lunes, 21 de noviembre de 2016

tres novelas

Hace ya algunos años que me resigné a que este blog recibiera apenas material de corte autobiográfico: historias de libros que publicaba, repasos del año, listas de lecturas y poco más. La mayor parte de las reseñas propuestas desde alguna forma de interés crítico terminaron acaparadas por otros de mis blogs, Lecturas Rasantes e Historietas Rasantes, y dado que desde que nació mi hija Amapola debí administrar de manera más eficiente el tiempo para escribir, mucho de lo que terminaba en Aparatos simplemente desapareció; a la vez, los blogs como plataforma han reclamado funciones mucho más específicas que las comunes en 2008 o 2009 o incluso antes, y cosas como simplemente compartir un video o una cita funcionan sin duda mejor en otras redes.

Sin embargo, ciertas lecturas que no han de cristalizar (sea por la razón que sea) en una reseña o que están marcadas por otra manera de leer, ajena a lo que más o menos responde al concepto de "crítica" y más cercana al de "autobiografía", acaso podrían abrirse camino hacia un lugar como este. Así, en los últimos días leí algunos libros a los que reaccioné emocional e intelectualmente de una manera que reclamaba un tratamiento aparte. Se trata de El hermano mayor, de Daniel Mella, Los ojos de una ciudad china, de Daniel Peveroni y #RGB, de Juan Manuel Candal. Y extendiendo un poco más esa tónica autobiográfica que terminó por conquistar este blog aparece una manera de dar cuenta de estas lecturas. Las tres son novelas con las que -sin proponérmelo ni operando al principio de manera conciente o deliberada- terminé por establecer relaciones de tipo personal, centradas en cosas (o maneras, o procedimientos) que se me impone escribir. Sobre esas relaciones, entonces, va este post.

La novela de Daniel Mella fue reseñada hace poco por Gabriel Lagos, en un artículo especialmente fértil y sugerente. Ya he dicho por allí que Mella ocupa un lugar especial, diría privilegiado, en el mapa posible de la literatura uruguaya más reciente; es un lugar problemático, a la vez, en tanto su obra fue asociada en un primer momento a la de escritores mayores que él (Gabriel Peveroni, Gustavo Escanlar, Ricardo Henry) que, de una manera que sin duda debe ser repensada, operaban desde ciertas estéticas en común y con códigos diríase políticos compartidos. Esa fase tardonoventera de la producción de Mella abarca tres libros, dos de ellos algo envejecidos hoy pero fundamentales (en particular el segundo) para el proceso de la literatura uruguaya; se trata de Pogo (1997), Derretimiento (1999) y Noviembre (2000), en la que parecía adivinarse un proceso de cambio o acaso transición. Pero esas señales fueron cercenadas por el silencio que se impuso Mella durante la década del 2000, una agrafía que terminó por delinearle aún más el perfil de esa figura -ese personaje-autor cargado de narrativa, digamos- que proponía a la narrativa uruguaya y que llegó a su fin recién en 2013, con el compilado de cuentos Lava. En este contexto de lectura, El hermano mayor termina por atraer esas lecturas en proceso ya no tanto de los libros en sí mismos (y está claro que no existe algo así como los libros en sí mismos, que en rigor no podemos pensar sino en nodos en redes complejas) como de esa figura de autor (usaría el término personaje si no pareciera reclamar connotaciones negativas, del mismo modo que pose), para construir una modulación específica de la autoficción.
 
Lagos, en su reseña, da cuenta de un momento especialmente proclive a la autoficción en la literatura urugauya reciente, que se nutre de la última novela de Gustavo Espinosa, de algunos libros de Roberto Appratto, Carlos Rehermann y, diría que especialmente, el libro/álbum/novela Cielo 1/2, de Amir Hamed. Me resulta especialmente interesante pensar en las modulaciones de ese fondo (o procedimiento) autoficcional que aparecen en estas obras, y en el caso de Mella creo que esa suerte de "historia literaria" de su vida ofrece un entramado profundo a mucho de lo narrado. En cualquier caso, se trata de una novela que, artificios aparte (o en otro pliegue de esos artificios, mejor) impone su escritura sentida y "visceral", por usar un término que resonaba con la obra temprana de su autor. Es imposible defenderse ante todos los golpes que da El hermano mayor; gracias a la reseña de Lagos la leí con un ojo especialmente atento a ciertos procedimientos narrativos (en especial el trabajo sobre los tiempos verbales), pero bastaba con conectar a otro nivel para que esa construcción del dolor por la muerte del hermano (y de la reorganización de la red familiar profundamente afectada por ese asalto) terminase imponiendo una lectura en cierto sentido más simple -la que terminaba por postular a un autor que comunica su experiencia con el dolor- pero a la vez más potente, más capaz de abrirse camino hacia una emotividad básica e intensa. Y, de hecho, la leí de un tirón, en un ómnibus hacia Tacuarembó. Esa manera de leerla sin duda potencia parte de su propuesta: se ha llegado a una zona -las novelas, a diferencia de los cuentos, que son cosas que pasan en lugares, son lugares en los que pasan cosas- cifrada en palabras, a un paisaje interior que vive en la respiración, la lógica y las opciones de palabras de una manera tan nítida que otros ejemplos de esa clase de logro literario ofrecidos previamente por Mella parecen estadios tentativos en una evolución que ahora ha alcanzado un punto deslumbrante.
 
Terminado el libro no pude dejar de pensar que yo jamás escribiría una novela así. Y que, por lo tanto, debía intentarlo. Y esa sensación terminó de formatear en mi cabeza la novela de Mella: era algo ajeno a mí (a mi representación de mí) pero que reclamaba una conexión. Y lo hacía con urgencia.
 
Algo similar operó con Los ojos de una ciudad china, de Gabriel Peveroni, lectura todavía en proceso (leí hasta la mitad del libro y debi interrumpirme para avanzar en una lectura anterior que también reclama reseña; después decidí recomenzar desde el principio desde otra forma de atención y terminar por efectivamente leer el libro dos veces, cosa de que cuando dijera en la reseña "este es un libro que reclama múltiples lecturas" la afirmación no fuese meramente retórica), pero en este caso el lugar de relacionamiento con mi propio proyecto era casi el reverso exacto del que operó en mí desde la novela de Mella. Esta era una novela más cercana, digamos, algo que yo podría escribir (aunque no sé si debería). Sin duda a Peveroni le interesa escribir de una manera digamos "comunicativa" y, a la vez, debió decidir en algún momento que la complejidad de su proyecto no pasaría necesariamente por un nivel digamos micro, el de la oración o el párrafo (a mí me interesa más operar a un nivel más fractal, en el que las complejidades rimen). También me pareció evidente que su manera de construir historias asume a asuntos a los que yo no tiendo naturalmente, pero la construcción a gran escala de la novela (y su espectro de personajes, temas y escenarios: Ziggy Stardust, Shanghai, Hiroshima, la narrativa como proceso y no tanto como resultado) no pudo sino resonar con las cosas que quiero hacer.

Los ojos de una ciudad china es algo así como un tercio de una obra más grande, una novela de un millón de caracteres (algo así como 240.000 palabras, es decir, en términos Sanchiz, tres El gato y la entropía en un solo libro) en perpetua expansión, y hay que sacarse el sombrero ante Peveroni, ante el riesgo asumido y la voluntad de, bueno, simplemente escribirlo (y hacerlo tan bien, por otra parte)Es también una novela fragmentada, cercana en ese sentido tanto a la pluralidad de voces de Los detectives salvajes (se impone el término novela coral, pero nunca me gustó) como a las múltiples facetas en el Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, y ninguno de mis libros, estrictamente hablando, operan desde ese procedimiento. Así que, en síntesis (y en ese mismo viaje a Tacuarembó), Los ojos de una ciudad china se me impuso como un texto deslumbrante a la vez que extremadamente cercano (del mismo modo que El hermano mayor había aparecido como todo lo contrario) que me proponía un método todavía no explorado. Ambos libros estaban llamándome a escribir, entonces, y se me ocurre ahora que ante su obvia calidad -se trata sin duda de dos novelas deslumbrantes, de esas que no se ven fácilmente en la literatura uruguaya, llena de novelitas grises- mi ego de escritor sólo podía responder convocando una tarea, un plan, un yo puedo (incluso cuando se desprendía, como con la novela de Mella, de un yo no puedo).

La lectura de #RGB, que precedió a las otras mencionadas por una semana y un par de días, operó desde un terreno similar al de Los ojos de una ciudad china, pero más exacerbado. Era, en síntesis, como estar leyendo una novela ya escrita por mí. Quizá yo lo hice, de hecho, hace meses, y algo o alguien después reformateó mis recuerdos y, de paso, creó a Juan Manuel Candal en tanto persona relevante en mi vida, convocando una serie de recuerdos que ahora yo exploraría como la colección de fotos de Rachel en Blade Runner. 

 Hay cosas que hace Candal en su novela, de todas formas, que yo no hice jamás y que probablemente no pueda hacer de modo digamos natural (es decir, sin previo plan, disciplina o convencimiento de que debo), pero el andamiaje de su novela opera exactamente en ese lugar donde se combina lo que nos gusta leer con aquello que quisiéramos escribir; y digo exactamente porque hay algo de foco preciso, de breve exploración o movimiento tenso hasta que, como en la operación de unos binoculares, el foco queda clavado y definido. #RGB ofrece un mecanismo de proliferación engañosamente simple -y digo engañoso porque hasta la mitad del libro es fácil creer que su funcionamiento está acotado desde el principio y que sus trucos operan en una dirección clara- pero, rebasada la mitad del libro, las cosas empiezan a desplazarse, a extrañarse, tanto que al final el "significado" de lo que leemos, si bien lingüísticamente evidente, desaparece: no sabemos con qué relacionarlo. Eso no es un logro menor; la novela es brillante por muchas cosas, sin duda, pero esa suerte de lectura que hace de sí misma y de lento apartarse de los canales que  instaló en el lector a lo largo de sus primeros episodios la vuelve un objeto extraño, un libro único. ¿Y para qué escribir cosas que no lo sean, en última instancia? Bueno, para contar la proverbial (y aburrida) "buena historia" , pero con Candal compartimos el desinterés por esa opción.

Es curioso como #RGB pasa la mitad de su extensión (o poco menos) enseñándote a leerla y despúes comienza, lentamente, a apartarse de esa lectura, a hacer poco a poco un vacío. Terminado el libro el lector debe teorizar, debe llenar esa ausencia, y en ese sentido funciona del mismo modo que Lost (otro de los referentes comunes que tenemos con Candal), optando no tanto por ofrecer la consabida narrativa "sin cabos sueltos" (que tanto puede ofrecer en bandeja la lectura como darle al lector la clave para obtenerla él mismo: en el fondo ambas opciones, si bien la segunda parece más compleja y de alguna manera "literaria", son lo mismo) sino más bien erosionando la posibilidad de reconocer qué es un cabo, si todo lo es, si nada lo es, si el concepto tiene sentido en el contexto de la narrativa ofrecida. Está el famoso dicho de Chejov sobre el revólver que vemos en el primer acto, pero en #RGB uno no está seguro, al final, de si vio un revólver. Quizá era otra cosa, que se prevee más interesante. 

