sábado 28 de noviembre de 2009

nirvana

Andate al infierno,
Ramiro Sanchiz,
y dejame en paz.
Andate al infierno
vos y tu literatura,
tu litter-at-ura, tu usura,
tu ill-teratura
teratológica
(“soy un artifex monstruorum”
me hiciste escribir cuando tenías
20 años
pero desde entonces qué hemos visto
salvo pingüinos de peluche
con los ojos llenos de rimmel
y un poco de brillantina).
Andate al infierno,
Ramiro Sanchiz,
dejame en paz.
Andá por ahí, andá
a esa ciudad de la que me hacés hablar
tanto, tanto,
a esa noche ,
a esa superficie de las cosas,
los subterráneos, las ucronías, el alien varado en la arena,
los otros libros y la música,
andá,
andá a purgatoriarte el torso, Allen Ginsberg de pacotilla, andá
a copiarle la milonga a Herrera y Reissig,
andate al infierno
de una buena vez,
y no me hagas escribir esto,
dame una noche
sólo
una
noche
para estar en paz,
para leer,
para coger, para dormir,
para mirar el techo o el cielo o nada,
no me hagas seguir con esto,
que no va a ninguna parte y me aburrió,
andate al infierno entonces,
Ramiro Sanchiz,
llevate a tu Stahl, a tu Rex
(¿tuviste que ponerle ese nombre de perro?),
a tu Perse, a tu Jon, a tu falso Saint John Perse,
tu estigma trucho de Mallarmé
y por favor a esa horrible Ligeia.
Dejame solo
quiero estar solo
si es que se puede estar solo,
al menos sin vos,
por una vez.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Aullido, de Allen Ginsberg (1)

Allá por 1999 pasé una semana traduciendo Aullido, el poema incomparable de Allen Ginsberg , en medio de lo que debió ser el pináculo de mi vida de poeta generación beat Rimbaud Morrison poetas malditos, antes de las diversas muertes y del fin del mundo (pliegues por los que se perdió Federico Stahl o se encontró) que condujeron a la catástrofe de mi prosa y tortuosamente al presente. Esa traducción, como casi todo lo que escribí por aquellos tiempos, se perdió en una suerte de desastre informático que con el tiempo aprendí a apreciar; ahora, diez años después, devenido en alguien tan distinto, nostálgico, peregrinador a aquella fuente perdida o presente invisible, o sentida en noches de insomnio y lectura y bailes de máscaras, quise reintentar aquel trabajo sobre los versos de Allen, que guardan la llama secreta y vibran en la oscuridad.
Las líneas que siguen, primera parte de mi nueva traducción de Howl, están dedicadas a Marcelo Stábile, amigo/hermano de tantos caminos.



He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, muriendo de hambre histéricas desnudas,
Arrastrándose por las calles del bajo al amanecer en busca de una dosis llena de rabia,
pirados de cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celeste a la dinamo estrellada en la maquinaria de la noche,
que pobreza y harapos y ojos vacíos y colocados toda la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando en las azoteas de las ciudades contemplando el jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados de complejos de viviendas,
que pasaron por las universidades con ojos frescos y radiantes alucinando Arkansas y la luz Blake entre los eruditos de la guerra,
que fueron expulsados por locos de las academias y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror del otro lado del muro,
que fueron arrestados en sus barbas púbicas cuando volvían por Laredo con un cinturón de marihuana para New York,
que comieron fuego en hoteles de postal o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o purgatoriaron sus torsos noche tras noche

con sueños, con drogas, con pesadillas de la vigilia, pija y alcohol y bailes sin fin,
callejones sin salida incomparables de nubes estremecidas y relámpagos en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el mundo inmóvil del intertiempo,
dureza de peyote en los salones, amaneceres de cementerios en fondos de árboles verdes, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de vidriera paseando de la cabeza neón parpadeando luz del tráfico, luna y sol y vibraciones de árbol en el invierno que ruge de Brooklyn, desvaríos de cenicero y la bondadosa luz monarca de la mente

que se encadenaron a los subtes para el recorrido interminable desde Battery al santo Bronx en Benzedrina hasta que el ruido de las ruedas y los niños los arrojó a tierra temblando rompiéndoles la boca y golpeándolos hasta hacerles perder la conciencia drenándoles su resplandor en la luz ominosa del Zoo,

viernes 13 de noviembre de 2009

Un poema de Roberto Bolaño

Mi carrera literaria

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad
también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,
Seix Barral, Destino... Todas las editoriales... Todos los lectores
Todos los gerentes de ventas...
Bajo el puente, mientras llueve, una opotunidad de oro
para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo

(La universidad desconocida, p.7)

martes 3 de noviembre de 2009

Noviembre: más de 1999/2000

Lo que sigue es el capítulo Noviembre escrito hace ya tres meses y medio para el proyecto 1999/2000, que por ahora sigue en el laboratorio e irrumpe a cuentagotas en este blog. La idea de la perodicidad mensual es, sin embargo, la más indicada, eso está claro, pero también me doy cuenta que la relectura, corrección y añadidos sobre el texto original podrá multiplicar las "entradas" (después de todo este texto es un improbable diario retrospectivo) correspondientes a cada més, de modo que a no sorprenderse si insisto con asuntos de los meses ya "cubiertos", arruinando la idea dominante (y generadora del proyecto) de equiparar capítulos y meses.
Otra cosa: también está claro que este texto puede leerse como un relato "a clef", en el que sustituyendo nombres y modificando un poco los acontecimientos aparecen referencias a personas "reales". No es la intención enviar ningún mensaje a nadie (de hecho no tengo intención alguna de dialogar con la mayor parte de quienes podrían sentirse aludidos), ni en este noviembre ni en episodios anteriores o posteriores; de hecho, en ese sentido, se aleja tanto de la aparente intencionalidad de la ficción "en clave" que, me parece, no vale la pena incorporarla a ese ¿género? de la narrativa. El concepto de autoficción me gusta más, pero también el de ucronía minimalista, que creo que no existe pero debería ser definido. Ahora que lo pienso, Federico, en uno de sus tantos manifiestos, ya lo ha hecho por mí. Eso sí, tendría que buscarlo.
Además, no se puede escribir real sin las comillas. Leopold Bloom, Horselover Fat, Horacio Oliveira y los "Borges" y "Ballard" de El aleph y Crash son tan reales como Heliogábalo, Napoleón o Mozart; de hecho, si tras miles de años de un mundo postapocalíptico alguien encontrara -perdido el concepto de novela, de ficción, de historia- una biblioteca abundante en novelas y biografías, seguro, asumida la posibilidad un poco dificil de que pudieran leer los libros encontrados, se convencería de la realidad -o irrealidad- paralela de Batlle y Ordoñez y Díaz Grey, o de Dreyfuss y Sylvie. Si leemos toda la literatura desde esa perspectiva -tan válida como cualquier otra-, hablar de lo "autobiográfico" carece de sentido.




En Noviembre del 99 cumplí 21 años, y debo decir que en cierto modo me sentía bastante “realizado”, aunque en verdad jamás pensé en esos términos. Tenía publicados un libro de poemas, Mecanismos, y una novela, Desintegración, además de una buena cantidad de cuentos salpicados por revistas y antologías de Uruguay, Argentina y España; por otro lado, había dejado de estudiar Filosofía hacia la mitad de la licenciatura y dudaba con respecto a si valía o no la pena comenzar Letras; también tenía una banda de rock que no iba a ninguna parte, empezaba a planear un segundo libro de poemas, veía bastante seguido a una chica que me parecía encantadora pero que (y esto lo supe un poco tarde, fue una jugada extraña) estaba en pareja hacía cuatro años, cosa que en realidad no me importaba en lo más mínimo, y por todas partes, poseído el mundo por el futuro cercano, se hablaba del Fin del Mundo.
Un día, cerca de fin de mes, se me ocurrió visitar a mi viejo amigo el escritor Emilio Scarone en su casa del barrio Casabó. Nos habíamos conocido en el 94, presentados por un conocido en común que trabajaba en una librería y nos tenía de clientes obsesionados con la ciencia ficción. Scarone había sacado una revista en el 89, Solaria, que se había materializado apenas en un número; diferencias internas del grupo y una pésima economía habían impedido seguir, pero las ganas no se habían apagado y, comenzando el 94, reunió a unos cuantos escritores, dibujantes y fanáticos del género con la idea de reflotar la revista. Cosa que sucedió, aunque sólo logramos editar dos números más: El grupo volvió a dispersarse y a todos nos quedó claro que nunca más en nuestras vidas tendríamos ganas de pasar por todas las tropelías que implica mantener una revista, y más una revista de fantasía y ciencia ficción en una ciudad donde siempre escuché cosas como “ah, ciencia ficción, y tendrá algún elemento humorístico, me imagino”, o “esta novela se justifica por su claro valor alegórico”. Scarone, impregnado en tanta idiotez desde los ochenta, e incapaz de pactar con las potencias enemigas, era considerado una especie de loco cuasipintoresco que podía volverse insoportable si lo dejabas hablar demasiado. Para mí era un escritor técnicamente pasable dotado de una gran imaginación; te contaba las tramas de sus historias, llenas de detalles, con la seriedad de un periodista de guerra. En rigor, daba la sensación de creer en sus mundos o, mejor dicho, siempre se notaba su deseo tan fuerte de verse inmerso por sus creaciones, de encontrar la salida al problema de la literatura y la vida viviendo todo lo venía escribiendo desde hacía tanto tiempo. En el 99 llevábamos casi dos años sin vernos, apenas hablando por teléfono un par de veces que se convirtieron en poco más que monólogos suyos, despotricando contra todo y contra todos. Pero tenía ganas de reencontrarlo, leer algún cuento nuevo que hubiese terminado y, como quien busca de alguna manera el castigo de un padre o un mentor, exponerme a que me criticara por no escribir más ciencia ficción. Le había hecho llegar mi novela por medio de un amigo; estaba seguro de que no la había leído.
Lo encontré un poco más gordo y escribiendo una novela basada en algunos de sus viejos cuentos. Conversamos un rato sobre el ambiente literario –le habían rechazado en el último año dos antologías de relatos y tres novelas, a lo que él no dejó de responder con puteadas y amenazas de muerte-, concluyendo una y otra vez que era una estupidez preocuparse por esas editoriales de mierda, “que no merecen publicar a un genio como yo”, y que en cualquier momento se editaba él mismo eligiendo una portada excelente y la mejor calidad de edición. A modo de prueba me mostró unas ilustraciones espantosas, completamente kitsch, que había hecho en su computadora manipulando fotografías. Asentí seriamente; claro, claro, muy bueno, excelente. Entonces surgió el tema del fin del mundo. Era imposible que aquello no ocupase la mente de Emilio, creyente como era de todas las teorías conspirativas, fanático de la UFOlogía, la parapsicología y demás disciplinas por el estilo; unos conocidos, me contó, están armando un bunker, en el interior. La gente piensa que todo gira en torno al cambio de dígitos, pero en realidad es mucho más fuerte que eso; lo del cero-cero puede ser la chispa que cause el incendio, pero lo que en verdad está pasando es que la civilización se va a la mierda. Lo cual está clarísimo desde hace tiempo. Los que gobiernan todo en secreto, la Sinarquía, saben que la humanidad ya cumplió su ciclo y que no queda otra que hacer borrón y cuenta nueva, entonces surge lo de las computadoras. No me extrañaría que ellos mismos no hayan liberado algún virus; quizá no sólo un virus informático, es posible que estén diseminando todo tipo de pandemias. En el 2000 se va todo a pique, y lo mejor que se puede hacer es adelantarse; esta gente que contacté piensa como yo, y por suerte son gente de plata. Están construyendo un bunker donde refugiarse cuando bajen las hordas; ahí podremos guardar todo lo mejor de lo que fue la civilización occidental, y dejarlo preservado para quienes sea que heredan la Tierra. Lo que quede de la Tierra.
Asentí; claro, es verdad, claro. Aquello era una versión un poco más compleja de la estancia con un pozo de agua y un generador diesel. ¿Quién iba a elegir lo que se salvaba de las llamas? ¿Emilio? Esta gente necesita un líder, me dijo, y yo soy el indicado. ¿Qué podía decirle? En estos casos siempre me costó disentir; me pueden hablar de universos paralelos y brechas abiertas hacia ellos y yo sólo se asentir y fingir interés. Me acompañó hasta la parada del ómnibus; desde Casabó tenía más de una hora de viaje.
Algo que siempre me pasaba cada vez que visitaba a Emilio, como ya he dicho, era cierta culpa por no escribir más ciencia ficción. Gracias a los caminos que se bifurcan de mi psique, a los diez minutos de viaje en el bus de retorno empezó a dibujarse un argumento. Aquella no fue la excepción. Era, por supuesto, un cuento sobre el fin del mundo.

