martes 2 de febrero de 2010

de los cuadernos de notas de Federico Stahl

Es especialmente irónico -o cruel- el hecho de que la finalidad misma del lenguaje sea referir a alguna forma del mundo, interior o exterior; es decir, justo aquello que las palabras, mal armadas de origen, no pueden hacer, porque es sabido que nombrar equivale a falsear, que toda pretensión de contar una verdad sólo genera -sólo puede generar- una ficción. Entregarse a esa tarea que se niega a sí misma es atarse al timón del Titanic justo cuando el barco se parte en dos: ser poeta, ser escritor, es un callejón sin salida en el que sólo es válida la inútil tarea de arañar los muros buscando un más allá que no existe.

viernes 29 de enero de 2010

"Cenizas", de Horacio Cavallo, en Revista Asterión

Como todo el proceso de puesta a punto del número cero de Asterión está demorándose más de lo que suponía (todavía faltan algunas reseñas, ilustraciones y tener a punto el ensayo central del número) decidí armar un avance para descargar. Se trata del cuento "Cenizas", de Horacio Cavallo, ilustrado por Emilia Inés. Los interesados en leerlo pueden bajar el .pdf siguiendo este link:
http://www.easy-share.com/1909134494/asterion cero - cenizas.pdf

miércoles 27 de enero de 2010

Love story

La revista argentina Axxón acaba de publicar en su número 204 mi artículo "Love story", una reseña de la nueva novela de Rodrigo Fresán, El fondo del cielo, que está entre las lecturas más placenteras que he experimentado en los últimos meses. Homenaje a Philip K. Dick, cariñosa lectura de la historia de la ciencia ficción, historia de amor, novela con ciencia ficción (¿o de ciencia ficción?), y mucho más.

martes 19 de enero de 2010

"La huida" en Axxón 204

Mi cuento "La huida" acaba de ser publicado en el número 204 de Axxón. Es otra aventura del amigo Stahl en alguno de los tantos mundos posibles, vinculado al de "Sobre desayunos y entropías", que será publicado pronto por editorial Trilce en mi libro de relatos Algunos de los otros, gracias a los Fondos Concursables 2009. En rigor se trata de una primera versión de la historia, ya que tengo en mente algunos cambios posibles. Quizá en el futuro este cuento encuentre algun otro espacio.

lunes 4 de enero de 2010

Los infrarrealistas

domingo 3 de enero de 2010

la lluvia

B recuerda como uno de sus momentos clave el día en que conoció a A. Ambos cursaban su penúltimo año de educación secundaria; B se consideraba secretamente un aprendiz de escritor o, mejor dicho, un escritor en ciernes. También era, o había sido toda su vida, el hazmerreir de la clase, siempre torpe, siempre incapaz de defenderse, siempre risible. A, en cambio, parecía extraño, misterioso, incluso inquietante. Por fuera de todas las convenciones y comportamientos aprobados por el tosco medio social que los rodeaba, A parecía demasiado seguro de sí mismo como para convertirse en blanco de burlas y crueldades y, a la vez, lo suficientemente extraño o misterioso como para dejar claro que no podría jamás ser incluído. B vio en esa conjunción de cualidades, ese balance exacto de atracción y repulsión, la receta perfecta para construirse una nueva personalidad; empezaron a frecuentarse, a hablar de música, de literatura, de mujeres, de drogas, de experiencias. A parecía un volcán en erupción; B absorbía toda aquella lava ardiente. Conoció a los beatniks, a Jim Morrison, aprendió cual fue la época más peligrosa de los Stones, descubrió el jazz (cierto jazz, mejor dicho), fumó marihuana, empezó tímidamente a tomarle el pulso a la ciudad nocturna; también leyó a Huxley, a Lowry, a Ballard, a Rimbaud, a Artaud, a los surrealistas; cambió su modo de vestir, su manera de hablar, se cubrió de un disfraz tenue de A, se volvió, en suma, una variación de A, una nota a pie de página de A, la imagen paralizada de un A que, cabe suponer, seguía cambiando. Los años, sin embargo, los separaron. B estudió filosofía y se convirtió en escritor; con el tiempo, incluso, alcanzó cierta presencia, cierta importancia que siempre, en secreto, consideró ajena, que siempre entendió robada. De A no había rastro alguno. B había concluido que no debía buscarlo, como si temiera la revelación de un secreto importante, un secreto que hacía a la esencia de la personalidad que se había forjado, esa misma que lo convertía en un hombre respetado, un hombre importante; sin embargo, sabía que el destino, como suele decirse, terminaría por tramar el reencuentro y que así, de alguna manera, se vería expuesto, arrojado contra el paredón, atravesado por la reprobación de toda mirada como un escritor que había cimentado su fama con un plagio bien oculto y que, tras décadas de idas y venidas de ese miedo constante, terminó por sufrir la salida a la luz de su secreto, fatalmente. Una tarde, casi veinte años después de su primer y decisivo encuentro, B se cruza con A en la calle. Apenas lo reconoce: ha perdido el brillo, el atractivo innegable. Si antes hubo fuego o pujanza en sus ojos, ahora no queda sino una mirada en ruinas que, sin excluir el saberse culpable de cierta horrible crueldad, llena de confianza a B. Se saludan, se abrazan; A parece revivir gracias al encuentro, tanto que su voz, por un instante, parece querer regresar a la energía de antaño. Pactan un encuentro en la casa de A. B asiste, llevando un vino que, sabe, hubiese sido aprobado por el A de su juventud. Pero lo que encuentra lo sorprende. A se ha casado con una mujer vulgar, ordinaria; tiene dos hijos que parecen sentenciados al anonimato, a esos trabajos grises que duran toda la vida y a convertirse, a su vez, en poco más que vehículos de un gen mediocre y seguro; vive en un apartamento cargado de adornos del peor gusto, revistas dedicadas a los escándalos de la farándula, íconos de un cristianismo asumido por herencia o por ósmosis, discos que son lugares comunes de la música popular, libros de Paulo Coelho, Mario Benedetti e Isabel Allende. Incómodo, B intenta llevar la conversación a la literatura que A le hiciera descubrir. ¿Te acordás de cuando leímos Bajo el volcán y salimos corriendo a buscar mezcal por todas las licorerías que encontramos? ¿Te acordás de cuando conseguimos aquella botella de Absenta?; la mujer de A, que parece maravillada de tener a B como invitado, que parece embelesada, incluso, de apenas escucharlo hablar, estalla en un aluvión de sinceridad: ¡que placer tenerlo aquí, le dice, con lo bien que A siempre habló de usted, con lo importante que fue para su vida! B siente que algo está escapándosele. A lo mira (en su mirada puede leerse “pero vos no necesitás que te explique”) y asiente con tonta solemnidad: por supuesto, dice, como declarando lo obvio, vos me enseñaste todo, me hiciste conocer la mejor música, la mejor literatura. Yo era un tarado, un cero a la izquierda, y gracias a vos llegué a sentirme alguien, gracias a vos conocí el jazz, la música clásica, la buena literatura. La incomodidad de B va en aumento. A (que más que señalar una condición presente parece cantar la elegía de lo que fue o lo que pudo ser) insiste en sus alabanzas del mismo modo que él, que B, podría haberlo llenado de elogios a los dieciseis, diecisiete años; de hecho, por momentos B siente que A le ha robado su vieja personalidad, su ser original, que de alguna manera ha tomado su lugar, intercambiado sus posiciones en una extraña jugada de ajedrez. Su primera reacción es ser víctima de una broma cruel, pero a medida que la cena se prolonga la sinceridad en las palabras de A, que parece a punto de llegar a las lágrimas, va dejando atrás toda duda posible. Cerca de la medianoche B se va. Su casa no es cerca pero decide caminar. El cielo está cubierto y en cualquier momento empezará a llover, aunque a B no le importa o quizá lo desea. Algo lo hace sonreír. Ante el comportamiento de B cree entender que el juego de opuestos, de triunfador y perdedor que marcó el comienzo de su vida adulta, de alguna manera se ha revertido, se ha compensado o anulado, como en una ecuación matemática. Caen las primeras gotas, y B ríe en silencio. Ya no teme, ya no guarda ningún solapado rencor. Se siente nada, cero, se siente vacío y libre de comenzar una vez más, bajo la lluvia que borra el viejo disfraz.

sábado 2 de enero de 2010

revista Asterión

Salió Asterión de su palacio de muchas puertas! El contenido (parcial) del número cero (que comenzó como un preview pero terminó evolucionando) está disponible en el blog de la revista, http://revistaasterion.blogspot.com. Los seguidores de Aparatos ya tuvieron la oportunidad de apreciar la ilustración de Matías Bergara para la portada, una de las viñetas de la historieta Descenso representando al incordiante Rex en su excursión por el infierno.
Si todo sale como lo planeado, sobre mediados de Enero el número estará disponible en issu.com y como pdf para descargar.

lunes 28 de diciembre de 2009

querías sopa?