Hay además una vocación enciclopédica en la novela, pero que ocupa un lugar extraño, una suerte de semitono entre el optimismo iluminista, por llamarlo de alguna manera, que hace de ese saber inevitablemente parcial ofrecido en el libro una sinécdoque de uno total del que nos separa apenas un proceso lineal, una continuidad, y la opción digamos desencantada que elimina, en última instancia, toda pretensión de conocimiento y pensamiento. Candal no disuelve su universo de referencias en una enciclopedia china absurda (ni su narrativa se cancela en el ya gastadísimo gesto a la César Aira), pero tampoco sostiene que podamos ir pasando de pantalla hasta dar vuelta el juego del universo: es más bien que en alguna parte, y no sabemos dónde, no podemos saber dónde, nos saldrá al cruce una kill screen. Y ahí se acabará el juego, pero en el desmoronamiento de caracteres y pedazos de tantos paisajes de la era digitial, pareidolia mediante, creeremos ver esa cara esquiva, la que veníamos buscando. 
Por cierto, Kill Screen es un buen título para una novela. Debería/quisiera/voy a proponerle a Juan la escritura a cuatro manos, incorporar un acápite de Los ojos de una ciudad china e incluir, en alguna parte, una escritura tan dolorosamente intensa como la de Mella en El hermano mayor.





jueves, 31 de diciembre de 2015

Repaso 2015

(Antes que nada, este post va en una parte sola; para la de 2014 prometí tres partes y terminé escribiendo la tercera en abril. Más allá de eso, este blog ha sido prácticamente un desierto a lo largo del año y, por lo visto, está quedando reservado a estos "repasos". Veremos si en 2016 le encuentro una función más interesante).

Lo primero siempre es Poppy. En julio de 2015 cumplió 2 años y lo celebramos con la familia más inmediata y los amigos más queridos. Nos hubiese gustado ampliar la nómina de invitados, por supuesto, pero siempre hay que mirar asuntos de presupuesto (en ese sentido 2015 fue un año un poco más dificil, que repuntó en su segunda mitad) y, además, muchos de los que queríamos que estuvieran compartiendo esa alegría con nosotros viven en Buenos Aires. Pero, más allá de estos detalles, pasamos un momento emocionante, con poppita corriendo feliz por todas partes, sonriendo en las fotos y apagando velitas.
Hacia esas fechas fue que su pauta de adquisición de vocabulario empezó a cambiar; de un conjunto limitado de palabras que manejaba (algunas predecibles, como "agua" o los nombres de sus personajes favoritos) notamos que iba adquiriendo día a día términos nuevos, a un ritmo cada vez más acelerado. Y es una sensación increíble llegar al momento en que se pude literalmente conversar con ella, cosas como (hoy por la mañana):

yo: Poppy, ¿y no querés usar la pelela, mejor?
Poppy: ¿Pelela?
yo: Claro, para hacer pichí o caca.
Poppy. No, pelela no. Pañal nuevo, dame.

La adquisición del lenguaje es algo realmente fascinante, que me gustaría mucho entender más o menos cómo funciona. Mientras tanto, día tras día aparecen sorpresas: ¿quién le enseñó esa palabra? ¿qué querrá decir con...? Y así sucesivamente. Incluso cuando ella misma se da cuenta de que dice algo gracioso y se ríe, o cuando pregunta qué quiere decir algo que repetimos.
Y sí, la perspectiva de charlar con mi hija me emociona tremendamente. Ya sólo en ese sentido sé que 2016 será un año increíble.

Y si lo primero es Poppy, lo primero también es Fio. Otro gran año juntos, creciendo como personas, como pareja, aprendiendo a conocernos y a bancarnos mutuamente un poco más. Todo lo que hago, lo dije miles de veces, es para ella, y siempre lo será. Qué alegría compartimos cuando Poppy nos abraza y nos pide que nos besemos y mimemos (y la besemos y mimemos).

Después me gustaría repasar los viajes. Tuve la suerte de ser invitado a leer fragmentos de la obra de Mario Levrero en Tecnópolis, en lo que fue la semana de la palabra, allá por abril. Aproveché también para ver a los amigos de siempre -es curioso eso de tener a tus amigos más queridos repartidos de ambos lados del río- y, de yapa, encontrarme con los queridos Edmundo Paz Soldán y Liliana Colanzi -que justo estaban en Argentina- en la librería Eterna Cadencia. Pasados unos meses, en noviembre, viajamos con Fio y Poppy de nuevo a nuestra ciudad favorita. Fue una serie de grandes descubrimientos para Poppy (ver hipopótamos en el zoo, por ejemplo, en ese momento su animal favorito), y tuve la alegría además de presentar mi novela El gato y la entropía en la librería Alamut, junto a Dani Mendez y Luciano Alonso. Fue una ocasión especialmente emocionante, ya que pude conocer en persona a gente con la que tenía una amistad limitada hasta entonces a Facebook, como por ejemplo Federico Matías Pailos y Néstor García Figueiras, este último excelente escritor (compartimos esa buenísima antología que es Buenos Aires Próxima), músico y gran melómano, además de reencontrarme con un amigo tan querido -emigrado a Bs As- como Ernesto Pasarisa. Y, claro está, con mi hermano Juan Manuel Candal, una de esas pocas personas que siempre, siempre están allí, más todo el grupo de amigos que tenemos en común (Paula Acuña, Fernando Pedernera, Cecilia Solana, Christian Broemmel, María Eugenia Olazarri, Elena Massa,Valentina Vidal y Laura Alejandro). Y no puedo dejar de nombrar, por supuesto, la hospitalidad siempre renovada de los queridísimos Juan Terranova y Celia Dossio.

También durante ese viaje a Buenos Aires di un cursillo sobre la narrativa breve de Mario Levrero, que debo agradecer ante todo a Leticia Martín y al resto de la gente del CEC (Centro de Estudios Contemporáneos); entre la gente que se anotó tuve el placer de contar con Nicolás Varlotta, una de las personas más entrañables que conozco.

Pero si he de recordar al 2015 por un viaje en particular ha de ser sin duda por la semana que pasé en Lima, en noviembre. La ocasión fue participar de una residencia llamada "Lima Imaginada", en la que dos escritores peruanos guiarían a un conjunto variopinto de colegas latinoamericanos por las calles de Lima, atendiendo a las marcas dejadas por la literatura. Y debo decir que agradezco profundamente a Ezio Neyra (ideólogo del evento) y a todos los que participaron de la organización (especialmente a Lily S. Lam, Gracia Angulo y Raisa Zecevich) por la oportunidad. No solo llegué a conocer una ciudad asombrosa (que cambia su máscara cada dos o tres cuadras) o de ver por primera vez el Pacífico (será una cuestión muy nerdosa, pero realmente me emocionó estar en Barranco mirando el océano) sino que, especialmente, descubrí gente maravillosa: Enzo Maqueira, con quien hicimos ese inevitable nexo rioplatense (no es de extrañarse: no me cansaré de decir que Uruguay nunca debió ser un país independiente sino parte de algo más grande junto a Argentina); Mauricio Murillo, mi hermano paceño, con la alegría del reencuentro y la confirmación (si es que hacía falta) de la inmensa persona que todos sabemos que es; Andrés Ospina, probablemente el hombre más atento y amable del mundo; Carlos Velázquez, gran melómano y un señor escritor, con quien compartimos, entre otras tantas cosas, el amor por la literatura de Gustavo Escanlar; Dazra Novak, excelente fotógrafa y autora de buenísimos microcuentos eróticos; Solange Rodríguez Pappe, con quien hicimos el aguante de los escritores fantásticos en medio del páramo del realismo; Romina Reyes, quizá con la que tuve la menor sintonía literaria -pero la mayor en cuanto a series de TV; Johann Page, quien padeció uno de mis inevitables momentos de apasionamiento combativo contra la GMDLLU (Gran Mierda De La Literatura Uruguaya) y, last but not least, María José Caro, siempre amable y atenta, a quien recuerdo aplaudiendo mi lectura de la Tertulia de Julio Herrera y Reissig, con un chilcano de guinda -mi bebida peruana favorita- en su mano. Bueno, quizá lo del chilcano lo aluciné, como cuando en Minions Stuart ve a Bob y a Kevin convertidos en bananas. Y entre los amigos nuevos limeños tengo que nombrar también a Fran Brivio, que soportó mi batería de chistes malos frente a una huaca milenaria. Insisto: me fui de Lima con nuevos amigos y con el recuerdo de una ciudad increíble. Ah, y del Océano Pacífico.

Volvemos entonces a los amigos. En 2015 compartí la alegría de mi amigo de toda la vida Marcelo Stábile (junto a su pareja, Paola Gómez), que fue papá por primera vez; pude compartir también hermosos momentos con mi otro-amigo-de-toda-la-vida Jorge Merlino, su esposa Carolina Silbermann y sus preciosos hijitos Tiziano y Miguel. El sexteto que integramos -con Fio, claro- (o década, si contamos a los niños y a la niña) se reúne no tantas veces al año como quisiera, pero sabemos que basta con encontrarnos para que todo ese cariño de amigos -y esas memorias de tantos años- fluyan como siempre.

2015 fue también un año en que me sentí muy cerca de Víctor Raggio y Pablo Dobrinin, a quienes conozco desde hace 20 años, sobrevivientes de las eras heroicas de la ciencia ficción uruguaya. Nos une no sólo el recuerdo de esos tiempos (¿mejores? bueno, no, pero en cuanto a algunos asuntos puntuales sí que tuvieron más pasión) sino el amor por la ciencia ficción, la fantasía y el cine. Están, los dos, entre las personas por las que, "como dice el dicho", pongo las manos en el fuego.

Ahí también van Raúl Silveira, Rodolfo Santullo y Agustín Acevedo Kanopa, los tres queridísimos amigos y hermanos en el cine, la música y la vida "en general". En 2015, además, estreché (es medio raro el verbo, pero se entiende su sentido figurado, jeje) la amistad con Ignacio Martínez, una de esas pocas personas con las que puedo pasarme horas hablando de música y discutiendo asuntos tan básicos e importantes como la naturaleza esencialmente imperfecta de los álbumes dobles. También de 2015 fueron charlas nocturnas y cerveceriles con Gonzalo "Tüssi" Dematteis y el ya mencionado Agustín, además de, en alguna que otra ocasión, Debora Quiring, Marcelo Pereira, Lucía Náser, Francisco Alvez Francese y Guilherme de Alencar Pinto. Y como si esto fuera poco se suman buenísimos encuentros con Amir Hamed, Sandra López Desivo, Carlos Rehermann, Sandra Massera, Gustavo Verdesio, Orlando Bentancor, Nelson Díaz, Abel Alves, Magnus, Lucía Germano, Matías Bergara, Fernanda Trías, Federico Giordano... y la lista podría seguir, para que me sienta todavía más afortunado por la gente maravillosa que me tocó conocer en esta configuración particular del multiverso.

