos propusimos encontrar -entre todo el material que le estaba pasando y el que estaba escribiendo, un buen número de cuentos y al menos dos novelas cortas más- ese candidato ideal a mi primer libro montevideano. A todo esto yo había preparado un libro de cuentos titulado Malos recuerdos, para el que Matías Bergara había dibujado unas magníficas portadillas (una por cuento), y que incluía como remate un cuento más bien largo titulado "Perséfone", que era la reescritura de una novela finalmente inconclusa que me había ocupado durante 2005, en las primeras etapas de mi mapeo de los mundos que habitan los diversos Federico Stahl. Esa Perséfone primaria, para empezar, tenía otro título (lo he olvidado) y estaba escrita en una prosa cargadísima y hasta grotesca, orientada en las líneas de campo magnético de una parodia de Apocalypse now, con un descenso hacia el mundo de los toques de rock en la Costa de Oro y Rocha, mundillo que estaba dispuesto a inventarme ya que mi experiencia como músico se limitaba a toques en Montevideo, con la excepción de un concierto que dio mi banda en el departamento de Colonia junto a una banda tributo a Elefante. Esa versión primitiva, por suerte, no existe más (está perdida en un disco duro averiado del que, supongo, podría extraerse con las herramientas adecuadas); Malos recuerdos fue presentado a Trilce y tampoco tuvo suerte (¿por qué insistía con esa editorial?), de un modo bastante rápido que me hizo sospechar lecturas más bien parciales, si es que habían existido (y digamos que sí existieron); un día se lo pasé a Jorge Alfonso, quien me ofreció una serie de juicios sobre los diversos cuentos, juicios en los que hizo gala de un espíritu crítico notable y constructivo: de todo lo que había allí, me dijo, dos o tres cuentos no valían la pena, otros estaban pasables, alguno era -en sus palabras- un buen ejercicio de ciencia ficción ("Sobre desayunos y entropía", al que me referiré más adelante) y el último, "Perséfone", era claramente el mejor. Era, de hecho, la dirección en la que debía profundizar: más sentida, más "real", más personal. Jorge se comunicó con Martín Fernández y le recomendó la publicación de ese texto; lo expandí hasta lograr una nouvelle y se lo pasé a mi futuro editor. Decidimos que haríamos con él un libro, que, como quedaba un poco corto, podíamos complementar con más textos. Propuse una historieta: un sábado escribí el guión de "Descenso" y se lo pasé a Matías Bergara, quien hizo, una vez más, un trabajo excelente (el guión, leído ahora, me parece bastante deficiente, pero las ilustraciones han sobrevivido bien). Hubo que decidir ciertos detalles relativos a la impresión del libro y el comic, tipos de papel y diagramación básicamente, y pronto quedó claro que más o menos hacia agosto (estamos en 2009) sería publicado. Lo presentaron Ercole Lissardi (el texto que leyó pueden encontrarlo aquí) y Rodolfo Santullo, quien nos entrevistó brevemente a Matías y a mí. Poco después se hizo una segunda presentación (junto a Parir, otra novela publicada por Estuario), en la Feria Internacional del Libro de Montevideo, en la que Gabriel Lagos me entrevistó junto a Andres Ressia, el autor de Parir (la transcripción de esa entrevista, aquí), y una tercera presentación fue la de la Feria del Libro de San José, a cargo de Pedro Peña.
Del otro lado. En 2010 entré en contacto con Diego Recoba, que comenzaba su aventura con la editorial La propia cartonera, y surgió la posibilidad de publicar algunos de mis cuentos. Elegí entre ciertos "sobrantes" de Malos recuerdos (todos ellos publicados en Axxón menos uno, "Patricio", que había visto la luz por primera vez en mi blog, en una versión primitiva) y los reuní bajo el título Del otro lado. Todos esos cuentos han sido más o menos reelaborados, especialmente "Patricio", que fue también publicado más tarde en la revista Otro Cielo. Las primeras versiones databan de 2008 ("Duendes"), 2009 ("Patricio") y 2010 ("Bichos").
Vampiros porteños, sombras solitarias. En 2004 toqué en un festival porteño junto a la banda gothrock RRRRRRR; no fue una experiencia sencilla (aunque sí gratificante, de varias maneras), y terminé con un pie bastante lastimado y una guitarra (para colmo no de mi propiedad) perdida en un taxi; muchas personas, al escuchar el relato de mis desventuras, me instaban a escribirlo bajo la forma de un cuento pero yo me resistía a abordarlo, y recién en 2009 encontré la manera. Así escribí Vampiros porteños, sombras solitarias, que retomaba algunos acontecimientos y los reformulaba en el contexto Stahl. Al año siguiente fui invitado por Casa de América (Madrid) a un encuentro de jóvenes narradores iberoamericanos, y aproveché la oportunidad para contactar una editorial cartonera local, Meninas Cartoneras, que estaba en las fases iniciales de su vida. Les pasé dos nouvelles, Trashpunk (que pronto obtendría una mención en un concurso de prestigio a nivel nacional, pero que hasta ahora sigue inédita en papel -aunque no en formato digital, ya que fue publicada en tres partes por Axxón) y Vampiros... Las editoras de Meninas escogieron esta última; los libros no estuvieron listos durante mi estadía en Madrid pero al poco tiempo me enviaron dos ejemplares por correo. Tanto Vampiros... como Del otro lado involucran a Federico Stahl; Vampiros es parte de lo que llamo la "secuencia principal", es decir las historias ambientadas en "nuestro" mundo o -mejor dicho- un mundo casi idéntico al nuestro. Junto a otros cuentos que ya mencionaré, y además a Perséfone, "Bichos" y "Patricio", Vampiros... lleva implícita una cronología de la vida de este Stahl en particular entre 1998 y 2007 (hasta ahora no he publicado nada que de cuenta de fechas posteriores). 01.lineal, "Duendes" y Trashpunk, entre los textos mencionados, son ficciones que divergen de la secuencia principal: puntos jonbar (o de inflexión) de mundos ligeramente paralelos.
Algunos de los otros. Después del fracaso de Malos recuerdos aparté "Perséfone" de los cuentos que lo integraban y releí los que quedaban. Tras eliminar los textos más viejos ("El viento y la ceniza" y "Paisaje con grupo y mujer", por ejemplo) pensé en integrar al libro una serie de textos breves que había escrito pensando exclusivamente en este blog ("Ficciones", que al final no pasó la prueba para el libro pero fue publicado en Freeway, "El avance", "Caminos" -que se repite en Perséfone como un esquema para un relato anotado por Stahl-, "Los años" y "Constelaciones"), que sirvieran a modo de separadores de textos más largos, entre ellos "El cuento vaciado" (que había obtenido un primer premio en otro concurso local y había sido elegido por Horacio Bernardo para Esto no es una antología), "Yocasta" (que integraba, en una versión primitiva y horrible, El descontento y la promesa) y "Estrategias", que había sido escrito para una antología sobre ajedrez que nunca fue publicada, además de "Sobre desayunos y entropía", que, como ya dije, había sido publicado en Axxón y al que tenía un aprecio especial por ser (lo terminé en 2007) mi primer cuento de ciencia ficción escrito en muchos años. También salvé para este libro "Malos recuerdos de Thiago Pereira", que introducía un personaje basado en un tipejo que escribió hace no tanto un libro sobre Washington Benavídez; me alegra haber rescatado a "Thiago", un texto que me parecía más bien anodino, ya que se convirtió, con el tiempo, en algo así como el favorito de muchos de mis lectores. Una vez reunidos los cuentos les puse como título Algunos de los otros y lo presenté (junto a la fallida 03.regreso) a los Fondos Concursables del MEC, 2009. Meses después se supo el fallo: el jurado lo había premiado; la publicación cayó en manos de Editorial Trilce (no deja de ser divertido que terminaran publicando un libro casi idéntico al que habían rechazado), que después haría un mínimo trabajo de difusión (habían cobrado un buen dinero del MEC y no había necesidad de preocuparse por las ventas) y no mucho más de edición. Llegado el momento me preocupé por la portada (si seguían la costumbre del año anterior terminarían usando texturas horribles tomadas del Corel Draw 4.0, "stucco", "marble", etc) y le pedí a Matías la gauchada de improvisar algo decente, cosa que él hizo echando mano a ilustraciones para 01.lineal y a las portadillas de Malos recuerdos. También aproveché la oportunidad para meter mano a los cuentos, que, según la editorial, podía modificar "pero no sustancialmente". Mi modificación "no sustancial" implicó cargar las tintas en cuanto a la interconexión de los cuentos y a la "stahlinidad" del conjunto; así, aporté una nueva posdata a "El cuento vaciado" e introduje referencias a elementos de las ficciones de Stahl en "Breve historia de la realidad" (un cuento que escribí el primer lunes siguiente a mi renuncia a la librería de shopping en 2007, interrumpiendo una relectura de Respiración artificial), "Los años" y "Sobre desayunos y entropía", para nombrar sólo las más flagrantes. Es posible que las modificaciones sí hayan implicado un trabajo "sustancial", pero nadie del MEC se quejó. Al año, más o menos, de publicación de Algunos (que salió a la calle junto a Fabril, de Horacio Cavallo y el excelente Antes del crepúsculo, de Agustín Acevedo Kanopa, entre otros libros), la gente de Trilce entendió que todos los ejemplares de los libros de los fondos ocupaban demasiado espacio en sus depósitos; su decisión fue trasladar esos cientos de ejemplares a la sede de los fondos concursables, donde estaban más o menos condenados -pese a los esfuerzos de las personas que trabajan alli y buscan, me consta, la mejor vida posible para los libros- a criar hongos de todo tipo (aunque, por otro lado, la sede de los fondos es la antigua casa de Julio Herrera y Reissig, por lo que esos hongos, una vez ingeridos, seguramente posean propiedades alucinógenas capaces de abrir al cielo en un gesto verde y hacer reir de desequilibrio a un sátiro de ludibrio enfermo de absintio verde); Jorge Alfonso (una vez más aparece en estas historias) se encargó de que a los autores se nos permitiera retirar la totalidad de la tirada remanente, y un dia caluroso Santullo, Acevedo Kanopa y yo nos echamos los libros al hombro y los acomodamos en nuestras casas. En la presentación de La vista desde el puente la gente de Estuario Editora tuvo la amabilidad de permitirme regalar un ejemplar de Algunos... con cada La vista... vendido, lo cual implicó un esfuerzo mayor por la difusión de mis cuentos que el hecho por Trilce en un año (no se entienda mal: agradezco a Trilce su ineficacia e indiferencia: ahora puedo regalar mi libro a quien quiera).
Entre los libros mencionados no se encuentra ninguno de mis favoritos. Algunos... me parece un trabajo irregular, del que rescato apenas el esqueleto, la interconexión de los cuentos y algún texto en concreto, como "Estrategias" y "Sobre desayunos y entropía". Incluye la ficción más "temprana" sobre Stahl, el cuento "Malos recuerdos de Thiago Pereira", que transcurre casi en su totalidad en 1998, y el -hasta ahora- relato más apartado (ucronías mediante) de la "secuencia principal": "Sobre desayunos y entropía" (cuyo asunto es retomado en mi novela Ficción para el imperio, que si todo sale bien será publicada a mediados de este año). Perséfone, en este momento, me irrita considerablemente con su prosa recargada y sus lugares comunes romántico/decadentes; por otro lado, me siento capaz (y tentado) de depurarla hasta convertirla en una nouvelle que pueda sentir como válida; será custión de esperar ante la chance de una nueva edición, si es que se produce ("esperá tranquilo" dirán muchos). Los trabajos más breves mencionados, Del otro lado y Vampiros... me gustan más (reescritos y corregidos como han sido, pero los cambios, una vez más, no han sido "sustanciales", salvo quizá en el caso de "Patricio", para el que escribí un nuevo final hace unos seis meses), aunque no me entusiasman tanto como ciertos trabajos por ahora inéditos (El gato y la entropía, La historia de la ciencia ficción uruguaya, La síntesis de la dulcinea, Diario del fin del mundo y La novela de Mallarmé) o, si vamos al caso, como Nadie recuerda a Mlejnas (para algunos mi mejor trabajo hasta la fecha) y La vista desde el puente (que, por ser el último es, naturalmente, mi favorito personal entre los textos éditos).
Por tanto, estas historias siguen en:
 