El miércoles vamos a estar Matías Bergara y yo en el programa Sopa de letras, al aire en Radio Uruguay (se puede escuchar online en www.radiouruguay.com.uy), hablando un poco sobre Perséfone, sobre la historieta basada en Onetti con la que Matías (junto a Rodolfo Santullo) ganara el primer premio del concurso de historieta onettiana del MEC, y también, además, sobre algunos proyectos a futuro cercano. Con el inefable Bergara ya habíamos charlado en la Sopa hace unos meses, durante la Feria del Libro, uno o dos días antes (no me acuerdo bien) de la presentación feriadelibresca de Perséfone junto a la novela Parir, de Andrés Ressia. Fue una muy buena experiencia, y recuerdo especialmente la voz atronadora de Esmoris, que justo hacia una rutina en la Feria, sacándonos un poco de concentración, a nosotros y a los conductores. Esta vez, para bien o para mal, no habrá irrupciones!

sábado 26 de diciembre de 2009

COMING SOON!

viernes 25 de diciembre de 2009

Reloaded

Gabriel Lagos publicó en el número 22 de la revista argentina Todavía un artículo sobre las nuevas generaciones de escritores uruguayos. Se trata de una prolongación del texto que apareciera hace casi un año en La diaria y fuera comentado por mí en este blog (en una entrada del 20/03/2009 titulada "Something wicked this way comes"), básicamente un mapeo, bajo el título de "Buenos nuevos", de la o las nuevas promociones de narradores uruguayos, ordenado de acuerdo a tres grupos, los "pop", los "serios" (o "formales") y los "egoístas" (o "intimistas"), sirviendo como ejemplos de cada uno Natalia Mardero, Horacio Cavallo y Sofi Richero, respectivamente. En este nuevo artículo Lagos refina sus ideas y actualiza algunos planteos, dejando más claro que no se trata de una propuesta canónica -o al menos a mí eso me queda bastante claro- ni que deben ser pensadas sus tres "categorías" como compartimentos estancos.
El artículo puede leerse aqui:
http://www.revistatodavia.com.ar/todavia22/22.literaturanota.html