Ya he mencionado a los amigos del otro lado del río. Pero vamos a repetirlos: Juan Terranova, siempre hospitalario, siempre ahí para una buena charla a última hora de la noche; Luciano Alonso, compartiendo su entusiasmo por la literatura y la bondad esencial y reconfortante de su espíritu; y Juan Manuel Candal, como dije ya verdadero hermano de la vida, la única persona con la que sé que puedo iniciar una charla sobre matices de remasterización o "esquemas mentales y patrones estructurales en la discografía de King Crimson" a las cuatro de la mañana, o a quien puedo confiarle mis paranoias más disparatadas y mis proyectos.

Hace unos meses falleció alguien que, sin ser realmente amigo, sí me resultó siempre una gran persona, muy querida además por gente a la que apreció especialmente; a la vuelta del velorio, con Rodolfo Santullo tocamos el tema inevitable de lo poco que uno comunica a sus amigos lo mucho que los quiere. Yo aprovecho ahora, entonces, para decirles a todos los mencionados -y a los que se me escaparon, a los que aún así saben que los quiero- que es un placer, un honor y una fuente inagotable de gratitud tenerlos en mis vidas de alguna manera u otra. Los quiero a todos, a todos y a todas, a todxs y a tod@s (sí, bueno, me paspa el "lenguaje inclusivo", pero para dejarlo especialmente claro ahí fue, jeje).


Ahora paso a publicaciones. Dejo para más adelante la lista de lecturas -y por consiguiente de reseñas publicadas en La Diaria- y voy a la novela que publiqué este año: El gato y la entropía #12 & 35. En tiempos mejores de este blog solía subir "historias de libros", donde contaba cómo y cuándo y por qué tal y cual cosa de tal y cual libro recién publicado; esa práctica murió -como, cabría decir, este blog-, pero la podemos zombificar acá, en estos posts de fin de año. De manera más breve, claro. Así, empecé a escribir El gato... creo que hacia 2012. Es un poco la "verdad oficial", porque lo cuento en la nota final del libro, pero en realidad quizá no fue tan así. Posiblemente algunas de las rutinas que componen el libro las pensé o esbocé un poco antes, para otros proyectos, y fueron finalmente recicladas en el momento en que terminé algo así como una primera versión. Me parece recordar que ese primer Gato era mucho más metaliterario, que tenía capítulos separados y demasiados chistes malos. Los chistes quedaron, la mayoria de ellos, pero los capítulos se fueron (de hecho quedaron 2 nomás) y lo metaliterario se concentró en algunos lugares específicos, en particular las 60 y pico notas a pie de página que siguen siendo lo primero que me comentan los lectores. Sí, David Foster Wallace, pero también Lanark , de Alasdair Gray.

Hablé de una "primera versión". Sí recuerdo que siguieron al menos dos más y que para una de ellas -bueno, capaz que fueron todavía más- fue esencial la serie de comentarios que me hiciera Marcela Saborido, la lectura, editora y maquetadora de Estuario/HUM. Allí fue modificado un poco el final y se fueron dos o tres chistes especialmente carnavalescos (sí, lo confieso con dolor: había chistes propios de un parodista), se añadieron notas (de hecho hasta la úlima revisión agregó al menos un par) y se reformaron algunas historias. El libro demoró en salir (por momentos la ansiedad fue tremenda, lo cual no debería extrañar a nadie que me conozca), pero gracias a ello mejoró un poco. Ahora, meses después, veo que viene siendo el mejor recibido (por la prensa local al menos) de mis libros, la mejor de mis novelas para algunas personas. Quizá tengan razón (yo siempre voy a decir que el mejor es el que estoy escribiendo, claro) o quizá no (si es que hay razón en estas cosas), pero sí insisto en decir que fue el libro con el que más me divertí escribiéndolo y que significa para mí un resumen de todo lo que quise hacer entre, digamos, 2006 y 2013. Un cambio de fase, digamos, con pelea con jefe de nivel incluida.

Durante la presentación, en la Feria del Libro, tuve el honor de contar con las palabras de Amir Hamed y Eduardo Mizraji, además de con el talento como guitarrista de Federico de los Santos, quien se sumó a tres covers de Dylan que, sorprende...aparententemente gustaron a algunos de los presentes -en lugar de ser apenas, digamos, tolerados.

No fue un año en que publicara tanto. Están -además de las reseñas- El gato y algunos cuentos, que anoto acá:
"El pozo (con zombis)" en Lento (gracias Gabriel Lagos y Federico de los Santos)
"Las nubes", en revista Próxima (gracias Laura Ponce)
"Los sueños de la carne", en la revista Narrativas, en el compilado Ruido blanco 3 y en la revista Próxima (gracias Carlos Manzano, Monica Marchevsky, Álvaro Bonanata y Laura Ponce de nuevo).

La literatura, digámoslo así, insiste en no darme de comer pero sí en hacerme viajar... y en compartir hermosos momentos con gente de primera. Por ejemplo: la mesa que compartí con Nacho Alcuri y Daina Rodríguez en la semana negra de Montevideo, la que moderé para ese mismo evento con Damián González Bertolino y Mercedes Rosende, y la que integré para el FILBA junto a Pedro Peña, Ana Solari y Renzo Rossello.

2015 fue un poco más abundante en cuanto a escritura. Entre enero y marzo escribí una primera versión de Las imitaciones, novela que será publicada en marzo-abril de 2016 y en Buenos Aires, para después corregirla al menos tres veces más, con reescrituras importantes gracias a la atenta y empática lectura de Fernando Pedernera como editor de Décima Editora. Durante algunas charlas por skype sentí que no era tanto que yo estuviera dispuesto a hacerle caso a Fernando (cosa que estaba) sino que, entre los dos, estábamos soñando la novela como debía ser, y que su entusiasmo y el mio eran el mismo (de ahí lo de la empatía, claro). Sin duda la mejor relación que he sostenido, hasta ahora, con un editor -y eso que en general mis relaciones con los editores a la hora de hacer modificaciones han sido buenas y muy buenas.

Buena parte de esa primera mitad del año la pasé también releyendo, corrigiendo y reelaborando El gato y la entropía, además de reescribir extensamente (por tercera vez) Lineal, mi primera novela. Y más o menos por las fechas de su publicación me puse a escribir una nouvelle finalmente terminada en octubre-noviembre, Verde, que está en este momento siendo leída por una buenísima editorial argentina. Veremos qué pasa. Es, quizá, lo más cercano al género del terror que he escrito hasta ahora.

Desde octubre hasta ahora: correcciones -más de Las imitaciones, detalles en libros anteriores como El orden del mundo- y el cuento para Lima Imaginada, que terminó llamándose "Fractura" e involucrando algo así como una estética incapunk.

Llegamos a lecturas. Un año con no pocos "hitos" de lectura en tanto exploraciones digamos "exitosas" (es decir: fértiles en ideas para escribir y en conexiones para seguir leyendo, además de en diversión y disfrute; no es un combo tan común, lamentablemente), entre ellos la traducción (excelente) de Marcelo Sabaloy del Ulises (lo cual me arrojó de nuevo a la vida joyceana, a los años de exploración de las bibliografías críticas, a la admiración sin límites por el irlandés) y La vida, instrucciones de uso, de Perec, un libro que jamás había terminado de una sentada (aunque sí, quizá, sumando lecturas parciales aquí y allá).

Recuerdo, por otra parte, que empecé el 2015 leyendo House of leaves, y eso, evidentemente, es una experiencia de lectura de esas que cambian vidas (vidas de lector, vidas de escritor al menos); así que esos dos libros, el de Danielewski y el de Perec, hacen a 2015 un año especialmente rico. De la lectura de ambos, entonces, derivé abundantes ideas (léase protoplagios, claro) y ganas.
También: una relectura de la obra completa de Ercole Lissardi, uno de mis 4 o 5 escritores uruguayos vivos favoritos.
Apelando a la lista de mis reseñas para La Diaria -y a mis blogs y otras publicaciones- van otros libros leídos este año:


  • La mula. Álvaro Ojeda. Aburridísimo, irrisorio. Una condensación de lo peor que tiene para ofrecer a literatura urugauya. Es decir: el libro de un tipo que puede escribir algo parecido a la lengua castellana pero que, después, no tiene para decir nada que no sea la nostalgia por cierta literatura muerta y enterrada.
  • La banda de la tenaza. Edward Abby. Divertido, buena lectura de verano, entre los pinos del camping de AEBU en Piriápolis. No creo que lo relea jamás, pero igual me parece recomendable.
  • House of leaves. Mark Danielewski. Un libro asombroso. No sé qué más decir en pocas palabras. Una supernova-orgasmo permanente de lectura.
  • Ella sí. Amir Hamed. Segunda entrega de la Trilogía del relato, esos ensayos-poemas-ficciones de Amir Hamed. Libros como no hay otros, imprescindibles incluso para el hipotético lector al que no le importan en lo más mínimo los temas tocados.
  • El libro tachado. Patricio Pron. Excelente repaso de la literatura del vacío y del algoritmo, de la erosión de la noción romántica de la literatura como expresión del alma atormentada de un sujeto. Este sí para leer y releer.
  • Ferdydurke y Bacacay. Gombrowicz. Aprovechando la reedición de El Cuenco de Plata, libros únicos y divertidísimos.
  • Las mil cuestiones del día. Hugo Fontana. Interesante repaso de la historia de los anarquistas.
  • La hierba de las noches, Más allá del olvido y El ropero de la infancia. Patrick Modiano. Fue, para mí, un gran descubrimiento. El residuo esencial y cristalino de Proust. La vida del estilo.
  • La novela del cuerpo. Rafael Courtoisie. Ciencia ficción uruguaya y una muy buena novela.
  • La última palabra. Hanif Kureishi. Tiene algunas cosas interesantes (uno de los personajes, por ejemplo), pero, en general, una desilusión.
  • El congreso de futurología. Stanislaw Lem. Excelente, como todo Lem.
  • Resaca. Nelson Díaz. Paranoica y deslumbrante novela habitada por los fantasmas de tantos escritores esenciales a mi cuerpo de lecturas. No podría jamás dejar de recomendarla.
  • Shogun inflamable. Salvador Raggio. Los cuentos más inquietantes y extraños del año.
  • Cómete a ti mismo. Nicolás Méndez. Ganó el premio Equis de novela 2014. Precioso bildungsroman porteño y musical.