lunes 2 de noviembre de 2009

Revista Guita #2

Salió el número 2 de la revista Guita, editada por Stephanie Amaro y Juan Manuel Sánchez, más un equipo que incluye a Agustín Acevedo Kánopa, Isabel Gallo, Nadia Bukowski y Nicolás Grandiroli, entre otros. Este número cuenta con poemas del mítico poeta francés Aloyisius Bertrand (1807 - 1841, autor de Gaspard de la nuit, la colección de poemas en prosa en que se basó Ravel para su suite homónima), en edición bilngüe y precedidos por un artículo muy interesante de Isabel Gallo. Sigue una nota de Nicolás Grandiroli sobre la poesía de Matías Pregliasco y algunos poemas de este autor. También encontramos "El límite -lo que divide en la literatura de Philip Roth", de Gastón Paolini, y "La pesadilla de Melanie Klein", por Agustín Acevedo Kánopa, más una nota sobre el grupo The Envelopes a cargo de Nadia Bukowski y un artículo sobre el cine postapocalíptico escrita por Juan Manuel Sánchez,. También: una reseña de Diego Sapienza sobre el documental Zoo y las secciones panorama y blogósfera.
En el apartado Cheque en blanco aparece, junto a poemas de Banzai, mi cuento "Caminos" más algunos poemas: "El astrónomo", que forma parte de un tríptico sobre cuadros de Vermeer, uno de mis pintores favoritos; "Zero summer", un texto fallido que quiere dar cuenta de ciertos veranos de 1998/1999 y, por último, "M.L.", iniciales bastante transparentes, que fue publicado el año pasado en la antología Plata caribe junto a otros poemas que integran un ciclo indefinidamente in progress titulado Retratos. Se sabe que no soy poeta, pero cada más o menos cuatro meses gotean palabritas desde alguna glándula perdida por ahí. Un cariño resignado me sigue uniendo a los lamentables resultados.
Guita es una de las mejores revistas online que conozco, no sólo por la calidad del material publicado (especialmente poesía y notas sobre literatura, filosofía, música y cine) sino también por la excelente diagramación, a cargo de Stephanie Amaro, que también es responsable de las ilustraciones.
Pasen y vean. Pueden bajar la revista en pdf y/o mirarla online:
http://issuu.com/guita/docs/guita_numero_2

jueves 29 de octubre de 2009

Artículo en Axxon y Espuma en Freeway

En el número 202 de Axxón apareció mi artículo "Mario Levrero desde y hacia la ciencia ficción", escrito hace un par de meses y un poco desactualizado, ya que al mencionar las reediciones recientes no nombré la que lanzó Random House Mondadori de Nick Carter. Y, "ya que estamos", los que quieran leer mi mini-nouvelle Espuma, publicada en el número de Octubre de Freeway, pueden hacerlo siguiendo este enlace.

sábado 24 de octubre de 2009

Cuasar, números 47 y 48

Hace más o menos un mes me encontré con Luis Pestarini en Buenos Aires. Su nombre me era conocido desde más o menos 1994, cuando me uní al equipo (y movimiento) de la revista Diaspar, que lamentablemente sólo logró publicar dos entregas (aunque en 1989 había aparecido el número 1), la primera en un formato más libro, con una estupenda Gioconda biomecánica en la portada a cargo de Leonel Coló, y el segundo más parecido a una “revista” en sentido clásico, con una tapa (lamentablemente las finanzas sólo nos permitieron imprimir en blanco y negro) de una ilustradora llamada Victoria Barreiro. Diaspar, con todos su defectos, fue muy importante para los inicios de mi carrera (iba a escribir “maldición” o “enfermedad”, por hacerme un poco el drama-queen y porque estoy leyendo El mal de Montano, de Vila-Matas) al darme ante todo un foro de debate de mis textos y pequeñas ideas; también fue, creo, importante para la literatura nacional, o al menos para una ucronía en la que la revista tuvo continuidad y cimentó una generación de escritores que se apartaron de ciertos convencionalismos para explorar rincones literarios bastante invisitados por los autores uruguayos. Esto suena a humor un poco amargo (porque claro que eso no sucedió), pero no es mi intención: ahí están los dos o tres números, como una semilla de mundo paralelo, un claro “lo que pudo ser”. ¿Y por qué no fue? Por tantos motivos; es fácil echar la culpa a todo lo de afuera: el pacaterismo cultural uruguayo, los lectores de CF que no tenían interés en comprar y apoyar algo local, el cerrado mundo de la “cultura” oficial, endogámico y exófobo, pero está claro que los verdaderos motivos (y uno entiende esto al tener en sus manos una revista perfectamente editada que lleva el número 48, o una publicación online que cumple 20 años de intachable periodicidad mensual) son otros, son de adentro. Nombraré unos pocos (yo también me reconozco culpable): falta de seriedad y compromiso en algunos de los integrantes del equipo, intransigencia y necedad, prejuicios, odios heredados y acumulados y cierta flagrante ignorancia o erudición de ghetto, tan amiga de rechazar lo diferente como ese mundillo cultural al que tanto se atacaba, muchas veces con razón, pero también con grandes prejuicios. Sin embargo, como venía diciendo, fue una gran experiencia, en lo literario y en lo personal, de esas que “enseñan” y “forman” (o deforman, pero es lo mismo, en ambas hay algo que cambia, y eso es lo que importa). Además, todo el ruido Diaspar me contactó (y no sólo a mí, también a escritores como Pablo Dobrinin, por ejemplo) con gente que intentaba pelear las mismas batallas. Luis Pestarini es uno de ellos. Eduardo Carletti, editor de Axxón, otro; y también Juan Carlos Verrechia, que allá por fines de los noventa editó un fanzine excelente, Galileo, en el que publiqué también algunos cuentos de CF. Es que en Argentina, a diferencia de lo que sucedió y sucede en Uruguay, supo existir un movimiento de autores y lectores de CF y fantasía bien organizado y con ganas de hacer, más allá de los alineamientos provisorios. Gente que apostó y apuesta por insistir en el trabajo, a veces “contra viento y marea”, como es tópico decir, saliendo adelante a como dé lugar. Pestarini lleva más de veinte años editando Cuasar. La primera de sus revistas que cayó en mis manos fue en la casa de Roberto Bayeto, una tapa en grises que –creo recordar- mostraba un árbol al estilo mallorn de Lothlorien (seguramente he deformado esta imagen en el recuerdo), y enseguida supe que hacia ese nivel debíamos intentar movernos con la entonces incipiente Diaspar (o quizá ya había salido número 2, de fines del 94, no recuerdo bien); el tiempo, claro, nos hizo olvidar esos propósitos. En mi caso, después de algunos fiascos (la convención del 97 el más grande de todos), las ganas de dedicarme a la edición desapareció; además, empecé a escribir por fuera de la CF, o quizá hacia afuera, que no es lo mismo, y otros intereses, otras literaturas, tomaron protagonismo. La idea de gastar mi tiempo no sólo en escribir sino en armar una revista y preocuparme por sus idas y venidas me parecía un despropósito… y siguió pareciéndolo, hasta que el proyecto Días extraños de Victor Raggio, en 2003, me hizo ganar una vez más (parte de) ese entusiasmo. Lamentablemente tampoco tuvimos suerte con esta revista, que comenzó muy bien (el número uno me encanta) y luego quizá empezó a tomar caminos que no me convencieron tanto, antes de su cierre definitivo –o más o menos, porque todavía, cada tanto, postea Víctor alguna nota en el blog de la revista-. Otra frenada, otro fracaso, otra vez la misma sensación de lo poco que vale la pena esforzarse por sacar revistas, pero allí está el ejemplo de Pestarini, de Carletti, de Sergio Gaut VelHartman, de Laura Ponce, de Christian Vallini y otros editores/autores. Siguen adelante. Se comprometen. Logran una continuidad. Y no se trata de tener los medios, de vivir en Argentina, donde “existe un mercado más grande” y bla bla bla. Se trata de jugarse, de insistir, de encontrar a como de lugar los recursos necesarios.
El caso de Cuasar (y el de Axxón, ambas las “decanas” actuales de la CF Argentina) es un verdadero ejemplo de lo que vengo tratando de decir. Pestarini ha sobrevivido a etapas tan dispares de la historia reciente de su país sin aflojar en lo más mínimo en el trabajo sobre su revista. Lamentablemente es difícil en Uruguay conseguirlas (creo que todavía hay algunos números en El rincón del coleccionista, pero no estoy seguro), lo que la convierte en un bicho muy extraño y desconocido. Y esto es una pena, porque en esta revista se publican excelentes relatos, reseñas y noticias del mundo de la CF y la fantasía y, además, se ha convertido en una editorial, Ediciones Cuasar, que ha publicado obras de clásicos como Algis Budrys y nuevos escritores de CF como Ian R. Macleod, además de Greg Egan y Thomas Burnett Swann.
Ahora tengo en mis manos los números 47 y 48. El primero incluye un cuento de Tim Pratt, “Sueños imposibles”, sobre el asombro de un cinéfilo al toparse con un video club perteneciente a un mundo alternativo. Cuando empecé este cuento casi pongo el grito en el cielo: el planteo de la primera página se parecía demasiado al de mi cuento “Los otros libros”; tuve que avanzar un poco para darme cuenta que este relato recorría otros caminos y que, al final, no tenían nada que ver más allá de la noción –consabida, por otro lado- de mundos paralelos. El videoclub de Tim Pratt fluctúa en nuestra realidad, apareciendo y desapareciendo, y la chica que lo atiende replica nuestro asombro ante sus películas extasiándose ante una historia del cine en la que Orson Welles dirigió Citizen Kane. Este cuento de Pratt me recordó, por su tono y planteo cienciaficcionero softcore a muchos relatos de esa excelente escritora que es Connie Willis (si tienen la oportunidad de leer el recientemente editado Lo mejor de Connie Willis –Nova, Ediciones B-, no lo duden ni por un instante); seguramente –y esto lo dirá el tiempo-, textos como el de Pratt y los de Willis conformaran un lado de la moneda de la CF contemporánea, más accesible, más difuminados sus contactos con la literatura llamada “general”.
Este número también incluye un cuento muy sugerente de Hernán Domínguez Nimo, un escritor bonaerense nacido en 1969 y autor de cuentos publicados en las revistas Axxón y Sinergia, entre otras. “Tres mujeres”, su colaboración a Cuasar #47, narra el camino de entrada a una ciudad de tres mujeres muy diferentes y, de alguna manera, complementarias. Hay algo de fantasía, de magia, pero el contexto es de CF, quizá a la manera de Roger Zelazny o a lo que el escritor local Pablo Rodriguez denominó, allá por los noventa, “technofantasy”, y que en gran medida surge de la tantas veces citada afirmación de Arthur Clarke, aquello de “una tecnología muy avanzada siempre parecerá magia al que la desconoce”, o algo así. Domínguez juega con esa idea, la cita y la prolonga, difuminando de una manera muy interesante la distinción tecnología/magia propuesta por Clarke.
Y hablando del fallecido autor de 2001, este número de Cuásar comienza precisamente con una necrológica que repasa su obra y trayectoria, dentro y fuera de la CF. “Su nombre y su obra son ya un aparte significativa del imaginario del Siglo Veinte”, leemos al final de la nota, y es muy difícil disentir, incluso para los que no somos muy admiradores de Clarke, o que lo fuimos en algún momento y eventualmente nos desencantamos.
Otra de las notas más interesantes de la novela es también una necrológica, en este caso del maravilloso Thomas Disch, suicidado el año pasado (este número de Cuasar es de noviembre 2008) y autor de libros como 334, Los genocidas o Campo de concentración.
El resto de la revista está dedicado a las reseñas de libros, en este caso incluyendo obras de Frederic Brown, Lucius Shepard (un escritor impresionante), Vernon Vinge y otros, por ejemplo el compilado Fragmentos del futuro (editada por Domingo Santos), en el que aparecen cuentos de uruguayos como Bayeto y Dobrinin. En esta sección bibliográfica, por supuesto, es fácil disentir con los reseñeros en algunos puntos, opiniones o incluso tono de las notas, pero eso es lógico dada una propuesta tan variada (son ocho los que escriben, seguramente desde perspectivas muy distintas y con nociones también divergentes de lo que puede o debe ser una reseña). Así, me he encontrado no del todo de acuerdo con el tono general de las reseñas escritas por Claudio Barbeito y Gustavo Waitzman, y más afín a las de Amelia Gómez Centurión, Gonzalo Carranza, el propio Pestarini y Verrechia o Hartman. Será porque no me convence del todo encontrarme con frases como “La idea es original; los personajes son interesantes y están bien logrados”, no porque no me guste que un reseñero arriesgue una opinión o valoración (de hecho detesto cuando no existe un “jugarse” en ese sentido) sino porque me sonaron, en el caso de estos colaboradores de la revista (la frase citada es de la reseña de Claudio Barbeito del libro Jitanjáfora, de Sergio Parra) un poco autoritarias, señalando quizá una actitud ante la literatura (una escala de valores, un conjunto de prácticas recomendables y otras a excluir) que no comparto, entre otras razones por sentirlas tendientes a lo clásico, a lo “seguro” o a lo no experimental. Quizá me equivoque; no conozco lo suficiente a estos reseñeros como para arriesgar alguna otra afirmación de este tipo; además, está claro que lo que a mí no me terminó de pasar por la garganta quizá a otro lector le parezca un bocado del mejor nivel culinario.
Pasamos ahora al número 48, el último hasta la fecha y lanzado en Junio de este año. Abre con una sección de noticias donde se habla, entre otras, de las últimas novelas de Neal Stephenson (Anathem, Anatema en la traducción que ojalá traiga Ediciones B a nuestro país) y Greg Bear (City at the end of time). Sigue la necrológica (han sido años complicados para la CF) del gran PJ Farmer, minuciosamente bibliográfica pero también trascendiendo el mero catálogo o la valoración cliché del “gran maestro desaparecido”. Hay una buena lectura del autor de El mundo del río, una contextualización hacia el presente de sus obras (por ejemplo en relación con la obra tan intertextual de Alan Moore, afín a los heterónimos y pseudónimos de Farmer, a sus “reconstrucciones” de escrituras de otros) y una posible valoración que resalta “especulaciones sobre la inmortalidad, la trascendencia, el auténtico lugar de la humanidad en el cosmos, siempre en un marco que mezclaba una erudición sobresaliente con la valoración de la cultura popular” a la vez que señala como uno de los puntos débiles de este autor que “sus series de novelas de aventuras y ciencia ficción, notablemente imaginativas y vigorosas, se desdibujan con el paso de los volúmenes”. Mostrarse en acuerdo o desacuerdo requiere mayores conocimientos sobre la obra de Farmer de los que poseo (he leído con pasión Los amantes, A vuestros cuerpos dispersos y algunos cuentos como “Jinetes del salario púrpura”, lo cual es decir que he leído bastante poco), pero el razonamiento de Pestarini se muestra muy convincente.
La ficción en este número está representada por el cuento de Ian R. MacLeod “El día de la nave estelar”, que me gustó bastante y me dieron ganas de conocer más a este autor, de quien ediciones Cuasar ha publicado la colección de nouvelles Las islas del verano, que trataré de conseguir a la brevedad. Sigue un cuento más breve del prolífico autor tucumano Rogelio Ramos Signes. “La quermés marciana de San Roque de Aquimevé” es una deliciosa muestra de humor e inteligencia, escrita con gran soltura.
La sección bibliográfica incluye sólidas reseñas del rioplatense (para no decir solamente argentino) Elvio Gandolfo, sobre el último libro de Ballard, Milagros de vida, y el célebre Sindicato de policía Yiddish de Michael Chabon. Gandolfo considera que esta última novela no genera un efecto de lectura que la acerque a la CF; es cierto que ante todo se la lee como un policial negro, pero si afirmamos que El sindicato no es CF estamos, me parece, diciendo que tampoco lo es El hombre en el castillo, que de “procedimientos de la ciencia-ficción” solo tiene, y de un modo un poco tenue, la alucinación final del personaje Tagomi, que ve “nuestro” mundo (o uno parecido) infernalmente aparecido en el “suyo” (donde los nazis ganaron la segunda guerra mundial); el resto de la novela es una narrativa si se quiere “realista” (en el sentido cotidiano del término) sobre un artesano, un anticuario y una mujer que busca a un escritor que la obsesiona. No se trata de afirmar que por esta razón la novela de Chabon SEA ciencia ficción, o que la de Dick NO, o viceversa, sino que, me atrevo a discutir con Gandolfo, me parece que se trata de un asunto un poco más complejo. Pero en rigor el espacio de una reseña no permite discutir este tipo de cosas en profundidad; la nota de Gandolfo, en ese sentido, cumple con maestría todo lo que uno espera de una nota bibliográfica. En cuanto a las otras reseñas, tengo mis dudas con respecto a las de Gonzalo Carranza y Claudio Barbeito, dudas seguro motivadas por lo que creo distinguir como una tendencia a valorar “a toda costa” para no caer en lo políticamente correcto; está bien, ya he dicho antes en esta nota que no me gustan los reseñeros descafeinados, pero quizá pasarse al otro extremo y valorar (sea positiva o negativamente) porque parece que hay que hacerlo, no me convence del todo. Al menos no desde una nota bibliográfica que se presupone crítica; sería muy diferente si leyera esas mismas palabras en otro contexto, un blog personal por ejemplo o un texto de formato más ensayístico que asuma la subjetividad y no apele a ciertas borrosas normas de lo que está bien escrito y lo que no. Los libros reseñados en esta sección incluyen Ciencia ficción: utopía y mercado de Pablo Capanna, El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero (en la que me parece que hay una puteada un poco innecesaria a Andrés Neuman, quizá por entender un poco apresuradamente una afirmación de este), y El valle de la creación, del dinosaurio Edmond Hamilton.
Cierra la revista un dossier Ballard (¡que año el 2009!) que, con motivo de la muerte del maestro, nos presenta una fascinante entrevista a Michael Moorcock, rememorando los días heroicos de la revista New Worlds, seguida por una colección de citas de Ballard presentadas temáticamente, un cuento inédito en castellano (no recogido además en The complete short stories) y una cronología/bibliografía. Este dossier es el plato fuerte de la revista, y un verdadero regalo a todos los seguidores de Ballard.
Los interesados –y ojalá sean muchos-, por favor remitirse a la página web de la revista, o también (aunque no estoy, como he dicho, seguro de que les quede algún ejemplar) al montevideano Rincón del coleccionista (Convención y Uruguay).