domingo 20 de diciembre de 2009

patricio

No es de lo más común que Rex salga solo, pero a veces sucede que Jon o yo tenemos cosas que hacer o distintas maneras de terminar la velada y entonces él inicia un periplo nocturno largo, complejo y, según nos cuenta al día siguiente, poblado de aventuras increíblemente pintorescas. Algunas, por supuesto, distan mucho de ser creíbles; otras terminan por encontrar alguna misteriosa confirmación, en plan flor de Coleridge o cuadro de Borges (pintado con materiales hoy dispersos por el planeta), que a Jon y a mí nos deja preocupados durante semanas en plan si esta es verdad entonces también aquella que…, lo que equivale a decir al borde del terror.
Ahora ha empezado a contarnos que anoche, a las cinco de la mañana, estaba esperando un ómnibus cerca de Ciudad Vieja cuando un chico se le acercó y le preguntó si acaso era Rex, el guitarrista de Space Glitter. Esta es la escena que tantas veces ha repasado en su mente desde mucho antes de los años de formación de la banda, el tipo de cosas que la personalidad del rockstar wannabe no deja de pensar y repensar junto a las entrevistas imaginarias y también a mis reacciones a las críticas adversas, previendo el tipo de respuesta más indicada, más cool, más acorde, en suma, a las connotaciones inmediatas del estilo de la banda y, por qué no, del significado de sus letras. Rex miró al chico, tomado por sorpresa –con Jon pensamos equivocadamente que la anécdota iba a detenerse en el chiste de no haber estado preparado para soltar la respuesta standard derivando en, creímos, una variación humorística o el sincero entusiasmo narcisista-, y respondió un mínimo sí, soy yo, reconociendo en el acto a su interlocutor: era Patricio, nos cuenta ahora, un conocido bajista y guitarrista de la escena under, que hace un año y medio formó (reformó es la palabra más correcta) la banda Silver Sound, una mezcla mal concebida entre lo peor de Franz Ferdinand y los temas con letra de los Supersónicos. Ah, digo, recordando, los vimos hace dos meses en aquel toque en que abrieron para Jimmy Nunca, y mientras Jon asiente en cámara lenta las imágenes de aquella noche me vienen a la mente; son espantosos, sentencio, y agrego que a Patricio lo conozco desde más o menos 1998, que lo vi por primera vez en un toque improvisado en Facultad de Humanidades en que él y la otra guitarra de su banda, un chico flaco y pelirrojo cuyo nombre no recuerdo, bajo el nombre de Pompix o Trixies o cualquier otra referencia obvia a los Pixies que, ahora que lo pienso, era quizá una traducción en plan gnomos o duendes, o algo tan espantoso como gnomitos, subieron al escenario en camisas de franela, jeans celestes muy gastados y remeras deterioradas con la portada de algún disco de Jane’s addiction o Alice in chains para, a través de cambios entre guitarras limpias y estribillos de distorsión desbordada, arrojarnos un set de canciones esquemáticas y olvidables que terminó con un tema de Eduardo Mateo haciéndome concluir de una vez por todas (no sólo por la flojísima interpretación sino especialmente por el sumarse a ese estado de conciencia –por decirlo de alguna manera- que lleva a alcanzar una fe absoluta en la genialidad de ese músico emblemático para la movida neohippy-artesanal-facultaddehumanidades-cabopolonio) que estos pibes de Leprechauncitos no tenían más futuro que el que ahora, atando los cabos sueltos, vengo a entender y enunciar para Jon y para Rex, es decir sumarse a esa vastísima legión de bandas con alguna forma de talento pero nada de brillo, que no alcanzarán nunca una condición diferente a ser recordados sus integrantes por insistir en la movida under desde hace milenios sin dar muestra alguna de encaminarse a otro nivel (cosa que, por supuesto, ellos jurarán con gran hipocresía que es lo que quieren, lo que creen, lo que dictan sus principios y que jamás jamás jamás jamás se venderán), cambiándole de nombre a la banda cada tres años y reemplazando la chica de los teclados o el baterista, adaptándose siempre a lo que está de moda en ese momento para el under, sea el grunge retro pre Nirvana si estás entre 1997 y 1999 o alguna variante del rock más indie y low-fi imaginable en este siglo XXI tan desierto de música capaz de formatear una época. Bueno, sí, dice Rex, interrumpiéndome, es ese mismo Patricio, sí, pero dejame contar. Hago un gesto ceremonial con las manos y Rex continúa: Lo que pasó fue que el pibe se me acerca y empieza a armar un discurso pelotudo sobre lo mucho que le gusta Space Glitter pero a la vez lo poco que la entiende, y usa esa palabra, entender, que no comprendo del todo, concluyendo después de un rato de palabrería inútil que además le gustamos porque se nota que somos unos drogones; entonces le respondo no, mentira, el drogón soy yo, Jon en realidad es un alcohólico y a Federico le da lo mismo la cerveza que el peyote o el jugolín (¡no es cierto!, me defiendo, pero Jon –ya que Rex le acarició el personaje- sonríe y aplaude con los ojos entrecerrados y el cigarrillo haciendo equilibrio entre sus labios), y entonces este Patricio agarra y me palmea la espalda en plan vas bien, pibe, vas bien, y ahí me doy cuenta de que debe tener más o menos tu edad (Rex dice esto último mirándome a los ojos), o sea que por tener cinco años más que yo está armando ese plan descargo mi sabiduría sobre ti, niño, estás por el buen camino, a lo que yo le contesto que para tener casi treinta años si seguís teniendo una banda que suena a armada hace dos días algo estarás haciendo mal, y le añado ¡amateur! tratando de sonar un poco hijodeputa pero también en plan humorístico, por las dudas. Bueno, interrumpo la rutina de Rex, pero eso es precisamente lo que les estaba contando yo; el tipo viene sonando igual desde que lo conozco, modas aparte, y ya van… ¡ocho años! Exacto, confirma Rex, ese es el asunto, pero hay más: agarra el Patricio este y me mira con cara de tristeza, creo que incluso se pone a llorar o le corren una lágrima o dos, me aprieta el hombro en plan hermano-aquí-va-mi-blues y dice que toda la vida estuvo seguro de que a su banda le faltó algo, algo que busca y que busca pero que jamás encuentra, algo que está al otro lado del sonido, a la vuelta de la esquina, invisible. Y esa frase me gusta, ¿no?, se me ocurre que alguien capaz de pensarla, digo, de pensar esa imagen o, en último caso, de recordarla después de haberla leído o escuchado por ahí, algo a la vuelta del sonido, algo a la vuelta de la esquina, bajo la sombra de las cosas, invisible e inalcanzable, no debe ser en realidad tan estúpido. Jon asiente, yo no estoy convencido y me encojo de hombros con cara de desdén, pero Rex sigue narrando, después de mascullar algo sobre mis prejuicios, y ahora en su historia empieza a soltarle la cosmovisión a Patricio, a hablarle de esas realidades ocultas que vislumbró a través de cientos de drogas, y le habla también de mi influencia sobre él y Jon, le habla de Rimbaud y de Burroughs, a los que Patricio conoce, por supuesto, porque los leyó en Valizas allá por 1997, y de hecho Patricio y su amigo pelirrojo eran muy cercanos a mi amigo Victor, la tercera firma en el Manifiesto Transrrealista que publiqué en 1998 para el desdén de esa Montevideo que jamás entiende nada, historia que intento imponer al discurso de Rex, narrando las circunstancias, el escenario y los personajes de mi vida hacia el fin de los noventa, y de hecho, continúo, el ejemplar de Una temporada en el infierno y Las iluminaciones que circuló entre ellos ese verano había sido extraído por Víctor de mi biblioteca, mientras yo lo miraba con odio y aceptaba a regañadientes dejándome robar un pedazo del alma, dejándome llevar (me lo devolvió meses despúes totalmente gastado por la arena, el salitre y el aliento ácido de todos sus asombros) a un hermano del alma.
(-Pero otra vez, che, cortala con los noventa –dice de pronto Rex-, últimamente sos una maquinita, los noventa esto, los noventa aquello.
-Y qué querés, Rex, si fue mi década. Con propiedad, de primera mano –miento, nada me vino jamás de primera mano- no te puedo hablar de otra cosa…
-¡Pero no fue tu década!, porque estamos en tu década. Vos mismo lo dijiste, también muchas veces, ¿no, Jon?
Jon hace gestos vacíos en el aire y me mira, con cara de preocupado.
-A ver, a ver… ya que salió este tema –comienza- , ¿vos, de qué generación sos? O sea, en la historia de la música y del arte y de todo eso…
-Generación X –dice Rex.
-No, para nada –respondo-, esa es la generación de la gente que ahora tiene casi cuarenta años, los que tenían veintipico cuando yo tenía quince. La generación de Ligeia, de todos los que iban al pub El astillero y leían a Easton Ellis y escribían como Easton Ellis…
-¿Ves? My point exactly. Vos estás ligado a la generación de los que ahora tenemos veinticuatro, veinticinco años, veintitrés. La generación siguiente a la X.
-O la siguiente a la siguiente –digo-, porque a lo mejor yo estoy en una generación vacía, una generación que cayó en el medio o que llegó tarde a todo –y hago una pausa, rechazando en mi mente la idea de explicarle a Rex que tampoco es tan fácil, que yo también escribí una novela al estilo American Psycho, que yo también usé camisas de tartán-, ¿pero a eso apuntabas con tu historia, con contar todo esto de Patricio y su bandita de mierda?)
Al contrario, dice Rex, mi historia está a punto de empezar. Lo que sí pasó fue que Patricio se acordó, después de escuchar todo lo que le dije, de unos amigos que viven en Salinas y a los que se le podía caer a cualquier hora. Genial, dije, la noche debe seguir, y saqué un par de pastillitas recién adquiridas, de efectos todavía no discernidos (como todo lo que comprás, Rex, lo interrumpí), tomándome una y ofreciéndole la otra a Patricio en señal de paz, aunque para él, creo, no había guerra ninguna. La aceptó y se la mandó sin pensarlo dos veces; al rato nos subíamos a un interdepartamental y más o menos una hora después, o capaz que un poco más, caminábamos bajo el arco ese que hay en Salinas. Fuimos a la casa de los amigos y estaba todo apagado, cerrado como una casa que sólo tiene habitantes durante la temporada. No te habrás equivocado, le dije, y él empezó a dudar. Debió ser en ese momento que las pastillas hicieron efecto. Me sentí en el desierto, en plan Castaneda, charlando con los coyotes, y en la siguiente escena estamos él y yo en la playa, bastante avanzada la mañana, explicándole el argumento de Matrix a dos rastas, lo cual, si lo pensás bien, implica que las cosas siguen su curso estipulado. Bueno, en realidad era yo explicando el argumento mientras Patricio fingía conocerme de toda la vida y saber de qué estaba hablando, soltando algún bocadillo por aquí y por allá con ese lenguaje alucinado e incomprensible de los que o bien no saben expresarse o bien no tienen nada que expresar más allá de sus ínfulas de psiconauta. A ver… qué más… después recuerdo que me zambullí en el agua y saludé a los rastas y a Patricio, que se fueron a comprar porro a Pinamar. Eran las once y pico de la mañana cuando me tomé el ómnibus de vuelta a Montevideo. Fin de la historia.
Nos quedamos mirando con Jon. ¿Eso es todo?, pregunto. ¿Cómo todo?, se defiende Rex, es terrible historia, lo que pasa es que a lo mejor no la terminás de entender. Pará, pará, le digo, dejame resumirla: te encontrás con un pibe de mi edad que tiene una larga carrera o quizá mejor dicho hábito de bandas fracasadas, se ponen a hablar de música, del éxito y de las sucesivas generaciones, luego le regalás una de tus pastillitas y lo querés iniciar a tu pseudoreligión matrix mística, cosa que terminan intentando hacer, en Salinas, con dos rastas que se llevan a tu nuevo amigo a comprar marihuana dejándote… ¿en el agua, chapoteando como un niño?
Rex se muere de la risa. Lo de chapoteando como un niño lo añadís vos, dice, pero está bastante bien el resumen. ¿No ves la historia detrás?, pregunta. No, la verdad no la veo, y busco con la mirada a Jon, que está tratando de dar a entender, pésima actuación, que él sí ha comprendido todo. Entonces se me ocurre que quizá la entiendo, pero no de la misma manera que Rex, porque me he puesto a pensar en todas las bandas under, en toda la gente que quiso decir algo especial y en el fondo totalmente cliché a través de la música, de cierta música, pienso en el paso del tiempo y en que de alguna manera que todavía no alcanzo a asimilar pasaron ya casi diez años desde las épocas en que escribía poesía y quería armarme mi sistema poético del mundo, como Lezama Lima pero en el camino, como los beatniks, por no mencionar los trece años desde que se mató Cobain, los quince años desde que salió Nevermind, e imagino una larga, larga carretera llena de chicos y chicas entre veinte y treinta años, caminando con bajos y guitarras, vestidos como Kurt, como Marc Bolan, como Marilyn Manson, caminando a veces con alegría y entusiasmo y también puteando al calor, al polvo y al asfalto, pasándose una cerveza tibia e interminable –la misma desde que comenzó este soft parade- mirando ocasionalmente hacia el horizonte en busca de una playa que saben cercana pero a la vez inalcanzable, y esto último lo entienden en el fondo de sus almas sin atreverse jamás a llevarlo a las palabras, a expresarlo más que como lo que se les aparece (fuera de su control pero a la vez creado por ellos) en el otro lado del sonido, a la vuelta de la esquina o bajo la sombra de las cosas. Entonces pienso en escribir un poema, saco mi block y una lapicera y garabateo unos versos sobre Rimbaud, los noventa, sobre tener 20 años y creer en la literatura, en la alquimia del verbo, en las eras imaginarias, algo que pronto empieza a sonar demasiado parecido al comienzo de Una temporada en el infierno pero que sin embargo me gusta. Pienso en dedicárselo a Patricio, estoy a punto de escribir la dedicatoria pero me detengo y lo dejo como está. Después de todo, es mejor así.