Novelas de Ercole Lissardi:

  • Aurora lunar. La más rica y barroca para muchos. Impresionante debut novelístico.
  • Últimas conversaciones con el fauno. Entra el lado fantástico de Lissardi. Buenísima novela.
  • Interludio, interlunio. Probablemente mi favorita entre sus novelas; ciertamente la más oscura. Distopía, campos de concentración, terror.
  • Evangelio para el fin de los tiempos. Parece una novela menor en el catálogo de Lissardi, pero no lo es. Llena de pequeñas felicidades, buenas ideas y grandes momentos narrativos.
  • El amante espléndido. La novela más gnóstica de Lissardi.
  • Primer amor, último amor. No es de mis favoritas.
  • Acerca de la naturaleza de los faunos. Novela-ensayo, de lo mejor de su autor.
  • Los secretos de Romina Lucas. Acá opera un cambio de fase o de nivel: Lissardi se concentra y exhibe su dominio de la técnica narrativa. Erotismo + género, acá le toca al policial.
  • Horas puente. Una miniatura narrativa, un pequeño diorama. No es mi favorita tampoco, pero tiene su encanto.
  • Ulisa. Otra de las oscuras, tambiél al borde del ensayo. Le tocó a la novela filosófica.
  • Una como ninguna. Hay que leerla con atención para que parezca una parábola sobre la literatura uruguaya. Grandes momentos, además.
  • La vida en el espejo. De las más fantásticas. Interesante, pero es en cierto modo un Lissardi en clave menor. Me había gustado más la primera vez que la leí.
  • No. Breve, divertida, tiene detalles muy interesantes, pero se parece más a un cuento que a una novela.
  • La bestia. Vuelve el fauno y lo fantástico. Hay páginas que han de contarse entre lo mejor de Lissardi, y otras (las menos) que no llegan al nivel promedio.
  • El centro del mundo. Son tres nouvelles: El centro del mundo, La diosa idiota y La educación burguesa. Mi favorita es la última, pero las tres parecen sugerir un Lissardi más suelto, más divertido. Veremos si se continúa esta tendencia (no leí la última, Los días felices, publicada en Buenos Aires).

  • La noche que no se repite. Pedro Peña. Reedición de una novela primeriza. Tiene sus defectos y no pocas virtudes: entre ellas la pujanza, el ímpetu. Vale la pena leerla.
  • Ulises. La traducción de Marcelo Zabaloy, seguramente la más recomendable de todas. Sobre el libro en sí qué más puede decirse. Mejor evitar los clichés.
  • El caso Bonapelch. Hugo Burel. Lamentable, entre lo peor del año. 
  • Nocturama. Sebastián Pedrozo. Muy buena novela juvenil y de horror.
  • Underground. Haruki Murakami. Libro sobre los atentados con gas Sarín en el metro de Tokyo. Entrevistas a los implicados y reflexiones sobre la mente japonesa. Impresionante.
  • Los trabajos del amor. Damián González Bertolino. Muy buena novela, entre lo mejor del año y de su autor.
  • El inglés. Martín Bentancor. Mi favorita del año. Una novela construida a la perfección, con detalles buenísimos. No una novela arriesgada. Quizá para nada mi "palo", pero se reconoce el buen trabajo a quilómetros de distancia.
  • El malestar del presente. Pessoa y su heterónimo Antonio Mora. Fascinante.
  • Felisberto Hernández: vida y obra. José Pedro Díaz. Una biografía imperfecta, pero la mejor que existe hasta el momento y, por lo tanto, imprescindible.
  • La alemana. Gustavo Escanlar. La mejor novela de uno de los 2 o 3 mejores escritores uruguayos de las últimas décadas.
  • El niño 44. Tom Rob Smith. Un thriller atendible, con algunos aciertos especialmente buenos. Para leer una vez y regalar u olvidar. Eso sí: mucho mejor que la película, hay que admitirlo.
  • Desaparición de Susana Estévez. Hugo Fontana. Muy buen libro de cuentos.
  • M. Amir Hamed. Tercera entrega de la Trilogía del relato. Otro de los mejores libros del año, de una densidad deslumbrante.
  • James Joyce. Richard Ellman. Fundamental biografía de James Joyce. Impresionante lectura.
  • La vida, instrucciones de uso. Georges Perec. Un libro inagotable, para seguir releyendo y explorando.
  • Houellebecq economista. Bernard Maris. Interesante libro sobre Michel Houellebecq. No hay ideas realmente deslumbrantes, pero vale la pena leerlo.
  • La ley del menor. Ian McEwan. Linda novela, bien escrita, redonda. No mucho más que eso.
  • El perro de Fogwill. Mario Bellatin. Por momentos parece el residuo densísimo de un libro. Inquietante todo el tiempo.
  • Los animales de Montevideo. Felipe Polleri. Flojo. No me entusiasma Polleri en general, pero este no está -para nada- entre sus mejores libros. Olvidable.
  • Las redes invisibles. Sebastián Robles. Excelente. Uno de los libros más inteligentes del año: reseña Lemborgesiana de redes sociales inexistentes. Plato fuerte: el último segmento, con su reescritura de la historia argentina.
  • El brujo. Matías Bragagnolo. Cruda y cruel. Distopía infernal. Un libro de horror. También entre los mejores del año a nivel rioplatense.
  • Las constelaciones oscuras. Pola Oloixarac. Mi novela favorita del 2015, sin lugar a dudas.
  • Lolas. Flor Canosa. Ganadora del premio Equis 2015. Una novela divertidísima, para leer en un par de horas y pasarla bien.
  • Prisma. Juan Manuel Candal. Es, sin duda, el compilado de relatos más sólido de su autor, y por momentos se vuelve una muestra de lo mejor de su escritura.
  • Las dos ciudades. Edmund Paz Soldán. Imprescindible compilado de relatos del escritor boliviano.
  • La parte inventada. Rodrigo Fresán. Soy un fan confeso de Fresán, pero este libro, su última novela hasta la fecha, no me pareció. De hecho me costó terminarlo, lo dejé, volví como esfuerzo de voluntad, etc. No, no, no (suspiro).
  • La extinción de los coleópteros. Diego Vargas Gaete. Buenísima, pero me hubiese gustado que fuera un poco más larga. Hay asuntos, digamos, que parecen merecer mayor desarrollo. 
  • Primavera Ninja. Luis Orani. Muy buena y divertidísima. Historia alternativa -o no tan alternativa- del rock argentino de las últimas décadas.
  • Ulises: claves de lectura. Carlos Gamerro. Un libro sumamente útil a la hora de abrirse camino por Ulises.
  • El último teorema de Fermat. Simon Singh. Fascinante historia de la matemática.
  • Ratner's star. Don DeLillo. Una de mis favoritas de su autor, quizá la más arriesgada de sus novelas.
  • El hombre que hablaba en flores. Muy linda nouvelle de Christian Broemmel, dulcemente fantástica.
  • Sexo, nazismo y astrología. Juan Terranova. Excelentes ensayos, de lo mejor de su autor.
  • El recurso humano. Nicolás Mavrakis. Una novela muy atendible. Lo mejor que tiene para ofrecer es su procedimiento, su estrategia narrativa, digamos, además de algunas observaciones sobre los temas que obsesionan más a su autor.
  • Songs of a dead dreamer  y Grimscribe. Thomas Ligotti. Primer y segundo libro (respectivamente) de Ligotti, el nombre ineludible en el horror contemporáneo. Imperdible.
  • Fanged Noumena. Nick Land. Compilación de ensayos de uno de los filósofos más interesantes y provocadores del presente. Imprescindible para dejar atrás el charlatanismo a la Sandino Nuñez y compañía.
  • In the dust of this planet, Starry speculative corpse  y Tentacles longer than night. Eugene Thacker. Excelente. De lo mejor que he leído este año. Filosofía y horror, horror y filosofía. Lovecraft y death metal.
  • "The color out of space", "The horror of Dunwich", "The call of Cthulhu", "The dreams in the witch house", "Out of the eons", "The shadow over Innsmouth" y "At the mountains of madness". H.P.Lovecraft. Repaso y lectura en inglés de los textos fundamentales del maestro. Excelente experiencia de lectura.
  • Ángeles menores. Antoine Volodine. Francecísima novela de ciencia ficción postapocalíptica. Sumamente interesante.
  • El sermón sobre la caída de Roma. Jérôme Ferrari. Novela que se quiere literaria línea a línea, y aún así vale la pena. Momentos de gran belleza prosística y una historia sugerente.
  • La zona de interés. Martin Amis. Buenísima novela sobre el Holocausto y los campos de concentración. Y un jugosísimo epílogo.
  • Wonderful life. Stephen Jay Gould. Maravillosa historia del descubrimiento e interpretación de algunos de los fósiles más importantes de la historia del pensamiento evolucionista. Uno de los mejores libros sobre ciencia que he leído jamás.
  • El gen egoísta y The ancestor's tale. Clásicos de Richard Dawkins. Tenía mi prejuicio contra no sus ideas (que comparto casi todas) sino un no-se-qué de su personalidad y su manera de razonar (supongo). Pero después de leer estos libros cambié de idea y me hice fan. Especialmente por el segundo.
  • Delicias envueltas. Roy y Lucy Makuc. Una historieta bien lograda, pensada para niños pero con varios niveles de interés en general.
  • Sangre y sol. Abel Alves y Nahuel "Nahus" Silva. Acción y aventura en japón. El guión: excelente. Las ilustraciones: un poco disparejas.
  • Mocha Dick. Francisco Ortega y Gonzalo Martínez. Excelente reelaboración de la historia detrás de la novela de Melville.
  • Logicomix. Doxiadis, Papadimitriou, Papadatos y di Donna. Imprescindible. La historia de la lógica y la vida de Bertrand Russell en viñetas.
  • Cosmicómic. Amedeo Balbi y Rossano Piccioni. La historia del descubrimiento del big bang. Bien logrado; no es un libro deslumbrante (como Logicomix) pero vale la pena.
  • ¿Qué he ganado con quererte? y Piedra, papel o tijera, de Alejandro Farías, Jozz y Junior Santellán. Dos historietas más que atendibles; la segunda, un thriller vertiginoso; la primera, un gran aporte a la lectura de Felisberto Hernández.
  • Nemo: river of ghosts. Cierre de la trilogía sobre la hija de Nemo, spinoff de The League of Extraordinary Gentlemen, lo mejor de Alan Moore.
Quizá se me olvida algún libro de los leídos por fuera de alguna obligación crítica (justamente los leídos por placer, es decir), pero en cualquier caso puedo ir actualizando esta lista.

En cuanto a la música, debo decir -y para cerrar este post con, como se verá, una reseña- que 2015 fue un año importante. Durante el invierno, por ejemplo, y no sé en virtud de qué procesos mentales, empecé a explorar bandas y géneros nuevos (nuevos para mí, se entiende), entre ellos el death metal y el postmetal. Quedó un interés especial por la música de Ulver, mi admiración renovada por Giant Squid y el descubrimiento de Pelican y Mastodon. A principios de año, además, me había puesto a explorar extensivamente la discografía de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que siempre había evitado, quién sabe por qué (bueno, sí, sería porque su estética inmediata -superficial, digamos- me repelía un poco) y que terminó por convertirse en mi favorita a nivel de lengua castellana.

