6 notas de 6 de enero sobre la teoría Conformity Gate de Stranger Things


 

1. Mi autorregalo de día de Reyes (o Día de los Niños según el querido batllismo que formateó el estado uruguayo moderno) fue Terminator 2D: No fate. El dato no es irrelevante para lo que seguirá: el juego simula una máquina de arcade contemporánea de la segunda película de la saga Terminator, sin por ello sacrificar elementos de jugabilidad contemporánea sino fusionándolos en una propuesta más compleja y, por tanto, resignificando elementos en la concebible historia de los videojuegos. Es, digámoslo así, la arcade que no tuvimos en 1992 y que irrumpe ahora, sin instalarse en una nueva concebible entrega de la saga –precisamente en un tiempo en que la “guerra contra las máquinas” parece haber desbordado de la ficción a la realidad. Se trata, en definitiva, de un juego posthauntológico, y lo juego mientras espero la (no)realización de la teoría Conformity Gate, que predice un nuevo (¿y definitivo?) final para la serie Stranger Things, a estrenarse, presuntamente, el siete de enero.

 

2. Lo juego, también, mientras sigue desarrollándose la invasión estadounidense a Venezuela. Si la historia llegó a su fin en los noventa, ha sido rebooteada en esta tercera década del siglo XXI, que mira a la última década del siglo precedente como si allí estuviera el horizonte hauntológico. De pronto, la cualidad de “históricos” de ciertos hechos ha resurgido y, como el formato vinilo o el formato CD, o los juegos en 2D que emulan arcades de los noventa que no existieron en los noventa, ha sido resignificada. No es cosa extraña ni mucho menos nueva que Estados Unidos ejerza violencia política, militar y económica contra un país latinoamericano ejerciendo intereses coloniales; lo nuevo es quizá el desparpajo al que, en el escaso año que lleva la segunda administración Trump, se sienten autorizados los agentes del imperio, que admiten no sólo ir por el petróleo venezolano sino incluso estar recuperándolo, como si les hubiese sido usurpado tras lo establecido por doctrinas ficcionadas específicamente para concederse la ilusión de legitimación. La advertencia recurrente del sentido común es por supuesto que no se trata de defender a Maduro, etcétera; temo que la “empatía” con el pueblo venezolano que clama por una aparente liberación llega al punto de pretender hacernos creer que es posible pasar por alto que Estados Unidos es cualquier cosa menos una fuerza policial global capaz de deshacer entuertos y rescatar damiselas. La crisis de significado está, por tanto, también en la idea misma de un colectivo mundial, en la noción de soberanía de un estado (particularmente en relación a la crisis ambiental: todos parecemos dispuestos a aceptar la “soberanía” de Estados Unidos a la hora de elegir a un negador del cambio climático como presidente, pero las consecuencias de semejante desastre no afectan solo al pueblo estadounidense que ejerce esa soberanía sino al mundo entero) mientras todas las organizaciones que reclaman competencia en tales menesteres entibian su discurso o miran para otro lado, ocupadas por su propia decadencia y cediendo ante el miedo a la escalada de fuerza contra el bully de turno. El miedo a la tercera guerra mundial es un miedo reanimado una y otra vez de diferentes maneras, y mientras tanto la historia sigue sus caminos y el futuro se despliega exactamente como no lo habíamos predicho, visto llegar, o mucho menos como lo hubiésemos deseado. En su cuento “El otro”, Borges escribió que “América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio”. Evidentemente, tal superstición ya no traba a nadie al norte del Rio Grande; en cualquier caso, el futuro es mayoritariamente chino: China como mente colectiva está en proceso de fagocitar el archicenotafio de eso que hemos querido siempre llamar Occidente, y en el proceso las larvas y los gusanos corren por todas partes, saquean, asesinan y revientan las ruinas que rodean al ensamblaje del Kaiju definitivo. Podemos pensar, entonces, a América Latina como el Upside down de este proceso de fusión de universos.

 

3. No se trata de confiar en que en efecto habrá un final nuevo de Stranger Things, y por tanto si se sostiene aquí una postura esta será agnóstica (pero mirando en dirección al ateísmo, claro). Lo que importa es, por un lado, el despliegue de herramientas hermenéuticas y presupuestos retórico-poéticos que permiten leer en el finale hasta ahora “oficial” la latencia de otro más definitivo y acaso “mejor”, un más allá –en todos los sentidos– de la serie como ha sido entregada por Netflix y los realizadores. En ese sentido, la llamada teoría Conformity Gate (que establece que todo lo que vimos a partir de cierto punto del finale, en particular su última hora, y más fatalmente todavía sus últimos veinte minutos, esos que en el primer capítulo de la serie Mike pide a su madre que le sean otorgados para terminar la partida de D&D, no sucede “en realidad” sino que es parte de un engaño llevado a cabo por el principal antagonista de la serie) parte de reconocer inconsistencias o facilismos y los resignifica como pistas plantadas adrede. Es decir: primero se establece que cierta configuración narrativa es un error (manivelas que cambian de color, personajes que alcanzan demasiado rápidamente la altura de un risco, etc, etc, etc) y luego se lo considera intencional para que todo apunte a la aparente necesidad de un cierre “real” de la serie. Entonces, se concluye que lo que vimos el último día de 2025 sucede en un “mundo mental” philipdickiano configurado por Vecna –de manera similar a la casa en la que había reunido a los doce niños que decía necesitar: no queda claro, en todo caso, donde está la barrera entre lo “real” y lo “irreal” en el episodio–, una suerte de sidewaysdown a la Ubik, en el que Vecna equivale a un Jory entrópico que avanza hacia la igualación de toda diferencia y por tanto los peinados y las posturas corporales de pronto son no solo singificativas sino específicamente remedos del de y la de Vecna/Henry, como estípula la teoría. Todo ha de ser presentado como legible para poder generar argumentos que postulen ese más allá de la serie, ese “verdadero” capítulo final; Stranger Things, así, se niega a morir y establece su vida como la posibilidad de otra lectura: porque hay que hacer todo lo necesario (hermenéuticamente, conspirativamente, paranoicamente) para sentirnos seguros de que no se terminó. La profecía del siete de enero (¿está basada en el número que vemos en el dado en los momentos finales, también leídos como un giro metanarrativo por el que la serie y una partida de D&D son de alguna manera isomórficos?), funciona como la Segunda Llegada para los milenaristas, pero, del mismo modo, no se trata de una afirmación falseable; si mañana no hay irrupción alguna en la programación de Netflix (como no se terminó el mundo en 2012 o no nos asaltaron naves provenientes de 3I/Atlas), nada impedirá postular que el capítulo final sobrevendrá más adelante o que su contenido será construido en los futuros spin-off de la serie, ya confirmados por los realizadores.