martes 15 de diciembre de 2009

calling f.s.

Dónde estarás, Federico, me pregunto
ahora, dónde estarás?
Y recuerdo aquel pasaje de Philip K. Dick
en que el otro se va por el mundo,
a unir las piezas del ánfora,
mientras el mismo se queda en casa
mirando la tele,
guardando las cartas del Pacífico,
cumpliendo la misión.
Aquí entre mis cosas
queda nada más que esta radio
(como otros han dicho antes)
y busco la vieja transmisión
pero entiendo entre la estática
que los emisores faltan,
que ya se han muerto,
que ya no están.

martes 8 de diciembre de 2009

llorad por nuestro futuro

Hace ya un tiempo Rodolfo Santullo, Matías Bergara y yo fuimos invitados a participar de una propuesta de gente de la Facultad de Arquitectura en torno a la tensión entre los conceptos de utopía y distopía. Los estudiantes del taller en el que se planteó el tema tuvieron que generar sus visiones utópico/distópicas a partir de un set de referencias armado por los coordinadores, bajo la forma de un mazo de cartas, que incluía mucha narrativa gráfica, mucha ciencia ficción y mucho cine. La propuesta me sedujo de inmediato; en la primera de las sesiones Rodolfo, Matiás y yo improvisamos sobre los temas propuestos desde nuestras perspectivas personales, que resultaron (no fue ninguna sorpresa, debo decir) bastante coherentes entre sí y, espero, resultaron de utilidad para los estudiantes. A la semana, más o menos, tuve la oportunidad de mirar los estadios iniciales de los proyectos a presentar, que trazaban un abanico desde un futuro de auto reclusión de la humanidad para revertir los daños al planeta hasta una civilización nómade en un planeta dominado por el agua y el hielo. Entre las influencias propuestas se encontraban clásicos como Bovedas de acero o La mano izquierda de la oscuridad, y también Blade runner, Akira, Hawkworld y otros clásicos. Los curiosos pueden leer las directivas del proyecto en el blog Antecuatrotdb, donde también están las colaboraciones que Rodolfo y yo escribimos para la ocasión. Les recomiendo especialmente mirar el deck de cartas, muy bien diseñadas y, por qué no, pasibles de convertirse en un juego al mejor estilo Magic. Aquí van las direcciones específicas de nuestros textos:
sin titulo, escrito por mí
Ucronía y distopía, por Rodolfo Santullo
Fue una experiencia gratificante y divertida. Algunos de los proyectos fueron muy sugerentes e interesantes; de los puntos en común a todas las propuestas podría leerse un reporte de la salud -buena o mala- que goza el futuro en nuestros diás. La perspectiva apocalíptica desde la ecología apareció en varios proyectos, asi como tambíen la posible alternativa de la realidad virtual y la creación de comunidades cerradas donde la hipervigilancia (como respuesta a las tan repetidas problemáticas de la "seguridad") genera miniestados a la 1984. Recorrer estas propuestas me recordó a Llorad por nuestro futuro, la mítica antología armada para ediciones Acervo por Domingo Santos, pope de la ciencia ficción española, director de Nueva Dimensión -donde publicaron los uruguayos Carlos María Federici y Wellington Gabriel Mainero- y sucesivas encarnaciones del Asimov's, entre ellas la más reciente (2002-2005, si mal no recuerdo), de ediciones Robel, que empecé a coleccionar hace unos meses e incluyó en su momento una novela corta del ciudadano de la República Separatista del Cerro Roberto Bayeto.
¿Qué pasa entonces con el futuro? ¿Ha muerto? ¿Neo lo resucitó con un beso? ¿Llegó pero, en apariencia el mismo, es en realidad un clon que nos escamotearon sin que nos diéramos cuenta, con intenciones tenebrosas? ¿Llegó y lo están demorando en aduana? ¿Nos grita desde Neverland que volverá para vengarse de todos nosotros? Creo que dije por ahí que el futuro murió entre 1997 y 1999, afirmación motivada más que nada por la historia reciente de la música; los futuros planteados por los estudiantes en U-Dis me hacen pensar que el terror está naciendo una vez más. Pensemos en películas como la reciente 2012, en la atención cíclica a la parafernalia de profecías mayas/dogon/aztecas/nostradamus/bíblicas/cabalísticas y tendremos la sensación de que el futuro está de vuelta in a handful of dust, para citar al gran T.S.E. También cabe mirar una vez más el especial 2029 de la revista Freeway, que reseñé hace poco para este blog, y ver otra cara del asunto, que me hace pensar que los futuros entusiastas y optimistas lucen más ingenuos y poco-pensados que nunca. Esto sucede cíclicamente, claro, y, además, hablar de futuros terribles versus futuros optimistas puede entenderse como algo un poco tonto, ya que es en el ojo del que mira -o lee- donde se arma la utopía o distopía, la sensación de utopía o distopía: por ejemplo, recuerdo que, de chico, las ciudades subterráneas de Asimov me encantaban; en este taller U-Dis estaban presentadas, sin embargo, como muestras de un futuro distópico. También tuve momentos en que quise vivir en el futuro planteado por Blade runner y la sensación de que el futuro colorido y -en apariencia- optimista de El quinto elemento me resultaría un verdadero infierno. Es posible que gran parte de la ciencia ficción, ante este dilema de cómo representar lo deseable u odiable del futuro se haya mudado -y en esto pudo haber colaborado la tremenda aceleración del cambio tecnológico- del viejo futuro, parcela que en algún momento se habrá sentido como ya colonizada (Asimov, Herbert, Heinlein, Simak), a las realidades alternativas, las ucronías en plan El hombre en el castillo o las más recientes y deslumbrantes posibilidades de la estética steampunk, una favorita personal cultivada por genios como Alan Moore.
Quizá sea posible escribir una historia del futuro armando sectores, áreas de la exploración prospectiva desde la ciencia ficción. El porvenir nostálgico (o nostalgizado) de Bradbury, el optimismo con sombras y luces bien recortadas de Asimov, el territorio inquietante por lo cercano de Philip Dick, el presente infinito de J.G.Ballard, los futuros deformados por la tremenda distancia (como la luz de las estrellas y su demora proverbial y sus lentes gravitatorias y su terror de distancias recorridas por geodésicas casi curvas del espaciotiempo) de Frank Herbert, el futuro a la vuelta de la esquina o fundido en el presente de William Gibson... ¿qué patrones podemos reconocer? Ballard supo que todos los futuros no hacen más que hablar del presente, que todos los futuros están anclados en el pasado inmediato. Podemos, entonces, psicoanalizar nuestra época a través de un intento de entender las diferencias entre los futuros soñados, las utopías y las distopías, los milenios en el futuro y los cuentos sobre pasado mañana o sobre anteayer. Pero quizá las conclusiones, como siempre, lleguen demasiado tarde. Si es que las hay, si es que son posibles.