Lo más importante, sin embargo, operó en la segunda mitad del año -y sigue operando, en realidad. Ya conocía desde hacía mucho tiempo algunos discos (o, mejor, temas) de King Crimson -el primer álbum en particular, más alguna impresión muy vaga de Discipline-, y había recorrido sin prestar mucha atención otros momentos del proceso de la banda, pero jamás me había puesto a escuchar de verdad. Así que lo hice. Descargué todo lo que pude descargar (y pronto decidí que empezaría a coleccionar los CDs), aproximadamente 70 gigas en FLAC, algunos de ellos incluso en 24 bits y 96 kbps, y me propuse no escuchar otra cosa y seguir el orden cronológico de los álbumes. El resultado, además de otro capítulo en la historia de mis obsesiones, es, especialmente, haber pensado ciertas pautas estructurales y composicionales que ya empecé a derivar hacia la literatura. En cualquier caso, a modo de repaso/reseña:
  • In the court of the Crimson King. El cliché lo convierte en el mejor disco de la banda, cosa que para mí no lo es en absoluto. Tiene grandes momentos, claro, y canciones como "Epitaph" se recortan claramente de su época, pero Crimson se superaría en el futuro.
  • At the wake of Poseidon. Parece un calco del anterior, pero ofrece no sólo temas que quedaron como clásicos de la banda ("Cat food", por ejemplo) sino ejemplos de procedimientos composicionales como imponer unos segundos de un tema anterior (el cierre del primer álbum) a una composición nueva (lo mejor del disco, el final instrumental).
  • Lizard. Mi menos favorito de la discografía. No termino de sentir empatía por su propuesta o por su formación -que nunca tocó en vivo, además. Rescataría "Indoor games", en todo caso.
  • Islands. Un disco bellísimo. El Crimson más delicado, más música de cámara. Lo mejor: las varias partes de "Islands", "Formentera lady" y "Ladies of the road".
  • Lark's tongues in aspic. Now we're talking. Acá arranca el mejor King Crimson en mi opinión. La influencia europea, Stravinsky, Bartok, la improvisación, el free jazz, el hard rock, el protometal. Uno de los mejores discos que existen.
  • Starless and bible black. Por momentos parece la antítesis del anterior. Asimétrico, extraño, compuesto por grabaciones en vivo meticulosamente editadas y por improvisaciones. El lado B (con el title track y "Fracture") es asombroso. Realmente asombroso.
  • Red. Acaso la síntesis de todo lo ofrecido en los dos discos que lo preceden. Hard rock, metal y el sonido más deslumbrante logrado por la banda. Después de grabar "Starless", final del lado B, la banda sólo podía separarse. Y se separó. Por siete años.
  • Discipline. No hay muchos discos más intensos que este. La energía detrás de cada compás, de cada decisión composicional, de cada polímetro, es avasallante. Una cuestión de voluntad, de disciplina.
  • Beat. Un poco deslucido en comparación al anterior, pero tiene el mejor pop ofrecido por una banda que rompió al pop: temas como "Heartbeat", por ejemplo, y está el hermoso instrumental "Requiem".
  • Three of a perfect pair. Cuando menos se la esperaba, una tercera parte de la secuencia "Lark's tongues in aspic" (las dos primeras están en el album con ese nombre); más corta, de sonido casi tecno, vuelve a instaurar el juego crimson, a dejarnos pensando.
  • Thrak. King Crimson, once años después. El sonido del tema que abre el disco puede remitir a "Red", pero hay mucho más. Melodías lennonianas como "Dinosaur", sonidos electrónicos e industriales y el retorno a la improvisación con las versiones en vivo de "Thrak". Pero acaso lo más interesante: la formación "doble trio", con dos bateristas, dos bajistas y dos guitarristas. ¿Demasiado? Quizá. Cuando la banda empezó a no funcionar, Fripp -y acá hay otro gran momento de la historia del rock- la dividió en "projeKcts", la fraKctalizó. Cada una de esas unidades exploró estrategias ligeramente diferentes y aportó material para...
  • The ConstruKction of Light. King Crimson se lee a sí mismo, los projeKcts se reunen en un disco que va creciendo en interés con las escuchas sucesivas. Al principio puede parecer quizá un poco deslucido -en particular por el sonido, por la producción-, pero pronto se empieza a ver más y mejor. La cuarta entrega de "Lark's tongues in aspic" reúne todo lo que hacen las anteriores, y "FraKctured" actualiza "Fracture" al sonido del siglo XXI. No se puede pedir mucho más.
  • The power to believe. El último disco de la banda hasta la fecha (A scarcity of miracles, que presenta la formación actual de King Crimson, fue presentado en realidad como "A King Crimson ProjeKct") aporta un poco más de variedad instrumental y de texturas a la cosa árida y sin concesiones de su predecesor. Los mejores momentos, quizá, sean los instrumentales, en especial "Level five" (en quien algunos han creído ver una quinta parte de "Lark's tongues in aspic") y "Elektrik".

Discos en vivo.

(Dejando de lado las entregas de The King Crimson Collectors Club y concentrándose sólo en los discos lanzados al mercado)

  • Earthbound. Sacado de un cassette. El sonido es horrible, pero vale la pena prestar atención a sus improvisaciones (la que da nombre al disco, por ejemplo).
  • Ladies of the road. Excelente muestra de lo que estaba haciendo la banda justo antes de "Lark's tongues in aspic". El disco 2 del set ofrece un collage de segmentos instrumentales improvisados en diversas versiones de "XXIst century schizoid man"; es decir, una creación de estudio hecha a partir de grabaciones en vivo.
  • The great deceiver. Es un box set, en realidad, después relanzado como dos discos dobles. Ofrece las actuaciones mejor grabadas de la era 1973-1974, con material de la trilogía Lark's-Starless-Red. 
  • The night watch. Se trata del concierto en Amsterdam del que fueron tomados "Trio", "Starless and bible black" y "Fracture" para el disco Starless and bible black. 
  • USA. Se trata de un concierto de 1974, y por lo tanto sirve de resumen ineludible de la trilogía.
  • Absent lovers. Documento de la era de Discipline, Beat y Three of a perfect pair. De hecho, es el último concierto de esa formación de la banda. Las versiones son todas excelentes, entre las mejores de esas composiciones.
  • B'boom y Vrooom Vroom Live in Mexico: una muestra del sonido del doble trio, con canciones de Thrak y las más afines a su estética entre el repertorio previo de la banda. Hay que destacar el sonido reformateado del clásico "XXIst century schizoid man". Para esta era es ineludible referirse a Live at the Shepherds Bush Empire, London 1996 y a otros conciertos recogidos en la reciente edición box-set y remezclada de Thrak.
  • Thrakattack. Uno de los discos en vivo más interesantes de la historia del rock. Como con el procedimiento anotado en relación a la segunda parte de Ladies of the road, acá se toman improvisaciones en vivo durante el tema "Thrak" y se las ensambla en una serie de piezas enganchadas, casi una hora de música continua. Comparar con Attakathrak, proyecto similar que viene en el mencionado box set de Thrak.
  • Heavy ConstruKction. Lanzado después de The ConstruKction of Light ofrece un gran ejemplo de las posibilidades del sonido Crimson de esa época, además de un tercer disco que recapitula hallazgos de los ProjeKcts.
  • Level five y Elektrik live in Japan. Ambos discos prolongan las exploraciones de la era de la fraKctalización y ofrecen versiones en vivo de lo presentado en The Power to Believe. En este caso, y al igual que en Heavy ConstruKction y en discos que recopilan actuaciones de los projeKcts (como el box set The ProjeKcts, por ejemplo), lo ofrecido acá se vuelve indispensable para entender el proceso de la discografía, casi como si se trataran de piezas de rompecabezas.

Bueno, eso es todo, amigos. Nos vemos en 2016!













domingo, 19 de julio de 2015

Entrevista de Luis Prats

foto de Leonardo Carreño
El periodista de El País Luis Prats me hizo un cuestionario hace unos días, con miras a que fuera usado en su nota sobre ciencia ficción uruguaya publicada este domingo. Reproduzco acá la entrevista completa con su amable autorización.


¿Cuándo comenzaste a escribir CF? 

En el otoño de 1992. Me acuerdo bastante bien porque a fines de ese verano (yo tenía 13 años) mis padres me regalaron La edad del futuro, un compilado en dos tomos de cuentos y ensayos de Isaac Asimov. Quedé fascinado con ambos géneros: la ciencia ficción y la divulgación científica, y quise practicar ambos pero, evidentemente, el primero era el que estaba más a mano.

¿Qué te llevó a escribir ese género?

Las ganas de imitar a Asimov, primero. Después, las posibilidades que da el género a la hora de ponerse a imaginar mundos y criaturas. Y, más tarde, el rechazo a las formas simples de realismo, muy especialmente las vernáculas.

¿Qué te inspiraba, por ejemplo?

Libros ante todo. Además del ya mencionado Asimov, Arthur Clarke, Robert Silverberg, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Ursula LeGuin, Frank Herbert, Poul Anderson, George R. R. Martin, J. R. R. Tolkien. A todos los imité más o menos conscientemente en mis primeros tres o cuatro años de aspirante a escritor de ciencia ficción. Pero también mucho cine: Alien, Excalibur, Terminator I, Terminator II, Aliens, Solaris, Dune, Predator, Stalker, Altered States, 2001 A Space Odyssey, Heavy Metal, Fire and Ice, Highlander, todas las Star Wars, Star Trek: Wrath of Khan, etc. Y las historietas: la serie de Green Lantern y Green Arrow de O’Neil y Adams, Watchmen y Swamp Thing: American Gothic, de Alan Moore, Crisis on Infinite Earths y todo lo que podía conseguir o robar de Moebius, Neil Gaiman, Grant Morrison, Enki Bilal, Jacques Tardi…

¿Tenés algún tema o enfoque preferido para escribir sobre CF?

En cierto modo lo que escribo –sea a primera vista ciencia ficción o no– entra en la categoría “ficciones de mundos paralelos”, en tanto todos mis cuentos y novelas presentan al mismo protagonista en un sistema de variaciones: en algunos relatos es escritor, en otros académico, en otros músico, etc. Es “la misma” persona, pero decisiones tomadas en distintos momentos del pasado alteraron su historia. En algunos relatos, incluso, el mundo en el que vive este personaje tiene una historia (ya no sólo a nivel personal) distinta a la del “real”, como por ejemplo mi novela La vista desde el puente, en la que Artigas no huyó a Paraguay, los charrúas no fueron exterminados y nuestro país abarca Entre Rios, Corrientes y Rio Grande.

¿Cuáles fueron tus principales obras en este género?

No sé contestar en base a lo de “principales” porque eso deberían decirlo los críticos que quieran ocuparse de mis textos, pero entre mis relatos fácilmente incorporables a la ciencia ficción mi favorito es la nouvelle Trashpunk, que publiqué en 2012. Si consideramos inéditos, el que más me gusta de mis libros lo terminé hace dos meses, se llama Las imitaciones y si todo sale bien se publicará en Buenos Aires en noviembre de este año, por Décima Editora, y saldrá un adelanto –parte de un capítulo– en la revista Lento. Ahora, si la pregunta es convertida en cuales son en mi opinión las obras principales de la ciencia ficción, me ponés en un gran aprieto del que sólo puedo salir apelando una vez más a mis favoritas. Así, sin repetir autores, serían: Mona lisa acelerada, de William Gibson, Dune, de Frank Herbert, Ubik, de Philip K. Dick, El mundo sumergido, de Ballard, La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin y Regreso a Belzagor, de Robert Silverberg.