 

4. De lo que se trata, por supuesto, es de la imposibilidad de un cierre. La teoría Conformity Gate, en definitiva, del mismo modo que las acciones de Trump, a diferencia de la de tantos de sus predecesores, no disimulan su objetivo imperialista, representa el momento en el proceso de la cultura pop del siglo XXI en que esa imposibilidad sale a la luz, y por tanto es a su vez legible como un signo o emblema de nuestros tiempos. Solo los realizadores –y así tengo entendido que se han comportado los Duffer Brothers– tienen la potestad de negar los postulados de las teorías, como habían negado antes del 31 de diciembre que las hipótesis de los fans tuvieran algo de realidad en relación a lo que íbamos a ver en el episodio final, porque así queda significada o producida su posición autoral, a la que, por supuesto, nadie hace el más mínimo caso. Así, Stranger Things no puede terminar: no podemos sentir la clausura, no podemos tomar un segmento de narración audiovisual y decir este es el final, más allá de esto no hay nada; los Duffer ofrecen un no-cierre menor en su promesa de spin-offs, pero Stranger Things es tan poderosa como producción simbólica (como virus cultural) que esto no es suficiente: independientemente de lo que los críticos de turno (y el problema de la crítica contemporánea no es que haya cada vez menos o incluso “no exista”, como dicen los viejos filocanónicos, sino, por el contrario, que hay demasiada, que todos podamos esgrimir manuales para señalar inconsistencias, fallas de continuidad y problemas en los “arcos” de los personajes) puedan decir sobre los problemas de Stranger Things en tanto narrativa, en tanto serie, en tanto ciencia ficción, en tanto lo que sea, su lugar en la cultura pop contemporánea es indiscutible. Ese lugar, de hecho, no puede quedar vacante, y como los mecanismos de sustitución y renovación llevan demasiado tiempo acostumbrándonos a la insustancialidad de lo fugaz, tiene que seguir siendo Stranger Things aquello que nos ocupa. En defintiiva, no se puede terminar.

 

5. La necromodernidad –y su vector, el necromodernismo– parten de la base de que la condición básica de los hechos culturales es su imposibilidad de morir y, a la vez, su incapacidad de seguir viviendo; así, todo opera tanto por acumulación (Stranger Things resignifica la retromania en tiempos posthauntológicos tratando al archivo de la cultura pop ochentera con la misma libertad con la que Philip Dick articuló a la ciencia ficción pulp como un lenguaje en los años cincuenta) como por reanimación perpetua. La figura de la criatura de Frankenstein no es central a nuestro tiempo solo porque nos haga temer de nuevo la teleoplexia de las máquinas que creamos para que nos sirvan (¿no es después de todo el gran temor del doctor Frankenstein que su creación sea capaz de reproducirse por sí misma, lo mismo que se teme de los replicantes en Blade Runner 2049, y sean así capaces de desplazar a lo humano de su centralidad espuria?) sino también porque la reanimación es su condición de existencia; así, Stranger Things ilustra la necesidad de esa reanimación: la serie terminó “falsamente” y es necesario reactivarla con un vasto arsenal hermenéutico para creer que pronto accederemos a un final “real”, cuya llegada, en realidad, no puede ser sino postergada indefinidamente. En ese sentido, nada sucederá mañana 7 de enero, excepto que las teorías serán reconfiguradas y la especulación se mantendrá hasta la siguiente pista.

 

6. Quizá no se trate de que ahora nada puede terminar, sino de que, en rigor, nada terminó nunca, y todos los finales han sido siempre falsos en tanto tales. La expansión retroactiva de la teoría Conformity Gate al dominio más amplio de la cultura pop –en su mayor definición posible– hace que todo aquel virus cultural que llegó hasta nosotros siempre haya sido continuado. En otras palabras: no pasa tanto por diagnosticar al “mal” de nuestra época en la imposibilidad de cerrar narrativas, sino por aceptar que las narrativas no han cerrado nunca y que eso es lo que hace que los virus culturales “vivan” en la cultura. El necromodernismo (del mismo modo que el posthumanismo es aceptar que nunca fuimos humanos) es hacernos cargo de esta noción. Si la era de los gigantes (hoy mismo supe de la muerte del inmenso Bela Tarr) está terminando, procedamos a unir sus restos y a reanimarlos en nuevos Ulises, en nuevos En busca del tiempo perdido, en Schattenfroh y Los juegos de la eternidad. No otra cosa, en definitiva, se hizo jamás, desde el kaiju “Homero” en adelante. 

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