sábado 28 de noviembre de 2009

nirvana

Andate al infierno,
Ramiro Sanchiz,
y dejame en paz.
Andate al infierno
vos y tu literatura,
tu litter-at-ura, tu usura,
tu ill-teratura
teratológica
(“soy un artifex monstruorum”
me hiciste escribir cuando tenías
20 años
pero desde entonces qué hemos visto
salvo pingüinos de peluche
con los ojos llenos de rimmel
y un poco de brillantina).
Andate al infierno,
Ramiro Sanchiz,
dejame en paz.
Andá por ahí, andá
a esa ciudad de la que me hacés hablar
tanto, tanto,
a esa noche ,
a esa superficie de las cosas,
los subterráneos, las ucronías, el alien varado en la arena,
los otros libros y la música,
andá,
andá a purgatoriarte el torso, Allen Ginsberg de pacotilla, andá
a copiarle la milonga a Herrera y Reissig,
andate al infierno
de una buena vez,
y no me hagas escribir esto,
dame una noche
sólo
una
noche
para estar en paz,
para leer,
para coger, para dormir,
para mirar el techo o el cielo o nada,
no me hagas seguir con esto,
que no va a ninguna parte y me aburrió,
andate al infierno entonces,
Ramiro Sanchiz,
llevate a tu Stahl, a tu Rex
(¿tuviste que ponerle ese nombre de perro?),
a tu Perse, a tu Jon, a tu falso Saint John Perse,
tu estigma trucho de Mallarmé
y por favor a esa horrible Ligeia.
Dejame solo
quiero estar solo
si es que se puede estar solo,
al menos sin vos,
por una vez.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Aullido, de Allen Ginsberg (1)

Allá por 1999 pasé una semana traduciendo Aullido, el poema incomparable de Allen Ginsberg , en medio de lo que debió ser el pináculo de mi vida de poeta generación beat Rimbaud Morrison poetas malditos, antes de las diversas muertes y del fin del mundo (pliegues por los que se perdió Federico Stahl o se encontró) que condujeron a la catástrofe de mi prosa y tortuosamente al presente. Esa traducción, como casi todo lo que escribí por aquellos tiempos, se perdió en una suerte de desastre informático que con el tiempo aprendí a apreciar; ahora, diez años después, devenido en alguien tan distinto, nostálgico, peregrinador a aquella fuente perdida o presente invisible, o sentida en noches de insomnio y lectura y bailes de máscaras, quise reintentar aquel trabajo sobre los versos de Allen, que guardan la llama secreta y vibran en la oscuridad.
Las líneas que siguen, primera parte de mi nueva traducción de Howl, están dedicadas a Marcelo Stábile, amigo/hermano de tantos caminos.



He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre histéricas desnudas,
Arrastrándose por las calles del bajo al amanecer en busca de una dosis llena de rabia,
pirados de cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celeste a la dinamo estrellada en la maquinaria de la noche,
que pobreza y harapos y ojos vacíos y colocados toda la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando en las azoteas de las ciudades contemplando el jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados de complejos de viviendas,
que pasaron por las universidades con ojos frescos y radiantes alucinando Arkansas y la luz Blake entre los eruditos de la guerra,
que fueron expulsados por locos de las academias y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror del otro lado del muro,
que fueron arrestados en sus barbas púbicas cuando volvían por Laredo con un cinturón de marihuana para New York,
que comieron fuego en hoteles de postal o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgatoriaron sus torsos noche tras noche

con sueños, con drogas, con pesadillas de la vigilia, pija y alcohol y bailes sin fin,
callejones sin salida incomparables de nubes estremecidas y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el mundo inmóvil del intertiempo,
dureza de peyote en los salones, amaneceres de cementerios en fondos de árboles verdes, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de vidriera paseando de la cabeza neón parpadeando luz del tráfico, luna y sol y vibraciones de árbol en el invierno que ruge de Brooklyn, desvaríos de cenicero y la bondadosa luz monarca de la mente

que se encadenaron a los subtes para el recorrido interminable desde Battery al santo Bronx en Benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y los niños los arrojó a tierra temblando rompiéndoles la boca y golpeándolos hasta hacerles perder la conciencia drenándoles su resplandor en la luz ominosa del Zoo,

viernes 13 de noviembre de 2009

Un poema de Roberto Bolaño

Mi carrera literaria

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino... Todas las editoriales... Todos los lectores
Todos los gerentes de ventas...
Bajo el puente, mientras llueve, una opotunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo

(La universidad desconocida, p.7)

martes 3 de noviembre de 2009

Noviembre: más de 1999/2000

Lo que sigue es el capítulo Noviembre escrito hace ya tres meses y medio para el proyecto 1999/2000, que por ahora sigue en el laboratorio e irrumpe a cuentagotas en este blog. La idea de la perodicidad mensual es, sin embargo, la más indicada, eso está claro, pero también me doy cuenta que la relectura, corrección y añadidos sobre el texto original podrá multiplicar las "entradas" (después de todo este texto es un improbable diario retrospectivo) correspondientes a cada més, de modo que a no sorprenderse si insisto con asuntos de los meses ya "cubiertos", arruinando la idea dominante (y generadora del proyecto) de equiparar capítulos y meses.
Otra cosa: también está claro que este texto puede leerse como un relato "a clef", en el que sustituyendo nombres y modificando un poco los acontecimientos aparecen referencias a personas "reales". No es la intención enviar ningún mensaje a nadie (de hecho no tengo intención alguna de dialogar con la mayor parte de quienes podrían sentirse aludidos), ni en este noviembre ni en episodios anteriores o posteriores; de hecho, en ese sentido, se aleja tanto de la aparente intencionalidad de la ficción "en clave" que, me parece, no vale la pena incorporarla a ese ¿género? de la narrativa. El concepto de autoficción me gusta más, pero también el de ucronía minimalista, que creo que no existe pero debería ser definido. Ahora que lo pienso, Federico, en uno de sus tantos manifiestos, ya lo ha hecho por mí. Eso sí, tendría que buscarlo.
Además, no se puede escribir real sin las comillas. Leopold Bloom, Horselover Fat, Horacio Oliveira y los "Borges" y "Ballard" de El aleph y Crash son tan reales como Heliogábalo, Napoleón o Mozart; de hecho, si tras miles de años de un mundo postapocalíptico alguien encontrara -perdido el concepto de novela, de ficción, de historia- una biblioteca abundante en novelas y biografías, seguro, asumida la posibilidad un poco dificil de que pudieran leer los libros encontrados, se convencería de la realidad -o irrealidad- paralela de Batlle y Ordoñez y Díaz Grey, o de Dreyfuss y Sylvie. Si leemos toda la literatura desde esa perspectiva -tan válida como cualquier otra-, hablar de lo "autobiográfico" carece de sentido.