¿Cuál fue la repercusión en el público uruguayo?



Bueno, creo que hay un cierto número de uruguayos que leen ciencia ficción, pero por alguna razón sólo una mínima fracción de esa minoría se han puesto a leer ejemplos de ese género escritos acá. Más allá de esto, mi última novela publicada, El orden del mundo, que no es estrictamente ciencia ficción (o no lo es en un sentido de militancia explícita de género, al contrario de muchos cuentos que he publicado en revistas) fue bien recibida por casi todos los que la leyeron y me dio muchas alegrías en ese sentido. Pero sucede que fue publicada en Bolivia y acá no vinieron muchos ejemplares. De las editadas en Montevideo y bien distribuidas sólo una tiene algo de ciencia ficción y es La vista desde el puente. Creo que no gustó mucho al principio. Después fueron apareciendo lectores muy interesados y terminó siendo el único de mis libros sobre el que se han escrito artículos a nivel académico. Una vez un militante de la nación charrúa me dijo que la había disfrutado mucho y que sentía que con esa novela yo me hermanaba con su causa. Todavía no puedo entender por qué o cómo es posible esa lectura, pero me alegró que me lo dijera.

¿Publicaste en el exterior?

De hecho he publicado más en el exterior que acá. En Montevideo publiqué una nouvelle (Perséfone, 2009), una novela (La vista desde el puente, 2011) y una colección de cuentos (Algunos de los otros, 2010), además de dos libritos de cuentos -Del otro lado y Los otros libros- en la editorial La Propia Cartonera. Después, publiqué una nouvelle en España (Vampiros porteños, sombras solitarias, de 2010), siete libros en Argentina (Nadie recuerda a Mlejnas, de 2011, Los viajes, de 2012, La historia de la ciencia ficción uruguaya, 2013, Ficción para un imperio, de 2014, una reedición de Vampiros porteños ese mismo año y también, en 2012, dos ediciones digitales de descarga gratuita lanzadas por editoriales de Buenos Aires: Trashpunk y Algunos de los otros redux) y, por último, una novela en La Paz, Bolivia (El orden del mundo, de 2014)

 ¿Se puede hablar de una “ciencia ficción uruguaya” o simplemente de uruguayos que escriben sobre CF? 

Hasta donde alcanzan mis lecturas hay ciencia ficción y fantasía escritas por uruguayos, no hay una ciencia ficción “nacional” en el sentido de ser visiblemente diferenciable de, pongamos, la Argentina. Es un criterio problemático, sí, pero puede servir para empezar a pensar. Es decir: cualquiera puede escribir un cuento sobre el desembarco de una invasión extraterrestre en Cabo Polonio, pero sólo por ese detalle no se funda una ciencia ficción uruguaya. Otra manera de decirlo, quizá un poco menos burda, es señalar que no existe, en rigor, una tradición del género en Uruguay. Cada escritor que apuesta por escribir ciencia ficción parte mayoritariamente de referentes no locales. A nadie se le ocurre continuar al Quiroga de El hombre artificial, lo cual sería una tontería, ni al Horacio Terra Arocena de El planeta Arreit. Ni siquiera al Tarik Carson de El hombre olvidado y El corazón reversible o al Federici de Llegar a Khordoora. Hay una “historia” en el sentido de línea de tiempo salpicada de textos, pero sólo eso no funda una tradición. Quizá dentro de algunos años –o en este mismo momento– un escritor en ciernes decida inspirarse en Pablo Dobrinin o Roberto Bayeto, pero recién en ese futuro en que salgan a la luz sus textos podrá hablarse del comienzo de una tradición.

Por ejemplo, ¿vos incluís referencias uruguayas en esas obras?

Casi todos mis textos, sean más o menos de ciencia ficción, transcurren en Uruguay; no necesariamente el “real”, eso sí. Y, en general, mis personajes hablan en rioplatense o incluso “uruguayo”.

¿Tenés algún libro en preparación o alguna idea?

Me pone bastante ansioso a veces tener más ideas que tiempo para escribir, especialmente desde que soy padre. En este momento estoy trabajando en una novela que se acerca más al terror que a la ciencia ficción y vengo desde hace tres años tomando notas para una muy larga y complicada que tendrá, sí, mucho de los tópicos del género (viajes en el tiempo, mundos paralelos, extraterrestres lovecraftianos, inteligencias artificiales, biopunk, etc). Pero también tengo proyectos que podrían pensarse como más bien “realistas”.

¿Escribís sobre otros géneros? ¿Tenés otra actividad más allá de la literatura?

Mi primer libro publicado acá (Perséfone, 2009) tiene poco y nada de ciencia ficción, si es que tiene algo. Es una novela-rock, por llamarla de alguna manera, y más una escritura autobiográfica o autoficcional que cualquier otra cosa. Como crítico escribo sobre cualquier cosa que se me ponga adelante. Y en cuanto a la segunda parte de la pregunta, tengo varios hobbies no estrictamente literarios. Te nombro dos que usé en alguna novela que otra: armo de vez en cuando aviones a escala y leo mucha divulgación científica. En otras épocas me divertía echando y estudiando el Tarot y entre 2002 y 2006 toqué la guitarra, canté (muy mal) y compuse en bandas de rock alternativo y gótico. Fui asistente de conserje en un banco, telemarketer, técnico en reparación de PC y librero, pero desde hace unos seis años vivo de alguna manera u otra de la literatura o la escritura: como crítico, como periodista, como editor, como corrector, etc.

Si se te ocurre algún comentario o anécdota sobre tu trabajo, también me interesa.

Conté muchas anécdotas en mi novela La historia de la ciencia ficción uruguaya, que es una especie de ficción en clave que cuenta –cambiando nombres y añadiendo un poco de color acá y allá– mi pasaje por el movimiento under de ciencia ficción y fantasía en la segunda mitad de la década de 1990.  La verdad, si me pedís que rescate una me costaría elegir, y puesto que el libro está por reeditarse en Córdoba y planeo que circulen algunos ejemplares en Montevideo, mejor la dejo por acá y aprovecho para hacer el chivo.

jueves, 16 de abril de 2015

2014 tercera parte, viajes, Poppy y amigos

Uno de los clichés más repetidos en Uruguay es que "el año empieza después de Turismo", es decir después de la semana santa de los católicos, a la que los uruguayos también llamamos "semana de turismo" o incluso "semana criolla", no viene al caso por qué. Por eso, si es cierto que el 2015 empezó el 6 de abril, tiene algo de sentido (no lo tiene, lo sé, pero ya que estoy tratando de justificar mi holgazanería...) que el último de mis prometidos repasos del año aparezca ahora en este blog.
 
Ya llevan cuatro meses de publicados dos repasos: una lista de lecturas de 2014 y otra de mis publicaciones de ese año . Faltaba un repaso más narrativo y más personal, digamos, que iba a ser el tercero y último y aparecer... bueno, iba a aparecer durante la primera semana de enero pero jamás lo escribí. En cualquier caso, acá va:

Voy a empezar por los viajes. En ese sentido 2014 fue un año generoso y abundante. Para empezar, en mayo tuve la oportunidad de viajar a Brasil, más precisamente al estado de Minas Gerais y la ciudad de Viçosa, invitado por Juan Pablo Chiaparra a un encuentro sobre literatura. Fue una gran oportunidad no sólo de conocer esa región de Brasil sino, también, de hacer amigos nuevos y aprender más de la literatura brasileña, para mí siempre una especie de misterio. São Paulo, siguió con el aterrizaje en Rio, cierta confusión de terminales y esperas y, finalmente, un digamos ondulado periplo (junto a Juan Manuel Candal y Livia Deorsola) por carreteras que bordeaban montañas y se internaban en junglas tan espesas que no podía sino esperar que asomara la cabezota un brontosaurio (ahora que parece haberse descubierto que apatosaurus y brontosaurus en realidad eran dos especies diferentes) o algo peor, como una banda de reggaeton. También atravesamos ciudades perdidas en la noche (y el calor) del continente y pequeños restaurantes de comida dizquealemana, que supongo siguen allí ahora que pienso en ellos, con su gente extraña y sus combos de salichichas, carnes y cervezas.
 
El viaje comenzó con una escala en
La ciudad de Viçosa me pareció sumamente interesante, en particular porque es casi dos ciudades: el campus y sus inmediaciones y la ciudad en sí, con sus tiendas de ropa y su música tropical a todo volumen. El campus apolíneo y la ciudad dionisíaca, podría decirse, pero en realidad no, apenas. Las cosas siempre son más complejas y aburridas, después de todo. Salvo por detalles: por ejemplo, la última noche la pasamos en una discoteca que me hizo pensar en road movies y fronteras; creo que tomé notas para escribir algo al respecto, pero o bien las perdí o bien me distraje con otras ideas.
 
Creo que ya dije por ahí que nunca sentí una verdadera cercanía con la cultura brasileña (o con mi representación de tal cultura, modulada por mis prejuicios de clase, formación, convicciones y temperamento); no voy a decir que ahora pienso que eso se debía a mi ignorancia, porque sigo sin sentirme atraído por -al menos- el cliché uruguayo de lo brasilero, pero sí descubrí otro Brasil, un Brasil más. Y ese sí me interesa. Es el Brasil de editoriales como Cosac Naify y de escritores como Antonio Xerxenesky (un apellido tan bueno que debería ser un pseudónimo), el Pynchon brasileño de mi generación (bueno, Antonio es un poco más joven que yo, no digan nada).
 
También en 2014, en agosto, viajé a Bolivia. Acá las escalas fueron más complicadas: Aeroparque, Ezeiza, Santa Cruz de la Sierra, La Paz. De Santa Cruz sólo recuerdo una noche muy húmeda y el insomnio del aeropuerto, cuando aproveché para escuchar algo de música (creo que fue El clave bien temperado por un rato y Exile on main street después) y para trabajar un poco, al menos mientras duró la batería de mi laptop. Creo que en algún momento traté de aventurarme hacia la ciudad, pero me disuadió una nube de insectos con forma de esfinge.
 


A La Paz la recuerdo como varias ciudades; no hay manera de que pueda aglomerar mis recuerdos en una ciudad única. Además, mi sensación de la ciudad está muy marcada por el hecho de que en todo momento fui guiado o llevado de acá para allá y que, por lo tanto, jamás me sentí solo y "abandonado" y a la deriva, sensación creo que indispensable para realmente empezar a asimilar (o sentir que se asimila) una ciudad. Es decir: Wara Godoy Ruiz me paseó junto a Abel Alvez por ya no recuerdo qué barrios (y finalmente probé las deliciosas salteñas), mi editor y amigo Fernando Barrientos me paseó junto al escritor Christian Vera por ciertos barrios (nota: la comida china en La Paz es mucho más picante que en el resto del mundo... bueno, que en Uruguay), la organización de la Feria del Libro (evento al que había sido invitado) me hizo recorrer otros,  con Fernanda Trías caminamos por el centro (¿uno de los centros?) y por extrañas formaciones geológicas, siempre apelando a su sentido de la ubicación dado que el mio no existe ni siquiera en la ficción, y Mauricio Murillo, Daniel Averanga y Sebastián Antezana nos llevaron a Fernanda Trías, Edmundo Paz Soldán y a mí a un bar que recuerdo conformado por una nube de humo cuyos contornos se habían solidificado en paredes de las que manaban litros y litros de cerveza en grandes recipientes con forma de ammonites. El último día de mi estadía en la ciudad, Christian Vera y su compañera nos llevaron a Fernanda y a mí por la ciudad en su auto, logrando de alguna manera hilvanar buena parte de las vistas. De todas formas la ciudad me abrumó y me sigue abrumando cuando la recuerdo: una cosa es ver fotos y otra es estar en lo más profundo de un crater tapizado por un fractal de fachadas y tejados.
 