La vista desde el puente (breve historia de un libro)

Nadie recuerda a Mlejnas (breve historia de un libro, un cuento y una editorial)

martes 24 de enero de 2012

300 entradas

Después de casi cuatro años de vida Aparatos de vuelo rasante llega a su entrada número 300. Como el monstruo de vanidad que soy, pensé que era una buena ocasión para repasar un poco la pequeña historia de este blog y sus momentos más divertidos (para mí, aclaro, no faltan quienes dicen que es aburridísimo y bla bla bla).
Al principio subía ante todo cuentos largos y poesía; luego fueron ganando terreno las reseñas y los malhumores; más recientemente diversifiqué un poco la propuesta y abrí Lecturas rasantes para recopilar los textos que publico en La Diaria, Leedor y algunos de Otro Cielo, y también (hace poco más de dos semanas) Partículas rasantes, con el propósito de subir a diario notas, ideas, inspiraciones, reacciones, microcrítica y microreseñas; en Aparatos, entonces, ha quedado lugar ante todo para observaciones más personales, noticias, algo de autobiografía y, por supuesto, comunicaciones intermitentes con el(los) universo(s) de Federico Stahl.  Pero, como decía más arriba, entre estas 300 entradas ha habido lugar para todo.
Un post reciente de mi gran amigo Juan Manuel Candal (sí, un amigo personal y también editor reseñó mi novela para La Diaria, medio en el que escribo, ¿y?) me hizo volver a pensar en una serie de peleillas (y algunas polémicas más en regla) con gente variada del ambiente cultural local; mirando la lista de entradas en blogger encuentro que suelen ser las más comentadas y las más, por qué no decirlo, apasionadas. Así que esta historia breve de Aparatos de vuelo rasante no puede no incluir una historia brevísima de las tonterías que dije a mucha gente y las tontísimas respuestas que esta gente me lanzó a la cara; también es cierto que no poco de lo dicho fue interesante o pudo interesar, que -con dos o tres excepciones- ninguno de los interlocutores beligerantes eran realmente tontos, que no hubo algún momento donde se ponían en juego cosas que -al menos yo- he considerado importantes o que considero importantes, cosillas relacionadas con el papel del escritor en el medio cultural, con la naturaleza de la crítica, entre otros temas.
El primer intercambio importante incluyó a varios escritores ofendidos por mi crítica al libro Esto no es una antología. Recuerdo que volví a mi casa después de la presentación y lo empecé, para terminarlo esa misma noche (es posible que sea el único escritor de la no-antología que la leyó entera, incluyendo al compilador) y escribir -entonces todavía trabajaba en un shopping- una reseña cuento-por-cuento en la que aclaré que sólo me interesaba dar mi opinión (en plan me gustó o no me gustó, disfruté o no disfruté) sobre los textos. Esos textos, claro, incluyeron al prólogo de Horacio Bernardo, que me pareció atroz (por otro lado, ¿qué se podía esperar? Es raro que Bernardo no participe del carnaval, ahora que lo pienso); también mencioné qué cuentos me parecieron bastante malos y cuales me gustaron especialmente. El resultado: los amiguitos de los agraviados (y los agraviados también, por supuesto) empezaron a rasgarse las vestiduras. De este intercambio no quedó nada interesante, más allá de algunas conclusiones que ya no tiene sentido repetir acá y que involucran a gente que en mi opinión no vale gran cosa y que tampoco ha hecho gran cosa últimamente.
Otro de los intercambios incluyó a un tipo muy verborrágico que se hace llamar Topogenario (o se llama, o se llamaba, nunca lo supé), autor de largos comentarios altamente ilegibles. Fue a partir de su participación en esta historia que empecé a moderar la participación de los lectores en este blog. Tampoco quedó nada interesante de este asunto.

Una reseña que subí de la película Sucker Punch, en la que discutía un poco algo que creía entrever en una reseña de Gonzalo Curbelo para La Diaria, motivó otra serie de puteadas, esta vez con uno o dos anónimos que cada tanto vuelven por acá y repiten el cántico salmodiante de que Sanchiz es mal escritor, mala persona, muy tonto y muy calentón. Lo último es verdad, diré en mi defensa.
También, a fines de 2010, subí un artículo/manifiesto en el que intentaba demarcar el camino que me interesa tomar en cuanto a literatura, tanto como lector, crítico y reseñista que como escritor de ficciones; señalaba cietas actitudes que me parecía que "tendían a la mediocridad" y, apurado por un espíritu simple, propuse como ejemplo de esas actitudes a Leonardo Cabrera; pasado más de un año entiendo que me equivoqué, que de hecho Leonardo era quizá el menos adecuado a la hora de usar como ejemplo de esas actitudes de las que me interesaba tomar distancia: otros escritores de mi generación eran más claramente vinculables a lo que señalaba en mi texto. Esto no quiere decir que considere a Cabrera un alma afín en las aventuras literarias (por decirlo de un modo pintoresco): estamos muy en desacuerdo en algunas cosas, creo, y bastante de acuerdo en otras, quizá más puntuales. Lo interesante en aquel fin de 2010 fue la reacción por parte de escritores que pertenecen al círculo de Leonardo Cabrera (en su mayoria los vinculados al blog Club de catadores), que se sintieron -justamente, supongo- tocados o incluso insultados. Muchos de ellos, de hecho, siguieron y siguen sintiéndose tocados o insultado, y esas diferencias (con las que aparentemente no pueden vivir: yo me he limitado a señalarlas y a razonar sobre ellas, especialmente en cuanto a mi interés en crear un mapa de la narrativa de mi generación) han ido zigzagueando por ahí, a veces bajo tierra y a veces a plena luz del día. Posiblemente una de esas diferencias motivó mi reciente polémica con Pedro Peña, sobre la crítica literaria, que comenzó bastante bien (en cuanto a mover temas de interés) y degeneró en acusaciones irónicas tanto de Pedro como mias; en ese terreno digamos viciado subí una caricatura (dibujada por Matías Bergara y al alcance de todos los lectores de Pedro desde la solapa de sus libros) del autor de Eldor acompañada de un globito que decía algo así como "¡no se dejen engañar, esto no es crítica!", lo cual molestó sobremanera a Peña, que también se sentía tocado por una de las entradas de mi blog de microcrítica, en la que repetí mi opinión sobre Ray Bradbury y pensé o traté de pensar las razones para explicar el éxito de este autor entre literatos y docentes, entre fans hardcore de la ciencia ficción y lectores de "literatura general". Eso (que podría, de no haber mediado otros rencores y otras actitudes que no dudé en llamar cobardes, haberse arreglado con un "Ramiro, no seas pajero, eso de la caricatura es una pendejeada", a lo que yo no podría haber dicho más que "tenés razón") motivó la última "pelea" hosteada por Aparatos de vuelo rasante, en la que terminé espetándole a Pedro muchas acusaciones de las que, por supuesto, no me desdigo. Más o menos al mismo tiempo cruzamos ideas con Alejandro Gortázar, un poco en la estela de la discusión sobre la crítica, pero, por suerte, de un modo considerablemente más civilizado que, doy por descontado, seguirá presente en una posible respuesta de Alejandro.
No fueron las únicas pero sí las que recuerdo ahora o, al menos, las que vale la pena mencionar dado que, de un modo u otro, fueron sostenidas con gente que, en mayor o menor medida, leía un poco lo dicho por mí antes de atacar. Es cierto que otros popes de la ficción especulativa, gente que cuenta con bibliografías nutridas y estilos cuidados, también anduvieron por aquí y allá lanzando acusaciones en el mejor de los casos infantiles; pero está claro que sobre esa gente no vale la pena pronunciarse, al menos no con palabras -y menos palabras en un blog.
Claro que en Aparatos de vuelo rasante no hubo sólo polémicas (ni respuestas a secas, como la que escribí a Cristian Font a partir de sus dichos en el programa de radio Suena Tremendo); también hubo celebraciones y crónicas de grandes momentos (en su mayoría presentaciones de libros, como la de Colores peligrosos, por ejemplo, en la que, entre otras cosas, asistimos a una paliza ajedrecística, a un ninguneo de mozo de bar, a una primigenia confrontación con la gente de Café La Diaria, a un toque acústico de Pleroma reducido a Nacho Viera y a mí), y también unas pocas "historias de libros", en las que conté (haya o no haya por ahí lectores que puedan interesarse) cómo se gestaron ciertos libros que publiqué; como Perséfone, Algunos de los otros, Del otro lado, Vampiros porteños sombras solitarias y 01.lineal quedaron por fuera de esos relatos, la entrada 301 de este blog los tendrá como tema, para seguir con la temática egocéntrica, narcisista y arrogante que tanto me gusta.
Sigue una lista de enlaces a mis entradas favoritas del blog:

Las catedrales de la física
Repaso del 2011
Más ranitas y menos blandengues
Decálogo/manifiesto versión 2.0
Julio Herrera y Reissig: un viaje personal
Juan Grompone y el futuro de la novela policial
Sobre Dani Umpi y otros asuntos

Y como consigna final, para ir preparándonos para lo que sucederá el jueves 26 de enero:

¡POR UN URUGUAY LIBRE DE MURGAS!

martes 17 de enero de 2012

Carta a Pedro Peña

Estimado Pedro,
Estuve en Piriápolis el pasado fin de semana; salí el viernes por la tarde y regresé el domingo por la noche; pasé los días en cuestión en un camping, con mínimo acceso a Internet (que use apenas el sábado para subir mi nota diaria a mi nuevo blog, que me consta que lees), y no consulté mi correo ni pasé revista a mis blogs favoritos o los que siempre leo, incluyendo el tuyo; tampoco lo había hecho el jueves por la noche, por lo que leí tu "Dramático testimonio" recién ayer ya avanzada la tarde. Dejé pasar unas horas -no sin consultar a gente de confianza con respecto a la naturaleza de la respuesta que pensaba ofrecerte- y aquí estamos. Ahora, antes de iniciar sesión en Blogger, regreso a tu blog y encuentro un comentario de Candal y tu respuesta a sus palabras, en la que señalás (te cito): "pero todo esto ha sido parte de un juego, Juan Manuel, un juego que involucró la publicación de una ilustración de mi imagen con un globito con algo que yo no dije. Eso fue explícito y sin anestesia. Esto no. Esto va sin nombre y el que se sienta aludido que se sienta". Veo que sos muy celoso de tus palabras, ya que te toca especialmente una tergiversación tan inofensiva como la empleada por mí; también veo que carecés de sentido del humor, o que, al menos, tenés un sentido del humor un poco torcido, dada la desproporción entre mi "chiste" (podés considerarlo infantil, pelotudo, lo que quieras) y tu "juego". "Esto va si nombre" es lo que dicen los cobardes, Pedro; escudarse en "quien se sienta ofendido..." es, insisto, una cobardía: bien claro está lo que decís; te señalo, ya que estamos, todas las veces en que volvés más que claro de quién estás hablando (dejando de lado las veces en que lo sugerís apelando a lo que tus lectores saben que opinás de mí): "estudió filosofía en la FHCE pero no terminó", "a X no le gusta la editorial BO", "su autor norteamericano favorito (...) Thomas Pynchon". También decís que te sentís tratado de estúpido de un modo "sistemático" desde una nota mía sobre Bradbury, en la que repito un juicio sobre gran parte de su obra que ya he formulado por ahí e incluso, creo, en viejos mails que te mandé, allá por 2008, comentándote mis impresiones sobre tu libro Eldor; acabo de repasar el texto al que aludís y no veo el agravio que señalás; ¿vos sí? ¿podés señalarlo? La palabra estúpido no figura por ninguna parte, ni tampoco hay una voluntad de "insultar" a ningún docente, y menos a vos en particular. La nota te nombra porque fue originada por mi lectura de tus respuestas al diario argentino que te entrevistó. ¿Te sentiste ofendido? Eso me parece interesante, pero no es este el lugar de pensar por qué; de hecho voy a hacer lo siguiente: asumir que todo esto me lo dijiste con nombre y apellido y empleando los canales más adecuados para el contenido en cuestión (verás que no te señalo que me parece desproporcionado tu ataque si lo vemos en relación a lo que presuntamente lo motivó; hacerlo implicaría una apuesta por un subjetivismo que aquí no conviene); voy a simular en mi memoria que tuvimos un intercambio epistolar en el que vos me señalabas estos puntos y pasaré a contestarte como corresponde.
Más allá de detalles pintorescos que incorporás a tu caricatura, llega un momento en que las observaciones que hacés se espesan. Voy a contestar algunas de ellas, si te parece bien. Por ejemplo: "Por ejemplo, a X no le gusta la editorial BO, lo que no es impedimento para que haya enviado sistemáticamente sus libros al concurso literario organizado por tal editorial. A X no le gusta la periodista cultural Y; sin embargo envía prolijamente encuadernados sus mejores esfuerzos en el terreno narrativo al concurso en el que Y es la jefa del jurado. Ignoramos el porqué de estas contradicciones..." Primero que nada, me emociona como saltás a defender a los que te dieron un cuarto del pan que te ganás con tus libros; hace un año y pico recuerdo que yo critiqué con bastante severidad a Juan Grompone (¿o lo llamé el "Escritor J"?) a raíz de su participación en un evento que te involucraba; a los pocos días me mandaste un mail o mensaje de Facebook, no recuerdo, diciendo algo así como "estoy de acuerdo contigo pero no voy a opinar porque está vinculada la editorial que me publica"; curiosamente, hace no tanto me hiciste chapeau por criticar en la prensa un libro publicado por la misma editorial que se ha encargado de dos de mis libros (tres si contamos una antología de poemas). Voy entendiendo cual es tu relación con las editoriales, Pedro: servilismo y genuflexión. No me extraña: se corresponde a tu perfil. Pero sigamos: me acusás de enviar originales a un concurso organizado por una editorial que no me interesa (habría que desarrollar más esa afirmación, pero lo dejamos para otro momento) y dotado de un jurado presidido por una periodista cultural que tampoco me gusta (dejemos de lado la imprecisión en el empleo de ese verbo, no me molesta dejar pasar cosas que son claramente parte de tu handicap con las palabras y las ideas); paso a informarte que al premio de narrativa de BO me presenté sólo dos veces: en la primera (la edición 17 del concurso) obtuve una mención, igual que vos, y fue Leonardo de León quien obtuvo el primer premio; en la segunda (tras haber presentado una novela que algunos de esos lectores que, como dijiste en Facebook, merecen tu confianza, consideran muy buena, y que por suerte ya tiene editor) no obtuve nada, con Manuel Soriano en el primer premio (ah, y no recuerdo haber criticado los libros de estos dos autores: no los leí, más allá de algunos cuentos de Leonardo de León que no me entusiasmaron y uno que me pareció muy bueno; si miramos qué otros autores han ganado premios a los que me presenté sin éxito incluimos por ejemplo a Ana Solari, de quien no recuerdo haber dicho nada nefasto, a Gustavo Espinosa, idem, y a Damián González Bertolino, autor de un libro para el que sólo he tenido elogios, muchos de ellos públicos y publicados en La Diaria -te digo esto para que la próxima vez que quieras señalar defectos de alguien hagas un poco mejor los deberes). Varias cosillas que supe del premio y de la performance del jurado, sumado a mis estrategias a la hora de dominar la ansiedad, me hicieron concluir (hacia la mitad de 2011) que no habrá una tercera ocasión en que me presente al premio; pero más allá de estos detalles, creo que es un poco tonto de tu parte pensar que si me presenté al concurso de BO fue por una razón diferente al dinero en juego. Preguntale a Horacio Cavallo cual es su razón para presentarse a los concursos, dejando de lado jurados y perfiles editoriales: te va a decir que es el dinero, y ante eso no hay argumentos, ya que ¿qué perdemos con intentar? Y si ganamos 30.000 pesos, al menos podemos comprar cierta tranquilidad y quizá más tiempo para dedicarnos a la escritura. Pero suponía que no había necesidad de explicarte estas cosas.
Ahora bien: sí, tengo mis reservas con respecto a la línea editorial de BO; sí, tengo mis reservas con respecto a las opiniones y el perfil intelectual de Rosario Peyrou. Seguramente te molestan esas "reservas" por aquello de que no morderías (y siempre defenderías) la mano que te alimenta, ¿o hay otra razón, Pedro?
Después haces chanzas sobre cierta tendencia que según vos exhibo en favor de las taxonomías; estás en tu derecho de pensar lo que quieras: es, claramente, un tema que molesta a los escritores jóvenes uruguayos, que a la menor sombra de "clasificación" se enbanderan de epistemologías mal digeridas. Vos al menos intentaste ponerle un poco de humor, ramplón, es verdad, pero humor al fin. Ahora, es interesante que a la hora de buscar blancos en mi persona privilegies ese.