miércoles 21 de octubre de 2009

más líneas de un manifiesto perdido de Federico Stahl

Federico Stahl tuvo una etapa, entre el 2000 y el 2003, de reclusión en plan ermitaño, desde la que, privado (voluntariamente) de un público tanto inmediato como con mayor grado de separación, se dedicó a repensar (entre otras cosas) la situación del artista en la sociedad, particularmente en la “sociedad del arte”, como solía llamar al mundillo (tantas veces despreciable, en los dos sentidos inmediatos que surgen a la lectura) de la literatura, la plástica y otras disciplinas. Así surgieron el género cienciaficciónero del Trashpunk, que apenas vio la vida en un puñado de cuentos y novelas cortas de esa época, y también sus múltiples manifiestos, entre ellos por una literatura neo-gonzo, del que extraigo los siguientes párrafos:

Por una literatura neogonzo
Entendemos por periodismo Gonzo, a partir de su creador Hunter S. Thompson, aquella práctica periodística en la que el productor del discurso está implicado en el o los eventos que refiere, acusando un “compromiso total, concentración total y una loca suerte de desenvoltura y brío”. Dada la existencia múltiples extrapolaciones de esta noción, entre ellas la pornografía gonzo, proponemos pensar que la literatura neo-gonzo asume el mismo principio, instalando la autoficción (Proust, Hernandez, Capote, Bukowski, Levrero) en corazón de la práctica literaria, a título de esencia, de núcleo anteriormente secreto y que ha volverse explícito y conciente, con un dedo señalando los hechos y otro su cualidad de mascarada, de escenografía.
Ahora bien, ¿quién es el implicado? ¿Quién es el “yo autor” que postula esta práctica posible? Entenderemos, junto a Pessoa, que el arte siente con la imaginación, y, con Rimbaud, que el yo es siempre otros, y diremos, en la “lengua de la tribu”, que la literatura neogonzo es el arte de fingir múltiples yos productores de una literatura implicada en la vida inmediata o desde una instancia de recuerdo cuya formulación compromete el presente, su vida intelectual, anímica, espiritual, del sujeto enunciador.
Por una literatura neogonzo, una literatura vital, una literatura del escepticismo radical, una literatura de metafísica nihilista, de ontología en flujo perpetuo.