En Noviembre del 99 cumplí 21 años, y debo decir que en cierto modo me sentía bastante “realizado”, aunque en verdad jamás pensé en esos términos. Tenía publicados un libro de poemas, Mecanismos, y una novela, Desintegración, además de una buena cantidad de cuentos salpicados por revistas y antologías de Uruguay, Argentina y España; por otro lado, había dejado de estudiar Filosofía hacia la mitad de la licenciatura y dudaba con respecto a si valía o no la pena comenzar Letras; también tenía una banda de rock que no iba a ninguna parte, empezaba a planear un segundo libro de poemas, veía bastante seguido a una chica que me parecía encantadora pero que (y esto lo supe un poco tarde, fue una jugada extraña) estaba en pareja hacía cuatro años, cosa que en realidad no me importaba en lo más mínimo, y por todas partes, poseído el mundo por el futuro cercano, se hablaba del Fin del Mundo.
Un día, cerca de fin de mes, se me ocurrió visitar a mi viejo amigo el escritor Emilio Scarone en su casa del barrio Casabó. Nos habíamos conocido en el 94, presentados por un conocido en común que trabajaba en una librería y nos tenía de clientes obsesionados con la ciencia ficción. Scarone había sacado una revista en el 89, Solaria, que se había materializado apenas en un número; diferencias internas del grupo y una pésima economía habían impedido seguir, pero las ganas no se habían apagado y, comenzando el 94, reunió a unos cuantos escritores, dibujantes y fanáticos del género con la idea de reflotar la revista. Cosa que sucedió, aunque sólo logramos editar dos números más: El grupo volvió a dispersarse y a todos nos quedó claro que nunca más en nuestras vidas tendríamos ganas de pasar por todas las tropelías que implica mantener una revista, y más una revista de fantasía y ciencia ficción en una ciudad donde siempre escuché cosas como “ah, ciencia ficción, y tendrá algún elemento humorístico, me imagino”, o “esta novela se justifica por su claro valor alegórico”. Scarone, impregnado en tanta idiotez desde los ochenta, e incapaz de pactar con las potencias enemigas, era considerado una especie de loco cuasipintoresco que podía volverse insoportable si lo dejabas hablar demasiado. Para mí era un escritor técnicamente pasable dotado de una gran imaginación; te contaba las tramas de sus historias, llenas de detalles, con la seriedad de un periodista de guerra. En rigor, daba la sensación de creer en sus mundos o, mejor dicho, siempre se notaba su deseo tan fuerte de verse inmerso por sus creaciones, de encontrar la salida al problema de la literatura y la vida viviendo todo lo venía escribiendo desde hacía tanto tiempo. En el 99 llevábamos casi dos años sin vernos, apenas hablando por teléfono un par de veces que se convirtieron en poco más que monólogos suyos, despotricando contra todo y contra todos. Pero tenía ganas de reencontrarlo, leer algún cuento nuevo que hubiese terminado y, como quien busca de alguna manera el castigo de un padre o un mentor, exponerme a que me criticara por no escribir más ciencia ficción. Le había hecho llegar mi novela por medio de un amigo; estaba seguro de que no la había leído.
Lo encontré un poco más gordo y escribiendo una novela basada en algunos de sus viejos cuentos. Conversamos un rato sobre el ambiente literario –le habían rechazado en el último año dos antologías de relatos y tres novelas, a lo que él no dejó de responder con puteadas y amenazas de muerte-, concluyendo una y otra vez que era una estupidez preocuparse por esas editoriales de mierda, “que no merecen publicar a un genio como yo”, y que en cualquier momento se editaba él mismo eligiendo una portada excelente y la mejor calidad de edición. A modo de prueba me mostró unas ilustraciones espantosas, completamente kitsch, que había hecho en su computadora manipulando fotografías. Asentí seriamente; claro, claro, muy bueno, excelente. Entonces surgió el tema del fin del mundo. Era imposible que aquello no ocupase la mente de Emilio, creyente como era de todas las teorías conspirativas, fanático de la UFOlogía, la parapsicología y demás disciplinas por el estilo; unos conocidos, me contó, están armando un bunker, en el interior. La gente piensa que todo gira en torno al cambio de dígitos, pero en realidad es mucho más fuerte que eso; lo del cero-cero puede ser la chispa que cause el incendio, pero lo que en verdad está pasando es que la civilización se va a la mierda. Lo cual está clarísimo desde hace tiempo. Los que gobiernan todo en secreto, la Sinarquía, saben que la humanidad ya cumplió su ciclo y que no queda otra que hacer borrón y cuenta nueva, entonces surge lo de las computadoras. No me extrañaría que ellos mismos no hayan liberado algún virus; quizá no sólo un virus informático, es posible que estén diseminando todo tipo de pandemias. En el 2000 se va todo a pique, y lo mejor que se puede hacer es adelantarse; esta gente que contacté piensa como yo, y por suerte son gente de plata. Están construyendo un bunker donde refugiarse cuando bajen las hordas; ahí podremos guardar todo lo mejor de lo que fue la civilización occidental, y dejarlo preservado para quienes sea que heredan la Tierra. Lo que quede de la Tierra.
Asentí; claro, es verdad, claro. Aquello era una versión un poco más compleja de la estancia con un pozo de agua y un generador diesel. ¿Quién iba a elegir lo que se salvaba de las llamas? ¿Emilio? Esta gente necesita un líder, me dijo, y yo soy el indicado. ¿Qué podía decirle? En estos casos siempre me costó disentir; me pueden hablar de universos paralelos y brechas abiertas hacia ellos y yo sólo se asentir y fingir interés. Me acompañó hasta la parada del ómnibus; desde Casabó tenía más de una hora de viaje.
Algo que siempre me pasaba cada vez que visitaba a Emilio, como ya he dicho, era cierta culpa por no escribir más ciencia ficción. Gracias a los caminos que se bifurcan de mi psique, a los diez minutos de viaje en el bus de retorno empezó a dibujarse un argumento. Aquella no fue la excepción. Era, por supuesto, un cuento sobre el fin del mundo.

lunes 2 de noviembre de 2009

Revista Guita #2

Salió el número 2 de la revista Guita, editada por Stephanie Amaro y Juan Manuel Sánchez, más un equipo que incluye a Agustín Acevedo Kánopa, Isabel Gallo, Nadia Bukowski y Nicolás Grandiroli, entre otros. Este número cuenta con poemas del mítico poeta francés Aloyisius Bertrand (1807 - 1841, autor de Gaspard de la nuit, la colección de poemas en prosa en que se basó Ravel para su suite homónima), en edición bilngüe y precedidos por un artículo muy interesante de Isabel Gallo. Sigue una nota de Nicolás Grandiroli sobre la poesía de Matías Pregliasco y algunos poemas de este autor. También encontramos "El límite -lo que divide en la literatura de Philip Roth", de Gastón Paolini, y "La pesadilla de Melanie Klein", por Agustín Acevedo Kánopa, más una nota sobre el grupo The Envelopes a cargo de Nadia Bukowski y un artículo sobre el cine postapocalíptico escrita por Juan Manuel Sánchez,. También: una reseña de Diego Sapienza sobre el documental Zoo y las secciones panorama y blogósfera.
En el apartado Cheque en blanco aparece, junto a poemas de Banzai, mi cuento "Caminos" más algunos poemas: "El astrónomo", que forma parte de un tríptico sobre cuadros de Vermeer, uno de mis pintores favoritos; "Zero summer", un texto fallido que quiere dar cuenta de ciertos veranos de 1998/1999 y, por último, "M.L.", iniciales bastante transparentes, que fue publicado el año pasado en la antología Plata caribe junto a otros poemas que integran un ciclo indefinidamente in progress titulado Retratos. Se sabe que no soy poeta, pero cada más o menos cuatro meses gotean palabritas desde alguna glándula perdida por ahí. Un cariño resignado me sigue uniendo a los lamentables resultados.
Guita es una de las mejores revistas online que conozco, no sólo por la calidad del material publicado (especialmente poesía y notas sobre literatura, filosofía, música y cine) sino también por la excelente diagramación, a cargo de Stephanie Amaro, que también es responsable de las ilustraciones.
Pasen y vean. Pueden bajar la revista en pdf y/o mirarla online:
http://issuu.com/guita/docs/guita_numero_2

jueves 29 de octubre de 2009

Artículo en Axxon y Espuma en Freeway

En el número 202 de Axxón apareció mi artículo "Mario Levrero desde y hacia la ciencia ficción", escrito hace un par de meses y un poco desactualizado, ya que al mencionar las reediciones recientes no nombré la que lanzó Random House Mondadori de Nick Carter. Y, "ya que estamos", los que quieran leer mi mini-nouvelle Espuma, publicada en el número de Octubre de Freeway, pueden hacerlo siguiendo este enlace.