También señalás que no tengo lectores. Lo decís de esta manera, mirá: "X no tiene lectores. X forma sus propios lectores"; más allá de la estupidez de yuxtaponer esas dos afirmaciones (si X forma a sus lectores está claro que pasa a "tenerlos"; salvo que consideres que la única relación válida entre un escritor y sus lectores se basa en cierta "naturalidad" de que el escritor vaya a acertar en lo que el lector espera y desea consumir -lo cual, por otra parte, quizá sea parte de tu programa como escritor en ciernes-; ni que decirte tengo que me parece una ingenuidad asombrosa, si es que pensás así), luego seguís diciendo que someto a mis lectores "a la rigurosa y exigentísima tarea de leer (mis) artículos, prólogos y reseñas, tras lo cual muchas personas débiles de espíritu han vomitado, metafórica y literalmente"; me pregunto cómo someto a nadie a leer mis artículos, prólogos y reseñas; ¿obligo físicamente a las personas suscriptas a la Diaria a no saltearse la sección cultural cuando aparece alguna reseña o crítica de mi autoría? ¿Envío spam con mis textos? No: mantengo un blog y soy publicado por un equipo editorial que incluye a Gabriel Lagos y Gonzalo Curbelo; si te surje algún tipo de molestia gastroesofágica al leer mis críticas, artículos o reseñas, quejate con ellos por publicarme y no pases de nuevo por , por o . Ah, y lo de "metafórica y literalmente" es bastante tosco; ahí te dejaste llevar por las inercias del lenguaje, igual que, por ejemplo, en el comienzo de tu primer policial publicado por Estuario, donde en un sólo párrafo incluís al menos dos lugares comunes tan gastados como "la China milenaria", "el país galo" y "sillón desvencijado".
No te voy a discutir eso de que soy "mal escritor" o que "escribo mal", porque si lo hiciera vos sentirías que acertaste en tu retrato de Ramiro Sanchiz como un tipo egocéntrico, vanidoso y narcisista, acusaciones que tampoco voy a negar porque me parece ocioso y poco productivo. Hay, sí, algunas cosillas que te voy a señalar. "X es de los que piensa que citar a determinado autor y el impacto que ese autor generó en él basta para que la gente piense que él es tan brillante como el autor citado"; gratuito, poco inteligente y ambiguo: ¿a qué te referís? ¿a estados de facebook? ¿a citas en críticas y reseñas (no te olvides que vos lo hacés de un modo mucho más flagrante que yo)? ¿a referencias en la narrativa? (quizá te molestan ciertas prácticas de puesta en evidencia de la intertextualidad).
"X piensa que las vanguardias no han pasado". ¿Te referís a las vanguardias llamadas "históricas"? ¿Al neovanguardismo de los años 60? ¿A Nozilla, la línea contemporánea de narrativa española que retoma las prácticas de ambas? Además, ¿qué quiere decir pasado? ¿Pasado como en un desfile? Qué poca comprensión que exhibís de la historia del arte, Pedro.
Me interesaron esos dos puntos porque son los únicos (también repetís la cuestión con lo de los 100 años, pero no vale la pena citar esa afirmación, que está implicita en la que la precede, más o menos) en los que rozás una posible razón por la que mi escritura te resulte tan deplorable, tan ocultadora de la inteligencia, tan emética. Pero, por supuesto, no queda claro; me recuerda cierta polémica que sostuvimos, en la que claramente habías leído mal mi primer mensaje. En fin.
Si bien me propuse no entrar a Facebook en enero, recién entré para mirar tu perfil, y encontré una serie de reacciones a este "dramático testimonio" que escribiste. Entre otras cosas, decís que sabés de cuatro personas (lectores en los que confiás) que leyeron La vista desde el puente, entre las cuales dos no pudieron terminarla, una la consideró mala y a otra más o menos le pareció bancable, de lo que deducís que a) escribo mal (lo que venías diciendo) y b) La vista... es una mala novela, dado que tiene algo así como un 25% de aceptación. Decime por favor que fue un chiste más; de otro modo voy a tener que pensar que sos mucho más que definitivamente estúpido y empezar a formular teorías sobre desafíos cognitivos importantes. De todas formas te confieso que estoy a milimetros de esa conclusión, ante todo por tu cobardía, por tu prosa ramplona, por tu ceguera ante la profusión de clichés que recorre tus novelas, por los facilismos en los que incurrís y justificás hablando con elefantina imprecisión de tu idea del "escritor del futuro" y su "versatilidad" (que se traduce en seguir escribiendo novelitas policiales por encargo, aparentemente... por lo cual te felicito, Pedro, seguramente encontraste ahí tu nicho, en al menos dos sentidos de la palabra, si me perdonás la aclaración poco sutil), por tu imperiosa reacción cada vez que alguien critica severamente a otro escritor (y más imperiosa es la reacción cuando el criticado es amigo tuyo, por supuesto), por apelación a clichés de manual, por la escasa hilación lógica de tus respuestas y por tu sumisión a las instituciones y autoridades, para no seguir abundando en observaciones. Y te comento de pasada que si nos ponemos a hablar de lectores de mi novela a mí no me costaría nada mencionarte a gente que la leyó y le pareció buena o incluso muy buena (gente que vale mucho más que vos -que ha dado más pruebas de valor, quiero decir- en el terreno intelectual y literario, por otra parte); esas "reseñas" que producen vómitos, de hecho, han sido elogiadas por ejemplo por Roberto Appratto, Gustavo Verdesio, Gabriel Lagos, Ercole Lissardi, Carlos Rehermann y Soledad Platero, y te los menciono porque supongo que los conocés. Ahí tenemos, entonces... a ver... seis lecturas, dos que no la terminaron (por lo que no deberían considerarse válidos a la hora de opinar, ¿no? porque si lo fueran, te confieso que terminar La noche que no se repite y Ya nadie vive en ciertos lugares -oops... este último lo publicó la misma editorial que me publica... que contrariedad!- me costó un esfuerzo que, en otras circunstancias, te puedo asegurar que no hubiese hecho), una negativa, otra mas o menos, dos positivas... hmmm.. ¿cómo cambia eso el panorama? ¿Paso de ser malo a ser más o menos malo? ¿A ser aceptable? ¿Sigue siendo verdad que la mayoría de la gente piensa que escribo mal? ¿Pusiste una empresita de encuestas y no contaste nada? ¿Pedro Peña le toma el pulso al público lector? Bueno, no importa, sigamos asumiendo que o bien fue un chiste o algo que dijiste sin pensar demasiado (como todo lo que decís, por otra parte).
También podría preguntarte si leíste alguno de mis libros, además de Perséfone; dado que opinás tan suelto de cuerpo sobre mis textos, asumo que los leíste todos. Yo sí leí todos los tuyos, excepto el último; y salvo que hayas mejorado increíblemente al escribirlo, te diría que por ahora sos un narrador de medio pelo, un tipo que busca la fácil (excepto en Eldor, hubiese dicho hace un tiempo, pero ahora que lo pienso mejor me parece que te limitaste a seguir lugares comunes bradburianos), que se contenta con armar pequeñas artesanías deficientes, un dominguero, en fin. Y a los domingueros se les puede pedir que no molesten: "Los dioses no deben ser molestados", dijo una vez el gran Herrera y Reissig, y pensé en cerrar así la carta para darte más elementos que aportar a tu caricatura narcisista y egocéntrica hasta el delirio. Pero sería darte de comer un poquito más, Pedro. Un final mejor podría ser resaltar tu cobardía, tu estupidez y tu mediocridad, pero tampoco tengo ganas. Seguir leyendo tu "Dramático testimonio" y contestando punto por punto me aburre -ya bastante te respondí-, así que un "que te vaya bien" seguramente es la mejor manera. Date por saludado y seguí en lo que hacés, que vas bien (en el sentido uruguayo, claro). Saludos a Rosario y a Heber; y lustrales bien las botas (por no decir algo más grosero); suerte en el concurso de BO y seguí insistiendo en tu búsqueda de versatilidad: seguramente vas a llegar a escribir novelas horribles en todos los géneros y estilos.
Saluda atte,