La Feria en sí también fue una sorpresa, y la presentación de mi novela El orden del mundo no fue una excepción, básicamente porque esperaba que asistieran cinco o diez personas como mucho y, llegado el momento, la concurrencia resultó bastante mayor (de hecho es curioso que se haya tratado, muy probablemente, del público más numeroso que reunió la presentación de algún libro mio). A lo mejor simplemente habían sacado algo así como un abono por todas las presentaciones y mesas redondas y estaban haciéndolo valer; en cualquier caso, las inspiradas palabras de Mauricio Murillo hicieron que sí les valiera la pena.
 
Otro viaje: a Salto, a la Estancia La Aurora para escribir un artículo para la revista Lento. No vi OVNIs, no sentí la "espiritualidad" del paisaje ni la "energía" de no-sé-qué cristales. Me quedé con ganas de tomar ayahuasca, eso sí, y muy agradecido con la hospitalidad de Alice Mari y su familia.

También: dos viajes a Buenos Aires, el primero con Fio y Poppy y el segundo para presentar mi novela Ficción para un imperio. De este último recuerdo caminar cuadras y cuadras y cuadras de Buenos Aires por la noche. Y una tarde en San José, presentando El orden del mundo en la Feria del Libro. Tuve la suerte de compartir la mesa y los micrófonos con Pedro Peña, que presentaba su novela A veces tarda, casi nunca llega y tuvo el amabilísimo gesto de cederme algo de su tiempo.


En cuanto a los aviones: no me gustan. Es decir, me encantan los aviones, pero no me gusta viajar en avión. Se me tapan los oídos, me pongo (más) ansioso, me siento incómodo. Ahora que lo pienso, tampoco me gusta viajar: me gusta estar en otros lugares y recorrerlos a pie, en ómnibus o en auto, pero detesto la larga traslación. Lo lamento. Esto, en realidad, lo aprendí a la tierna edad de 18 años, cuando mi tio me regaló un viaje a España; llegado el momento crucé desde Mallorca hasta Barcelona en barco, y me entusiasmaba la idea de navegar el Mediterráneo como Ulises, como... Nada, que me maree como un pánfilo y pasé las horas del viaje acostado en una reposera leyendo a Alfred Bester. La ficción es más interesante que la realidad, como nos enseñó Proust.
 
Pero volviendo al tema de "viajar" como opuesto a "estar en otros lugares": podría pensarse que si se inventa la teletransportación mi problema estaría resuelto, pero para eso deberían inventar un sistema de teletransportación que no desintegre al objeto teletransportado en el punto A para reconstruirlo en el B. Incluso si me aseguraran que no hay discontinuidad de la conciencia (pero para pensar que hay algo así como una "conciencia" trascendente a los átomos de los que estamos hechos hay que ser capaz de creer en hadas y reyes magos) preferiría abstenerme.
 
Asimov no viajaba nunca en avión; yo no puedo llegar a esos extremos porque soy un poco más haragán y tengo, sí, muchas ganas de conocer ciudades y nuevos amigos, pero insisto en que el proceso de traslación no me gusta para nada. Eso queda compensado, por supuesto, por la alegría de estar en ese otro lado al que se iba.

En cuanto a Poppy. En 2014 aprendió a gatear, cumplió un año, aprendió a caminar, a nombrar sus personajes favoritos (Peppa, Kitty), a trepar por escaleras, a aventurarse por ahí, a armar cosas con bloques, a garabatear y tambíen que le encantan el pollo y el arroz... pero la lista podría seguir. Estar allí atestiguando su crecimiento es algo asombroso; hay cosas que se sienten como inexplicables, hay cosas que uno quiere contar de inmediato a todo el mundo, y todo eso es alegría y felicidad. También, claro, están esos reclamos de atención a las seis de la mañana, esas siestas que se demoran justo cuando hay tanto que hacer en la casa, esos llantos y enojos... en fin; lo cierto es que siempre una sonrisa en su carita o una carcajada hacen que todo brille mucho más, incluso a las seis. Y en lo que va de 2015 no dejó de crecer su vocabulario, sus tonos de pregunta, de asombro y de orden (estos últimos bastante abundantes, hay que decirlo), sus descubrimientos... Y siempre, siempre, todo lo que ella descubre es algo que Fio y yo aprendemos. Sobre ella y sobre nosotros, por supuesto.
Mis momentos favoritos del 2014: una mañana de diciembre estábamos jugando en la azotea; de repente pasa un avión y Poppita deja lo que está haciendo y lo mira. "¡Aón!",dice, y cuando ya apenas se ve lo saluda con la manito y dice "chaa aón". Y unas semanas antes: también en la azotea jugando, vemos volar un ave de gran tamaño, algún tipo de halcón o agilucho. Poppita pone cara de asombro, lo señala y dice "uaauuu".
Ya a principios de este año tuvimos otros momentos como estos que conté: una noche me tomó de la mano, me sacó a la azotea, se quedó un rato mirando el cielo y, finalmente, señalando con la manito, me preguntó "¿luna?".
 

Ahora hablando de cosas menos importantes, no recuerdo si tuve alguna "polémica" especial durante 2014, de esas que abundaron en otros años y que siempre me divertí de recordar en los repasos; bueno, supongo que sí las hubo, pero probablemente no me afectaron significativamente y se disiparon de inmediato. Más bien recuerdo grandes momentos con amigos, amigos de los que me siento especialmente agradecido y que me alegra muchísimo que me acompañen, amigos uruguayos, argentinos, brasileños, bolivianos y amigos por las redes sociales.

Es curioso intentar escribir un repaso como este ya entrado el año siguiente al repasado; quizá una de las cosas que pasan es que se atiende indefectiblemente a otras continuidades, asuntos de 2014 que en realidad siguen en 2015 y por lo tanto no son cosas de un año en particular. Todos estos repasos o listas siempre generan la pregunta por la artificialidad de la cuenta "oficial" del tiempo, pero también es cierto que el pasaje del año y la cuenta de los días y los meses, con sus aniversarios, sus efemérides, aportan la sensación de ritual, de estructura, y, al menos para la gente que tiende, como yo, a lo obsesivo, eso puede ser reconfortante o también ayudar a pensar y a recordar.  Del mismo modo, esos asuntos que se prolongan desde un año hasta otro u otros reclaman un tratamiento narrativo o expositivo diferente: en mi caso podría hablar de nuevos amigos, de películas y series que marcaron 2014 y vuelven a marcar 2015, podría seguir, por supuesto, con los aprendizajes de mi hijita, con los proyectos de escritura que empezaron en diciembre de 2014 y siguieron por los primeros meses de 2015, etcétera. Quizá algunos de estos asuntos se prolonguen todavía más (lo de Poppy evidentemente lo hará) y adquieran una forma diferente sobre mi tiempo. Veremos. En última instancia, siempre se tratará de encontrar las palabras para reconstruirlo.

Seguramente este repaso habría sido más largo de haber sido escrito en enero; ahora sin duda estoy dejando de lado cosas que me pasaron y me parecieron sumamente importantes. No quiero decir que ahora no me lo parezcan, sólo que a estas alturas del año las ganas de decirlas han cambiado y también el detalle con el que se las quiere presentar. ¿Queda de lado mucho del 2014? Probablemente sí; estoy diciendo, en última instancia, que fue un año en que tuve la suerte de viajar y un año en que Poppita creció muchísimo y un año que compartí con amigos. Hay otras cosas, por supuesto, que quedan por fuera, pero me gusta el resumen, me parece adecuado ahora, a 4 meses y medio del 2015.







martes, 30 de diciembre de 2014

2014 segunda parte, publicaciones

Empecé este repaso hace unos días con una lista de lecturas y reseñas en la que mencionaba la gran mayoría (pudo quedar algo olvidado porque no llevo un registro formal, ni siquiera de las reseñas publicadas) de los libros que leí y reseñé (casi pongo "leí y/o reseñé") durante 2014, que fueron aproximadamente 109, con un enorme predominio de la ficción y, hasta donde puedo contar, incluyendo 19 historietas.
 
Ahora le llegó el turno a mis propias publicaciones no reseñísticas (perdón por el palabro), y resulta que 2014 fue un año movido, por suerte. Empezaré con los cuentos que tuve la suerte y el placer de ver publicados en antologías:

1.1 "La sala siete" (también fue publicado como "El día de la ballena" en Revista Kundra), en Ruido blanco 2. La gente del Grupo Fantástico Montevideo me había contactado hace ya bastante tiempo pero recién a fines de 2013 concretamos que colaborara con sus emprendimientos. Y se trató de un cuento para su segunda muestra anual (también oficié de jurado en el concurso cuyo libro resultante saldrá en 2015). El libro tiene cuentos en mi opinión bastante malos, otros pasables o buenos, y otros muy interesantes, entre ellos los de Pedro Peña y Pablo Dobrinin, además de un prólogo de Víctor Raggio. Pero más allá de mis opiniones, que tienen que ver evidentemente más con mis gustos actuales de lo que me interesa en CF y fantasía, hay que celebrar que el proyecto de Ruido Blanco alcance continuidad y persistencia, y todos los años podamos disfrutar de una nueva muestra de cuentos. "La sala siete" lo escribí entre 2012 y principios de 2013, no recuerdo bien pero fue probablemente en Piriápolis. Es, creo, el segundo de una serie creciente sobre ballenas o artefactos similares. No sé si es ciencia ficción, pero sí tiene que ver con algo así como un universo paralelo.

1.2 "En el fondo", en Buenos Aires Próxima. Es el primer libro publicado por Ediciones Ayarmanot (de la revista Próxima, con Laura Ponce a la cabeza), y estoy seguro de que hará historia en la ciencia ficción y la fantasía rioplatenses. De hecho creo que será una referencia ineludible en el futuro. El libro, no mi cuento, aclaro por las dudas; y de paso les cuento que "En el fondo" fue escrito a propósito para el libro, cuando surgió el proyecto, hace casi dos años. La consigna era involucrar en la trama una suerte de Buenos Aires alternativa; en mi caso, lo "alternativo" (más allá de que en el mundo del cuento hay alienígenas que viven en la Tierra desde hace siglos y han influido en el arte y el pensamiento humanos) tiene que ver con mi ignorancia prácticamente total de Buenos Aires más allá de la Ciudad Autónoma. Puede leerse como una derivación -no secuela, eso sí- de "Los otros libros", publicado en 2012.