sábado 24 de octubre de 2009

Cuasar, números 47 y 48

Hace más o menos un mes me encontré con Luis Pestarini en Buenos Aires. Su nombre me era conocido desde más o menos 1994, cuando me uní al equipo (y movimiento) de la revista Diaspar, que lamentablemente sólo logró publicar dos entregas (aunque en 1989 había aparecido el número 1), la primera en un formato más libro, con una estupenda Gioconda biomecánica en la portada a cargo de Leonel Coló, y el segundo más parecido a una “revista” en sentido clásico, con una tapa (lamentablemente las finanzas sólo nos permitieron imprimir en blanco y negro) de una ilustradora llamada Victoria Barreiro. Diaspar, con todos su defectos, fue muy importante para los inicios de mi carrera (iba a escribir “maldición” o “enfermedad”, por hacerme un poco el drama-queen y porque estoy leyendo El mal de Montano, de Vila-Matas) al darme ante todo un foro de debate de mis textos y pequeñas ideas; también fue, creo, importante para la literatura nacional, o al menos para una ucronía en la que la revista tuvo continuidad y cimentó una generación de escritores que se apartaron de ciertos convencionalismos para explorar rincones literarios bastante invisitados por los autores uruguayos. Esto suena a humor un poco amargo (porque claro que eso no sucedió), pero no es mi intención: ahí están los dos o tres números, como una semilla de mundo paralelo, un claro “lo que pudo ser”. ¿Y por qué no fue? Por tantos motivos; es fácil echar la culpa a todo lo de afuera: el pacaterismo cultural uruguayo, los lectores de CF que no tenían interés en comprar y apoyar algo local, el cerrado mundo de la “cultura” oficial, endogámico y exófobo, pero está claro que los verdaderos motivos (y uno entiende esto al tener en sus manos una revista perfectamente editada que lleva el número 48, o una publicación online que cumple 20 años de intachable periodicidad mensual) son otros, son de adentro. Nombraré unos pocos (yo también me reconozco culpable): falta de seriedad y compromiso en algunos de los integrantes del equipo, intransigencia y necedad, prejuicios, odios heredados y acumulados y cierta flagrante ignorancia o erudición de ghetto, tan amiga de rechazar lo diferente como ese mundillo cultural al que tanto se atacaba, muchas veces con razón, pero también con grandes prejuicios. Sin embargo, como venía diciendo, fue una gran experiencia, en lo literario y en lo personal, de esas que “enseñan” y “forman” (o deforman, pero es lo mismo, en ambas hay algo que cambia, y eso es lo que importa). Además, todo el ruido Diaspar me contactó (y no sólo a mí, también a escritores como Pablo Dobrinin, por ejemplo) con gente que intentaba pelear las mismas batallas. Luis Pestarini es uno de ellos. Eduardo Carletti, editor de Axxón, otro; y también Juan Carlos Verrechia, que allá por fines de los noventa editó un fanzine excelente, Galileo, en el que publiqué también algunos cuentos de CF. Es que en Argentina, a diferencia de lo que sucedió y sucede en Uruguay, supo existir un movimiento de autores y lectores de CF y fantasía bien organizado y con ganas de hacer, más allá de los alineamientos provisorios. Gente que apostó y apuesta por insistir en el trabajo, a veces “contra viento y marea”, como es tópico decir, saliendo adelante a como dé lugar. Pestarini lleva más de veinte años editando Cuasar. La primera de sus revistas que cayó en mis manos fue en la casa de Roberto Bayeto, una tapa en grises que –creo recordar- mostraba un árbol al estilo mallorn de Lothlorien (seguramente he deformado esta imagen en el recuerdo), y enseguida supe que hacia ese nivel debíamos intentar movernos con la entonces incipiente Diaspar (o quizá ya había salido número 2, de fines del 94, no recuerdo bien); el tiempo, claro, nos hizo olvidar esos propósitos. En mi caso, después de algunos fiascos (la convención del 97 el más grande de todos), las ganas de dedicarme a la edición desapareció; además, empecé a escribir por fuera de la CF, o quizá hacia afuera, que no es lo mismo, y otros intereses, otras literaturas, tomaron protagonismo. La idea de gastar mi tiempo no sólo en escribir sino en armar una revista y preocuparme por sus idas y venidas me parecía un despropósito… y siguió pareciéndolo, hasta que el proyecto Días extraños de Victor Raggio, en 2003, me hizo ganar una vez más (parte de) ese entusiasmo. Lamentablemente tampoco tuvimos suerte con esta revista, que comenzó muy bien (el número uno me encanta) y luego quizá empezó a tomar caminos que no me convencieron tanto, antes de su cierre definitivo –o más o menos, porque todavía, cada tanto, postea Víctor alguna nota en el blog de la revista-. Otra frenada, otro fracaso, otra vez la misma sensación de lo poco que vale la pena esforzarse por sacar revistas, pero allí está el ejemplo de Pestarini, de Carletti, de Sergio Gaut VelHartman, de Laura Ponce, de Christian Vallini y otros editores/autores. Siguen adelante. Se comprometen. Logran una continuidad. Y no se trata de tener los medios, de vivir en Argentina, donde “existe un mercado más grande” y bla bla bla. Se trata de jugarse, de insistir, de encontrar a como de lugar los recursos necesarios.
El caso de Cuasar (y el de Axxón, ambas las “decanas” actuales de la CF Argentina) es un verdadero ejemplo de lo que vengo tratando de decir. Pestarini ha sobrevivido a etapas tan dispares de la historia reciente de su país sin aflojar en lo más mínimo en el trabajo sobre su revista. Lamentablemente es difícil en Uruguay conseguirlas (creo que todavía hay algunos números en El rincón del coleccionista, pero no estoy seguro), lo que la convierte en un bicho muy extraño y desconocido. Y esto es una pena, porque en esta revista se publican excelentes relatos, reseñas y noticias del mundo de la CF y la fantasía y, además, se ha convertido en una editorial, Ediciones Cuasar, que ha publicado obras de clásicos como Algis Budrys y nuevos escritores de CF como Ian R. Macleod, además de Greg Egan y Thomas Burnett Swann.
Ahora tengo en mis manos los números 47 y 48. El primero incluye un cuento de Tim Pratt, “Sueños imposibles”, sobre el asombro de un cinéfilo al toparse con un video club perteneciente a un mundo alternativo. Cuando empecé este cuento casi pongo el grito en el cielo: el planteo de la primera página se parecía demasiado al de mi cuento “Los otros libros”; tuve que avanzar un poco para darme cuenta que este relato recorría otros caminos y que, al final, no tenían nada que ver más allá de la noción –consabida, por otro lado- de mundos paralelos. El videoclub de Tim Pratt fluctúa en nuestra realidad, apareciendo y desapareciendo, y la chica que lo atiende replica nuestro asombro ante sus películas extasiándose ante una historia del cine en la que Orson Welles dirigió Citizen Kane. Este cuento de Pratt me recordó, por su tono y planteo cienciaficcionero softcore a muchos relatos de esa excelente escritora que es Connie Willis (si tienen la oportunidad de leer el recientemente editado Lo mejor de Connie Willis –Nova, Ediciones B-, no lo duden ni por un instante); seguramente –y esto lo dirá el tiempo-, textos como el de Pratt y los de Willis conformaran un lado de la moneda de la CF contemporánea, más accesible, más difuminados sus contactos con la literatura llamada “general”.
Este número también incluye un cuento muy sugerente de Hernán Domínguez Nimo, un escritor bonaerense nacido en 1969 y autor de cuentos publicados en las revistas Axxón y Sinergia, entre otras. “Tres mujeres”, su colaboración a Cuasar #47, narra el camino de entrada a una ciudad de tres mujeres muy diferentes y, de alguna manera, complementarias. Hay algo de fantasía, de magia, pero el contexto es de CF, quizá a la manera de Roger Zelazny o a lo que el escritor local Pablo Rodriguez denominó, allá por los noventa, “technofantasy”, y que en gran medida surge de la tantas veces citada afirmación de Arthur Clarke, aquello de “una tecnología muy avanzada siempre parecerá magia al que la desconoce”, o algo así. Domínguez juega con esa idea, la cita y la prolonga, difuminando de una manera muy interesante la distinción tecnología/magia propuesta por Clarke.