Ramiro Sanchiz

lunes 16 de enero de 2012

Carta a Alejandro Gortázar

Nota: hace unos cuantos años, el 20 de marzo de 2009, Alejandro Gortázar escribió una reseña de El viaje a la ficción. El mudo de Juan Carlos Onetti, de Vargas Llosa.  El 1ero de abril escribí una respuesta a lo escrito por Gortázar, que colgué de este blog. Hace tres días, Alejandro Gortázar subió a su blog una carta dirigida a mí, en la que retoma el asunto Vargas Llosa-Onetti, añadiendo su parecer en cuanto a la polémica que mantuve recientemente con Pedro Peña, sobre la crítica académica.
Antes de mi respuesta a Gortázar, van los links a los atículos en cuestión:
El artículo original de Alejandro, aquí.
Mi respuesta, aquí.
La carta reciente de Alejandro, aquí.
Lo que sigue es mi respuesta a la carta del 13/1/2012


Querido Alejandro,
Ante todo, te agradezco que leyeras el intercambio con Pedro Peña y lo pensaras en relación a aquello que había escrito sobre tu reseña de Vargas Llosa. Paso a responderte.
Mi "defensa" del libro se basa ante todo en que lo considero dirigido al público general; armando un corte de escasa resolución, me parece claro que el saber académico o con pretensiones de ciencia (ya volveré a esto) posee una intersección bastante pequeña -comparativamente- con la divulgación científica o los libros sobre literatura dirigidos a un público compuesto por no-expertos o por estudiantes novatos. En ese sentido, su falta de rigor y de visión "original" no es un problema tan relevante como qué tanto logra interesar a los lectores en Onetti y si es capaz de trazar con claridad algunas líneas de aproximación y lectura de la obra de Onetti. No creo que Vargas Llosa falle estrepitosamente en ese cometido; será cierto que el libro surgió de un curso brindado en una universidad, pero en lo que llegó a mis manos, que debería bastarse a sí mismo, mi mirada no detecta el conjunto de tics que hacen a la escritura académica . Por supuesto que su libro, ahora en manos de un académico o una persona con intereses más "científicos" en relación a la literatura, se vuelve por lo menos pobre.
Tu concepción de la crítica es extremadamente amplia, es más un bosque que un conjunto de árboles; puedo sentir que comparto tus conceptos, pero en los comienzos de mi intercambio con Pedro me interesaba mirar las cosas a otra escala, con lupa al menos (ya que empleás tanto la palabra "ciencia" voy a usar alguna metáfora que connote a la ciencia y los científicos, aunque "lupa" también remite al trabajo detectivesco); entiendo lo que señalás sobre el acto comunicativo;  para mí -y esto lo explicité en la discusión con Pedro, que tenía un propósito programático por mi parte- es ante todo un acto de ficción, que anula lo comunicativo (por una fisura en el código) si el receptor lo asume como referencial/científica/divulgativa; esa "lectura errónea" del receptor que asuma que yo pretendo "decir una verdad" sobre el texto analizado genera, por supuesto, una creación de segundo grado o, mejor, una recreación, ahora a cargo del receptor. El malentendido o la tensión entre las dos posturas es interesante, en tanto pone las cosas en movimiento. Quizá me interesa defender la postura del Tyrannosaurus Rex que (si Jurassic Park está en lo cierto) sólo ve las cosas que se mueven. ¿Pero por qué te escribo todo esto? Para dejarte claro que mi rechazo de la crítica académica (asumiendo que tal cosa existe -en rigor se trataba de señalar que la crítica defendida por Pedro era un ejercicio de acercamiento hasta te diría servil a lo académico, más allá de la ingenuidad de pensar que citar a Wellek y Warren es una garantía de "seriedad") opera ante todo en relación a lo que yo personalmente, en tanto productor de textos intento hacer o me interesa hacer.
Esto, por supuesto, no es incompatible para nada con tu "intervención política en una red social", al contrario; simplemente me limito a mirarlo desde una perspectiva que no es la que vos elegís en la carta. En ese sentido, no estoy marcando ningún tipo de oposición a lo que señalás.
Sería fácil ahora continuar esta respuesta señalándote mi opinión sobre las pretensiones de cientificidad de las que hablás; no lo haré, porque creo que no viene realmente al caso, dado el lugar desde el que vos escribís y el lugar desde el que escribo yo. Sería como si el habitante de la ribera oeste de un río dijera que en su lado hay pinos y su vecino le contestara nada más que "acá hay cipreses". La discusión sobre si el pino es mejor para leña que el ciprés, o vieversa, o su valor estético, por supuesto, volvería aún más bizantino este intercambio.
Quiero decir: es natural que vos critiques mi "teoría de la ficción que se muerde la cola", en tanto -aunque epistemológica/irónicamente puedas mostrarte de acuerdo- tu formación y el lugar desde el que pensás y escribís (perdón por pretender que te conozco bien; por favor señalame cualquier error que cometa al respecto) no puede sino asumir que mi "teoría" es errónea. En lo personal, no me interesa ninguna pretensión de cientificidad, ante todo porque mi fondo epistemológico está más cerca de Feyerabend que de cualquier otra reflexión (que yo conozca al menos, pero confieso que últimamente he leído poca epistemología) sobre la naturaleza y el estatuto de la ciencia. Por supuesto que de esto debe desprenderse que yo tampoco me considero el dueño "de la verdad revelada"; del mismo modo, no pretendo descalificar ni tirar abajo ninguna lectura: meramente señalar otras posibles. Y si me preguntás con qué criterio elijo o privilegio una lectura, te digo algo muy poco científico (inculso muy poco "serio", diría Peña): la lectura que más me permita pensar y crear suele ser mi favorita. En ese sentido, tu lectura del libro de Vargas Llosa (y a la vez te digo ¡qué poco me interesa ese libro ahora! hasta me resulta dificil creer que lo eligiera como pretexto para volver a mi eterno malhumor con lo que entiendo -quizá erróneamente- como el saber académico y sus pautas, sus jaulas, su ridícula pretensión de seriedad y su estrechez de miras de la que se han salvado muy, pero muy pocos epígonos) me parece menos "fértil" que otras posibles: especialmente en cuanto al tonto relato sobre el origen de la ficción y la idea romántica de que el escritor crea un mundo ficticio tras experimentar un cortocircuito con el "real"; yo puedo criticar severamente esas ideas, por supuesto, y en eso parecemos estar de acuerdo, pero si lo hago sería desde la convicción de que no hay un mundo "real", en tanto es incognoscible, y que lo único que vale es la dirección que más permita inventar. Entenderás que alguien que piensa así no puede dar mucho valor a pretensiones de cientificidad; para mí -y sigo con mi narcisismo- lo más bello del siglo XX son los grandes aceleradores de partículas. Y te imaginarás que no por ello creo que si pudiera mirar el universo a esa escala vería realmente quarks y gluones.
Por tanto, y resumiendo (me baso aquí en tus cuatro puntos del final de la carta):
1) Tu trabajo y perspectiva son obviamente legítimos; su legitimidad y valor están otorgados por una serie de instituciones (La Diaria sería una, que confía en tu trabajo como también confía en el mío): en tanto fantasma de un individuo proyectado por la creación de textos, me siento en todo derecho de marcar mi oposición a esa o esas instituciones.
2) Entiendo lo que señalás, pero me remito a que el término "crítica académica" surgió en el contexto de una discusión con Pedro Peña en la que mi interés era apostar por otro tipo de acercamiento a los textos literarios.
3) No creo que haya traspasos, sólo recreaciones.
4) De nada. Y yo también te agradezco el tiempo que dedicaste a reflexionar sobre cosas que he escrito y, por supuesto,  te expreso mi gratitud ante la posibilidad que generaste de seguir moviendo estas ideas.
Sin más, te saluda afectuosamente

Ramiro Sanchiz







 

viernes 6 de enero de 2012

blog de microcrítica salvaje

Recién llegado de mis vacaciones en Mendoza (por suerte evité caer en alguna acequia) estreno mi nuevo blog wingman de Aparatos de vuelo rasante. Se llama Partículas rasantes y está dedicado a la microcrítica salvaje. La consigna es: una vez por día (siguiendo el ejemplo de Andrés Accorsi en 365 comics por año) subiré un comentario, una nota, una glosa, una idea, una inspiración relativa a cualquier cosa que haya visto/leído/escuchado en las últimas 24 horas.
Las entradas, además, estarán divididas en las siguientes categorías:

Lecturas de baño - páginas elegidas más o menos al azar y leídas sobre el güatercló
Lecturas de ómnibus - idem, pero sobre el asiento de algún transporte público 
Lectura principal - el libro al que dedico la mayor parte de mi atención en el momento
Lectura lateral - algo que leo movido por una curiosidad repentina
Lectura profesional - algún libro que me tocó reseñar
Malhumor - algo que leí por ahí y me irritó especialmente
Respuesta - infaltable opción buscaproblemas que, por su brevedad, decidí no incorporar al blog principal
Película - último filme visionado
Serie - idem anterior pero sobre series de TV
Música - idem anterior pero sobre un álbum o canción recién escuchada
Imagen - idem anterior pero en relación a algún cuadro, viñeta, poster o cualquier creación gráfica encontrada por ahí.

La primera microcrítica (lectura de baño, de hecho), aquí.