domingo 18 de octubre de 2009

"Espuma" en Freeway Octubre

En el número de Octubre de Freeway apareció mi cuento (o mini-nouvelle) "Espuma", escrito a fines de julio de este año e integrando un numero especial que lleva como núcleo temático el posible Montevideo del año 2029. Los números especiales ("para guardar") de Freeway son los mejores; recuerdo uno aparecido el año pasado que tenía como asunto la carrera de una cantante ficticia y estaba resuelto en plan homenaje a Roberto Bolaño. Me resultó en ese momento sumamente atendible -y también ahora, con este especial 2029- cómo era posible armar una propuesta sólida e interesante sin faltar al formato breve e inmediato de las secciones de la revista. En este nuevo número me encantó la nota de Patricia Turnes, que elabora un futuro fascinante y posible atendiendo no sólo al tan reiterado progreso tecnológico sino también intentando incorporar una dimensión no materialista, una concepción más espiritual del futuro, una utopía, quizá, y no (lamentablemente) el futuro que -creo- nos espera, pero un buen futuro, un futuro "mejor". De hecho por momentos me recordó a mis años paganos, 2002-2004, cuando estudiaba a Crowley, a Waite, a Eliphas Levi, al Carl Jung de Psicología y alquimia y tenía como Biblia al Diccionario de símbolos de Cirlot (si alguien conserva un ejemplar de la revista Días extraños y busca la sección de la que me encargaba -con muy poca puntería-, "Apócrifos y heresiarcas" va a entender a qué me refiero) y el Retorno de los brujos de Pauwels y Bergier. Escribiendo estas líneas siento que me gusta hablar de ese tiempo como los fósiles del PCU recuerdan sus años de militancia.
La sección "Distorsiones", esta vez encomendada a Daniel Drexler, es otro punto fuerte de la revista, elaborando una lectura muy interesante de -entre otras cosas- el principio de incertidumbre; en "Ozono", que no participó de la propuesta 2029, hay un cuento-homenaje a Marosa de Giorgio que me pareció bien logrado, a cargo de Lucía Ariz Bacino, una joven realizadora de cortometrajes. "Arte y política", la sección de Facundo Ponce de León, que generalmente me parece un buen ejemplo de filosofía boba pero amable en plan sentido común o pensamiento "bien", esta vez me pareció atendible (asi sea como sintomático), lo cual me sugiere que Ponce de León, cuando quiere, puede producir ideas más o menos pasables. Aquí desarrolla una especie de cuento o fabulilla sobre una futura presidente que cede una playa de Rocha a una "Escuela de Artistas Plásticos del Uruguay", con nefastas consecuencias electorales. La única referencia a futuro está dada por pensar que 1) este tipo de cosas "todavía" no suceden y 2) que también hace falta cierto tiempo para tener una mujer en la presidencia; el giro es que incluso en este futuro de progresión hacia lo políticamente correcto las cosas no son tan sencillas para quienes "se jueguen" por el arte. Qué se yo. Un texto simpático. La sección "Burbujas", de Daniela Vazquez, con su revaloración histórica de la cumbia en plan Palcante, me pareció ingeniosa y divertida, y "Nuevo!", a cargo de Ezequiel Rivero, es una reflexión muy atinada sobre la manera en que construimos cierto "espíritu de la decada" atendiendo a detalles estéticos y tecnológicos. "Pantallas", de Fernán Cisnero es quizá el aporte más lúcido a una posible prospectiva "de verdad". Otro de los momentos geniales de la revista es la sección "La vagabonde", de Fernanda Trías, que, entre otras cosas -el centro real y oculto del texto- esquiva con elegancia elaborar una visión de futuro. A mí me pasó algo muy similar; escribir un futuro ni utópico ni distópico, escribir un futuro rehuyendo de las estrategías "creíbles" más reiteradas, en plan calentamiento global y otros desastres ecológicos. Mi manera de lidiar (no creo que exitosamente) con este problema, creo, es bastante análoga a la de Fernanda.
La sección "mis confesiones" me parece una de las peores de la revista y, en este especial 2029, no encontré la excepción. ¿Lo único que tiene esta señora para decir sobre el 2029 es "hoy, como siempre desde que tengo recuerdos, estoy acompañada. Sigo disfrutando del sexo (...) él, quince años menor, tiene toda la energía que necesito". Está bien que la tópica de la sección sea justamente sus "confesiones" (lugares comunes, por otro lado), pero, la verdad, no me parece interesante. Después aparece Gustaf, casi químicamente libre de gracia -no en Freeway, en todo lo que hace-, y, pocas páginas más adelante, el lector se tropieza con Gia (confieso que no sé quién es, pero estaría bueno que se trate de un chiste de alguno de los editores) con una muestra desopilante de humorismo, no sé si voluntario o involuntario. Es decir, si este es su aporte al tema de 2029, me muero de un ataque de verguenza ajena (los puntos 2, 4, 8 y 10 son increíbles). La nota de Alejandro Corchs creo que no la entendí; ¿quiere decir que en el 2029 va a seguir existiendo la pelotudísima literatura new age? Si es así, casi seguramente tenga razón, pero me parece que va por otro lado. "Sólo a un ser muy purificado le es revelado la totalidad de un movimiento", escribe, no sin torpeza, a modo de ejemplo.
Por último, la sección "Letras", de Andrea Blanqué, que está bastante bien en general, me resultó sin embargo una incursión más en un tema que me tiene MUY aburrido: La lectura en los jóvenes unida al futuro del libro y ese tipo de cosas. Es una tontería. Hay jóvenes que leen y jóvenes que no; la proporción exacta sólo interesa a los que tienen intereses, económicos o culturales, que tienden a fusionarse; y el "futuro del libro" como problema es un invento de los libreros y los editores, que son, precisamente, los que negocian con el soporte y temen que se les corte el suministro de monedas. A mí no me interesa el soporte, ni hablar del soporte, ni tener que soportar estos temas. No quiero tirarme en contra de Andrea Blanqué ya que me gusta su literatura, pero aquí no tengo más remedio que decirle que poner en la misma bolsa Crepúsculo, la saga de Harry Potter, Las crónicas de Narnia y El señor de los anillos es un crimen, un descuido, una ingenuidad y un signo de falta de lecturas. Lo siento, pero es así. Me tocaron una fibra sensible.
En balance, una buena propuesta la de este número de Octubre de Freeway, con altibajos. Muy bueno lo de Turnes y Trías, como siempre, y también lo de Ressia, Rivero, Fornaro, Cisnero, Drexler, Ariz Bacino y Vazquez; bien por "Freedonia", especialmente Alcuri y Tabaré, Umpi y Pereira y el duo dinámico Santullo y Bergara. No me gustaron Gia, Gustaf, Blanqué y Kira.
Y en cuanto a mi relato. Las fotografías que lo acompañan (a cargo de Leticia Scrycky y Victoria Capdepon) están buenísimas, extremadamente sugestivas y desoladoras, mucho más (mucho, mucho más) que mi texto. También me encantó la intro (sabiamente narrativa) que le escribió Peveroni, aunque se equivocó en un detalle: Federico no es el cantante de Space Glitter (Space Glúteos, como me dijo un amigo ayer), es el primera guitarra. Y ya que estamos le cuento a los fieles seguidores de Aparatos que el primer texto al que se refiere Gabriel (pronto subiré una reseña de su novela Tobogán blanco) es 1999/2000, que por ahora volvió a la cocina pero que, quizá, seguirá apareciendo mensualmente en este blog, salvo que me aburra, cosa en realidad muy probable.

viernes 16 de octubre de 2009

tres ensayos queridos

Creo que no exagero si digo que a lo largo de mi vida (mi vida de lector, mi vida de escritor) he experimentado tres veces la sensación de que un ensayo, o grupo de ensayos de un autor determinado logren, como si se tratara de una reacción química, una cristalización o una precipitación, reformatear mi mapa mental de la literatura y orientar en una nueva dirección las limaduras de hierro de mis lecturas y escrituras. También me pasó con obras de ficción, por supuesto (Dune allá por el 94, Rayuela en el 97, Los Detectives Salvajes en el 2002, Lanark en el 2005), y, espero, seguirá pasando, pero quiero centrarme en el efecto causado por esos tres ensayos de los que hablaba al principio de este parrafo. El primero es una colección, Otras inquisiciones, de Borges; a través de su lectura anudé literatura y filosofía en una sola estructura, le di la vuelta a tantos conceptos que parecían fosilizados en mi mente, entendí como el concepto de "lectura" crea la obra o una ficción sobre la obra, entendí que la historia de la literatura y la filosofía es tan ficticia como la del Capitán Ahab, entre otros entendidos o malentendidos, porque leer -y escribir- es también el arte de leer mal. Con "Kafka y sus precursores", "La muralla y los libros" y "Nueva refutación del tiempo", por nombrar solo algunos, experimenté el vertigo de asomarme a un mundo de riqueza infinita, como el decorado minucioso, miniaturizado al máximo, de un manuscrito medieval.
El segundo ensayo fue Las poéticas de Joyce, de Umberto Eco. Quizá no removió tantos bloques de pensamiento como lo hizo la lectura de Borges, pero al entregarme tan claramente una serie de entradas a la obra de Joyce (lo leí más o menos al mismo tiempo que mi primer intento de abordaje de Ulysses -y uso ese asunto de piratas aunque la verdadera piratería la intenté -y fracasé- casi diez años después, con la primera novela fallida en que apareció Federico Stahl), Eco me hizo descubrir un mundo, una obra infinita y una vida dominada, parasitada, consumida y a la vez enriquecida por la literatura. Me hizo dar los primeros pasos en el descubrimiento de una práctica, cuya ilustración perfecta es esa foto del Joyce envejecido sosteniendo una página enorme (manuscritos del Finnegans, creo) para examinarla con una lupa. Me hizo descubrir un destino, una actitud que no sé si habré sido capaz -o si seré- de ejercer, pero que es, que sigue siendo, una ética del trabajo en la literatura. Después, con alegría, encontré modulaciones de esa idea en Onetti, en Levrero, en Beckett, y entendí que todos los caminos del arte (como los del conocimiento) conducen al fracaso, a cierto fracaso, que puede ser deslumbrante (Mallarmé, Rimbaud, Artaud), autoconciente (Beckett, Levrero), combativo (Bukowski, Gray), resignado (Borges).
El tercero, más reciente (2006), fue -viene siendo- "Derivas de la pesada", de Bolaño. Ese ensayo y gran parte del libro al que pertenece, Entre paréntesis, más conferencias como "Literatura y enfermedad" o "Los mitos de Cthulhu" (en El gaucho insufrible), que nos muestran la lucidez desnuda, despojada de Bolaño, su valentía y su inteligencia. "Derivas" me hizo entender que el centro de una literatura es una tradición, me hizo entender que no existe una literatura uruguaya porque no existe, precisamente, una tradición literaria uruguaya, que existen escrituras, que existen autores con prácticas diversas, quizá algunas incluso análogas, pero no una tradición como sí pudo haberla en Argentina, en Estados Unidos, en Francia, tradiciones quizá en crisis (en última instancia de eso habla "Derivas de la pesada", quizá de un fin posible de la literatura argentina y, subliminalmente o no tanto, del lugar que reclamaría para sí Bolaño en esa línea, quizá la más importante de la producción en lengua castellana del siglo XX), tradiciones siempre en crisis, porque quizá las tradiciones siempre estén en crisis en el presente y se necesite (como apuntó Martín Bentancor en el reciente Encuentro Nacional de Escritores, como también señaló en su momento Pedro Peña en este blog) la perspectiva que da el paso del tiempo para ver con claridad. "Derivas" es convincente, quizá porque no argumenta demasiado; "Derivas" me llevó a leer a los autores hispanoamericanos de la generación de Bolaño, a Vila-Matas, a Fresán, a Pauls desde la perspectiva de alguien -Bolaño- que señala siluetas en la niebla y los convierte en sus hermanos (y esto es una imposición, por supuesto, pero también un descubrimiento), los llama a pelear juntos una guerra que venían peleando en soledad, una guerra perdida, por supuesto, pero que vale la pena luchar. Y, además traza "Derivas" un futuro, un futuro posible, uno entre tantos, pero futuro al fin; un futuro al que cabe cuestionar, negar, pero a la vez un punto de partida, quizá más, quizá un eje. Un futuro secreto. Pero más allá de este entusiasmo que me transmitió -y sigue transmitiéndome- este texto, no dejo de asombrarme a cada relectura de esas lucidez e inteligencia de las que hablaba, la precisión con la que Bolaño apunta y acierta. Quizá el blanco fue inventado por él, asi como la necesidad de disparar, quizá el blanco fue colocado después, en el lugar en el que había impactado la bala (tantas veces las armas se disparan solas), quizá nos mostró un blanco impactado sin que existiese un revolver, pero eso no importa. Importa que la ficción sobre la literatura argentina creada por Bolaño es brillante, tanto como la mejor de sus novelas, importa que el drama de las tres líneas que plantea (Arlt-Piglia, Soriano, Lamborghini), callejones sin salida o muerte de una literatura, puede leerse también como una historia a la altura del destino de sus personajes más queridos, Belano y Ulises Lima. Y, en mi caso, como dijo Philip Dick, sigo pensando que la mejor literatura es la que mueve a crear. Es decir, como nada escapa de la condición de ficción, sólo podemos aspirar -ya que no a "saber", que en el fondo equivale al totalitarismo de la razón- a crear; la mejor ficción es, entonces, aquella que mueve a ficcionar.

viernes 9 de octubre de 2009

Los otros libros en Revista Narrativas #15

Mi penúltimo cuento, "Los otros libros", acaba de ser publicado en el número 15 de la revista Narrativas, y probablemente hacia fin de año sea traducido al italiano y al francés, para las revistas IntercomSF y Galaxies respectivamente.

