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Mostrando entradas de agosto, 2011

El marmol, de César Aira

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Mi reseña para Leedor.com, aquí y aquí.
Para La Diaria, aquí. 




El discurso vacío, de Mario Levrero

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Mi reseña para La Diaria, aquí.

Las catedrales de la física

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Hay que escribir una novela que sea un acelerador de partículas, como el LHC del CERN o el Tevatron del Fermilab. Se necesita ante todo un enorme, monstruoso número de páginas. Y también personajes que circulen cada vez más rápido, que recorran grandes distancias y, sobre todo, que acumulen energía. Eso es fundamental. Mucha energía; energia literaria, se entiende. Nada de estilos desinflados ni bienintencionados, nada de dar al lector lo que el lector quiere y espera. El desafío debe ir incrementándose a medida que el libro avanza hasta la colisión. Porque, como en todo acelerador de partículas, lo interesante es ver qué pasa cuando esas partículas (esos personajes, esas ideas) colisionan y se rompen y lanzan sus pedazos y sus bloques constitutivos a las bocas hambrientas de los detectores.
En rigor esto ya ha sido hecho. Joyce lo logró en Ulises, por ejemplo; a lo largo de la novela Leopold Bloom y Stephen Dedalus aceleran y acumulan energia, hasta que colisionan y estallan en los tr…

Escipión, de Pablo Casacuberta

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Mi reseña para La Diariaaquí y aquí.

Superhéroes de la física

Mi reseña para La Diaria aquí y aquí.