lunes 26 de diciembre de 2011

Repaso del 2011

El año comenzó muy bien: la editorial Reina Negra, dirigida y encauzada ideológicamente por el compañero revolucionario Juan Manuel Candal, profeta y prócer del Stahlinismo, vio la luz con nada más y nada menos que una nouvelle de mi autoría, Nadie recuerda a Mlejnas, que había sido publicada -como conté en su momento en este blog- por el mismo Candal en su revista Otro Cielo. Publicar un libro en enero es indudablemente una buena señal; simétricamente, mi otra publicación del año fue en su último mes (al menos si nos guiamos por la fecha de presentación, en realidad el libro apareció en librerías en los últimos días de noviembre), la novela La vista desde el puente, que escribí en enero, junio-julio y octubre, para resumir un poco una historia que también conté en este blog.
Sigamos con libros: después de terminar la primera versión de La vista... me dediqué a bosquejar otra novela, un poco más larga y titulada El gato y la entropía #12 & 35, que dejaba de lado el negocio multimillonario de las ucronías de corte policial y que por momentos (más precisamente dos segundos el 9 de abril) sentí como el legendario "retorno a las raíces" que hace a la carrera (¿la historia?) del 90% de las bandas de rock de todos los tiempos: quiero decir con esto que era una ficción stahlinista pura y dura: Rex, su designer, un Federico Stahl que no escribe pero que toca la guitarra en Space Glitter, drogas que no existen pero que deberían existir y chicas voluptuosas que arrojan a quien sea que las escuche teorías salvajes sobre las conspiraciones del rock and roll. Había, claro, algunas complicaciones, que no fueron pocas y me demoraron con esta novela hasta junio, más o menos, cuando puse el punto final al primer borrador. Es, posiblemente, el texto más complejo que he escrito, y su revisión me está resultando tan difícil como divertida; veremos si la tengo más o menos lista (es decir "presentable") en enero 2012.
A El gato... siguió una nouvelle de más o menos la misma extensión que Nadie recuerda a Mlejnas. El título original era La rosa y la ceniza, guiño no sólo al hermoso cuento de Borges "La rosa de Paracelso" sino a un viejo relato de mi autoría, "El viento y la ceniza", que en su momento obtuvo una mención en el concurso de narrativa anual de la B'nai B'rith. También, en una versión un poco modificada, fue publicado en Letralia (aquí), Axxón (aquí) y, ampliamente modificado, iba a integrar Malos recuerdos, un compilado de cuentos para el que Matías Bergara dibujó unas ilustraciones maravillosas que funcionaban a modo de portadilla para cada cuento; hace poco más de un mes, una versión mínimamente corregida (admito que lo leí horrorizado y apenas me reconocí en la voluntad ordenadora de palabras que se infiere de su lectura), apareció en el blog Ecoloquia (aquí) -y no me pregunten por qué a los administradores de un blog ecologista pudo interesarles publicarlo. De hecho, "El viento y la ceniza" terminó como un cuento-dentro-del-cuento en La rosa y la ceniza (hay mucha ceniza en el stahlinismo, parecería), que en su revisión de diciembre pasó a titularse Los viajes, un título más sobrio y quizá mejor. Esta nueva nouvelle es, de hecho, una suerte de variante de mi cuento largo (o novela corta, según sus editores en Axxón) "Trashpunk". Más o menos simultáneamente a Los viajes escribí un cuento, "La variante biológica", que fue rápidamente publicado por Axxón (aquí). Un poco después de terminados ambos textos comencé un trabajo vinculado a mi novela La historia de la ciencia ficción uruguaya, aun inédita, y también a Nadie recuerda a Mlejnas. Con el título provisorio de "Los nueve círculos" lleva hasta el momento unas 40 páginas y no alcanzó la mitad de su extensión proyectada (se trata de un diccionario de escritores ficticios, a la manera del Bolaño de Historia de la literatura nazi, ubicados dentro de la misma ucronía que los textos recién mencionados); será terminada, espero, en enero de 2012, junto a la revisión de El gato y la entropía.
El menos fértil de los trabajos acometidos en el 2011 (entre revisiones de La vista desde el puente) fue un cuento que quedó por ahora en el tintero; una noche de noviembre -después de participar de una feria de libros a las puertas de la Biblioteca Nacional, conversando con Diego Recoba sobre literatura uruguaya reciente- discutí su argumento con Leonardo Cabrera, y el hecho de exponerlo verbalmente (además de las sugerencias y reparos de Leonardo), como afirma la tradición, colaboró a que no lo terminara, al menos hasta ahora -y dudo que lo complete, pero nunca se sabe. Un momento especialmente divertido (y que generó uno de mis mejores cuentos, ante todo porque no es apenas un 50% mio) fue el trabajo a cuatro manos que acometimos con Juan Manuel Candal, titulado finalmente "Una máscara en la niebla" y parte del libro Siempre tendremos Venezuela, que Candal está por arrancar de la imprenta en estos días, si es que no lo sacó ya y no me dijo nada. Cuando tenga el libro en mis manos colgaré de este blog un relato más completo sobre la génesis de este cuento (de hecho, el post que seguirá a este es una muy egocéntrica, narcisista y megalómana historia de mis libros cuyas historias no fueron contadas hasta ahora).
Las mencionadas fueron las ficciones escritas y esbozadas, pero el 2011 fue también un año de lecturas fascinantes: comenzó con el big bang de Contraluz, de Thomas Pynchon, siguió con un redescubrimiento de Tiempo de Marte, de Philip Dick, regresó a Pynchon de la mano de Vicio propio, recorrió los caminos de Stone junction, de Jim Dodge, y brilló con Chronic City, de Jonathan Lethem, quizá (dejando de lado a Pynchon -de otro modo no sería justo para nadie) lo mejor que leí en el año, además de Los amigos soviéticos, de Juan Terranova, The four fingers of death, de Rick Moody, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron, la serie de Hyperion, de Dan Simmons -un "debe" importante que tenía hacía años, y en cuanto a relecturas: lo mejor de mi año fue Cuentos de un soñador, de Dunsany, Los tres impostores, de Machen, Los muertos / Aguas salobres, de Mario Levrero y, en estos días de diciembre, La casa en el confín de la Tierra, de Hodgson-, la biografìa de Miles Davis escrita por Ian Carr, y la biografìa de Einstein escrita por Walter Isaacson; quiero mencionar también la narrativa gráfica de Aloha, de Maco, Ranitas, de Nicolás Peruzzo, Valizas, de Rodolfo Santullo y Marcos Bergara, y La isla Elefante, de Alejandro Rodríguez Juele, seguramente lo mejor de un gran año para la historieta uruguaya. Otros libros que, sin fascinarme tanto como los anteriores, me interesaron en diferentes niveles: Libertad, de Jonathan Franzen, Los mares, de Rafael Courtoisie, Ontogenia y filogenia, de Stephen Jay Gould, Los anillos de Saturno, de Sebald, El gran diseño, de Stephen Hawking, Einstein y Picasso, de Arthur I. Miller, El despenador, de Martín Bentancor, Solar, de Ian McEwan, la Autobiografía de Chesterton, Like a rolling stone, de Grail Marcus, Adiós Diomedes, de Leandro Delgado, Prohibido pensar y El miedo es el mensaje, de Sandino Núñez, Colores peligrosos, de Pablo Dobrinin, 1Q84, de Murakami, Falconer, de Cheever, Afterpop, de Eloy Fernández Porta...
Seguimos; libros que no me gustaron o encantaron especialmente pero que reconozco como valiosos y/o interesantes a su manera: El pincel y el cuchillo, de Felipe Polleri, Juliet, desnuda, de Nick Hornby, Tierra firme, de Hugo Fontana, Mamá, de Joyce Carol Oates, El amante de los caballos, de Tess Gallagher, Pensamiento y utopía en Uruguay, de Ruben Tani, Aquel viejo tango, de Rodolfo Santullo y Martín Bentancor, La noche que no se repite, de Pedro Peña, Bicicletas negras, de Carlos María Domínguez. Por último: libros que me parecieron deplorables a distinto nivel y por diferentes razones: El proyeccionista del Cine Unión, de Christian Font, Escipión, de Pablo Casacuberta, Panorama de la literatura fantástica, de Lauro Marauda.