Y hablando del fallecido autor de 2001, este número de Cuásar comienza precisamente con una necrológica que repasa su obra y trayectoria, dentro y fuera de la CF. “Su nombre y su obra son ya un aparte significativa del imaginario del Siglo Veinte”, leemos al final de la nota, y es muy difícil disentir, incluso para los que no somos muy admiradores de Clarke, o que lo fuimos en algún momento y eventualmente nos desencantamos.
Otra de las notas más interesantes de la novela es también una necrológica, en este caso del maravilloso Thomas Disch, suicidado el año pasado (este número de Cuasar es de noviembre 2008) y autor de libros como 334, Los genocidas o Campo de concentración.
El resto de la revista está dedicado a las reseñas de libros, en este caso incluyendo obras de Frederic Brown, Lucius Shepard (un escritor impresionante), Vernon Vinge y otros, por ejemplo el compilado Fragmentos del futuro (editada por Domingo Santos), en el que aparecen cuentos de uruguayos como Bayeto y Dobrinin. En esta sección bibliográfica, por supuesto, es fácil disentir con los reseñeros en algunos puntos, opiniones o incluso tono de las notas, pero eso es lógico dada una propuesta tan variada (son ocho los que escriben, seguramente desde perspectivas muy distintas y con nociones también divergentes de lo que puede o debe ser una reseña). Así, me he encontrado no del todo de acuerdo con el tono general de las reseñas escritas por Claudio Barbeito y Gustavo Waitzman, y más afín a las de Amelia Gómez Centurión, Gonzalo Carranza, el propio Pestarini y Verrechia o Hartman. Será porque no me convence del todo encontrarme con frases como “La idea es original; los personajes son interesantes y están bien logrados”, no porque no me guste que un reseñero arriesgue una opinión o valoración (de hecho detesto cuando no existe un “jugarse” en ese sentido) sino porque me sonaron, en el caso de estos colaboradores de la revista (la frase citada es de la reseña de Claudio Barbeito del libro Jitanjáfora, de Sergio Parra) un poco autoritarias, señalando quizá una actitud ante la literatura (una escala de valores, un conjunto de prácticas recomendables y otras a excluir) que no comparto, entre otras razones por sentirlas tendientes a lo clásico, a lo “seguro” o a lo no experimental. Quizá me equivoque; no conozco lo suficiente a estos reseñeros como para arriesgar alguna otra afirmación de este tipo; además, está claro que lo que a mí no me terminó de pasar por la garganta quizá a otro lector le parezca un bocado del mejor nivel culinario.
Pasamos ahora al número 48, el último hasta la fecha y lanzado en Junio de este año. Abre con una sección de noticias donde se habla, entre otras, de las últimas novelas de Neal Stephenson (Anathem, Anatema en la traducción que ojalá traiga Ediciones B a nuestro país) y Greg Bear (City at the end of time). Sigue la necrológica (han sido años complicados para la CF) del gran PJ Farmer, minuciosamente bibliográfica pero también trascendiendo el mero catálogo o la valoración cliché del “gran maestro desaparecido”. Hay una buena lectura del autor de El mundo del río, una contextualización hacia el presente de sus obras (por ejemplo en relación con la obra tan intertextual de Alan Moore, afín a los heterónimos y pseudónimos de Farmer, a sus “reconstrucciones” de escrituras de otros) y una posible valoración que resalta “especulaciones sobre la inmortalidad, la trascendencia, el auténtico lugar de la humanidad en el cosmos, siempre en un marco que mezclaba una erudición sobresaliente con la valoración de la cultura popular” a la vez que señala como uno de los puntos débiles de este autor que “sus series de novelas de aventuras y ciencia ficción, notablemente imaginativas y vigorosas, se desdibujan con el paso de los volúmenes”. Mostrarse en acuerdo o desacuerdo requiere mayores conocimientos sobre la obra de Farmer de los que poseo (he leído con pasión Los amantes, A vuestros cuerpos dispersos y algunos cuentos como “Jinetes del salario púrpura”, lo cual es decir que he leído bastante poco), pero el razonamiento de Pestarini se muestra muy convincente.
La ficción en este número está representada por el cuento de Ian R. MacLeod “El día de la nave estelar”, que me gustó bastante y me dieron ganas de conocer más a este autor, de quien ediciones Cuasar ha publicado la colección de nouvelles Las islas del verano, que trataré de conseguir a la brevedad. Sigue un cuento más breve del prolífico autor tucumano Rogelio Ramos Signes. “La quermés marciana de San Roque de Aquimevé” es una deliciosa muestra de humor e inteligencia, escrita con gran soltura.
La sección bibliográfica incluye sólidas reseñas del rioplatense (para no decir solamente argentino) Elvio Gandolfo, sobre el último libro de Ballard, Milagros de vida, y el célebre Sindicato de policía Yiddish de Michael Chabon. Gandolfo considera que esta última novela no genera un efecto de lectura que la acerque a la CF; es cierto que ante todo se la lee como un policial negro, pero si afirmamos que El sindicato no es CF estamos, me parece, diciendo que tampoco lo es El hombre en el castillo, que de “procedimientos de la ciencia-ficción” solo tiene, y de un modo un poco tenue, la alucinación final del personaje Tagomi, que ve “nuestro” mundo (o uno parecido) infernalmente aparecido en el “suyo” (donde los nazis ganaron la segunda guerra mundial); el resto de la novela es una narrativa si se quiere “realista” (en el sentido cotidiano del término) sobre un artesano, un anticuario y una mujer que busca a un escritor que la obsesiona. No se trata de afirmar que por esta razón la novela de Chabon SEA ciencia ficción, o que la de Dick NO, o viceversa, sino que, me atrevo a discutir con Gandolfo, me parece que se trata de un asunto un poco más complejo. Pero en rigor el espacio de una reseña no permite discutir este tipo de cosas en profundidad; la nota de Gandolfo, en ese sentido, cumple con maestría todo lo que uno espera de una nota bibliográfica. En cuanto a las otras reseñas, tengo mis dudas con respecto a las de Gonzalo Carranza y Claudio Barbeito, dudas seguro motivadas por lo que creo distinguir como una tendencia a valorar “a toda costa” para no caer en lo políticamente correcto; está bien, ya he dicho antes en esta nota que no me gustan los reseñeros descafeinados, pero quizá pasarse al otro extremo y valorar (sea positiva o negativamente) porque parece que hay que hacerlo, no me convence del todo. Al menos no desde una nota bibliográfica que se presupone crítica; sería muy diferente si leyera esas mismas palabras en otro contexto, un blog personal por ejemplo o un texto de formato más ensayístico que asuma la subjetividad y no apele a ciertas borrosas normas de lo que está bien escrito y lo que no. Los libros reseñados en esta sección incluyen Ciencia ficción: utopía y mercado de Pablo Capanna, El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero (en la que me parece que hay una puteada un poco innecesaria a Andrés Neuman, quizá por entender un poco apresuradamente una afirmación de este), y El valle de la creación, del dinosaurio Edmond Hamilton.
Cierra la revista un dossier Ballard (¡que año el 2009!) que, con motivo de la muerte del maestro, nos presenta una fascinante entrevista a Michael Moorcock, rememorando los días heroicos de la revista New Worlds, seguida por una colección de citas de Ballard presentadas temáticamente, un cuento inédito en castellano (no recogido además en The complete short stories) y una cronología/bibliografía. Este dossier es el plato fuerte de la revista, y un verdadero regalo a todos los seguidores de Ballard.
Los interesados –y ojalá sean muchos-, por favor remitirse a la página web de la revista, o también (aunque no estoy, como he dicho, seguro de que les quede algún ejemplar) al montevideano Rincón del coleccionista (Convención y Uruguay).