escritores en desencuentro

Esta semana se celebró el encuentro nacional de escritores, en el que participé junto a gente como Gabriel Peveroni, Rodolfo Santullo, Damián Gonzalez Bertolino, Pedro Peña, Pablo Trochón, Martín Bentancor, Leonardo Cabrera, Inés Bortagaray, Jorge Alfonso, Andrés Ressia y Dani Umpi. La mesa redonda que me tocó estaba dedicada al tema de las generaciones y las "fronteras de lo literario", que a lo largo de las participaciones fueron entendidos en el sentido más físico, trayendo al diálogo la separación entre Montevideo y el interior, y no tanto otras posibilidades del tema como ser la demarcación variable e histórica entre lo literario y lo metaliterario (que era, de hecho, por donde yo asumía que iba a ir la discusión). El evento estaba organizado de manera que cada participante expusiese sus ideas, usando no más de siete u ocho minutos, para, tras la última exposición, abrir la posibilidad de diálogo con el público. Este sistema no hacía fácil el intercambio entre los panelistas, de modo que, en general, no hubo verdadero "debate", lo cual podría pensarse -según señaló, probablemente no de la mejor manera- el escritor Carlos María Dominguez, otro de los integrantes de la mesa de "Generaciones". Quizá otro tópico en el que se hizo énfasis fue el de la presencia -¿vigencia, influencia?- de la generación del 45 (introducido, como era de esperarse, por Carlos Maggi), especialmente de Juan Carlos Onetti, quien, desde la caricatura que ganó el reciente concurso de La Diaria, parecía presidir el encuentro con cierta mirada desencantada o poco auspiciosa. Mi participación se limitó a señalar las diferencias entre una posible generación a la que pertenezco (la de los autores emergentes, digamos, que empezaron a publicar de un modo visible o notorio no antes del 2002) y la inmediatamente anterior, que abarcaría los 90 y parte de los 80, atendiendo a nuevas prácticas que cuestionan el concepto clásico de "publicación".
El jueves al mediodía se habló de narrativa joven, en una mesa que se extendió demasiado -a mi entender- en temas que, si bien puede pensarse que merecen atención, quizá el mejor lugar para trabajarlos no fuese esa mesa en particular, preguntándose una y otra vez sobre si los jóvenes leen y cual es, por lo tanto, el "futuro" de la literatura. Santullo y Bortagaray (más Pedro Peña desde el público) hicieron una apuesta por la respuesta afirmativa, mientras que, con la excepción de Andrés Ressia, Jorge Alfonso y Dani Umpi, que matizaron su respuesta de maneras bastante diferentes, el resto de la mesa tendió a dar por sentado, en tono apocalíptico, ese tan repetido jingle de "los jóvenes no leen". Tratar ese asunto, creo, fue una gran pérdida de tiempo. No es que haya concurrido a este evento con el ingenuo optimismo de pensar que podríamos llegar a ciertas conclusiones o trabar acuerdos o armar una generación en plan combativo, programático y autoconciente, sino porque estando presentes tantos "autores jóvenes" (o "nuevos" o "emergentes") podríamos al menos haber hablado de temas que nos preocupasen en verdad, y no tomar la posta de generaciones quizá perimidas cuyas preocupaciones, por causas políticas (o políticamente correctas) o por no otra razón que no tener de verdad nada para decir -o para pensar-, como me pareció que fue el caso de Hugo Burel (sea por falta de interés o por una decisión conciente y planificada), no son necesariamente las nuestras, o lo son tangencialmente y en segundo plano frente a otros debates posibles. Es obvio que cada no de nosotros siente preocupaciones diferentes, singulares, pero estoy seguro que podríamos haber elegido tres o cuatro tópicos que estemos de acuerdo en considerar relevantes, en mayor o menor medida.
Terminado el encuentro, pasados los aplausos y los lloriqueos en plan "recorrí 500 quilómetros para que al final no me dieran la palabra", esta sería mi lista de temas a tratar:
1) La posición de los escritores emergentes ante el discurso "oficial" de la literatura uruguaya
2) La existencia -o no- de tal discurso, de una "literatura uruguaya", de una tradición literaria uruguaya, y de qué manera las líneas pasibles de ser trazadas enlazan (sea por el gesto voluntario de inscribirse o por una imposición a posteriori de la crítica) o eluden a la variada producción emergente
3) Las condiciones de legibilidad que enfrentan los textos emergentes
4) Los posibles cambios en el concepto de "publicación", a través de medios clásicos como los fanzines (online o en papel), los libros artesanales y las plaquetas, o también medios "nuevos" como los blogs
5) La actitud ante el perstigio (si existe tal cosa) de la figura del escritor: el escritor como ser que "conforma" a un cierto público en lugar de desafiarlo
6) La existencia -o no- de una clásica (Hugo Achugar dixit) actitud uruguaya ante la crítica, ante el debate, ante la polémica, teniendo en cuenta nuevos espacios de opinión
7) El estatus en la producción emergente de la dramaturgia, la historieta, lo fantástico, el guión cinematográfico o televisivo
8) El mercado editorial nacional y transnacional, los contratos de edición, las condiciones de edición, los concursos, la atención de los medios de prensa
Espero sugerencias.

viernes 2 de octubre de 2009

ciencia ficción uruguaya (6 puntos para un posible manifiesto)

Anoche, en la Feria del Libro de San José, Pedro Peña, Rodolfo Santullo y yo tramamos una suerte de mesa redonda sobre la ciencia ficción uruguaya, precedida por una breve ponencia (a cargo de los tres) sobre la historia del género, a nivel internacional -aunque en rigor sólo hablamos de la corriente anglosajona- y también local. Surgieron algunos temas a debatir, como por ejemplo el lugar que tomaría "Eldor", el libro de Pedro, en el contexto de la CF y, además, en el de la literatura nacional. Terminada la mesa, Santullo y yo nos quedamos un rato conversando (y cenando, cortesia de los organizadores de la Feria) sobre, entre otras cosas, la historia de la CF y el comic nacional y, sumado a lo dicho en la mesa, terminé sacando algunos puntos en claro, que aportarían a un posible manifiesto que descarte obviedades al estilo de "creemos en la CF como forma literaria con posibilidades, bla bla bla".
Primero, sigue pareciendo una tendencia clara que cuanto menos "combativa" o "militante" es la adhesión a la CF de un determinado escritor, más presencia tendrá en el mundillo de la literatura o la cultura en general. En general, la gente de este ambiente sigue estando bastante desinformada en cuanto a la variedad conceptual y literaria de la ciencia ficción; además, los escritores "nuevos" que entran al género no lo hacen desde la postura típica de los 80 y 90, que era definirse claramente como "escritor de CF". Un ejemplo claro de esto es Natalia Mardero.
Segundo, hay que narrar la historia de la CF uruguaya, una verdadera tragicomedia o, mejor, una mina de oro de humor a la Woody Allen o incluso los hermanos Marx, llena de malentendidos, absurdos y pequeños momentos brillantes. Por ejemplo: en 1997 planeamos una convención y obtuvimos dinero a través del INJU. Esa cantidad hubiese servido para una reunión decente, con gente de Bs As, venta de libros, ponencias y debates; sin embargo, se optó por intentar mejorarla, ampliarla (llegando a mencionar tonterías como un enlace via Internet con Arthur C. Clarke), y para ello se contrató a un organizador o promotor que terminó gastando parte del dinero en cenas con "personalidades" como Emil Montgomery (!). La otra parte "desapareció misteriosamente", como diría el Jefe Gorgory.
Tercero, es posible -y deseable- una vez más el intento de elaborar una buena revista de CF y fantasía, que haya aprendido de los errores de las que la precedieron. Una revista-libro, con ficción de autores locales, un buen artículo por número, reseñas de cine, libros y música, una sección de historieta y mucha depuración de actitudes cuasiadolescentes (al estilo "NO PUBLICAMOS POESÍA") que fueron la tónica de las revistas anteriores -ver punto siguiente.
Cuarto, el ambiente literario nacional ha cambiado drásticamente desde la época de las revistas "históricas" de CF nacional -Diaspar, por ejemplo. Durante los años 80 y 90 tenía sentido dar la espalda a la cultura oficial y apostar a una literatura under a través de fanzines (como Trantor) o semiprozines (como Diaspar); ahora, pasando los dosmiles, el panorama ha cambiado tanto que no tiene verdadero sentido una reacción contra una línea oficial (porque esta línea ya está desdibujada o pertenece al apsado), ni tampoco contra una línea emergente, en gran medida porque no hay una línea única y las que se reconocen vagamente no marcan (de hecho hasta son compatibles con ella) un verdedero rechazo (como si ocurría en los 80 y 90) a lo fantástico o la CF. Paranoias aparte, no tiene sentido apuntar a "enemigos" que no existen.
Quinto, la CF podría seguir el ejemplo del comic nacional, que a partir del 99 ha constatado que los proyectos de autoedición o los amparados por instancias al estilo Fondos Concursables tienen posibilidades claras y concretas de desarrollo.
Sexto, sigo pensando que la mejor novela de CF uruguaya es Interludio interlunio de Ercole Lissardi y que el mejor escritor de CF local es Roberto Bayeto. Me explicaré en cuanto al último punto. Bayeto (quien sigue arrastrando -y también buscándose- su fama de "demente") es un escritor con importantes problemas de puntuación, construcción y ritmo (basta ver su blog para comprobarlo), sin mayor conciencia del lenguaje o oído para la prosa en español (sus textos suenan en general a malas traducciones del inglés, seguramente porque su formación como escritor ha excluído literatura en su propio idioma), capaz de construir climas increíbles y dotado de una imaginación portentosa, un sentido del humor único, una conciencia del género al que se inscribe comparable a la de muchos maestros anglosajones (un Orson Scott Card, por ejemplo, o un John Varley), un espléndido arsenal de prejuicios anquilosados y muy poca o ninguna voluntad de renovarse, refugiado a su pesar en su blog monetizado. Los interesados harían bien en leer En la tierra donde viven los dragones y los cuentos "Cuando la bestia llega" (Diaspar #2), "La muñeca de Marte" (Diaspar #3), "El mercado de las sombras" (publicado en BEM online), y en menor medida "Hackers" (publicado en Axxón) y "Monstruos" (Publicado en Días extraños #1). Ni Peña ni Mardero ni yo (ni Pablo Dobrinin o algun otro autor que ahora no recuerde) podemos presentar un corpus de obras tan numeroso y variado como el de Bayeto; en parte porque ni Peña ni yo escribimos "sólo" CF. En cuanto a Dobrinin, tendría que leer más sus escritos recientes, pero está claro que si muriera repentinamente Bayeto (hecho no muy probable, salvo que a través de la TV emitieran rayos asesinos dirigidos especialmente a sus ojos) el único escritor "combativo" del género sería Pablo, que, por otro lado, modula apreciablemente su CF a registros más intermedios entre la CF y la fantasía o incluso lo fantástico.

domingo 27 de septiembre de 2009

1999/2000

Como comentaba en el post anterior, mi relato 1999/2000 vió su primera parte publicada en el último número de la revista Freeway. Para los interesados en el texto que no consiguen la revista, lo reproduzco aquí, seguido del capítulo siguiente.
1.septiembre


El fin del mundo, para mí, comenzó en septiembre del 99, y terminó siete u ocho meses después. El puntapié inicial lo dio un amigo de Ana Paula, la que por aquel entonces era mi novia; por siempre odié a los conocidos de mis parejas; en este caso los motivos estaban más que fundados. Se llamaba Antonio y era una especie de cuarentón que quería posar de cool, en plan viejo marinero guión poeta guión torturado por la vida esencialmente optimista, el tipo de idiota que finge todo el tiempo estar de vuelta y que cree saber la última palabra sobre cualquier tema concebible, especialmente en relación a las mujeres. Solía darme sus poemas en ajadas hojas fanfold, con las letritas de las impresoras matriz de puntos. Creo recordar que le gustaba Bukowski de un modo exhibicionista y presumido; sus poemas me parecían una proyección perfecta de su persona, lo cual cabía pensar como la peor crítica posible. Sin embargo también he de admitir que algunos no estaban del todo mal; si me agarraba de buen humor hasta podía tomarlo a la ligera y entenderlo como un tipo pintoresco más, digamos el tipo de tarado que podía servir de modelo para algún personaje. Por otro lado, no había momento en que no intentara llevarse a la cama a mi novia, subliminalmente o no tanto. Una situación desagradable, ya que ella tenía ciertas teorías sobre los celos y la madurez que implicaban que si yo demostraba ganas de partirle la nariz de una piña a Antonio por haberse pasado de listo con una indirecta, el que estaba esencialmente equivocado era yo y, por supuesto, sería quien pagase los platos rotos (o los ceniceros, las macetas, los controles remotos o cualquier objeto que sirviese momentáneamente de arma), por lo que me conformaba con responder con alguna que otra ironía y a amargarme; pero bueno, así de tonto era yo por aquel entonces.
Una tarde cayó Antonio por el apartamento de mi novia (ella era profesora en un liceo, y como estábamos en plenas vacaciones tenía mucho tiempo libre); creo que nuestra conversación iba por una de mis bandas favoritas, los Smashing Pumpkins, concretamente el disco Adore, que yo recién había escuchado con un par de años de retraso. Recuerdo que habíamos planeado cocinar algo entre los dos para la cena, o algo así. En cualquier caso, fue evidente mi reacción cuando suena el timbre, Ana atiende y de inmediato corre al balcón para tirarle las llaves al infeliz de Antonio. Respiré profundo y conté hasta diez. Quince minutos después estaba el indeseable parásito en el sofá comiendo galletitas, riéndose a carcajadas e indisimulando un libro en el bolsillo del saco, forrado con papel de almacén y rotulado “poemas buko”; entonces surgió el tema del año 2000. Supongo que era algo que estaba en el aire (quizá el calor incipiente despertaba a las neuronas), aunque ahora resulte difícil pensar que el futuro pueda darse de un modo tan presente. Quizá porque siempre fui lector de ciencia ficción la idea de futuro ha sido algo casi tangible para mí; en el 99 esa sensación parecía haberse contagiado al resto de la humanidad. Recuerdo además la irrupción de tanta literatura “milenarista”, por usar el término con demasiada libertad, que auguraba desde el cumplimiento de las profecías de Nostradamus hasta la existencia de un número enorme (parecía que sólo uno era insuficiente) de asteroides en curso de colisión con la tierra. Y sucedió que la paranoia del milenio tocó literalmente mi vida cuando Antonio se limpió las migas de galletitas, puso cara seria y anunció que era muy posible que no fuéramos a verlo por un tiempo. Me voy a una estancia, dijo, donde unos amigos están tomando recaudos para el milenio. ¿Qué querés decir con recaudos? le pregunté. Claro, respondió, recaudos. Por lo del virus, ¿no sabías? El Y2K: Cuando las fechas en todas las computadoras cambien a cero-cero se va a ir todo al carajo. Pensalo. Las deudas de tarjetas de crédito, la luz, el agua, los impuestos, todo. Va a ser una catástrofe financiera, va a haber apagones, cortes de agua, caos, saqueos, todo lo que se te pueda ocurrir. Miré a Ana, que parecía asentir con cara de preocupada, y me encogí de hombros. Pero eso es esencialmente una paranoia, dije. Nada de paranoia, Hierro Lopez (por entonces el vicepresidente) ya salió a declarar que van a tomarse medidas. Pero no hay nada qué hacer. Yo voy a estar tranquilito con Santiago (su hijo, creo que tenía unos nueve o diez años) en la estancia de estos amigos, ahí vamos a tener agua, electricidad y comida. Ya se van a acordar de lo que les estoy diciendo.
Ana Paula parecía incómoda. Lo último que falta, pensé, es que ahora este tarado la invite.
-Y vos, Anita, ¿no te querés venir? Acá tan cerca del centro estás en plena tormenta…
Debí haber agarrado el primer cenicero o control remoto o maceta o plato o lo que fuese que encontrase más a mano y tirárselo en su cara de milenarista de cuarta. Pero, por supuesto, no hice nada.
Y así comenzó el fin del mundo.