1.3 "Asalto al vagón del oro", en Cuadernos de ficción: Aventurero. No recuerdo si lo escribí pensando en la antología (gracias a la invitación de Rodolfo Santullo, que arma la serie de los Cuadernos) o si tuvo un comienzo más independiente. Sí está claro que se trata de un cover de la película de 1967 The War Wagon, dirigida por Burt Kennedy y protagonizada por Kirk Douglas y John Wayne. De paso, el narrador, un Stahl fácilmente reconocible aunque no nombrado, se refiere a una larga narración de sus "aventuras", y al hacerlo va dejando entrever mínimos contornos de un mundo que a algunos lectores le resultó interesante. Planeo revisitarlo bajo la forma de un cover de Moby Dick que empezaré en pocas semanas.


1.4 Fragmento de la novela El gato y la entropía. Este texto -las primeras dos páginas, más o menos, de la novela mencionada- apareció en la revista/libro estadounidense Hispamérica, en el número 127 para ser exactos. La ocasión fue un dossier sobre escritores uruguayos compilado por Amir Hamed, quien aportó además un prólogo muy interesante en el que habla del "la ansiedad de bastardía" (título del texto) de la nueva narrativa uruguaya y señala que
El temor a la bastardía, por decirlo así, se confunde con el deseo de bastardía; abre un mundo paralelo que se deja entrever a cada paso, tal como sucede con la novela La vista desde el puente (2011), en la que Ramiro Sanchiz florea con la figura del protopadre de los uruguayos, José Gervasio Artigas, pero también con el legado de un padre historiador, y abre un Uruguay paralelo o alternativo, que sigue confederado con Entre Ríos.
De forma por demás sugestiva, el texto que aporta Sanchiz a esta muestra, el fragmento de una novela, se bifurca en un cuerpo principal y en una larga cita, o cuerpo secundario, paralelo, que busca anclar a un personaje huérfano de madre, en el momento de la boda de esta (...)  que coincide con el momento histórico de la caída de un avión de la fuerza aérea uruguaya en los Andes.
Si todo sale bien El gato y la entropía, a la que considero mi mejor novela o mi novela favorita entre las que he escrito, o la más caprichosa, saldrá entre mayo y junio del año que viene, simultáneamente en Buenos Aires y Montevideo.

En cuanto a los libros, fueron 3 los publicados.

2.1 Vampiros porteños, sombras solitarias. Se trata de una reedición -a cargo de la editorial platense Parque Moebius- de la nouvelle que me publicara en 2010 la editorial madrileña Meninas Cartoneras. El texto fue escrito hacia 2009 y desarrolla un episodio de la vida del Stahl "principal" (en tanto es el que aparece en más textos) que, cronológicamente, quedaría incluido dentro de Perséfone. A la vez, está bastante inspirado en algunas cosas que me pasaron cuando toqué en Buenos Aires con la banda RRRRRRR, allá por 2004. En su momento, cuando le conté estas "desventuras" a Ercole Lissardi, el autor de Ulisa me dijo que aquello era "una novela" y que "tenía que escribirla". Me resulta extraño pensar que me llevó cinco años hacerlo, y eso que todo podía construirse como una trama simple, como finalmente sucedió, adornada apenas por algunas listas de bandas y por un episodio de carretera un poco fantasmal que se inspira sobre todo en cosas que pensé durante mi viaje de 2009 a Córdoba, junto a Fio. Le tengo cierto cariño a esta nouvelle, a la que siento escrita desde una suerte de "coordenadas estilísticas" (sí, sé que suena pretencioso y ampuloso) muy diferentes a las que me interesa trabajar ahora y más cercanas a las de la ya mencionada Perséfone.

2.2 El orden del mundo. La empecé en noviembre o diciembre de 2013 y pronto la prometí a Fernando Barrientos, el editor y cerebro de la editorial paceña El Cuervo. El contacto con Fernando lo tenía desde hacía más o menos dos años, gracias a la mediación de Juan Manuel Candal, y en algún momento habíamos planeado la edición de mi nouvelle Nadie recuerda a Mlejnas en La Paz, pero pasado cierto tiempo Fernando me propuso editar un texto nuevo. Tenía El orden del mundo en preparación, así que la ofrecí de inmediato previa solicitud de unos cuantos meses para trabajarla. La revisé, le añadí una sección originalmente no planeada y, eventualmente, el libro quedó más o menos pronto, listo para su presentación en la Feria del Libro de La Paz, a la que tuve la suerte y el honor de asistir llevado por la Dirección Nacional de Cultura. Y la presentamos con Fernando y el escritor paceño Mauricio Murillo, de quien yo ya había leido, y con gran placer, la excelente nouvelle Los abismos posibles, con la que, me parecía, El orden del mundo tenía algunas cosas en común (quizá esto haya sido ante todo wishful thinking). La recepción del libro desde esa presentación ha sido de las mejores que he podido disfrutar hasta la fecha, y estoy sumamente agradecido a Fernando y a todos los amigos que la leyeron y comentaron, en particular Edmundo Paz Soldán, Fernanda Trías, Amir Hamed, Bibiana Ruiz y Gustavo Verdesio. En Montevideo la presentamos con Carlos Rehermann (a quien también agradezco su atenta lectura) en Lautréamont Librería, a las pocas semanas de mi regreso de Bolivia. Nunca me había pasado que un libro mio se publicara a las pocas semanas de "terminado"; no podría ocultar que me sentí bastante inseguro y que, en cierto modo, sigo sintiéndome así. Eventualmente volveré a leerlo y a corregir cosas (está claro que hace falta), pero, a la vez, siento que con esta novela algunas cosas salieron muy bien muy a pesar de mis esfuerzos conscientes.

2.3 Ficción para un imperio. Curiosamente la novela que publiqué inmediatamente después de El orden del mundo (la última terminada hasta ese momento) fue Ficción para un imperio, que comencé en 2008 o 2009 y que chocó contra varios editores y concursos. No tiene gran cosa que ver con El orden... y es notoriamente un libro inferior. Supongo que si yo puedo ver con claridad sus defectos, estos deben ser realmente grandes. A la vez, fue un alivio publicarla, porque, pese a la torpeza con la que está escrita, algunos de sus asuntos son muy relevantes en relación al resto de mi proyecto narrativo. Muchos libros, o todos mejor, entran y salen del espacio ficcional de esta novela, que se vuelve algo así, en mis planes claro está, como un modelo a escala del resto del proyecto, del resto de la macronovela de la que cada libro es en rigor un episodio. Es posible, por supuesto, leerla por fuera de sus vínculos con otros textos; no sé si sobrevive a algo así, pero probablemente algunos de sus episodios guardan algo interesante, asi esté mal o terriblemente mal resuelto. En menor medida que Vampiros..., Ficción... está escrita por alguien que yo fui y que no sólo ya no soy sino que de hecho me siento bastante diferente a él. En relación a lo que quiero hacer ahora, es, me parece, un texto extraño. Quizá eso le de cierta gracia que, sin lugar a dudas, necesita.

La edición corrió a cargo de Milena Caserola. En 2012 casi fue publicada por Melón Editora, pero el libro -al que le había agregado dos secciones que duplicaban su extensión apenas tuve la confirmación de que sería publicada- quedó demasiado grande para el accionar de la editorial, y finalmente tomó su lugar Los viajes, que, me parece, es un libro mejor resuelto, con todos sus defectos. Tras una charla con Matías Reck y Karina Wainschenker (a quien agradezco muchísimo su trabajo de lectura y corrección) quedó decidido que sería publicada en 2014 y que contaría con una portada de Nahuel Silva, quien aportó una ilustración bellísima y lisérgica, en la línea de Órbita, el webcomic que publicamos por entregas hace un tiempo; la presentamos en Buenos Aires el 10 de noviembre, en la Biblioteca Nacional, junto a Juan Manuel Candal, a quien no puedo dejar jamás de agradecer su compañía y apoyo en todos mis libros, Karina y Martín Felipe Castagnet. La presentación en Montevideo quedó pendiente, por razones vinculadas a su fecha y a la agenda de su editor y del lugar (o los lugares) en los que proyectamos presentarla; y quedó pendiente tambíen su distribución en Uruguay. Veremos si en 2015 se solucionan estos inconvenientes.

En 2014 publiqué también dos textos de ficción en la revista Lento:

3.1 "La ucronía batllista". Es una pequeña nota necrológica ficcional en la que se hace alusión a Hilario Barrios (tio abuelo de Federico Stahl en El orden del mundo y otros textos) y se sugiere una historia alternativa en la que Batlle y Ordóñez no vivió para culminar su primer mandato. Hay ucronías que dejan entrever que su autor piensa que el punto de inflexión desencadena un pequeño infierno histórico (El hombre en el castillo, por ejemplo) y hay otras en que se siente lo contrario, el entusiasmo por la posibilidad de que hubiese sido así (La máquina diferencial). Este pequeño texto (que podrá ser desarrollado en el futuro y que acá no pasa de un par de notas más o menos coherentes) pertenece a la primera categoría.

3.2 "Árboles en la noche". El cuento ya había aparecido, en una versión muy primitiva, en la revista cordobesa Llantodemudo, de la editorial homónima. La de Lento es la segunda versión que existe del texto, y fue ilustrada soberbiamente por Roberto Poy. Una tercera versión, bastante diferente, aparecerá en breve en versión bilingue español/inglés. El episodio de la infancia de Stahl al que alude el relato aparece en otros textos, y en cierto modo es desarrollado en "Aquella música", un cuento que publiqué en Próxima hace un par de años.

Y, hace menos de una semana, la gente de Grupo Erizo publicó en su especial de navidad...

4.1 "Cuentos de invierno", subproducto evidente de mi lectura de William Gibson (ver post anterior) y tercera variante sobre el tema del "Viejo del Salvo", personaje que aparece en mi nouvelle Trashpunk y en mi novela Los viajes. En la primera el experimento (que implica comunicarse con una inteligencia artificial a través de un cóctel de alucinógenos y un tanque de aislamiento sensorial a la Altered states) es llevado a cabo por Rex, el líder de Space Glitter, banda en la que se desempeña el Federico Stahl de muchos de mis relatos; en la segunda el que se presta para el experimento es el propio Stahl, y el resultado es en extremo diferente a lo que sucede a partir de Rex. Acá el experimento está en el pasado: lo hizo el propio Viejo del Salvo, cuyo nombre creo que no dije por ninguna parte pero sí señalé que se parece a Kurt Vonnegut.

No recuerdo otras publicaciones en revistas, pero quizá haya alguna más. Quedó pendiente -supongo que saldrá a principios del año que viene- la republicación de "Asalto al vagón del oro" en la excelente revista cordobesa Palp, así como también la salida del libro Fabricantes de sueños 2013, editado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, que recopila ciencia ficción publicada entre 2011 y 2012 seleccionada por el argentino Luis Pestarini. Este libro incluirá mi cuento "La luz sobre los cerros", publicado hace tiempo en Próxima y otra vuelta con el mismo tema de "Árboles en la noche", o sea "alienígena encontrado por ahí aparentemente muerto".