En cuanto a la música, 2011 fue el año en que redescubrí y re-adoré (¿vale el término?) a Pink Floyd, una banda que siempre manejé a nivel conocimiento de su discografía y sonido pero que recién ahora, creo, llegué a apreciar como corresponde (es decir, como una de las 4 o 5 más grandes de todos los tiempos). En esto colaboraron, por supuesto, las remasterizaciones lanzadas al mercado; en unos días colgaré aquí un post sobre mi historia personal con esta banda. También solidifiqué aun más mi amor y/o entusiasmo por la obra de Bob Dylan, Muse, Miles Davis, John Coltrane, Pearl Jam, Jethro Tull, Jimi Hendrix, Rolling Stones y redescubrí a bandas a las que en su momento les había prestado escasa atención, como por ejemplo Jane's Addiction y The Flaming Lips, además de mucho jazz (gracias a mi mentor jazzístico Gustavo Verdesio); descubrí y aprecié, también, a Fleet Foxes, Munford and sons, Wolfmother y Arcade Fire; en general, como se podrá ver, me volví un poco más dinosaurio, más coleccionista de CDs y bastante más audiófilo.
Gran parte del año la pasé trabajando en el Instituto del Tercer Mundo junto a Amir Hamed y (en los últimos meses del año) Gabriel Sosa. El informe anual de la red de ONGs Social Watch es una escuela excelente: no sólo porque es una manera perfecta de ejercitarse en el trabajo con las palabras y las ideas sino porque gracias a las tareas que implica aprendí un poco más sobre la terrible realidad que enfrentan países como Eritrea (virtualmente una prisión del tamaño de un país), Somalia (un territorio sin Estado de derecho), Birmania (una de las dictaduras más terribles de la historia), Senegal y Pakistán, por nombrar sólo algunos. También, hacia febrero y marzo, trabajé en la sucursal Punta Carretas de la librería Bookshop (donde pasé trabajando parte de 2008 y todo el 2009), en la zafra de textos escolares -allí, gracias al encargado de la sucursal Stéfano Buongiorno, pude corregir gran parte de La vista desde el puente antes de presentarla a Estuario Editora.
En lo personal (y aquí viene lo más gracioso, sentido y a la vez lo más cursi, así que quedan advertidos), fue el año en que redescubrí el agua del mar. Suena tonto dicho así, pero quienes me conocen se asombraron un poco de que volviera a bañarme en la playa después de más de diez años de nula exposición al sol y a las olas (y a las odiadas medusas). No me volví un devoto del tema, aclaro (nada de devenir surfista, Crom me libre y me guarde), pero pienso reincidir, lo cual para mí -Fiorella da fe- es un progreso signficativo. Es posible que ahora sea más optimista y más tonto; fui más ansioso, quizá mi año de mayor ansiedad, y en algún momento decidí no presentarme más a concursos literarios (al menos locales) como medida de combatir ese padecimiento nervioso, entre otras cosas... y acá podría agregar que en general los jurados son un hatajo de idiotas, con la honrosa excepción de: el jurado que premió a El increíble Springer, de Damián González Bertolino, el jurado que premió a Acto de Guerra y Los últimos días del Graf Spee, de Santullo&Bergara, el jurado que me dió una mención por "Trashpunk" y "Los otros libros", el jurado que premió mi libro Algunos de los otros -que además premió libros mucho mejores (no lo digo por falsa modestia, cosa de la que en realidad carezco, por suerte, sino porque en realidad así lo pienso: Algunos... es ante todo un revoltijo de cuentos viejos aggiornados al Stahlinismo, y debe ser mi peor libro hasta la fecha), como Antes del crepúsculo, de Agustín Acevedo Kanopa, y Fabril, de Horacio Cavallo-, el jurado concebible que integraré si me pagan lo suficiente, y podría seguir, pero creo que ya se alargó demasiado la medio-boutade-medio-en-serio. Y es posible que estos jurados, más allá de su acierto al premiar los libros que mencioné, también hayan hecho padecer a la literatura uruguaya un gran número de idioteces en ediciones previas de los concursos en los que han oficiado y ofician; algunos de sus integrantes, incluso, posiblemente sean idiotas y punto.
También fue un año en que me decidí a abandonar mis hábitos sedentarios y lanzarme a correr, casi siempre alrededor del vecino Velódromo, con Fio y con Raúl Silveira; en los últimos meses también llegué al hecho impensable en mí de hacer gimnasia e incluso movimientos de defensa personal (según Santullo me van a golpear una noche en un callejón, así que me conviene estar preparado, jeje).
Momentos altos del año: los dos viajes a Buenos Aires con Fiorella -especialmente la recorrida por el norte de la ciudad junto a Juan Manuel Candal y Elena Massa en noviembre (en la que Candal aprendió un secreto fundamental del Stahlinismo); la noche en La Plata junto a los mismos amigos en julio; el asado con Juan Terranova y flía en noviembre, los paseos junto a Fio en ambas ocasiones-, los momentos no-oficiales del encuentro de escritores en Paysandú, las presentaciones de Nadie recuerda a Mlejnas (en realidad la no-presentación de Nadie recuerda a Mlejnas), Colores peligrosos, La vista desde el puente y Aquel viejo tango, los cumpleaños de mis amigos Rodolfo Santullo y Carolina Silbermann, el cumpleaños de Fio (haber abandonado ese antro infecto que es Ponte Vecchio sin pagar fue indudablemente algo para el recuerdo), mi cumpleaños, el cumpleaños de 15 de mi cuñada Denisse Bussi... Y sigo: haber tocado y ensayado (para las veladas Beatnik, en las que mi banda -Pleroma- luchó y perdió contra Cthulhu, que se llevó a R'lyeh al bajo impecable de Ernesto Pasarisa, a la batería de FedeFromhell y, en la última y accidentada velada, a los solos de violín de Raúl Silveira y mi recién descubierto entusiasmo por tocar el bajo) con Federico de los Santos, guitarrista revelación del 2011, Carlos Rehermann, Amir Hamed, Nacho Viera, Raul Silveira, Omar Gómez; haber sentido el fuego de Lautreamont leyendo los Cantos en la primera Velada Beatnik; la carcajada demente de Amir Hamed cuando, el día previo al cierre del Reporte Social Watch 2012, se quemaron los servidores del Instituto; la risa de Juan Manuel Candal cuando Fio y yo debatimos la manera adecuada de bautizar una guitarra; la invocación a Johnny Cash durante la presentación de Nadie recuerda a Mlejnas; tocar "Ziggy Stardust" con Nacho Viera en la presentación de Colores peligrosos; los sábados de vagancia, series y películas con Fio; mis peleas con clientes en Bookshop y las charlas de literatura, música, filosofía y cine con los compañeros y compañeras; el afecto que sigue y sigue de grandes amigos, nuevos y viejos, y también grandes y buenos conocidos: gente que me alegra tener cerca en mi vida, gente como Jorge Merlino, Marcelo Stábile, Paola Gómez, Carolina Silbermann, Juan Manuel Candal, Elena Massa, Rodolfo Santullo, Matías Bergara, Raúl Silveira, Pablo Dobrinin, Agustín Acevedo Kanopa, Víctor Raggio, Amir Hamed, Carlos Rehermann, Richard Ortiz, Silvio Galizzi, Nico Peruzzo, Gabriel Peveroni, Gustavo Verdesio, Arturo González, Pablo Silva, "el Flaco" Germán, Eduardo Mántaras, Andrea Geymonat, Juan Terranova, Marcelo Jelen, Ernesto Pasarisa, Felipe Herrero, Nacho Viera, Omar Gómez, Silvia Pérez, Gabriel Sosa, Sandra García Iroldi, Horacio Martínez, Marcelo Odin, Rubén Calistro, Noelia Villapando, Stéfano Buongiorno, Federico de los Santos, Alejandro Rodríguez Juele, Martín Fernández, Horacio Cavallo, Fernanda Trías, Jorge Alfonso, Pedro Peña, Leonardo Cabrera, Damián González Bertolino, Diego Recoba, Gabriel Lagos y no sigo porque no quiero que esto se parezca a mi lista de contactos en Facebook; sepan perdonar los que no aparecieron: no quiere decir que no los aprecie, por supuesto, sino apenas que soy demasiado haragán para hacer una lista más completa, lo que obviamente sería lo más justo. Fue, como dije, una alegría compartir los buenos momentos del 2011 con todos ellos y todas ellas; y, por supuesto, con mi familia: mis padres, Yuyo y Ricardo, mi abuela, Alba, mi suegra, Eva, mi cuñada, Denisse, mi tío Óscar y su esposa Graciela, mi tío Mayo, mis tíos políticos (qué fea designación, pero en fin, se entiende) Alberto y Walter y sus respectivas familias.
Dejé para el final a mi mejor amiga, mi amante, compañera y esposa, Fiorella Bussi: 2011 fue un año en que nos acercamos como nunca, un año en que también tuvimos nuestras pequeños momentos difíciles, disueltos todos ellos con lágrimas, ternura y cariño; un año en que nos acompañamos en todo momento, en los momentos buenos y en los malos; un año de grandes alegrías, un año de un poco más de paz y tranquilidad, pero no por ello menos desafíos. Tendría que escribir un post entero sobre ella, y eso no haría justicia ni a la milmillonésima parte de toda la felicidad que le debo. Un año, quiero añadir, en el que aprendí a ser un poco más quien ella merece tener a su lado -y todavía me queda mucho por aprender.