2.Octubre


Fin del mundo puede significar muchas cosas. Está la idea pseudometafórica de “fin del mundo como lo conocemos”, que generó aquella canción de R.E.M.; está también el concepto más literal o físico: el mundo se va a terminar en una catástrofe, como sucedió con los dinosaurios. Un cometa o un asteroide choca con la tierra y levanta una polvareda tan grande que no vemos el sol por veinte años; resultado: nos morimos todos. Mi solución a este escenario siempre fueron ciudades subterráneas; incluso llegué a pensar –creo que tenía doce años, por lo que es perdonable- que de ese percance hasta podría surgir una humanidad “mejor”. En fin, asi de tonto era por aquel entonces. Esto nos conecta con la idea de “fin de la civilización” asociada a “fin del mundo”; ejemplos: Mad Max, Endgame, etc. Otro fin del mundo posible implica un final de verdad: no sólo para la vida sobre la tierra sino un verdadero fin del tiempo. Tenemos dos variantes: la científica, la astrofísica digamos, y la mística, la del Apocalipsis, el Ragnarok, la Batalla Final donde se destruyen el cielo y la tierra y los justos son salvados, bla bla bla. Muchas veces la opción mística propone la creación de un cosmos nuevo al final, por lo que el fin del mundo también puede entenderse como algo cíclico.
Pero el fin del mundo también puede ser el fin del mundo personal. Uno se queda sin pareja, sin trabajo, sin casa, sin un proyecto de vida que se sostenga, sin amigos, sin referencias inmediatas. Es posible; de hecho, ha sucedido. En Octubre del 99, por ejemplo, terminó mi relación con Ana Paula, lo cual es una forma a escala (está bien, a una escala muy pequeña, pero entenderlo requiere perspectiva, requiere tiempo) del fin del mundo. Habían influído muchas cosas, entre ellas –son sus palabras-, mi pésima relación con sus amigos. Perfecto. La ruptura coincidió con la salida de mi primera novela, que trataba de dos asesinos en serie que entienden sus crímenes como obras de arte destinadas a producirles una suerte de iluminación; el libro terminaba con la muerte de uno de los protagonistas y la desaparición del otro –en plan Frankenstein hacia el polo norte o Sobre héroes y tumbas en la Patagonia-, que era el narrador de la historia. Podía pensarse ante todo como una copia elaborada y resignada de Crash, de Ballard, pero tenía cierto encanto. O al menos eso creo. Contar con una novela publicada implicó un buen cambio; el que te reconocieran en librerías por la fotito en la contraportada no cuadraba del todo con mi noción más bien anónima de lo que era ser un escritor (venía publicando cuentos desde el 94 y nadie parecía enterarse), asi que Conclusión: no sé si califica de “fin del mundo” o, mejor, de comienzo cíclico de un mundo nuevo, pero las cosas, en gran medida, estaban cambiando.
Lo cierto es que pase casi todo octubre bastante deprimido por la ruptura con Ana. Mi amigo Aníbal se esforzaba por distraerme invitándome todo el tiempo a Cinemateca, multiplicando el número de ensayos con la bandita de rock que teníamos, estando mucho más disponible que de costumbre para una salida de martes por la noche a emborracharse por la rambla, ese tipo de cosas. Una tarde me llamó por teléfono para pedirme que fuera, lo más rápido posible, a Tristán Narvaja y Colonia. ¿Pero qué pasa?, le pregunté. Nada, nada, me dijo, sólo El Fin Del Mundo, y cortó. Salí corriendo y me tomé un bus. Veinte minutos después encontré a Aníbal en la parada, con una sonrisa gigantesca de Gato de Cheshire. Vení, dijo, y casi me empujó hacia la localización pactada. Entonces entendí. Un librero de la cuadra había sacado todos los libros a la calle y gritaba a los cuatro rincones del mundo que estaba regalándolos a quien quisiera llevárselos. La gente curioseaba al principio con un poquito de asco o de miedo; algunos desaparecían por Colonia con un libro bajo el brazo. Me acerqué a una de las pilas –el tipo sacaba los libros de su local en una carretilla, que vaciaba como si se tratara de arena o pedregullo- y me puse a buscar.
-¿Cómo que por qué los regalo? –gritaba el librero- ¡Porque se termina el mundo! ¿No se dan cuenta? Es el fin, viejita, ¡el fin! ¿De qué mierda me sirve tener tanto libro? ¡De nada! ¡Y a ustedes no les va a servir de nada llevárselos! ¿De qué les puede servir, si en dos, tres meses el mundo se acaba? Se los llevan de codicia, nada más, de codicia, ¡hijosdeputa! Pero llévenselo todo, ¡todo! ¡A mí qué me importa!
Algunos de los libros estaban en un estado lamentable; supuse que los mejores ya se los habían llevado. Está así desde el mediodía, contó Aníbal, metiendo las manos en una de las pilas, yo pasé por acá hará una hora o una hora y media y me aparté algunos libros; después te llamé. ¿Qué conseguiste? Un Paradise lost, una edición de La vida breve medio hecha mierda pero completa y unos comics de Green Lantern/Green Arrow en la edición de Zinco. Cool, dije. A pocos metros unas manos femeninas sacaban un libro cuya portada ya conocía. Me detuve en seco.
-Disculpá –le dije-, pero ese libro, la verdad, lo vengo buscando hace años… ¿Realmente te lo vas a llevar?
Era una chica de mi edad, más o menos, quizá un poco más, bastante bonita, pelirroja y pecosa, de ojos grandes y marrones. Tenía en sus manos una copia en bastante buen estado de El principio antrópico, la penúltima novela de Gustave Mayhen.
-Sí, me lo voy a llevar –me respondió-, pero vi otra por ahí… -y señaló el montón más grande.
Aníbal la había encontrado.
-Tomá –me la tendió-, me la iba a quedar, pero bueh.
-Gracias –le dije a la chica-. ¿Te gusta Mayhen? Debemos ser los únicos lectores que tiene en Uruguay, ¿no?
Se llamaba Agustina. Una hora después estábamos tomándonos un café en un bar de la zona. Ese fin de semana salimos y unos meses después, ya en el 2000, empezamos a vernos de un modo bastante formal, como novios a la antigua. El fin del mundo, claramente, es algo cíclico.

sábado 19 de septiembre de 2009

septiembre

En el número de septiembre de la revista Freeway ha sido publicado mi cuento "Septiembre", que cabría interpretar como un paso decisivo en la pobreza creciente de mis títulos. La idea surgió de una convocatoria de Pablo Trochón, quien dirige la sección "Ozono" de Freeway, proponiendo la escritura de relatos íntimamente relacionados con el mes en que serían publicados. Me puse manos a la obra y terminé yéndome por las ramas o, más técnicamente, yéndome al carajo y escribiendo una especie de nouvelle titulada 1999/2000, tramada como las teorías y recuerdos de mi aburrido personaje Federico Stahl sobre el fin del mundo, acontecido entre septiembre del 99 y abril del 2000. La "primera entrega" (no quiere decir que en la revista vayan a aparecer las otras, que por ahora quedan reservadas para este blog) lleva, entonces, el predecible título de "Septiembre" y puede ser leída en el número más reciente de Freeway.

sábado 12 de septiembre de 2009

criptología

A Rex le habían hablado de un underpub recién abierto por la zona del Parque Rodó, La taberna de Platón. Me convenció de ir y, cuando entramos bajando una tenue escalera de madera muy clara, pensé que el chiste se me había ocurrido años atrás y que, como tantas veces, no había hecho nada al respecto.
-Me pasó lo mismo con Antichrist Superstar -le dije.
-Sí, claro -respondió, mostrándome los dientes.
Después, mientras nos acomodábamos en la barra y pedíamos dos vodka tonic pensé que lo realmente gracioso sería buscar una posible traducción que mantuviera el juego de palabras. Plato’s rave, pensé, pero no se lo dije a Rex. Si alguna vez me decidía a regentear un antro de música electrónica le pondría ese nombre, pero seguramente alguien terminaría por adelantárseme.
Rex había estado perdiendo resistencia alcohólica, al contrario de Jon, que viraba de los viejos y queridos alucinógenos a la espuma bukowskiana. Bastaron dos vodkas (tónica el primero, Sprite el segundo) para que Rex empezara con su happy hour de asociación libre. De repente se detuvo, como empalado por una idea.
-¿Te dás cuenta?, escuchá.
¿Que escuche qué? -le pregunté-, ¿la música? ¿Lo que estaba a punto de decir? ¿Las paparruchas de un estúpido tecnócrata cargándose a una neoyuppie sentada justo a mi izquierda?
-Escuchá a la mina –dijo, señalando a la víctima del tecnócrata- fijate que cada vez que habla hace silbar las eses... escuchá.
Traté de prestar atención. En efecto, la chica acentuaba el silbido de la S, pero no de todas. Algunas sonaban normales, en otras se apoyaba como si el discurso la agotara y necesitara descansar por un instante. O como si intentara caminar por un piso encerado y lograra mantener el equilibrio la mayor parte de las veces pero no pudiera evitar pequeñas patinadas.
-Fijate, fijate -decía Rex, encendido-; cada ene segundos ella acentua las eses. Como el acento no se repite en un patrón sencillo, digamos cada doce segundos, sino de un modo complejo, podría pensarse que está transmitiendo información. Quizá las eses normales implican un cero y las largas un uno, y esta mina está radiándonos en binario algo importante. O quizás...
Le puse mi mejor mirada escéptica. Pero Rex insistió:
-Seguramente se trata de algo que asimilamos inconcientemente. Una parte de nuestra mente, la más importante, está escuchando lo que dice la mina y, además, respondiéndole de un modo que no nos damos cuenta. Estamos al margen de ese diálogo, del mundo que implica ese intercambio. Y ese es el mundo verdadero, el mundo que importa, no el nuestro.
No dije nada y pedí otro par de vodkas, ahora con naranja. Rex se lo bebió de un trago.
-Imaginate toda la información que nos perdemos, todas las maravillas de las que no sabemos nada. Debe pasar todo el tiempo... vas en un ómnibus una tarde y las azoteas y los árboles cortan intermitentemente la luz del sol, como creando un código morse; o estás en una disco y te exponés al lenguaje cifrado del bajo y la percusión en la música electrónica... mirá si nos dan órdenes, si nos llevan a actuar como actuamos, y nosotros creemos que somos libres...
De inmediato la mirada se le nubló para el resto de la noche. Entrecerró los ojos, se meció en su banqueta siguiendo la música y sonrió, satisfecho.
Intenté distraerme mirando mujeres. Encontré un grupito interesante y ya estaba pensando alguna estrategía cuando Rex me tocó el hombro, como queriendo atraerme al universo al que se había retirado. La lengua un poco trabada, asintiendo despacio con la cabeza, dijo:
-Plato’s rave. Ahí tenés. Si algún dia quisiera hacer plata abriendo una disco, ese sería el nombre.

lunes 7 de septiembre de 2009

mirror mirror on the wall

La vida en el espejo es la última novela de Ercole Lissardi, y pertenece a lo que podríamos llamar el subconjunto fantástico de su producción junto a novelas como Evangelio para el fin de los tiempos, Acerca de la naturaleza de los faunos y El amante espléndido. A simple vista se trata de un ejercicio sobre el doble, uno de los temas más extendidos de la literatura fantástica; la idea de un "otro yo" que nos sirve de opuesto y complemento, al estilo Jekyll & Hyde, planea por las páginas de esta intensa novela; del mismo modo, otro tópico fantástico (o de fantasía, porque La vida en el espejo problematiza las posibles diferencias entre la fantasía y lo fantástico) como es el mundo "alternativo" al que nos permiten acceder los espejos, sirve de eje al libro. Su narrador/protagonista está en el final de una relación de pareja y debe buscar un nuevo lugar donde vivir; encuentra un apartamento cercano a la rambla (las localizaciones montevideanas están resaltadas en el texto, y se apela a la construcción del paisaje urbano en gran medida haciendo que el lector reconozca las coordenadas y "proyecte" la visión de, por ejemplo, la Playa Ramirez) con la (inquietante) cualidad de que todas sus paredes están cubiertas por espejos. La confrontación con la imagen reflejada gatilla los mecanismos del libro; la "rebelión" del reflejo es el centro de la fachada fantástica de esta novela, asi como también el desenlace y toda la interacción entre hombre y reflejo, especialmente la capacidad de este último de atravesar la barrera entre los planos.
Entre los últimos libros de Lissardi (la Trilogía de la infidelidad compuesta por Los secretos de Romina Lucas, Horas puente y la terrible Ulisa, más la novela Una como ninguna) lo fantástico no aparecía como un elemento de verdadera importancia (aunque en Una como ninguna hay cierta apelación a lo onírico); esto podría llevarnos a concluir que con Lissardi se ha decidido a explorar líneas de su producción que parecían dejadas de lado; pero, por otro lado, es posible elaborar una lectura de su última novela en la que ciertas líneas planteadas por La vida en el espejo en la que ciertas líneas planteadas por Una como ninguna son ahondadas: el problema de la identidad, de la ficción que (nos) construimos sobre nosotros mismos y que lucimos como máscara ante los demás. En La vida en el espejo el recurso a la imagen reflejada nos permite abrir una serie de interrogantes. ¿Cuál es el orden de la "inversión" de la imagen? ¿Qué quiere decir "nuestro opuesto"? Si nuestro doble especular viviera, ¿sería valiente donde nosotros somos cobardes, fuerte ante nuestra debilidad, bestial donde nos refugiamos en la civlización y la domesticación? Y esos elementos, ¿están de alguna manera en nosotros y son rescatados, potenciados por la imagen, o son una marca absoluta de nuestra carencia, presentes en el espejo porque están ausentes en nosotros?
La vida en el espejo también explora el tema de la sumisión, en gran medida desde un punto de partida erótico (Lia, la dominada, Amelia, la "ama"), armando una ecuación deseo/identidad que juega todo el tiempo con la noción de reflejo especular, de opuesto. Estas líneas encuentran en el personaje de Melisa (la tercera mujer que conoce el narrador en su vida en el apartamento espejado) una realización más que bien lograda: ella es su propio reflejo, su propio "opuesto", pues es claramente conciente de la cara que lleva "en sociedad" y su contrapuesto "privado"; asimismo, su preocupación ante la posibilidad de ser vista, de ser descubierta, y, a la vez, el deseo de que esto suceda, la erotización implícita en esa posibilidad, nos devuelve al planteo original de quienes somos, quienes decimos que somos, quienes creemos que somos y quienes queremos ser. Y esto último, como hacía aquella bruja mala, siempre se le ha consultado al espejo; el que algunos respondan lo que no queremos oir es el hueco por el que Lissardi, en su nueva novela, nos arroja al abismo.

sábado 5 de septiembre de 2009

perséfone 4 (y otras cosas)

Anoche en la Feria del Libro Andrés Ressia y yo presentamos Perséfone y Parir dialogando con Gabriel Lagos. Pasamos un momento entretenido elaborando sobre algunos temas planteados por Gabriel, y entre los presentes se encontraban Carlos Rehermann, el editor de Estuario Martín Fernandez, Matías Bergara y Horacio Cavallo. A partir de una de las preguntas de Lagos me quedé pensando en las percepciones que podemos tener de nuestro propio entorno literario y cómo todas las respuestas que puedan daraw en rigor no hacen más que señalar los límites y formas de nuestro pensamiento; preguntándome sobre mi visión de la literatura de mi generación (por llamarla de algun modo) surgieron de inmediato en mi mente los nombres de Horacio, de Fernanda Trías, de Gabriel Schutz y Jorge Alfonso; está claro que los escritores que me resulta más fácil nombrar al preguntárseme (narcisismo solipsista mediante) por qué elementos en común podremos tener a la hora de escribir quienes andamos por la treintena son los que tienen (al menos desde mi punto de vista, quizá ellos difieran) más en común con mi escritura; entonces, todos los demás que he leído y apreciado (Santullo, Bentancor, Cabrera, Bertolino, Peña, Ressia, Mardero, Umpi, Richero, Turnes) configurarían otra literatura joven, u otras, de modo que una vez más nos encontramos ante la idea de que hay poco y nada que mantengamos todos en común (nada de generación de los dosmiles, por lo tanto), o que, en todo caso, habrá que esperar para distinguir esas líneas.
Pero me parece una conclusión simple. Ante todo porque puedo armar otro sistema de relaciones en el que lo que escribo tiene más en común con Natalia Mardero, Pedro Peña y algo de Santullo, por ejemplo, que con la manera en que han sido leídos algunos elementos de la obra de Fernanda Trías, acercándola entre otras escritoras a Sofi Richero. Es, quizá, una construcción en la que tenemos núcleos (los escritores) y palitos con los que unirlos; las posiblidades son enormes y superpuestas entre sí, como en un modelo ideal que posee más de tres dimensiones.
Podrá argumentarse que buscar estos parecidos y grupos de escritores (como se ha hecho por ahí y discutido en este blog) implica una simplificación excesiva; lo cierto es que para hacer un mapa hay que sacrificar detalles a la escala; lo importante es no confundir modelo con realidad y entender siempre las limitaciones inherentes a la "reducción de la realidad" que estamos usando, en rigor nada más que como herramienta a la hora de entender qué sucede a nuestro alrededor.
Todo esto para responder a preguntas cómo ¿a qué se parece lo que hacés?, o, más interesante, para leer con atención lo que se está escribiendo en estos años.
Además, todo acto de incorporar dos escritores o escrituras a un espacio en común es en realidad un acto de creación, una ficción. Si yo digo que lo que escribo tiene más en común con Cavallo y Trías que con Ressia, por ejemplo, es porque privilegio -porque mi mirada privilegia- en ellos los elementos que creo asimilables a mi escritura; esos parecidos son a posteriori, y otro escritor con quien yo no me sienta tan "compatible" podrá encontrar en Fernanda y Horacio elementos que los reunen en otro espacio posible. Todo acto de leer es una creación de segundo grado: inventamos lo que estamos leyendo, inventamos el libro que acabamos de leer. "La obra de Cavallo" desde mi escritura es una ficción; lo mismo "la obra de Santullo" o "la obra de Alfonso".
Podría cuestionarse, una vez más, la necesidad de estas especulaciones; sin embargo, como juego teórico me resulta interesante, más allá de que esté hablando de algo tan cercano a lo solipsista como "mi generación" -es decir, una entidad totalmente ficticia y, en la medida en que la defina con ciertas características, una extensión de mis tics a la hora de leer, de mis obsesiones, mis gustos, mis debilidades. No es como mirarse el ombligo, pero casi. Sin embargo, en el proceso pueden surgir pensamientos interesantes.

viernes 4 de septiembre de 2009

Marvel comics y Walt Disney

Voy a usurparle un poco el estilo de comentar noticias a mi amigo Roberto Bayeto y contarles (tengo que sacármelo del sistema) de la mala espina que me da que Marvel Comics haya sido comprada por Walt Disney Pictures; en su momento, el viejo criogénico Walt pudo seguramente haber significado un salto cuántico en la técnica de animación, la fusión de música e imagen en el cine y muchas cosas más, pero sabemos muy bien que en las últimas décadas su compañía se ha vuelto una máquina mercantilista descarada productora de boludeces propagadoras de la peor encarnación del American way of life y muchas patrañas más, con moldes de comedia repetidos hasta el agotamiento y menos inspiración que los célebres monitos aporreando máquinas de escribir. ¿Qué pasará ahora que esta gente asume el control de instituciones del comic como X-men, Spiderman, Fantastic four y tantas otras series? Imaginemos algunos escenarios posibles:
Wolverine se volverá vegetariano
Punisher optará por el diálogo en lugar de las balas y todos sus enemigos moriran por causas ajenas a su control, en escenas muy breves e indirectas. De hecho, probablemente reemplace la clásica calavera de su uniforme por un logo de Mickey Mouse
Spiderman se volverá lider de un destacamento de Boy Scouts
Hulk controlará su ira asistiendo a seminarios autoayuda de Isha
Lista de crossovers posibles:
Hulk vs. El Pato Donald: plumas verdes
Goofy vs Spiderman: el caso de los dulces robados
X-men vs Hugo, Paco y Luis: evolution
Giro sintornillos y Tony Stark: guerra de patentes

En fin, pasando al lado positivo de la Energía Oscura (70% del universo según la astrofísica contemporánea) quisiera comentarles lo mucho que me entusiasma que gente joven y con ganas de hacer cosas interesantes vaya, asi sea de a poco, obteniendo su lugar en el ambiente artístico. Me refiero especialmente a emprendimientos de artistas muy talentosos, como Estudio Egg de mi gran amigo Matías "Martín" Bergara y las nuevas incursiones en la animación de ese fascinante dibujante e historietista que es Zalozabal. Si siguen este enlace podrán descargar (es un poquito pesado, 40megas, pero vale la pena) un corto animado hecho "a la antigua", que nos ofrece una excelente muestra de la estética de este dibujante uruguayo, autor de álbumes de comic como Slum nation y Genética grunge, ambos publicados por Planeta DeAgostini y traducidos a más idiomas de los que puedo recordar.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Contornos en la niebla

El lunes se presentó Todo el tiempo, de Mario Levrero, en la nueva edición de Casa Editorial HUM. Los que asistimos pudimos escuchar una fascinante charla de Marcial Souto, llena de anécdotas de su relación con Levrero, contándonos los pormenores de la publicación de La ciudad, La máquina de pensar en Gladys, El Lugar y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, además de participaciones muy sentidas de Felipe Polleri, Helena Corbellini, Beatriz Davila y Pablo Casacuberta. Todo esto sumado al quinteto La mufa, que nos deleitó con una buena selección de tangos muy bien interpretados, y al gran Leo Maslíah, que performó varias de sus composiciones, incluyendo la genial "Anna Mandelbrot". Cerró la velada el emocionante aporte de los hijos de Levrero.
Entre los presentes se pudo contar a Carlos Rehermann, Amir Hamed, Elvio Gandolfo, Matias Castro, Gabriel Lagos y Jorge Alfonso, además de un gran número de lectores y admiradores del maestro fallecido hace ya cinco años.

Aprovecho la ocasión para incluir aquí un artículo que publiqué en La diaria hace unos cuantos meses, con motivo de la reedición de la Trilogía involuntaria.