sábado 24 de diciembre de 2011

polémica Peña-Sanchiz sobre la crítica literaria (5)

La última participación de Pedro en la polémica comienza estableciendo con total claridad que la escritura de crítica literaria y la escritura de reseñas son dominios completamente diferentes:
 La situación es, para mí, más que clara: cuando voy a leer crítica pienso en una cosa (de la que ya hablé en la intervención anterior, así que no abundaré en eso nuevamente) y cuando voy a leer reseñas pienso en otra. Crítica implica todo lo que ya expliqué. Lo otro es mucho más fácil de hacer y más modesto.

Hasta aquí, como manifesté en otras ocasiones, no existe un desacuerdo entre la postura de Pedro y mis ideas. Está claro, además (lo sugiere el "más modesto" y lo dicho anteriormente) que en cierto modo la dicotomía reseñas/crítica para Pedro equivale a discurso-serio-sobre-la-literatura(la crítica)/discurso-no-tan-serio-sobre-la-literatura(la reseña); la "seriedad" en este caso viene garantizada -sigo reseñando el pensamiento de Pedro- por la apelación a explicitar el marco teórico.
Sigue Peña:

La dicotomía “crítica” y “crítica salvaje” no existe porque para una dicotomía necesitamos dos elementos. Rescatando, eso sí, la idea que subyace tras el grupo sintáctico nominal “crítica salvaje”, lo que queda entonces es una intención, muy romántica por cierto, de realizar algo único y ortodoxo. No dudo que pueda haber gente a la que eso le baste y le parezca, erróneamente (ya justifiqué suficientemente este adverbio), crítica. 
 La primera oración ya deja claro que Pedro no comprendió del todo mi propuesta. Los dos elementos de mi dicotomía son por un lado la crítica como él la entiende, la que explicita el marco teórico y es generada dentro del lenguaje y los hábitos académicos, y por otro esa producción que de acuerdo a mis formulaciones (ver las primeras entradas de esta polémica) no necesariamente explicita el marco y no es clasificable como reseñas (en virtud de mi crterio demarcativo entre reseña y crítica); ambas entidades son diferentes o diferenciables y son dos, por lo que la dicotomía es aparente (al menos si nos ceñimos a las acepciones 1 y 4 que propone la Real Academia). Peña, claramente, se queda con el adjetivo "salvaje", que yo use como opuesto a "académico", por cuanto lo académico está pautado por reglas, lugar de enunciación y códigos, mientras que lo salvaje claramente no lo está -y aquí me baso en la sexta acepción propuesta por la RAE-, y elabora en torno al uso del término, deduciendo lo de "único" y aportando el "heterodoxo" (en realidad dice "ortodoxo", pero creo que se le escapó el error). 
Ahora bien, cuando se dice que tal o cual dicotomía es falsa, generalmente se apela a señalar que se hap roducido una visión equivocada (o ingenua, o simplista) de determinada situación; por ejemplo si decimos que la dicotomía forma/contenido es falsa, podemos ampararnos, por ejemplo, en obras como Ulises, en las que lo que cabría llamar "forma" también equivale a un cierto "contenido"; en el capítulo 14 ("Los bueyes del sol"), que sin duda Pedro leyó en el original, la prosa evoluciona desde la doble fuente latina y anglosajona del inglés hasta el slang irlandés contemporáneo de Joyce, párrafo a párrafo, con parodias a escritores sobresalientes y un gran alarde de virtuosismo; el asunto del capítulo es la visita a una maternidad, pero por supuesto decir que eso es el "contenido" del texto se queda corto, y tenemos que apelar a una ampliación del concepto de "forma", de ahí que se justifica la crítica a la dicotomía tradicional o ingenua (y no me meto por ejemplo con Hemslev, cosa que quizá le gustaría a Pedro; me limito a rozar lo que por un momento casi fue mi especialización académica -por suerte vi la luz antes de meterme de lleno en el ghetto-, la exégesis joyceana). Pero para decir que esa dicotomía es falsa necesitamos producir un discurso que justifique la afirmación, cosa que en este caso Pedro sigue sin hacer, quizá porque entiende que "salvaje" no contamina lo suficiente a "crítica" (él habla, por supuesto, de grupos sintácticos nominales, porque le encanta el lenguaje técnico tan connotador de seriedad) lo suficiente como para habilitar la existencia de dos modalidades de crítica tan separadas como para considerarlas diferentes (para habilitar la dicotomía, digamos); me remito a mis primeras participaciones en la polémica, donde está explicada la naturaleza de la dicotomía y sugiero por qué me parece que "salvaje" sí contamina a "crítica" lo suficiente como para habilitar la dicotomía.
A continuación Peña da por cerrada su respuesta a mi exigencia anterior de trabajo sobre lo "falso" de la "dicotomía", y da un salto destinado a ver el problema desde otra perspectiva. Pedro se pregunta -y es muy lógico: desde su lugar quien no lo haga no es serio- por qué evito incorporar el marco teórico a mi definición de crítica (repito: no considero condición sine qua non de la crítica literaria el exhibir un marco teórico explicitado), y se propone las siguientes hipótesis:
1) no lo manifiesto para ser coherente con mi propuesta
2) no poseo los conocimientos necesarios
3) estoy tan concentrado en decir lo que quiero decir que no hallo ni tiempo ni espacio para incorporar el marco teórico.
Girar la discusión de esta manera es una maniobra interesante, que me habilitá a cargar todavía más las tintas (o los bits) en mi "yo" en tanto sujeto-productor-de-estas-nociones-sobre-crítica-literaria (y habrá anécdotas y todo). La hipótesis tres se acerca a un asunto de índole práctica, y le concedo a Pedro que si la convertimos en "no lo incorporo porque en el espacio que me conceden los medios donde pubilco no hay lugar para el marco" puede tener razón en cuanto a algunas críticas puntuales; puede tener razón, en el sentido de que es sensato sugerir la posibilidad. No la tiene, porque la razón es otra; ahora bien, la hipótesis dos es la más divertida: Pedro se coloca en el lugar del poseedor del saber, en virtud de su paso por determinadas instituciones o de su exploración de ciertos libros y autores, y sugiere que el "salvajismo" de mi propuesta crítica pasa por la acepción 3 (en sentido metafórico), la 5 y quizá la 4 del término en el diccionario de la RAE. El saber, custodiado celosamente por las instituciones, es explicitado en la puesta en evidencia de la pertenencia a la minoría cultivada; la seriedad del texto crítico emana de ese saber. No explicitar el marco teórico por desconocerlo, por tanto, socava la seriedad del texto, en tanto es propuesto por fuera de la institución. Pedro sugiere aquí que no pasé por la institución o que no leí las construcciones simbólicas que apuntalan y dan vida a la institución, y que, por lo tanto, en tanto conciba la crítica como lo hago, no produciré aportes "serios" (salvaje es sinónimo de bárbaro, y Pedro se queda del lado de la civilización y sus instituciones que elaboran el saber y reglamentan su circulación). Él, en cambio, sí pertenece; de ahí que la gran mayoría de sus respuestas en esta polémica estén precedidas por referencias (name-dropping) a Sartre, Barthes et alia. La hipótesis uno es más conciliadora: no estoy por fuera -dice-, pero por mantener una postura finjo que no estoy adentro. Quitándole las connotaciones negativas al término "fingir", creo que es la opción más acertada (francamente: no lo hago porque no se me da la gana, porque me aburre, porque sostengo que no hacerlo no demuele la pretensión de hacer crítica), aunque la segunda hipótesis es la más reveladora de la suerte de sumisión a la que Pedro tan alegremente se arroja. Me recuerda -no él, sino la sumisión- a una de mis últimas actividades académicas, allá por 2006, cuando participé de un coloquio sobre la obra de Borges, Proust y Joyce leída desde Latinoamerica. Uno de mis compañeros leyó una larga ponencia en la que consideraba Yo el supremo y Ulises a la luz de ya no recuerdo qué teórico: su texto era una larga glosa del teórico en cuestión adornada bastante artificialmente con ejemplos tomados de Roa Bastos y de Joyce. Recuerdo que pensé algo así como "esto es una estupidez"; según Peña, lo propuesto por el academiquito era crítica, ya que explicitaba estrictamente el marco teórico y demostraba su ferviente deseo de ser incluído por el club académico; era mala crítica, dirá Peña, pero yo respondería que en realidad, más allá de la incorporación del marco teórico, no era crítica: no pautaba una lectura de las obras en cuestión (salvo que la obra en cuestión fuese la del crítico, lo cual resultaba fuera de lugar en el contexto del coloquio), no aportaba un modelo, no ejercía ejercicio alguno de hermenéutica, etc: Se limitaba a ejemplificar, y nisiquiera didácticamente. No todo el discurso académico es tan ramplón, por supuesto (este personajillo era, además, especialmente tonto, y va la siguiente anécdota como ejemplo: horas después de su lectura coincidimos en un bar y me preguntó si estaba escribiendo algo de ficción; le conté el argumento de un cuento de ciencia ficción en que trabajaba -terminó titulándose "Sobre desayunos y entropía"-, sonrió y dijo "ah, pero, ¿y cuál es el elemento humorístico?"; "ninguno", le respondí, "¿por qué preguntás eso?"; "porque todo eso que me contás de mundos paralelos tiene que ser humorístico o paródico, si no es cualquiera"), pero me resulta claro que no basta con incorporar el marco teórico -o contar con el aval de una institución- para automáticamente producir textos serios -y seriedad es lo que busca Peña o cree buscar.
Cerca del final Pedro escribe:
Es honesto (eso creo). Pero piensa, con cierta extraña inocencia de su parte, que escribir una reseña podría pasar por otra cosa, y eso es una falla importante. Lo que él hace ha quedado anclado en el segundo nivel de mediatización. Mientras Ramiro elija no explicitar su formación para hacer crítica, si es que la posee, no estará haciendo crítica. En este sentido, el lugar que uno podría asignarle en la analogía es el del médico general que aún no ha estudiado para especializarse, o que tal vez sí haya estudiado, pero lo oculta, porque sólo ejerce de médico general. Por eso leo sus reseñas (y todas la reseñas de todos los que suelen escribir este tipo de textos, vamos, que Ramiro no es el único…), para estar enterado, pero no para tener un juicio crítico de una obra. Eso se lo pediré a otros.
Le pediré a mi amigo Ramiro que, para la respuesta a lo que me solicitaba en el final del anterior post, y como yo ya he dado sobradas muestras de mi impericia explicativa, se remita a los materiales citados de Starobinski y Barthes, por lo menos. Después podrá ahondar en otros.
 Me resulta curioso lo de "escribir una reseña podría pasar por otra cosa". Supongo que por otra cosa entiende "crítica"; eso implica que no entendió que yo he dicho (ver el primer post de la polémica) ante todo que existen reseñas y existe crítica, y que ambas son diferenciables (diferenciación que procuré explicitar con un criterio demarcativo); repito: escribo reseñas y escribo crítica: son cosas diferentes, y si relee la polémica verá cómo propongo distinguirlas. Para evidenciar la "falla importante" Pedro debería atacar mi criterio demarcativo, cosa que, hasta ahora, no ha hecho. El uso de términos como "anclado" y cierto tono general denuncia su menosprecio hacia ciertas producciones que él no considera crítica; sus sutiles reparos hacia lo que considera mi estrategia en tanto autor (de ficciones y de crítica, aunque él sostenga que yo jamás hice crítica) ponen en evidencia su filiación a cierto paradigma uruguayo sobre qué le está permitido y qué no a un escritor, lo que podría llamarse el onettismo -y en unos días escribiré al respecto, para volcar esta polémica hacia otro lado.
Pedro, más que responder, ha hecho dos cosas: repetir su objeción incial con muy mínimas modulaciones y refugiarse detrás de autoridades (pensemos en la vieja autorictas) de intachable reputación crítica. Pero es válido: es la opción académico/sumisa que, generalmente -no digo que lo sea en el caso de Pedro, pero no por fingido respeto intelectual sino sencillamente porque no recuerdo haber leído ningún texto crítico de su autoría (y digo crítico de acuerdo a mi definición o a lo que él llamaría mi "ingenuidad")- se convierte en la manera más cool de no pensar o de enmascarar la ausencia de pensamiento.
La polémica, que supongo cercana a su fin, resultó poco fértil: no existió diálogo entre las dos actitudes ante la crítica: sólo reiteración de lo dicho originalmente; en otro sentido, fue útil: dejó en evidencia -al menos para mí- la compulsión de Pedro de emlpear vocabulario técnico y apelar a todo lo que explicite su pertenencia a ciertas instituciones como garantía de una seriedad o idoneidad que nadie le cuestionó en un principio. Y ya que él giró la cuestión hacia consideraciones de índole más personal (sus hipótesis sobre por qué eludo algo tan elemental como nombrar a tal y cual teórico antes de decir por qué creo que el último libro de Casacuberta es pésimo, por ejemplo), quizá podría proponer un giro similar y preguntarnos por qué Peña se siente tan necesitado de demostrarnos a todos que ha recorrido al manualcito de Wellek y Warren, a Sartre, a Barthes y a todos los que nombra. Hipótesis uno: padece de una notoria inseguridad a la hora de erigirse en el lugar desde el que emitir un juicio; hipótesis dos: no tiene mucho más que decir fuera de "yo leí a Sartre"; hipótesis tres: considera que la academia es realmente el último refugio del pensamiento "serio" y en tanto militante de esa "seriedad" no vacila en arrojar a la papelera a toda propuesta que no exhiba el santo y seña del lenguaje académico; hipótesis cuatro: entiende que haber transitado esa crítica literaria y haberla entendido -y supongo que para evidenciar que la entendió sugiere que trabaja desde ese saber o saberes- es un valor agregado a su historia personal en tanto escritor o en tanto escritor y persona, ya que entiendo que él no separa esos perfiles, por lo que pone en evidencia su presunto conocimiento del tema a cada ocasión; y aquí va otra anécdota (que no se entienda que el extender esta hipótesis implica que es mi favorita: no lo es): hace años, en un encuentro de escritores, Peña se levantó y dijo que ya que Kant había "separado el sujeto del objeto" una cosa era decir que fulano es un idiota y otra muy diferente decir que dice idioteces (creo que se refería a Mujica, quien además de decir idioteces es muy probablemente si no un idiota al menos sí un chorizo); más allá de que Kant no es autor de semejante "separación" (en todo casó habrá girado el problema del conocimiento desde el objeto hasta el sujeto), me resultó interesante -y lo encuentro funcional ahora- que alguien apelara a su presunto conocimiento de Kant a la hora de emitir una opinión tan sencilla; quizá su compulsión de parrafear teoría literaria y nombrar teóricos -y de asumir que quien no lo hace no es ni crítico ni serio- es una proliferación de esa actitud básica, que como no soy psicólogo no voy a tratar de comprender.