Es muy tentador distinguir en la obra de Mario Levrero dos períodos. También, guiados por el afecto hacia la simetría, podemos complementar esta división añadiendo que cada uno estaría marcado por un grupo de textos que funciona de alguna manera como trilogía. Es decir: tenemos, escritas entre 1966 y 1970, las novelas que integran la primera Trilogía involuntaria (La ciudad, El lugar y París) y, publicada entre 1989 y 2006, la Trilogía luminosa (por ponerle alguna etiqueta), que consta del cuento “Diario de un canalla” (en El portero y el otro, Arca, 1992) y las novelas El discurso vacío (Trilce, 1996, reeditada en 2006 por Interzona) y La novela luminosa (Alfaguara, 2006). Es posible llamar “clásica” a la primera etapa y “autoreferencial” a la segunda, atendiendo a ciertas líneas de la escritura levreriana que parecen cristalizar en dos esquemas narrativos bastante diferenciados, oponiendo la apuesta por el relato y lo fantástico de la primera etapa a la elaboración basada en el monólogo, centrada en los misterios del yo y la identidad, con cierta apertura a lo espiritual de la última. Podría pensarse también una etapa intermedia de corte más experimental, que incluye textos inclasificables como Caza de conejos y Novela geométrica.

Otro enfoque, partiendo de una crítica al anterior, tendería a reconocer que la escritura levreriana es un proceso continuo que, partiendo de la nouvelle Gelatina (1968) o de La ciudad (escrita en 1966 pero publicada en 1970) y terminando en Los carros de fuego (2002) y La novela luminosa (2006), puede entenderse como una extensa indagación variacional sobre dos o tres temas fundamentales que se aproximan a lo ya apuntado bajo el rótulo de indagación sobre el yo y la identidad, y también la naturaleza de la realidad, el sueño, la ficción y, en última instancia, la gracia o salvación.

También es tentador pensar la obra de Levrero desde la óptica del fracaso, de una literatura que nunca podrá alcanzar su meta de expresar ciertas verdades espirituales debido en gran medida a las trabas inherentes al lenguaje, por ejemplo las entendidas a partir de William Burroughs en La novela luminosa. Cómo escribir a partir de esa conciencia es una de las pautas que pueden generar otra literatura, la de Kafka, la de Beckett, la que rodea tramposamente el Levrero de los últimos años. La novela luminosa sería la aceptación de ese “fracaso” y la construcción de un complejo aparato simbólico que, como veremos, lo abarca y contextualiza.

Cualquiera sea la opción de modelización escogida, está claro que el primer gran hito de la obra de Levrero, y en gran medida el establecimiento de sus temas fundamentales, es la llamada Trilogía involuntaria. El adjetivo remite a una toma de conciencia posterior a la escritura, que hermana las tres novelas bajo algunas ideas directrices, especialmente la noción de acercamiento a una “ciudad” apenas delineada. (Y es interesante comparar esta idea Levreriana con la más o menos contemporánea del Cortázar de 62/modelo para armar). En la primera de las tres novelas (publicada originalmente en 1970), La ciudad, el narrador arriba a una aglomeración de casuchas en torno a una estación ferroviaria, referida por sus habitantes (de un modo que el narrador encuentra irritante) como una “ciudad”, idea que aparece reflejada en ciertos planos colgados en la pared de una oficina (páginas 77-79 de la edición en Debolsillo), posibles imágenes del plan de urbanización de la “compañía” que parece regir gran parte de la vida del pueblo. Si pensamos en esta noción de una ciudad en proceso, de una tendencia que lleva a un “pueblito” a convertirse en una “ciudad”, encontramos una manera de leer la relación entre la novela y la cita de Kafka que la abre: “no comprendo como puedes avistar alli una ciudad, pues yo sólo veo algo desde que me lo indicaste, y nada más que algunos contornos imprecisos en la niebla”. Estos “contornos” irán configurándose en “ciudad” con el paso del tiempo, quizá –kafkianamente, pero esto es sólo una opción posible- jamás llegando a la meta.

En la segunda parte de la trilogía, El lugar (publicada por primera vez en la mítica revista El péndulo, en el número 6, de 1982, después bajo Banda Oriental en 1991, con el texto revisado y ampliado por el autor) la ciudad aparece como posible fin del viaje para el protagonista/narrador, que comienza su peripecia preso en una misteriosa estructura de habitaciones que conducen a otras habitaciones, algunas de ellas ocupadas por familias enteras que hablan un idioma incomprensible y parecen perfectamente adaptados al entorno (al que recuerda un poco la película El cubo y sus secuelas), este “lugar” incesante y sucesivo, entregado a un notorio y pesadillesco deterioro entrópico. Eventualmente, tomando una súbita vía alternativa, el narrador emerge a una especie de bosquecillo, donde encuentra una pequeña comunidad humana que intenta reconstruir los códigos de la civilización. Asi termina la primera parte de la novela, el momento mejor logrado, quizá, –al menos en cuanto a realización formal- de la trilogía. Hacia el final, el narrador, que ya ha dejado atrás no sólo la serie de habitaciones sino también el bosquecillo, el campo que se extiende más allá (donde roza la posibilidad de formar una familia y establecerse en un hogar), concluye que está todavía preso en la estructura o prisión, y lo real se le revela espúreo, inauténtico, incluso perverso. Este tema tiene raíces en el gnosticismo, filosofía que tuvo su momento álgido en los primeros siglos del cristianismo y que se convirtió, además, en el eje de la última época de Philip K.Dick, un autor con el que Levrero, en La novela luminosa, afirma tener mucho en común. Basta con recordar que los gnósticos creían que los humanos habíamos “caído” a una realidad falsa dirigida por las potencias infernales, tema retomado por las películas The matrix y Dark city (tan levrerianamente kafkiana o kakfianamente levreriana), de 1999.

Es posible que en El lugar puedan hallarse las vías de interpretación más claras de la trilogía; esto no sucede en París (primera edición: 1980), si bien la línea de insatisfacción con lo real y búsqueda permanente es recogida y elaborada. El protagonista arriba ahora a una ciudad que ha adquirido un nombre, tras “un viaje en tren de trescientos siglos”. Pero es una París desplegada entre lo real y lo mítico, casi podría decirse la París de un universo paralelo (o de muchos). Esta última entrega de la trilogía, según vamos descubriendo en la lectura, incorpora una serie de elementos de corte fantástico que están ausentes de La ciudad y de El lugar, aunque en el caso de esta última (y esto podría entenderse como una riqueza más del texto) existe –mayoritariamente en su segunda parte- un impulso de “explicación” de los hechos, formulado por los personajes, que en rigor no pasa de una elaboración interna al relato, sin llegar jamás a permitir un verdadero encuadre de género (de otro modo habría un fuerte argumento para catalogar esta novela como ciencia ficción). Paris, a diferencia de la narrativa más lineal de El lugar, multiplica temporalidades, núcleos interpretativos y planos de realidad, incorporando por ejemplo (pags. 91-100 de la nueva edición) una compleja interacción entre sueño y vigilia; también llama la atención la inclusión de secuencias propias de la ciencia ficción al construir efímeramente (pags. 108-111) una extraña ucronía en la que Gardel no ha muerto en Medellín y se une a la “Resistencia” en la ciudad francesa invadida una vez más por los alemanes. Estos elementos, y tantos otros, que podrían haber generado por sí mismos sendas novelas, son barajados, asimilados y descartados por la novela en una sucesión vertiginosa que arranca al lector de toda posible ilusión de estar comprendiendo de qué va la trama. Tan sólo el final parece asimilable, en cuanto participa de la línea ya mencionada que lo conecta a El lugar. Es por esto que podemos pensar en la tercera entrega de la trilogía como su momento más arduo.

Más allá de su carácter posible de “involuntaria” (en última instancia, sobre este particular sólo contamos con la declaración del autor al respecto), está claro que El lugar y París pueden leerse, privilegiando ciertas líneas ya comentadas, como momentos sucesivos de un mismo tema, del mismo modo que con el principio de la última parece engarzar claramente el final de La ciudad (a propósito, la edición en Debolsillo sugiere como orden La ciudad, París y El lugar, mientras que la que se desprende de las fechas de escritura invierte las últimas). Otros puntos de contacto fáciles de registrar: las tres novelas están narradas en primera persona por un protagonista innominado que repite –o parece repetir- ciertos rasgos de carácter (irritabilidad, egoísmo, depresión, insatisfacción) permitiendo postular que se trata del mismo “personaje”, aunque no existan indicaciones claras al respecto; también (y es este el elemento privilegiado por el autor, posiblemente el origen de la “sensación” de una trilogía “involuntaria”), es apreciable el ya mencionado nexo del protagonismo de la “ciudad” en los tres libros, y podría pensarse, una vez más, que la llegada a París de la última parte de la trilogía equivale al final de la búsqueda del protagonista de El lugar y a la culminación del viaje que comienza en La ciudad, quizá de naturaleza circular; en las tres novelas, por último, se reitera la sensación de insuficiencia de lo real tal y como es dado al protagonista. Abundan las frustraciones, los acontecimientos que no parecen obedecer a ninguna lógica, los espacios (especialmente en París, pero también en El lugar y, en menor medida, en La ciudad) parecen multiplicarse y generar interzonas, que proliferan como pautas de creación de nuevos universos (por ejemplo, las habitaciones y su salida en El lugar, los cuartos del hotel/monasterio en París, los salones y oficinas de la estación de ferrocarril en La ciudad). También son recurrentes en los tres libros los personajes femeninos que obran a modo de interrupción (en el sentido Kafkiano de “el mal es aquello que distrae”) para los planes del narrador (especialmente en el episodio de los seres alados en París, pp.115-116, pero también el episodio de establecimiento en el campo de El lugar, pp.135-140 y el de la muchacha en La ciudad 147-152) y, paralelamente, la presencia de otros personajes femeninos que obran en sentido opuesto (la Ana de La ciudad, la Mabel de El lugar y la Sonia de París). Las tres novelas incluyen un amplio repertorio de personajes grotescos: las “familias” de El lugar, las gordas de esta misma novela y de París, y el camionero de La ciudad, entre otros.

Si continuamos esa ansia de simetría que ubicaba trilogías al comienzo y al final del recorrido Levreriano podemos pensar que, en cierto modo, la Trilogía luminosa repite las formas de la involuntaria obrando un desplazamiento de sentido o un afinamiento de la propuesta de interpretación inserta en el texto: el objeto de búsqueda del narrador de La ciudad, El lugar y París, esa “ciudad” que pudiera representar de alguna manera una realidad auténtica (o, en todo caso, la plataforma para alcanzarla), es trocado en otra búsqueda: la de una escritura que pueda dar cuenta de ciertos estados (“luminosos”) capaces de superar el estado del espíritu que planea sobre las novelas de la Trilogía involuntaria. Así, la Novela luminosa abre con un “Diario” que, continuando los de El discurso vacío y “Diario de un canalla”, refiere –a modo de meta, de trabajo interrumpido, de imposibilidad- a esa ansiada “novela luminosa” (no la “real”, publicada póstumamente, sino la soñada en la ficción) que será el relato de los aludidos estados (en los que Levrero afirma opera un acercamiento al “espíritu”, término que recorre su obra tardía y cuya elaboración merecería una nota más extensa que esta), ensayado en los pocos “capítulos” terminados. Pero el desplazamiento de sentido opera también en otro nivel: el protagonista innominado de la Trilogía involuntaria se convierte en la Luminosa en Mario Levrero, esfumando las separaciones entre autor y protagonista, entre ficción y realidad, tramando un recurso a la autobiografía cuya resolución es siempre dudosa, pese a la enorme acumulación de elementos reconocibles como “parte de la vida” del Levrero “real”. La búsqueda, entonces, se vuelve el tema: el personaje se confunde con el autor, y lo buscado no se alcanza jamás, a la manera del famoso castillo de Kafka (o la ciudad de La ciudad) y devolviéndonos a esa cita que hablaba de contornos en la niebla: la “ciudad” –la meta- sólo se aprecia cuando alguien la señala, y aun así no con claridad (como los sentidos posibles en Paris, que podría pensarse como una máquina de casi configurar un significado), mientras la “gracia” o el “espíritu” buscados por el narrador/autor/Levrero no pueden tampoco ser alcanzados o siquiera fijados, y la literatura sólo logra dar cuenta de la búsqueda que la domina y de su fracaso inevitable.